Rodolfo Pérez Pimentel, Guayaquil, 1.939, Historiador y Biógrafo del Ecuador.

Autor de varias obras de notable interés para el conocimiento de los hechos y personajes del Ecuador.

Cronista Vitalicio de su ciudad y Miembro de la Academia Nacional de Historia.
 

ADVERTENCIA AL LECTOR
CONSTA EN EL VOLUMEN I EDITADO EN 1987


El Diccionario Biográfico del Ecuatoriano responde a un sinero deseo de entregar a los estudiantes y profesores de mi Patria, un libro con biografías de ecuatorianos y extranjeros que han contribuido al progreso y triunfo de la civilización en el Ecuador.

Vidas variadas escritas con la mayor imparcialidad y en apretada síntesis para periódicos, captando hechos y obras, representaciones y empleos, honores y anécdotas reveladoras de las virtudes y defectos, del carácter de cada personaje, con una descripción moral y física para complementar los retratos.

Bien sé que en esta labor biográfica recién estoy dando los primeros pasos y que aún me esperan fatigas y desvelos; recuerdo que todo comenzó en 1954 cuando leí aquella famosa frase de González Suárez, dicha a sus discípulos: “Hijos míos, lean sólo las cosas de la Paria”. Entonces creí que leer libros ecuatorianos era tema obligación moral mía así pues, la invitación del sabio Arzobispo seguida al pie de la letra, motivó mis lecturas hacia temas nacionales y de preferencia históricos y un día, sin mayormente quererlo, comencé a realizar apuntes en los márgenes de esos libros, simples notas recordatorias de tal o cual pasaje que me había impresionado. Mas, luego me era difícil localizarlas, porque la memoria no es tan certera como una computadora y a veces falla y en esto me encontraba cuando concurrió en mi auxilio Pedro Robles y Chambers, aconsejándome que trabajara un fichero ordenado alfabéticamente y así nació en 1958 mi archivo Bibliográfico que hoy cuenta con 10.000 tarjetas y es único en su género en el país porque a nadie mas se le ha ocurrido hacerlo.

Desde entonces he venido confeccionándolo a base de extractos tomados de la lectura de libros y documentos, de periódicos y revistas, de conversaciones y entrevistas y solo mi esposa sabe con cuanto trabajo he podido alimentarlo y hasta salvarlo de los peligros que le han acechado. (1)

En 1975 sufrí la inundación de la villa que habitaba a causa de la ruptura de una represa particular construida cerca de la ciudadela los Ceibos; el agua subió cerca de 90 centímetros en su interior y hasta cubrió los cajones del archivo, pero milagrosamente nada malo le ocurrió porque las aguas bajaron enseguida y no perjudicaron a las tarjetas que por estar muy apretadas entre si y dentro de sus respectivas gavetas cerradas, eran casi impermeables.

Entonces comprendí el valor de esas cartulinas blancas, de esas fichas con señales caligráficas mías, con recortes de diarios o mecanografiadas por mis ayudantes y recordé que todo es perecible en la vida (2) aún los archivos y por eso lo trasladé a mi estudio profesional ubicado en un primer piso alto, de allí pasé al Banco Central a Diturís, y hoy a la Notaría que ocupo, siempre siguiendo mi suerte.

(1) Desde un primer momento el Archivo fue Útil y hasta me sacó de diversos compromisos. En 1974 permitió la biografía del sabio Teodoro Wolf que corre entre las Págs. 13 y 24 de la segunda edición de su Geografía y Geología, publicada por la Casa de la Cultura de Quito a petición mía y del Patronato Histórico de Guayaquil. Después y en forma esporádica, enviaba biografías tentativas a “El Telégrafo”, donde empezaron a salir modestamente y poco a poco fui puliendo el estilo, que de ampuloso tornóse sintético, casi telegráfico, para ahorrar espacio, tratando en cada caso que el personaje biografiado fuese conocido en su totalidad.

