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ANTONIO BASTIDAS Y CARRANZA
PROMOTOR VOCACIONAL Y POETA.- Nació en Guayaquil hacia 1615, desconociéndose exactamente la fecha por haberse quemado el archivo de la Iglesia de la Pura y Limpia Concepción de María, parroquia de Ciudavieja para el Incendio Grande de 1896. Hijo legítimo de Jacinto Bastidas, natural de Quito y fallecido en Guayaquil en 1645 y de María de Carranza y Castro natural de Guayaquil. Nieto materno del Cap. Cristóbal de Carranza y Contero, vecino feudatario de Guayaquil, Encomendero de los indios de Baba, Mapán y Pimocha y de la guayaquileña Magdalena de Castro y Guzmán. (1).


(1) Fueron sus hermanos enteros: 1) Leonor de Carranza y Castro Guzmán monja en el Convento de Santa Catalina de Siena de Quito; 2) Jacinto Bastidas y Carranza, Cura Presbítero y Sacristán Mayor de la iglesia Matriz de Guayaquil, Patrono de la Capellanía y Vínculo de las Salinas de Punta Arenas que fundara su bisabuelo el célebre Cap. Toribio de Castro y Grijuela, mejor conocido con el remoquete de "Mano santa", por haber nacido solamente con la mano izquierda y tener un muñón en vez de la derecha. Por ello, sus padres, fueron en peregrinación al santuario de la Virgen del Soto, cercano a Irún, valle de Toranzo, Montañas de la provincia de Santander, España, de donde eran oriundos y pidiéronle que "le pusiera una mano", como afirman las crónicas pueblerinas de esa villa. Y sucedió pocos años después que, una mañana, un mendigo se acercó a pedir un pedazo de pan y el niño Toribio pasó a la cocina donde se hallaba atareada su madre y tomando un gollete, regresó a la puerta y se lo dio; notando con asombro que ya tenía mano y que donde antes había el muñón solo quedaba una línea roja que nunca se le borró; "tal milagro" fue autenticado por mas de cien simplones campesinos de esa villa en el valle de Toranzo, en dos certificaciones que el Cap. Castro y Grijuela trajo a Guayaquil. La una tramitada en 1584 ante el Escribano del valle de Toranzo Francisco de Are. La otra en 1608 ante el Escribano Real de Iruz, Francisco Gómez, que se quemaron en 1902 para el Incendio del Carmen, en poder de las hijas solteras del Presidente Diego Noboa Arteta, último poseedor del Vínculo o Mayorazgo de las salinas de Punta Arenas, que establecía que con el fruto de ellas se enseñara a leer y a escribir a las descendientes mujeres del susodicho Cap. Toribio de Castro y Grijuela, para que ellas, a su vez, enseñaran a sus hijos, como era usual entonces, y 3) Nicolás de Bastidas y Carranza.
Muy joven viajó a Quito con la finalidad de ingresar al Colegio Seminario de San Luis, siguió Retórica y Poética, se decidió por la carrera eclesiástica y entró de Novicio el 14 de Mayo de 1632, para estudiar tres años de Filosofía y cuatro de Teología y ordenado de sacerdote pasó a enseñar Gramática al Colegio Jesuita de Cuenca, donde estuvo tres años. En 1642 compuso una Oda en que conjugó las ideas de los padres Fray Francisco de María de la Fuente y Fray Basilio de Ribera, que sobre la poesía culterana-conceptista éstos tenían y siguiendo el gusto imperante en esa época, fue desde entonces un fiel seguidor de las teorías del célebre Luis de Góngora y Argote y de los esquemas del no menos famoso Francisco de Quevedo y Villegas. (2).

