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El Diccionario Biográfico del Ecuatoriano responde
a un sinero deseo de entregar a los estudiantes y profesores
de mi Patria, un libro con biografías de ecuatorianos
y extranjeros que han contribuido al progreso y triunfo de
la civilización en el Ecuador.
Vidas variadas escritas con la mayor imparcialidad y en apretada
síntesis para periódicos, captando hechos y
obras, representaciones y empleos, honores y anécdotas
reveladoras de las virtudes y defectos, del carácter
de cada personaje, con una descripción moral y física
para complementar los retratos.
Bien sé que en esta labor biográfica recién
estoy dando los primeros pasos y que aún me esperan
fatigas y desvelos; recuerdo que todo comenzó en 1954
cuando leí aquella famosa frase de González
Suárez, dicha a sus discípulos: “Hijos
míos, lean sólo las cosas de la Paria”.
Entonces creí que leer libros ecuatorianos era tema
obligación moral mía así pues, la invitación
del sabio Arzobispo seguida al pie de la letra, motivó
mis lecturas hacia temas nacionales y de preferencia históricos
y un día, sin mayormente quererlo, comencé a
realizar apuntes en los márgenes de esos libros, simples
notas recordatorias de tal o cual pasaje que me había
impresionado. Mas, luego me era difícil localizarlas,
porque la memoria no es tan certera como una computadora y
a veces falla y en esto me encontraba cuando concurrió
en mi auxilio Pedro Robles y Chambers, aconsejándome
que trabajara un fichero ordenado alfabéticamente y
así nació en 1958 mi archivo Bibliográfico
que hoy cuenta con 10.000 tarjetas y es único en su
género en el país porque a nadie mas se le ha
ocurrido hacerlo.
Desde entonces he venido confeccionándolo a base de
extractos tomados de la lectura de libros y documentos, de
periódicos y revistas, de conversaciones y entrevistas
y solo mi esposa sabe con cuanto trabajo he podido alimentarlo
y hasta salvarlo de los peligros que le han acechado. (1)
En 1975 sufrí la inundación de la villa que
habitaba a causa de la ruptura de una represa particular construida
cerca de la ciudadela los Ceibos; el agua subió cerca
de 90 centímetros en su interior y hasta cubrió
los cajones del archivo, pero milagrosamente nada malo le
ocurrió porque las aguas bajaron enseguida y no perjudicaron
a las tarjetas que por estar muy apretadas entre si y dentro
de sus respectivas gavetas cerradas, eran casi impermeables.
Entonces comprendí el valor de esas cartulinas blancas,
de esas fichas con señales caligráficas mías,
con recortes de diarios o mecanografiadas por mis ayudantes
y recordé que todo es perecible en la vida (2) aún
los archivos y por eso lo trasladé a mi estudio profesional
ubicado en un primer piso alto, de allí pasé
al Banco Central a Diturís, y hoy a la Notaría
que ocupo, siempre siguiendo mi suerte.
(1)
Desde un primer momento el Archivo fue Útil y hasta
me sacó de diversos compromisos. En 1974 permitió
la biografía del sabio Teodoro Wolf que corre entre
las Págs. 13 y 24 de la segunda edición de su
Geografía y Geología, publicada por la Casa
de la Cultura de Quito a petición mía y del
Patronato Histórico de Guayaquil. Después y
en forma esporádica, enviaba biografías tentativas
a “El Telégrafo”, donde empezaron a salir
modestamente y poco a poco fui puliendo el estilo, que de
ampuloso tornóse sintético, casi telegráfico,
para ahorrar espacio, tratando en cada caso que el personaje
biografiado fuese conocido en su totalidad.