(2) La Biblioteca del Dr. Pablo Herrera estaba diseminada en más de doce cuartos de la vieja Casona de su propiedad del centro de Quito y cuando él murió en 1896 sus libros y papeles pasaron a un hijo sacerdote que años después falleció consumido por la tuberculosis. Entonces sus familiares, atemorizados del posible contagio, entregaron todo al padre Le Gohuir R. quien pudo escribir su historia del Ecuador. Hoy se encuentran esos libros en la Biblioteca de los Jesuitas de Cotocollao. Mi antiguo maestro universitario Dr. José de Rubira Ramos me refirió que en cierta ocasión en la década de los treinta, le había ocurrido a él un caso parecido, con un ejemplar de su vida de Mariana de Jesús, escrita por el Padre Jacinto Moran, de Buitrón, que le llevaron a vender a buen precio y lo adquirió enseguida; teniéndole en sus manos después de haberle pagado, el vendedor le refirió que dicho ejemplar había pertenecido a un ilustre guayaquileño (que todos sabían había fallecido leproso, menos el dicho comerciante según parece) A Rubira se le cayó el libro de las manos y ordenó a un sirviente que lo incinere en su presencia. (aún se desconoce como opera el contagio de tan cruel dolencia cuyo agente patógeno incuba hasta por treinta años antes de hacer su aparición) Mi pariente el Sr. León Aspiazu, en cambio, me contó hace años que a la muerte del jefe del Conservadurismo en Guayaquil, sus hijos anunciaron por periódico la venta de los libros de la biblioteca. Mucha gente fue a la casa a comprar. Los habían regado sobre el piso de la sala a diez sucres cada uno y entonces alguien preguntó: ¿Por qué los venden? y le respondieron jPorque los hemos leído!

Así pues, desde la inundación tomé la resolución de completarlo cuanto antes y empecé a intensificar mi trabajo, pero diversas actividades comerciales en las que incursioné (importaciones de vehículos y construcción de un Hotel y dos condominios) se interpusieron y postergaron mi empeño y recién en 1981 pude recobrar el ritmo de trabajo anterior desde mis funciones de Director y Fundador del Centro de investigación y Cultura del Banco Central en Guayaquil, procesando cada ficha para obtener la biografía, prefiriendo personajes del siglo XIX que por estar a una distancia prudencial de nosotros, se mostraban más claras y libres de los perjuicios de sus parientes.

En 1982 entregué las primeras biografías a “El Universo” de Guayaquil se trataba de homenajear a tres ilustres ecuatorianos fallecidos días antes; Pedro Saad, José Maria Egas y Carlos Zevallos Menéndez, político, poeta y arqueólogo respectivamente. Las tres tenían un formato parecido, más bien corto como para no cansar la atención del lector medio que no interesa el detalle sino la idea general, puesto que mi objetivo era informar más que enseñar y fueron un éxito inmediato, muchas personas se acercaron a felicitar al periódico y otras llamaban pidiendo más material, indicando nombres. Así nació el Álbum Biográfico en su primer tomo. (3)

También conozco que el hijo mayor de un poeta coronado en 1930 trocó la biblioteca de su ilustre padre por una refrigeradora nueva y hasta creyó haber hecho mi buen negocio. Para el incendio grande del 5 y 6 de Octubre de 1896 se perdieron buenas bibliotecas. El General Cornelio E. Vernaza anunció a los pocos días que había desaparecido la suya, la mejor de la república en la especialidad militar. Igual les ocurrió a Trifón Aguilar, Alcides Destruge, José Gómez Carbo, famoso por sus crónicas que firmaba como Genecé. En ese infausto suceso se quemó la primera imprenta que tuvo Guayaquil en 1821 y que conservaba el Dr. Destruge en los bajos de su casa, como un recuerdo histórico. Así pues, libros y bibliotecas son fácilmente perecibles y ¿Qué se puede esperar de los archivos? El de la Gobernación del Guayas se quemó casi íntegramente en el incendio intencional de 1917. En Quito gran parte del Archivo de la Corte Suprema de Justicia desapareció porque los ministros viejecitos acostumbraban hacer sus micciones a través de una puerta que daba al sótano y mojaban los papeles allí depositados y paro de seguir refiriendo anécdotas que por increíbles más parecen tomadas de una novela que de la realidad nacional.