(2) Isaac J. Barrera, en su Historia de la Literatura Ecuatoriana, al hablar sobre las escuelas literarias de la España del siglo XVI y XVII hace la siguiente aclaración: "Una enconada lucha se mantenía en el campo de las letras: el culteranismo y el conceptismo se combatían con gran ímpetu, y como a la cabeza de esos movimientos estaban dos hombres de excepcionales méritos -Góngora y Quevedo- las escuelas prepararon innumerables adeptos que fueron extendiendo las doctrinas hasta los más apartados lugares. Góngora, gran poeta para todos los siglos, quería formar un vocabulario poético para sustituir las palabras gastadas por los años y las frases triviales y prosaicas; y proponiéndose como modelo la tersa poética latina, quizo emplear también el giro y el hipérbaton latinos, como signo de distinción y de elegancia. El método tenía que llevar a lo estrafalario a quienes no tuvieran como Góngora el genio latino, la imaginación desbordante, la retina perfecta para buscar los colores y las líneas, los sentidos todos afinados para producir emoción, musicalidad, color y todavía distinción. Los discípulos tenían que quedarse necesariamente en el uso de los medios externos de que Góngora se valía para producir su obra excepcional, y los medios eran los latinismos, los giros usados en esa lengua, las audacias de léxico y de sintaxis, el abuso de las metáforas tomadas de la antigüedad, la invención de imágenes y el uso de infinitos tropos. El conceptismo, al parecer, era una escuela contraria a la anterior: el conceptismo quería penetrar en tas honduras del pensamiento a fuerza de sutilidad y comprensión, quería medrar a la sombra de la sutileza escolástica y de la agudeza de ingenio que adelgaza los conceptos hasta quebrarlos y busca relaciones ficticias y arbitrarias entre los objetos y entre las ideas, como anota Menéndez y Pelayo.

Contradictorias las escuelas; pero el Conceptista, para forzar el ingenio, tenía necesariamente que acudir al rebuscamiento y aquí es donde se encontraba con los discípulos de Góngora, pues que se ha dado el caso de atribuir a Quevedo muchos versos del cordovés genial. El Culteranismo, que tuvo la culminación en el arte de Góngora, no podía mantenerse en la altura poética sino en manos de un poeta que reunía inigualable condiciones intrínsecas y que menospreciaba lo vulgar para hacer y rehacer sus obras con la ambición de componer algo eterno y único. El Culteranismo era patrimonio de cultos y tenía, por lo mismo, el atractivo de lo distinguido, de lo exquisito. En Góngora, además de la forma difícil, había el contenido poético no alcanzado por sus discípulos y que tampoco pretendieron alcanzar. Era el tormento de la forma lo que ante todo se presentaba como la mayor sugestión para obtener el prestigio; y este atractivo hizo que se contaminaran de culteranismo todos los escritores de ese tiempo, aun los que se manifestaron como contrarios en los primeros momentos, aun los enemigos personales de Góngora, como Lope. El Culteranismo en la poesía, y el Conceptismo aliado fuertemente con el Culteranismo en la prosa, hicieron estragos hasta en los pulpitos de las iglesias, en los cuales, los predicadores, decía Gracián, desenvolvían sus alegorías frías y sus metáforas cansadas, de las que hacen soles y águilas los santos, mares las virtudes, y tienen toda una hora preocupado al auditorio en una ave o en una flor.

La obra de Góngora, difícil y de quinta esencia, tenía la virtud de difundirse a pesar de todos los obstáculos. Góngora no había publicado ninguno de sus versos. Eran sus discípulos los que devotamente los recogían en las diferentes versiones que la labor incansable de lima los convertía en permanente novedad. Pero esta misma difusión, extendida solamente entre iniciados, era un mayor atrayente. El esoterismo de ese arte era para los escogidos, y Góngora triunfó después de muerto y triunfó ruidosamente; solo que con Góngora iban también sus discípulos, aprendices de distinción, que cuidaban del valor decorativo de la poesía y no pasaban de comprender solo la fórmula externa del gran reformador. En América el arte tenia que ser continuidad e iniciación, era un pueblo demasiado joven para tener una literatura tradicional y era muy cercano el parentesco español para que no se gloriara de la procedencia, aunque lo hiciera sin gusto ni elegancia. Y así fue en efecto. La poesía se despeñó por los barrancos de las metáforas ingenuas, al tratar de mostrarse extrañas y originales, y del hipérbaton retorcido hasta el ridículo, se abusó escandalosamente. Además, lo Culterano tenía que manifestarse con el conocimiento de los autores latinos, por lo menos, y los escritos estaban atiborrados de citas que lejos de manifestar erudición, no hacía sino añadir desesperación a las dificultades. Esto en cuanto al Culteranismo, que los Conceptistas hicieron su agosto, «sobre todo, en la cátedra sagrada. Los sermones de los Predicadores de esa época son juegos de palabras desconcertantes y están llenos de recursos ingenuos. Fue este tiempo el del retruécano, de la voz hinchada y del gesto de epopeya. Nuestros oradores parecen cubiertos con una especie de carátula de máscara griega para que la voz, a fuerza de ser hueca, pareciera temible".