(2)
La
Biblioteca del Dr. Pablo Herrera estaba diseminada en más
de doce cuartos de la vieja Casona de su propiedad del centro
de Quito y cuando él murió en 1896 sus libros
y papeles pasaron a un hijo sacerdote que años después
falleció consumido por la tuberculosis. Entonces sus
familiares, atemorizados del posible contagio, entregaron
todo al padre Le Gohuir R. quien pudo escribir su historia
del Ecuador. Hoy se encuentran esos libros en la Biblioteca
de los Jesuitas de Cotocollao. Mi antiguo maestro universitario
Dr. José de Rubira Ramos me refirió que en cierta
ocasión en la década de los treinta, le había
ocurrido a él un caso parecido, con un ejemplar de
su vida de Mariana de Jesús, escrita por el Padre Jacinto
Moran, de Buitrón, que le llevaron a vender a buen
precio y lo adquirió enseguida; teniéndole en
sus manos después de haberle pagado, el vendedor le
refirió que dicho ejemplar había pertenecido
a un ilustre guayaquileño (que todos sabían
había fallecido leproso, menos el dicho comerciante
según parece) A Rubira se le cayó el libro de
las manos y ordenó a un sirviente que lo incinere en
su presencia. (aún se desconoce como opera el contagio
de tan cruel dolencia cuyo agente patógeno incuba hasta
por treinta años antes de hacer su aparición)
Mi pariente el Sr. León Aspiazu, en cambio, me contó
hace años que a la muerte del jefe del Conservadurismo
en Guayaquil, sus hijos anunciaron por periódico la
venta de los libros de la biblioteca. Mucha gente fue a la
casa a comprar. Los habían
regado sobre el piso de la sala a diez sucres cada uno y entonces
alguien preguntó: ¿Por qué los venden?
y le respondieron jPorque los hemos leído!
Así pues, desde
la inundación tomé la resolución de completarlo
cuanto antes y empecé a intensificar mi trabajo, pero
diversas actividades comerciales en las que incursioné
(importaciones de vehículos y construcción de
un Hotel y dos condominios) se interpusieron y postergaron
mi empeño y recién en 1981 pude recobrar el
ritmo de trabajo anterior desde mis funciones de Director
y Fundador del Centro de investigación y Cultura del
Banco Central en Guayaquil, procesando cada ficha para obtener
la biografía, prefiriendo personajes del siglo XIX
que por estar a una distancia prudencial de nosotros, se mostraban
más claras y libres de los perjuicios de sus parientes.
En 1982 entregué las primeras biografías
a “El Universo” de Guayaquil se trataba de homenajear
a tres ilustres ecuatorianos fallecidos días antes;
Pedro Saad, José Maria Egas y Carlos Zevallos Menéndez,
político, poeta y arqueólogo respectivamente.
Las tres tenían un formato parecido, más bien
corto como para no cansar la atención del lector medio
que no interesa el detalle sino la idea general, puesto que
mi objetivo era informar más que enseñar y fueron
un éxito inmediato, muchas personas se acercaron a
felicitar al periódico y otras llamaban pidiendo más
material, indicando nombres. Así nació el Álbum
Biográfico en su primer tomo. (3)
También conozco que el hijo mayor
de un poeta coronado en 1930 trocó la biblioteca de
su ilustre padre por una refrigeradora nueva y hasta creyó
haber hecho mi buen negocio. Para el incendio grande del 5
y 6 de Octubre de 1896 se perdieron buenas bibliotecas. El
General Cornelio E. Vernaza anunció a los pocos días
que había desaparecido la suya, la mejor de la república
en la especialidad militar. Igual les ocurrió a Trifón
Aguilar, Alcides Destruge, José Gómez Carbo,
famoso por sus crónicas que firmaba como Genecé.
En ese infausto suceso se quemó la primera imprenta
que tuvo Guayaquil en 1821 y que conservaba el Dr. Destruge
en los bajos de su casa, como un recuerdo histórico.
Así pues, libros y bibliotecas son fácilmente
perecibles y ¿Qué se puede esperar de los archivos?
El de la Gobernación del Guayas se quemó casi
íntegramente en el incendio intencional de 1917. En
Quito gran parte del Archivo de la Corte Suprema de Justicia
desapareció porque los ministros viejecitos acostumbraban
hacer sus micciones a través de una puerta que daba
al sótano y mojaban los papeles allí depositados
y paro de seguir refiriendo anécdotas que por increíbles
más parecen tomadas de una novela que de la realidad
nacional.
