RAFAEL
FERRER
REDESCUBRIDOR
DEL MARAÑON.- Nació en Valencia, España,
en 1566; de 21 años ingreso a la Compañía
de Jesús. En 1589 residía en Lima y
habiéndose fundado el Colegio de Quito fue
enviado por sus superiores a estas regiones, donde
aprendió el quechua y alternó el ministerio
con blancos e indios.
En 1597 se empleó en
las Misiones españolas de Pasto y Cali en el
gobierno de Popayán y cinco años después,
en 1602, se le ofreció la gran empresa con
que soñara su celo y fuerte personalidad religiosa
y enviado por el Padre Onofre Esteban, salió
a la Misión de los Cofanes en busca de operarios,
atravesó la zona de Pimampiro hasta llegar
a la región de los indios Yumbos, doce leguas
antes de los Cofanes, donde permaneció poco
tiempo, pues su interés principal era llegar
hasta ellos, con el ánimo de catequizarlos.
Los Cofanes eran temidos por
habitar un territorio fragoso y aunque no numerosos,
era marcada su belicosidad. En lo político
se dividían en veinte parcialidades que hablaban
un mismo idioma, muy difícil por cierto, gobernándose
con independencia.
Ferrer iba solo y sin portar
armas, con un pequeño Cristo al pecho, el Breviario
y un manojo de papel para anotarlo estrictamente necesario.
Fue recibido de buena voluntad, pronto logró
entenderse y como además tenía la salud
robusta, pudo resistir. Consumió su único
vestido y se hizo un grosero saco de algodón
y unas sandalias de esparto. Tres máximas observaba
siempre, con las cuales consiguió rápidos
progresos: Nunca hablaba de religión hasta
haberles ganado plenamente las voluntades. Ponía
su mira y atención en las principales cabezas
haciendo que las respeten y procedía a instruir
a dicte cabezas y a otras principales.
La observancia de tan prudentes
máximas, su trato afable y su modo santo de
vivir, le hicieron en menos de un año dueño
de la voluntad de los Cofanes, que le rodeaban y escuchaban,
rogándole que nunca los desampare, y ganados
con tal modo, procedió a bautizarles. Solo
entonces convido a las tribus vecinas a aceptar la
reducción y envió a Quito por herramientas,
donecillos y ornamentos para celebrar misa.
El 29 de Junio de 16ü3
fundó la población de San Pedro de los
Cofanes, que tuvo iglesia con campanas. Luego salió
a recorrer las riberas de los ríos Duino y
Payamino hacia el norte y Azuela y Aguarico al sur.
A fines de 1604 había fundado dos poblaciones
más, denominadas Santa María y Santa
Cruz y entre las tres totalizó 6.500 indianos.
A las demás parcialidades las juzgó
seguras.
Una tarde preguntóle
a un indiano de edad y juicio ¿De qué
otras naciones situadas por las partes orientales
tenían noticia? Mostróle el ndiano un
árbol elevado y muy frondoso cogiendo la más
pequeña hoja de él le respondió:
Esto y nada mas somos todos juntos los Cofanes, todas
las demás hojas que ves son otras tantas naciones
desde nuestros confines, regadas por tantos ríos
como son las ramas del árbol, las cuales van
a unirse con la madre de todos los ríos. Dicha
respuesta le hizo concebir la clara idea de hallarse
en medio de una multitud casi infinita de gentilidad
distribuida en los inmensos países orientales,
de que no tenían los españoles la menor
luz, porque apenas habrán llegado a salir de
la gran cordillera. Esta idea, del gran árbol,
que le representaba vivamente un mundo por descubrir,
le dio ánimos para ejecutar tan magna empresa,
que aterrase a su corazón, dificultad alguna.
En 1605 dejó arreglados
sus tres pueblos y se adentró por los ríos
hacia el oriente hasta hallar las aguas del Aguarico,
que por llevar muy fino oro en sus arenas bautizo
como río de Oro hasta su unión con el
Ñapo. Viajó casi trescientas leguas
y finalmente avistó el gran río Marañón,
vagando dos años y siete meses por entre los
pueblos Amaguas, Encabellados y Abijiras, sin temor
a las fieras y enfermedades de la selva, enseñando
el evangelio, la vida civil y la agricultura, proveyéndoles
de herramientas que recibía del Colegio de
Quito. Fue, pues, el primer Jesuita en llegar al Marañón
y en dar noticia de él.
A fines de 1608 regresó
a los Cofanes que encontró en paz y aprovechó
para ordenar sus apuntes sobre todo lo descubierto
y observado y en formar un pequeño Catecismo
y Diccionario de la lengua Cofán, para ayuda
de los misioneros que entrañan después.