Dedicado por entero a su profesión de Maestro de Gramática y Humanidades en el Colegio de San Luis de Quito, teniendo a cargo la lectura de las cátedras de Mayores y Retórica que incluía latines y métrica, y no descuidó sembrar conocimientos, cultivando el trato y la amistad de sus alumnos de andanzas poéticas. Uno de ellos, su paisano Jacinto de Evia, luego sacerdote, le encontró entre 1645 y el 60 "en la amena primavera de su edad, entusiasta y brillante, de aquellos que inquietan y despiertan vocaciones literarias por su erudición, elocuencia y humanidad", escribiendo poesías -primeras flores de su Juventud- que en su concepto sólo eran verdores e imperfecciones por lo poco sazonado de esta. Evia debió confiarse sin reservas con Bastidas y nació entre ellos una entrañable amistad. Otro alumno suyo fue el santafereño Hernando Domínguez Camargo y también tuvo otros discípulos cuyos nombres lamentablemente no ha recogido la historia de nuestras letras. Por eso se ha dicho que Bastidas formó en el San Luis una promoción cultural poética, haciendo de Crítico y hasta de publicista de ella. Noble labor en la que gastó buena parte de sus años.

El 25 de Agosto de 1654, de casi cuarenta de edad, profesó el famoso Cuarto voto de los Jesuitas y adquirió la máxima categoría de Maestro dentro de dicha Orden.

En 1659 falleció en Tunja su discípulo Domínguez Camargo, ordenando que "todos los libros que tengo publicables y de estudio, y mis papeles, mando den al Colegio de la Compañía de Jesús de esta ciudad" y que por aquellos azares que tiene el destino llegaron poco después a manos de Bastidas, quien los leyó y con buen criterio seleccionó "El Poema Heroico de San Ignacio de Loyola" para darlo a la imprenta en 1666 en Madrid, con una dedicatoria a Fray Basilio de Ribera, Provincial de San Agustín, una nota dirigida al curioso Lector, varios versos pulidos y otros propios intercalados como necesarios a su real saber y entender, pues le había unido una gran familiaridad con el difunto. (3).

Aquí cabe plantear dos puntos de sumo interés: 1) El sentido crítico de Bastidas para dar a conocer una composición tan bella, la mayor de su autor y de las mejores de esos tiempos en las letras coloniales Hispanoamérica y 2) El arreglo a su gusto para tratar de completarla, lo cual era muy normal por entonces.

Bastidas aparece como buen poeta aunque sin las genialidades de Domínguez Camargo. Así lo dicen sus versos intercalados, que por no desmerecer de los originales, ha sido imposible localizar en el contexto del poema heroico de San Ignacio.

En 1668 seguía interesado de la enseñanza y la predicación en Quito. Ya no hacía poesías como en sus mejores tiempos cuando era joven, pero seguía preocupado de todo lo que fuere cultura, especialmente en lo tocante a las Bellas Letras, que siempre gozaron de su amor y preferencia.

Entre el 68 y el 78 enseñó y predicó en el Colegio jesuita de Popayán. En 1672 escribió que estaba vigilando la publicación de sus poemas por manos "del discípulo y amigo por cuyo cuidado se imprimen esos dos libros" refiriéndose a Evia y al "Ramillete de varias flores poéticas,


(3) Domínguez Camargo nació en Santa Fe de Bogotá a principios del siglo XVII, estudió en el Colegio Jesuita de San Luis en Quito, donde fue discípulo y amigo de Bastidas como ya se dijo, se hizo Clérigo y no Jesuita como algunos autores equivocadamente han señalado y falleció en 1659 en Tunja. Autor del Poema Heroico de San Ignacio de Loyola, impreso en 1666 en Madrid, por mano del Maestro Antonio Navarro-Navarrete quien también consta como autor del Prólogo, personaje que se cree que fue guayaquileño, si es que verdaderamente llegó a existir, porque bien pudo ser un seudónimo usado por el propio Bastidas, lo que aún no está debidamente aclarado. Domínguez Camargo dejó su Poema Heroico inconcluso, pero fue terminado por Bastidas. La versión publicada consta de mil doscientas octavas, su versificación es robusta e ingeniosa, tiene talento y fuerza literaria y está considerado el mayor poema de su tiempo, dentro del estilo Gongórico, en las letras coloniales de la América hispana.