(3)
En recuerdo de don Camilo Destruge, que publicó sus
biografías de ecuatorianos célebres en Guayaquil
entre 1903 y l905, con el título de “Álbum
Biográfico Ecuatoriano”, obra que hoy constituye
una verdadera rareza bibliográfica a pesar, de que
existe una segunda edición del Banco Central.
Entonces los directivos principales
de “El Universo” decidieron publicarlas bisemanalmente
en la primera página de su segunda sección y
pronto fueron la comidilla de todo el país. Había
nacido una serie cultural nueva y útil que debía
ser aprovechada y por ello, aún a costa de mi sacrificio
económico, empecé a enviarlas en xerocopias
a los siguientes diarios:
1.- El Tiempo
de Quito
2.- La Verdad de Ibarra
3.- El Heraldo de Ambato
4.- El Espectador de Riobamba
5.- El Mercurio de Cuenca
6.- El Mundo de Loja
7.- El Nacional de Machala
8.- El Clarín de Babahoyo
9.- El Mercurio de Mama y
10.- El Manabita de Portoviejo.
Y de casi todas las provincias
me llegaron voces de aliento y felicitación y hasta
surgieron nuevos amigos que me solicitaban datos o me los
proporcionaban generosamente para ayuda de mi labor. Así
pude terminar algunas biografías truncas o comenzar
otras de las que ni siquiera tenia idea se había comprobado
una vez mas que el pueblo ecuatoriano es tremendamente receptivo
a la cultura y que empeños particulares como el mío
son útiles porque constituyen el empuje que requiere
el Estado y sus instituciones culturales en la gran obra de
crear y robustecer nuestra incipiente nacionalidad. (4)
(4)
Viene a mi memoria un olvidado episodio de mis años
mozos que me ocurrió en 1972 en plena “Revolución
Nacionalista” durante la dictadura del General Guillermo
Rodríguez Lara. Me encontraba en Quito agenciando un
asunto profesional y un amigo me invitó a una reunión
social en su casa, a la que concurrió el gran “Bombita”.
Fui presentado a el y de pronto me vi conversando cosas que
no debieron agradarle mucho. Estaba ensimismado por el adulo
capitalino y sus allegados más próximos no lo
dejaban ni a sol ni a sombra. Con mi característica
franqueza le exprese que no creía en su movimiento
porque en el Ecuador se ignora hasta la historia y por ende
no somos tradicionalistas y peor nacionalistas. Les dije:
“Solo el conocimiento y comprensión de nuestro
ser como país nos señalara el futuro; toda revolución
requiere de una fuerza moral nacida en ideales y convicciones
y sin ellos
En 1983 volvió a tomar la posta “El Telégrafo”
como diario piloto de mi Álbum que ya cuenta con veintidós
años de vida, siendo la única serie cultural
que se publicó a nivel nacional en el Ecuador. En 1984
pasé a Expreso finalmente salí por la imprenta
merced al apoyo de mi amigo el Lic. Elías Muñoz
Vicuña, Director de Publicaciones de la Universidad
de Guayaquil, que por su empeño en favor de la cultura
ecuatoriana mereció el bien del país.
También debo agradecer a todas aquellas personas
que con sus voces de aliento, gestos amables y generosos datos,
han permitido este triunfo de mi esfuerzo y el logro de un
ideal.
no son posibles
los cambios verdaderos”. Igual posición sostuve
a mi amigo y compañero de Facultad, Jaime Roldós,
en 1979, ruando propugnaba “La fuerza del Cambio”
como una necesidad histórica en esos momentos. No deseo
establecer conceptos o conclusiones pero a todos nos consta
que ambos intentos nacionalistas y sus respectivos mensajes
políticos, no pasaron de meros slogan que el tiempo
ha diluido porgue nada perdona. ¿I qué ha quedado
de tanto cambio? Si los queremos duraderos, perdurables, tenemos
que cambiar desde abajo hacia arriba y no al revés,
como se ha intentado. Hay que civilizar primero, instruir
después, concientizar al final y estará hecho
el cambio. Otra cosa es el cambio económico, ese se
hace de arriba hacia abajo.
