SANCHO
DE FIGUEROA Y ANDRADE
XII OBISPO
DE QUITO.- Nació en La Coruña, Galicia,
España, de noble y antigua familia. Hizo sus
estudios mayores en el Colegio de Oviedo y en Salamanca,
donde se graduó de Doctor en ambos Derechos,
Civil y Canónigo, y obtuvo por oposición
la Canonjía Magistral en la Catedral de Mondoñedo.
En 1664 el Rey Carlos II le
designó con iguales funciones en Lima pero
al mismo tiempo fue nombrado Deán en Trujillo
y el Arzobispo de Lima, Pedro de Villagómez,
le consagró el 17 de Mayo de 1665.
En la Diócesis de Trujillo
estuvo muy atareado visitando pueblos y desde 1668
dirigió las defensas de las costas ante la
presencia del pirata Sir Henry Morgan, que en 1670
saqueó Trujillo y solo el 71 se alejó
hacia el sur.
En Junio de 1679 fue promovido
a la sede de Guamanga. En Septiembre de 1682 entró
a esa población. El 64 logró visitar
cuatro provincias del Obispado. La Universidad había
dejado de existir por falta de rentas y mandó
que los Curas asistieran a una lección de Moral
que se leía en la Compañía. En
su tiempo llegaron las Carmelitas a fundar el Monasterio
de Guamaga para lo cual había dejado una buena
suma Juan de la Masa Quijano.
En 1686 el Obispo de Quito,
Alonso de la Peña Montenegro, sufrió
un ataque cerebral repentino que puso en grave peligro
su vida, convaleció pero con su memoria enflaquecida.
El Presidente de esa Audiencia, Lic. Lope Antonio
de Munive, dio parte al Virrey del Perú, Melchor
de Rocaful, Duque de la Palata, quien reunió
una consulta compuesta de Oidores y varios miembros
del Clero y dictaminaron que se debía nombrar
un Gobernador del Obispado que lo fue el Lic. Fausto
de la Cueva, Canónigo Doctoral de Quito, mientras
el Consejo de Indias pedía a Roma la designación
de Sancho de Figueroa y Andrade como Coadjutor con
derecho a sucesión y cuando se adoptaban tales
medidas, falleció de la Peña el 15 de
Mayo de 1687 y el Cabildo catedralicio de Quito eligió
Vicario Capitular al Dr. Luis Matheus y Sanz, Canónigo
de Merced, comunicándole a Figueroa y Andrade
que estaban prontos a obedecerle.
Este preparó su viaje
a Quito, pero como los piratas estaban ocupando el
puerto de Guayaquil, lo retrasó algunos meses
y recién en Abril de 1688 se hizo cargo de
su Diócesis.
Era un eclesiástico
de edad madura, alto de cuerpo, rostro enjuto y serio,
muy celebrado por su asidua aplicación al estudio
y sus conocimientos en Jurisprudencia Civil y Canónica
causaban admiración a los más entendidos
en esas materias.
"Sus bulas, mediante las
cuales se le instituía Obispo de Quito, tardaron
algo más de dos años en llegar; esta
tardanza iba despertando escúpulos en algunas
personas y habría acontecido un cisma si los
Canónigos no hubieran procedido con calma y
reflexión".
El primer asunto grave que
tomó a cargo fue la triste situación
del Convento máximo agustiniano en Quito, en
sisma por causa del relajamiento al que habían
caído los frailes. Dos sacerdotes se disputaban
la prelacia. El uno era Fray Francisco Montano, americano
recién nombrado Visitador y Reformador de la
Provincia de Quito y el otro Fray Pedro Pacheco, último
Provincial, ambos, sin embargo, de triste conducta.
El asunto pasó a mayores
porque Montano se extralimitó en sus funciones
y se hizo reelegir y Pacheco había regresado
de su voluntario exilio en Loja y gozaba de la confianza
del Presidente de la Audiencia. La ciudad había
vivido momentos de sobresalto, Figueroa y Andrade
actuó sin contemplaciones, ratificando las
medidas de hecho tomadas por la Audiencia.
Poco después fallecía
en Quito el Presidente Munive y recién en 1681
la Audiencia fue notificada que el Oidor de Lima Dr.
Mateo de la Mata Ponce de León debía
practicar una Visita, como efectivamente lo comenzó
a hacer ese mismo año, suscitándole
al Obispo las cuestiones relativas al Ceremonial Romano,
pues se le antojó exigirle su permanencia en
el coro y no en el altar siempre que no celebrase
Misa pontifical, quiso presidir las Procesiones en
detrimento del Prelado y para las fiestas de la Purificación,
Miércoles de Ceniza y Domingo de Ramos decidió
que el Obispo estuviera de pie y no sentado, cuando
distribuyera la cera, la ceniza y las palmas respectivamente
a los Oidores y al Presidente, a quien deberá
hacerle dos profundas reverencias, una antes y otra
después, porque representaban la persona del
monarca.