(3) En recuerdo de don Camilo Destruge, que publicó sus biografías de ecuatorianos célebres en Guayaquil entre 1903 y l905, con el título de “Álbum Biográfico Ecuatoriano”, obra que hoy constituye una verdadera rareza bibliográfica a pesar, de que existe una segunda edición del Banco Central.

Entonces los directivos principales de “El Universo” decidieron publicarlas bisemanalmente en la primera página de su segunda sección y pronto fueron la comidilla de todo el país. Había nacido una serie cultural nueva y útil que debía ser aprovechada y por ello, aún a costa de mi sacrificio económico, empecé a enviarlas en xerocopias a los siguientes diarios:

1.- El Tiempo de Quito
2.- La Verdad de Ibarra
3.- El Heraldo de Ambato
4.- El Espectador de Riobamba
5.- El Mercurio de Cuenca
6.- El Mundo de Loja
7.- El Nacional de Machala
8.- El Clarín de Babahoyo
9.- El Mercurio de Mama y
10.- El Manabita de Portoviejo.

Y de casi todas las provincias me llegaron voces de aliento y felicitación y hasta surgieron nuevos amigos que me solicitaban datos o me los proporcionaban generosamente para ayuda de mi labor. Así pude terminar algunas biografías truncas o comenzar otras de las que ni siquiera tenia idea se había comprobado una vez mas que el pueblo ecuatoriano es tremendamente receptivo a la cultura y que empeños particulares como el mío son útiles porque constituyen el empuje que requiere el Estado y sus instituciones culturales en la gran obra de crear y robustecer nuestra incipiente nacionalidad. (4)

(4) Viene a mi memoria un olvidado episodio de mis años mozos que me ocurrió en 1972 en plena “Revolución Nacionalista” durante la dictadura del General Guillermo Rodríguez Lara. Me encontraba en Quito agenciando un asunto profesional y un amigo me invitó a una reunión social en su casa, a la que concurrió el gran “Bombita”. Fui presentado a el y de pronto me vi conversando cosas que no debieron agradarle mucho. Estaba ensimismado por el adulo capitalino y sus allegados más próximos no lo dejaban ni a sol ni a sombra. Con mi característica franqueza le exprese que no creía en su movimiento porque en el Ecuador se ignora hasta la historia y por ende no somos tradicionalistas y peor nacionalistas. Les dije: “Solo el conocimiento y comprensión de nuestro ser como país nos señalara el futuro; toda revolución requiere de una fuerza moral nacida en ideales y convicciones y sin ellos

En 1983 volvió a tomar la posta “El Telégrafo” como diario piloto de mi Álbum que ya cuenta con veintidós años de vida, siendo la única serie cultural que se publicó a nivel nacional en el Ecuador. En 1984 pasé a Expreso finalmente salí por la imprenta merced al apoyo de mi amigo el Lic. Elías Muñoz Vicuña, Director de Publicaciones de la Universidad de Guayaquil, que por su empeño en favor de la cultura ecuatoriana mereció el bien del país.

También debo agradecer a todas aquellas personas que con sus voces de aliento, gestos amables y generosos datos, han permitido este triunfo de mi esfuerzo y el logro de un ideal.

no son posibles los cambios verdaderos”. Igual posición sostuve a mi amigo y compañero de Facultad, Jaime Roldós, en 1979, ruando propugnaba “La fuerza del Cambio” como una necesidad histórica en esos momentos. No deseo establecer conceptos o conclusiones pero a todos nos consta que ambos intentos nacionalistas y sus respectivos mensajes políticos, no pasaron de meros slogan que el tiempo ha diluido porgue nada perdona. ¿I qué ha quedado de tanto cambio? Si los queremos duraderos, perdurables, tenemos que cambiar desde abajo hacia arriba y no al revés, como se ha intentado. Hay que civilizar primero, instruir después, concientizar al final y estará hecho el cambio. Otra cosa es el cambio económico, ese se hace de arriba hacia abajo.