recogidas y cultivadas en lo primeros abriles de sus años por el Maestro Jacinto de Evia, natural de la ciudad de Guayaquil en el Perú", que apareció en Madrid en 406 páginas en octavo mayor, en la imprenta de Nicolás de Jamares, Mercader de Libros, año de 1675, dedicada al Lic. Pedro de Arboleda Salazar, Provisor, Vicario General y Gobernador del Obispado de Popayán por ausencia del propietario Dr. Melchor Liñán de Cisneros, dentro del cual aparece intercalada la "invectiva apologética" que corre en el ramillete como obra de Domínguez Camargo. (4).

El Padre Aurelio Espinosa Pólit ha opinado que el libro salió con el nombre de Evia únicamente para evitarle a Bastidas el engorroso trámite que le hubiera correspondido seguir como Jesuita, para obtener las licencias. Isaac J. Barrera, en su Historia de la Literatura Ecuatoriana, indica que el libro resucita toda la vida literaria de la colonia y de Quito principalmente. Pone por ejemplo que los escritores lucen su saber cuando se ha erigido un túmulo con motivo de la muerte de una reina en la metrópoli, cuando los poetas toman parte en los certámenes que se abren con el mismo motivo o por el nacimiento de algún Príncipe. Esos predicadores componen sus Oraciones grandilocuentes cuando se celebra la fiesta de algún santo patrón de uno de los tantos conventos de la ciudad y los poetas felicitan en verso al predicador. Las composiciones son glosas sobre estrofas ajenas o sobre pies forzados que se compusieron para el efecto. Muchas composiciones, sonetos, canciones y silvas llevan finales obligados. La erudición se revienta por todas partes con citas de versículos latinos y con el catálogo de todos los escritores de la antigüedad, paganos y cristianos. A continuación pasa a explicar las materias de que trata y dice: El Ramillete se divide en Flores de varias clases: Fúnebres, Heroicas y Líricas, Sagradas, Panegíricas, Amorosas y Burlescas. A la cabeza de cada


(4) Según estadística efectuada por Espinosa Pólit de las ciento ochenta composiciones poéticas más o menos largas que integran la obra, cinco son de Domínguez Camargo, siete de un Jesuita innominado, sesenta y nueve de Evia y noventa y nueve de Bastidas.
una de estas secciones Evia pone una introducción erudita, aclarando el contenido. Comienza con las Flores Fúnebres, porque el dolor es el llanto de la cuna y el del sepulcro. Las flores y sobretodo, las rosas, expresan la brevedad de la vida. Las Rosas Fúnebres son todas de Bastidas, así como la traducción de la Rosa, atribuida a Virgilio, aunque propiamente es de Ausonio. Son versos Fúnebres porque están dedicados a llorar la muerte de algún Rey o de algún Príncipe. En las Flores Fúnebres de Bastidas se encuentra un Mausoleo Panegírico a las venerables cenizas y gloriosos manes de Dña. Francisca de Santa Clara y de la Cueva, fundadora del ilustre Convento de Santa Clara de Quito. Evia escribe la Introducción para este Mausoleo poético con datos biográficos de dicha señora. Bastidas canta después, en la muerte de Dn. Alfonso de Mesa y Ayala, Oidor de la Real Audiencia de Quito, a la de Dn. Juan de Lizarazu, Presidente de la Audiencia de Charcas y después de la de Quito, a Dña. Luisa Chávez, Monja profesa en el Convento de Santa Catalina, religiosa que murió en olor de santidad. Se termina este Capítulo con la Silva a la Rosa, flor comparable a la inconsciencia de la hermosura, que es la traducción anunciada de Virgilio.

También es de Bastidas una Sección de las Flores Heroicas y Líricas, al cantar las galas de Dn. Alonso López de Galarza, General de la Caballería de Quito, y en la Sección de las Flores Sagradas, son suyas las Décimas dedicadas a Dn. Martín de Arriola, presidente de la Audiencia y animador literario de la ciudad de Quito. En las Flores Panegíricas se dedican Loas a varias festividades y a diversos asuntos, diálogos entre personajes de la mitología pagana o de la historia Grecoromana, a pesar de ser escritas con motivos de fiestas religiosas. Estas Flores también son de Bastidas, porque las de Evia no llevan diálogos.