Figueroa y Andrade recurrió
al Consejo de Indias solicitando una aclaración
en punto a la observancia del Ceremonial Romano y
hasta tanto recibía la contestación
se alejó de Quito para ocuparse en la visita
del Obispado. La respuesta llegó finalmente
después de varios años dándole
la razón al Obispo.
En 1693 hubo peste en toda
la sierra. El 30 de Diciembre de 1696 el Obispo se
hallaba agonizante, con pulmonía, desahuciado
de los médicos y recibidos ya los últimos
sacramentos. Dos días antes se había
traído de Guápulo a la imagen de la
Virgen de Guadalupe y comenzado una novena para alcanzar
la salud del Prelado. Esa tarde la concurrencia al
rosario fue más numerosa y cuando la procesión
iba pasando por el atrio de San Francisco, dióse
con una campanilla la señal convenida para
indicar que estaba completa una docena de Ave Marías,
puse de rodillas todo el concurso y los cantores principiaron
el Gloria Patria cuando, levantando la voz un Clérigo
comenzó a exclamar: ¿La Virgen! ¿La
Virgen! A los gritos del sacerdote volvieron todos
la vista hacia el punto del cielo que él señalaba
con el dedo, eran casi las cinco de la tarde, el aire
estaba sereno y al lado del oriente destacábase
sobre el límpido azul del firmamento, una nube
blanquísima y resplandeciente con la imagen
de la Virgen María inclinada hacia el divino
niño, que sostenía con el brazo izquierdo,
mientras en el derecho extendido, llevaba a manera
de cetro un ramo de azucenas. La aparición
se mantuvo en el aire por algunas segundos y desapareció
así que comenzaron a entonar de nuevo los cantores
la salutación angélica. Gozaron de la
vista de tan inesperado espectáculo casi todos
los que formaban parte de la procesión, otros
preguntaban. ¿Dónde está la Virgen?
porque no todos la vieron y con el ruido llegaron
a prisa numerosos curiosos, lo raro del caso es que
el Obispo, lejos de morirse como todos esperaban,
empezó a mejorar y para constancia del prodigio
el Provisor y Vicario General, Dr. Pedro de Zumarraga,
Canónigo Doctoral de Quito, instruyó
un proceso con declaraciones juradas de personas discretas
que vieron el suceso. Figueroa y Andrade, por su parte
edificó un altar a la madre de Dios en la Catedral
y puso allí una imagen votiva que el pueblo
denominó "Nuestra Señora de la
Nube", advocación que existía desde
muchos años atrás en otras partes del
mundo católico, originada en sucesos parecidos
al que se ha reseñado.
El 20 de Junio de 1698 dos
violentísimos terremotos asolaron Latacunga,
Ambato y Riobamba. Era un Jueves, a la una de la mañana,
cuando un sacudimiento fuerte derrumbó casi
todas las casas de Ambato y después de un corto
intervalo volvió a temblar la tierra con mayor
fuerza, echando al suelo el resto de la población.
Un gran estruendo subterráneo precedió
al flagelo. Entonces ocurrió que los pocos
sobrevivientes empezaron a desenterrar a sus parientes
y amigos, muchos de los cuales aun gemían entre
los escombros, en ese trabajo se encontraban cuando
una tremenda avenida de agua y lodo les inundó,
arrasando todo a su paso, pues su efecto fue quizás
más destructor que el propio terremoto. El
río Ambato se derramó en ambas orillas
y llevóse el barrio bajo. En el valle del Patate
no quedaron casas, huertas ni sembríos. El
cono nevado del Carihuayrazo se derrumbo y la tierra
formó abismos en el declive de la cordillera.
En Ambato murieron cosa de 3.000 personas. En Riobamba
los edificios quedaron despedazados. En Latacunga
murieron más de 1.000 habitantes aplastados,
según lo ha indicado el Arzobispo González
Suárez en su Historia General de la República
del Ecuador, que hemos seguido para este relato.
El Presidente Ponce de León
se ausentó a Lima en 1701 y el Obispo Figueroa
y Andrade murió a consecuencia de un cáncer
lento y doloroso, a las cuatro de la tarde del 2 de
Mayo de 1702, mientras rezaba devotamente el rosario
y había comenzado el segundo misterio. Su vida
se apagó suave. Había gobernado quince
años, primero como Vicario con jurisdicción
y luego como Obispo de Quito.
Venerado de su pueblo, atinado
en el gobierno, se hizo amar y obedecer y fue celoso
en el cumplimiento de sus deberes. Visitó el
Obispado y hasta bajó a las regiones calientes
de la provincia de Barbacoas, siendo el primer Obispo
en llegara ellas. Se conservan dos retratos suyos
de cuerpo entero, uno en la catedral de Guamanga y
otro en Quito.