PROLOGO
El Dr. Rodolfo Pérez Pimentel no obstante sus 64 años ha hecho una imponderable labor cultural por el país como tradicionista y difusor de nuestro pasado vernáculo a través, sobre todo, de la prensa y hoy el primero de los biografístas ecuatorianos y esto sin imitar a nadie, pero tampoco con pedantería con talento superior tras largos alias de meditación ha logrado encontrar su propio camino. Su tarea ha necesitado tesón y voluntad insuperables y esto le viene desde atrás, le viene impregnado en los genes, es sobrino nieto de Luís Vargas Torres, uno de los mártires del liberalismo y de los Concha, los indomables soldados esmeraldeños que luego de haber implantado la nueva doctrina, pusieron en jaque durante 3 años al segundo gobierno del General Plaza.

La vocación histórica del Dr. Pérez tuvo un inicio curioso y él me permitirá contar una anécdota: era adolescente cuando halló medio refundido en la biblioteca de su padre el conocido libro sobre la Historia Social de Guayaquil por Pedro Robles y Chambers. La empezó hurgar casi a hurtadillas y ya de frente se encontró con una minería de datos y con cien mil interrogantes. Pidió una cita con el autor del libro al Dr. Julio Pimentel Carbo, amigo y pariente de las dos partes. Un día teniendo ya 19 años vio a Robles en su casa y se lo metió en su bolsillo. Se convirtió entonces en su alumno, confidente y secretario, aunque por poco tiempo. Para seguir así, las necesidades de su formación universitaria se lo impedían y por otro lado habría habido que copiar al maestro, lo que era, simplemente, no futurista.

Así pues empezó a trabajar en el estudie del Dr. Jorge Zavala Baquerizo y a entrevistarse cientos de veces con los más viejos y eruditos vecinos de Guayaquil, a recoger sus cuitas, sus impresiones y sus decires de antaño. Había empezado el tradicionista, sin duda motivado también por las lecturas de Modesto Chávez Franco y de Gabriel Pino Roca. Al mismo tiempo empezó a gestionar la copia de documentos en archivos nacionales y extranjeros.

Data de 1961 su función de Secretario Fundador del Patronato Histórico de Guayaquil y cuando contaba 22 años su primera publicación en la Revista de La Casa de la Cultura de Guayaquil sobre una familia indígena, los Cayche— Chonana y luego sobre los Alguaciles Mayores de Guayaquil y sobre el pirata Dampier. En I 965 fue Secretario fundador del actual Centro Municipal de Cultura, entonces llamado Patronato Municipal de Bellas Artes.

Mientras tanto y graduado de Abogado dedicó su tiempo, parte a sobrevivir estableciendo un servicio de cobranzas judiciales y parte a deleitar a los lectores de “EL Universo” con unas crónicas dominicales de asuntos históricos inéditos que llegaron a los 300 artículos. La historia popular de Guayaquil empezaba a salir a luz. Por otro lado iniciaba su correspondencia y su relación con los historiadores del país.

En 1968 fue Director de la Biblioteca y Museo Municipales y en 1973 Presidente del Comité Teodoro Wolf que logró la publicación de la segunda edición de la “Geografía y Geología del Ecuador”. En 1974 cuando tenía 35 años fue Presidente del Patronato Histórico de Guayaquil. Merced a su propio esfuerzo había formado una excelente biblioteca especializada en historia y la mejor colección iconográfica familiar del país. En 1976 su labor como Concejal comisionado de Cultura no ha tenido repríss en Guayaquil, no obstante las inveteradas resistencias creadas a su alrededor y el Gobierno Nacional le otorgó La Medalla al Mérito Educacional de Primera Clase.