Sus versos, forjados en los moldes gongoristas, revelan una espontánea disposición lírica para el cantar místico, así como para el panteísta y admirativo, aunque su inspiración no fue superior ni gozó de aliento propios que revele una vida poética interna y que aporte algún latido nuevo a la lírica universal.

Espinosa Pólit había agregado "En su época y en su escuela, fue un buen artífice versificador, de ordinario impecable, fácil, suelto, ingenioso, adiestrado en las peculiaridades del habla y de la sintaxis gongorinas, capaz de adaptarse a los más arbitrarios requerimientos, negándole su calidad de poeta y así se lo tuvo, como un simple literato conceptista; (5) más importante como forjador de vocaciones y orador sagrado, que a esa actividad dedicó buena parte de su energía y lo mejor de sus últimos años; hasta que Hernán Rodríguez Castelo abrió un nuevo paréntesis sobre su vida y obra al tratar en el Capítulo XVII de su "Literatura en la Audiencia de Quito, Siglo XVII", del Maestro Bastidas.

Comienza el crítico informándonos que fue poeta auténtico con todos los atributos que otorga esa altísima calidad y condición y sobre eso, maestro de poetas, iluminador de vocaciones, forjador de la primera promoción lírica. El mayor poeta culterano del Quito del Siglo XVII, pues bebió el viento alto y fuerte de Góngora que le dio brío a sus metáforas y sutileza a sus versos llenos de aciertos expresivos; aunque su poesía peca de irregular, pues al lado de un Bastidas sin inspiración, seco y tieso, aflora otro al que un sentimiento auténtico ha sacudido. Uno preciso y claro y otro obscuro y desasosegante, confuso, falto de gallardía en el manejo de la lengua, sobre todo cuando da gusto a requerimientos cortesanos, donde a falta de auténtico entusiasmo, alárgase en sus discursos. Entre sus mejores y más auténticos aciertos, menciona el poema "Silva a la Rosa " // ¡Oh, qué


(5) Por poseer todos los méritos que constituyen al literato de profesión, dueño de una notable cultura adquirida y de una técnica que actúa tan fácil como segura, por eso le calificó de buen literato, gallarda muestra de la intelectualidad quiteña del Siglo XVII, que en poco más de un siglo se había puesto a la altura de las viejas culturas europeas.

breve esta flor tiene la vida / pues edad fugitiva la arrebata, / de su beldad pirata / y de un punto al escollo la admirable / caduca y lacia, cuanto más florida; / saliendo al paso presta y diligente, / prevenida la muerte al propio oriente, / siendo la cuna en que le mece el viento / su fatal pira y triste monumento. // Aquella en quien el sol en la mañana / en pañales de grana abrió infante, / a la tarde volviendo ya triunfante, / su edad florida vio truncada en cana // Pero ¿qué importa, oh rosa, que tu llama / tan temprana se apague, aún cuando ¿ardiente? / pues ha tomado a cargo ya la fama, / hoy aplaudirte más de gente en gente, / gozándote perenne y más constante, / cuanto antes tu vivir fue un solo instante, / permaneciendo fija en la memoria / de tu belleza la pasada gloria...//

Rodríguez Castelo agrega que Bastidas llegó a todo lo alto en el manejo de la lengua, intensificando, casi exasperando, sus posibilidades expresivas, hasta llegar a plasmar fórmulas de gran poder de comunicación en inmediatez y con vibración especial, que son dos atributos de lo lírico.

Bastidas dedicó sus últimos tiempos a las Humanidades y a los Ministerios Sagrados, especialmente a la predicación de los españoles y murió en Santa Fe el 1o. de Diciembre de 1681, de 66 años de edad. Lamentable no se ha conservado su descripción física ni psicológica, pero debió ser un hombre de buen temperamento, expansivo, agradable, paciente en grado sumo con sus alumnos, a quienes acompañaría en excursiones por los alrededores de Quito, como lo revela el poema de Domínguez Camargo dedicado al salto de Chillo. En síntesis, un auténtico promotor cultural.