PROLOGO
El Dr. Rodolfo Pérez Pimentel no obstante sus 64 años
ha hecho una imponderable labor cultural por el país
como tradicionista y difusor de nuestro pasado vernáculo
a través, sobre todo, de la prensa y hoy el primero
de los biografístas ecuatorianos y esto sin imitar
a nadie, pero tampoco con pedantería con talento superior
tras largos alias de meditación ha logrado encontrar
su propio camino. Su tarea ha necesitado tesón y voluntad
insuperables y esto le viene desde atrás, le viene
impregnado en los genes, es sobrino nieto de Luís Vargas
Torres, uno de los mártires del liberalismo y de los
Concha, los indomables soldados esmeraldeños que luego
de haber implantado la nueva doctrina, pusieron en jaque durante
3 años al segundo gobierno del General Plaza.
La vocación histórica del Dr. Pérez
tuvo un inicio curioso y él me permitirá contar
una anécdota: era adolescente cuando halló medio
refundido en la biblioteca de su padre el conocido libro sobre
la Historia Social de Guayaquil por Pedro Robles y Chambers.
La empezó hurgar casi a hurtadillas y ya de frente
se encontró con una minería de datos y con cien
mil interrogantes. Pidió una cita con el autor del
libro al Dr. Julio Pimentel Carbo, amigo y pariente de las
dos partes. Un día teniendo ya 19 años vio a
Robles en su casa y se lo metió en su bolsillo. Se
convirtió entonces en su alumno, confidente y secretario,
aunque por poco tiempo. Para seguir así, las necesidades
de su formación universitaria se lo impedían
y por otro lado habría habido que copiar al maestro,
lo que era, simplemente, no futurista.
Así pues empezó a trabajar en el estudie del
Dr. Jorge Zavala Baquerizo y a entrevistarse cientos de veces
con los más viejos y eruditos vecinos de Guayaquil,
a recoger sus cuitas, sus impresiones y sus decires de antaño.
Había empezado el tradicionista, sin duda motivado
también por las lecturas de Modesto Chávez Franco
y de Gabriel Pino Roca. Al mismo tiempo empezó a gestionar
la copia de documentos en archivos nacionales y extranjeros.
Data de 1961 su función de Secretario Fundador del
Patronato Histórico de Guayaquil y cuando contaba 22
años su primera publicación en la Revista de
La Casa de la Cultura de Guayaquil sobre una familia indígena,
los Cayche— Chonana y luego sobre los Alguaciles Mayores
de Guayaquil y sobre el pirata Dampier. En I 965 fue Secretario
fundador del actual Centro Municipal de Cultura, entonces
llamado Patronato Municipal de Bellas Artes.
Mientras tanto y graduado de Abogado dedicó su tiempo,
parte a sobrevivir estableciendo un servicio de cobranzas
judiciales y parte a deleitar a los lectores de “EL
Universo” con unas crónicas dominicales de asuntos
históricos inéditos que llegaron a los 300 artículos.
La historia popular de Guayaquil empezaba a salir a luz. Por
otro lado iniciaba su correspondencia y su relación
con los historiadores del país.
En 1968 fue Director de la Biblioteca y Museo Municipales
y en 1973 Presidente del Comité Teodoro Wolf que logró
la publicación de la segunda edición de la “Geografía
y Geología del Ecuador”. En 1974 cuando tenía
35 años fue Presidente del Patronato Histórico
de Guayaquil. Merced a su propio esfuerzo había formado
una excelente biblioteca especializada en historia y la mejor
colección iconográfica familiar del país.
En 1976 su labor como Concejal comisionado de Cultura no ha
tenido repríss en Guayaquil, no obstante las inveteradas
resistencias creadas a su alrededor y el Gobierno Nacional
le otorgó La Medalla al Mérito Educacional de
Primera Clase.