Un nuevo cambio hizo a los 37 años: dejar la profesión de abogado y encontrar derroteros en la búsqueda de seguridad. A los 39 años del Alcalde Dr. Guillermo Molina Defranc lo designó, uno de los 4 Cronistas Vitalicios de Guayaquil, siendo el más joven de ellos y seguido en edad del ing. Miguel Aspiazu Carbo, entonces de 73 años. Nombramiento y decisión muy justos, puesto que el Dr. Pérez es una historia viviente y detallada de Guayaquil; es rara la situación planteada que no la resuelve o que no dé una pista segura, pues no olvidemos que hombre culto no es el que dice saber todo, sino el que sabe donde buscar lo que ignora.

Hay además otra faceta en el Dr. Pérez que cabe anotar: aparte de profesor universitario, conferencista y escritor permanente; es un incentivador de cultura y un colaborador de cuanto proyecto tenga resonancia de amor por el pasado guayaquileño. Sociedad eminentemente competitiva como la nuestra, es lógico que a su alrededor se han formado simpatías y antipatías, las primeras sabe ganárselas y en abundancia, las segundas suele torearlas generalmente con risa y con risotada, excepto, claro está, cuando laceran su parte más interna.

En 1981 fue Director fundador del Centro de Investigación y Cultura del Banco Central sede en Guayaquil, y Presidente del Comité Promonumento del Tte. Ortiz Garcés. El mismo año organizó el primer congreso ecuatoriano de Genealogía en Salinas y el homenaje a Robles Chambers, a lo cual éste se negó rotundamente, porque era una persona muy modesta.

En este mismo año, el Dr. Pérez empezó a publicar en la prensa de Guayaquil y hasta 2 veces por semana, su Álbum Biográfico Ecuatoriano, del cual, al momento, ha publicado ya mas de 1.400 artículos. No cabe duda que es su mayor logro. Nuestro colega se ha dedicado a reconstruir científicamente, sin oropeles vacuos, con nitidez y con verdad, con una interpretación de fondo que anima y dá vitalidad, las vidas de cientos de ecuatorianos. Creo yo que uno de los mayores logros del Ecuador es el haber cimentado (aunque sea en teoría) su política cultural, en base a la búsqueda de nuestra identidad, asentada en el plurientnicismo. La obra del Dr. Pérez encaja en este afán de darnos modelos ecuatorianos de esfuerzo, constancia y superación,

En 1983 editó su libro “Nuestro Guayaquil Antiguo” profusamente ilustrado y en 316 páginas, en 20 capítulos que abarcan desde el siglo XVI hasta el gran incendio de 1896. Pérez Pimentel analiza historias de piratas, versos, costumbres y folklore do nuestro puerto.

Por todo esto el Dr. Pérez entro con derecho auténtico a la Academia. El primer biografista de los ecuatorianos no podía estar fuera de ella.

Personalmente, como, medico psiquiatra y como historiador, pienso que todos, hasta la mas humilde e ínfimo de los seres humanos, merece una biografía y tiene su propia historia. Todos somos parte de este inmenso universo, todos sabemos pensar, amar, reír, llorar, gritar y adivinar; todos fabricarnos ideas y proyectos, recuerdos, nostalgias y fantasías. Todos, cual más, cual menos, somos transitante con o sin camino, con o sin sentido, de una ruta cuajada de satisfacciones y placer, de dolor y frustración. Todos, Uds. y Yo nos hermanamos al sentir, al pensar, al crear y al destruir. Todos buscamos sobrevivir, aunque sea diferente la manera de hacerlo y el deseo o no de pasar al futuro; con lo que se llamaba honra o sin ella.

Lástima que en ambas fronteras abismales de la conducta humana se reclaten pensamientos y acciones también aberrantes y que sin embargo, merecen biografiarse.


FERNANDO JURADO NOBOA
MIEMBRO DE NÚMERO DE LA ACADEMIA NACIONAL DE
HISTORIA DEL ECUADOR