Luego, en la segunda entrada,
siguió la ruta equinoccial y descubrió
a cosa de cincuenta leguas la laguna Quequeya y el
curso de las aguas del río Putumayo que nace
en la provincia de Mocoa; pero no hallando tantos
pueblos como había esperado volvió a
fines de año a sus amados Cofanes.
En Junio de 1609 partió
hacia Quito, dio su Informe de boca al Viceprovincial
Jesuita, en originales a la Audiencia bajo el título
de "Información a la Real Audiencia de
Quito, sobre el descubrimiento de muchos y grandes
nos y de muchas naciones bárbaras que los habitan
por las partes orientales del reino. Manuscrito en
folio". También solicitó al Virrey
de Lima, Francisco de Borja y Aragón que le
suministrara ayudantes.
En febrero de 1610 le mandaron
a Quito al padre Esteban Páez de nacionalidad
española; al hermano Coadjutor Antón
Martín francés y finalmente al Padre
italiano Ferdinando Arnolfini, con cuyos auxilios
pudo llegar a través de la selva nuevamente
donde los Cofanes.
Mientras tanto la Audiencia
de Quito había designado un Gobernador para
que restableciera en tierra de Cofanes la derruida
ciudad de Ecija con el nombre de San Miguel de Sucumbios,
erigiendo un presidio en ella.
El Gobernador comenzó
con varios Encomenderos a reducir a la cautividad
a los indios para llevarlos a dicha ciudad. El Padre
Ferrer temió que se destruyera su obra que
iba en aumento, pues habrá agregado cosa de
cuatro cientos indios más a San Pedro, bautizándoles
con gran fiesta en aquella reducción. Y cuando
se hallaba en esa función, entraron dos soldados
con avisos de que el Capitán del presidio quería
hacerla revista de los indianos del padre, quien se
mostró reacio a ello, por considerar que era
una imprudencia.
El Capitán se querelló
ante la Audiencia y el Provincial de Sos Jesuitas
llamó a Ferrer a Quito para que alegare sus
razones personalmente, lo cual hizo con éxito,
superándose el problema, Mas, su posición
se había debilitado tan ostensiblemente, que
la Compañía de Jesús envió
a los padres Juan de Arcos y Onofre Esteban como Visitadores
y como resultado salieron todos los misioneros, dejando
abandonado los campos.
Ya sin mando, obtuvo que le
permitieran regresar como simple Párroco de
San Pedro, donde los Curacas le dieron las quejas
de que uno de ellos había vuelto a la poligamia,
Ferrer reprendió con suavidad al culpable y
le redujo a una sola mujer, Disimulo"" el
indiano su rabia y decidió retirarse con los
de su tribu a la selva, pero no quisieron seguirle
y viendo que habla, perdido el mando, comenzó
a maquinar la muerte del jesuita, como único
medió de liberación.
En eso ocurrió una rebelión
general entre los Cofanes, debida a los excesos cometidos
por la soldadesca y los encomenderos, a la par que
Ferrer enfermaba de gravedad. El Colegio jesuita de
Quito envió al padre Luis Vásquez para
que lo cuidara y trajera de vuelta, pero al arribara
Baeza se enteró que Ferrer se había
hecho llevar a hombro de indios a su querida misión
de San Pedro que encontró destruida; sin embargo
no se amilanó y a principios de 1612 quiso
ir a los Pastos, a confesar y proveer de lo necesario
a la ruta se presentó su enemigo el Cacique
polígamo, acompañado de un cómplice,
sin armas y en son de paz, y hasta se atrevieron a
darle un ósculo. Así las cosas, siguieron
por el camino y llegaron a un correntoso río
que debía ser atravesado de uno en uno por
tener un puente peligroso formado por un grueso madero.
Ferrer se adelantó y cuando había caminado
la mitad, le fue volteados madero, perdió el
equilibrio y cayó cosa de veinte pies a las
vivas peñas, perdiéndose en las turbulentas
aguas.
Su cadáver jamás
pudo ser localizado y tampoco se conoce la fecha exacta
de su muerte pues sus ayudantes no tuvieron noticias
sino después de varios meses.
Sus indios abandonaron las
reducciones por temor a las retaliaciones y se perdió
su gran obra por algún tiempo. En 1620 el Obispo
de Quito Fray Alonso de Santillán, mandó
un Vicario Provincial a tomar informaciones jurídicas
sobre el suceso, y el muy simple, en lugar de ceñirse
estrictamente a la realidad de lo acontecido, se dejó
influenciar por la imaginación y magia de los
salvajes y escribió que el Padre Ferrer había
flotado varios minutos sobre las aguas, con los brazos
levantados y predicando a sus asesinos con gran energía
para que hicieren penitencia de sus culpas si querían
evitar el castigo del cielo y su perdición
eterna. A consecuencia de ello se comenzó a
considerarle en Quito como a glorioso mártir
de la fe que obraba milagros así como otras
maravillas.