Un nuevo cambio hizo a los 37 años: dejar la profesión
de abogado y encontrar derroteros en la búsqueda de
seguridad. A los 39 años del Alcalde Dr. Guillermo
Molina Defranc lo designó, uno de los 4 Cronistas Vitalicios
de Guayaquil, siendo el más joven de ellos y seguido
en edad del ing. Miguel Aspiazu Carbo, entonces de 73 años.
Nombramiento y decisión muy justos, puesto que el Dr.
Pérez es una historia viviente y detallada de Guayaquil;
es rara la situación planteada que no la resuelve o
que no dé una pista segura, pues no olvidemos que hombre
culto no es el que dice saber todo, sino el que sabe donde
buscar lo que ignora.
Hay además otra faceta en el Dr. Pérez que cabe
anotar: aparte de profesor universitario, conferencista y
escritor permanente; es un incentivador de cultura y un colaborador
de cuanto proyecto tenga resonancia de amor por el pasado
guayaquileño. Sociedad eminentemente competitiva como
la nuestra, es lógico que a su alrededor se han formado
simpatías y antipatías, las primeras sabe ganárselas
y en abundancia, las segundas suele torearlas generalmente
con risa y con risotada, excepto, claro está, cuando
laceran su parte más interna.
En 1981 fue Director fundador del Centro de Investigación
y Cultura del Banco Central sede en Guayaquil, y Presidente
del Comité Promonumento del Tte. Ortiz Garcés.
El mismo año organizó el primer congreso ecuatoriano
de Genealogía en Salinas y el homenaje a Robles Chambers,
a lo cual éste se negó rotundamente, porque
era una persona muy modesta.
En este mismo año, el Dr. Pérez empezó
a publicar en la prensa de Guayaquil y hasta 2 veces por semana,
su Álbum Biográfico Ecuatoriano, del cual, al
momento, ha publicado ya mas de 1.400 artículos. No
cabe duda que es su mayor logro. Nuestro colega se ha dedicado
a reconstruir científicamente, sin oropeles vacuos,
con nitidez y con verdad, con una interpretación de
fondo que anima y dá vitalidad, las vidas de cientos
de ecuatorianos. Creo yo que uno de los mayores logros del
Ecuador es el haber cimentado (aunque sea en teoría)
su política cultural, en base a la búsqueda
de nuestra identidad, asentada en el plurientnicismo. La obra
del Dr. Pérez encaja en este afán de darnos
modelos ecuatorianos de esfuerzo, constancia y superación,
En 1983 editó su libro “Nuestro Guayaquil Antiguo”
profusamente ilustrado y en 316 páginas, en 20 capítulos
que abarcan desde el siglo XVI hasta el gran incendio de 1896.
Pérez Pimentel analiza historias de piratas, versos,
costumbres y folklore do nuestro puerto.
Por todo esto el Dr. Pérez entro con derecho auténtico
a la Academia. El primer biografista de los ecuatorianos no
podía estar fuera de ella.
Personalmente, como, medico psiquiatra y como historiador,
pienso que todos, hasta la mas humilde e ínfimo de
los seres humanos, merece una biografía y tiene su
propia historia. Todos somos parte de este inmenso universo,
todos sabemos pensar, amar, reír, llorar, gritar y
adivinar; todos fabricarnos ideas y proyectos, recuerdos,
nostalgias y fantasías. Todos, cual más, cual
menos, somos transitante con o sin camino, con o sin sentido,
de una ruta cuajada de satisfacciones y placer, de dolor y
frustración. Todos, Uds. y Yo nos hermanamos al sentir,
al pensar, al crear y al destruir. Todos buscamos sobrevivir,
aunque sea diferente la manera de hacerlo y el deseo o no
de pasar al futuro; con lo que se llamaba honra o sin ella.
Lástima que en ambas fronteras abismales de la conducta
humana se reclaten pensamientos y acciones también
aberrantes y que sin embargo, merecen biografiarse.
FERNANDO JURADO NOBOA
MIEMBRO DE NÚMERO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE
HISTORIA DEL ECUADOR
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