MARIA ESTHER CASTELO DE RODRIGUEZ
EDUCADORA.- Nació en Ibarra en 1901. Hija legítima de Tomás Castelo y de Mariana Peñaherrera, naturales de Ibarra.
Estudió en el colegio de La Inmaculada de la misma ciudad. Apreciando una precoz disposición para la docencia, las religiosas le confiaron un grado antes de que se graduase. Alternó entonces brillantes estudios con una excelente docencia y se orientó definitivamente por el magisterio.
De Ibarra pasó a Otavalo a dirigir la escuela "Gabriela Mistral". Entonces escribió a la poetisa y recibió cálida respuesta y en 1957, al conocer la noticia del fallecimiento de la gran chilena, escribiría: "Su muerte ha enlutado mi corazón, he sentido lo que debe sentir la amiga íntima que pierde para siempre a su amiga".
En Otavalo contrajo matrimonio con Humberto Rodríguez, director de la escuela de varones.
En 1933 la pareja de profesores se trasladó definitivamente a Quito. María Esther estudió en los cursos intensivos del normal "Manuela Cañizares" y obtuvo su título, tras estudios y prácticas que le granjearon admiración y afecto de sus profesores.
Poco después ganó por concurso la Subdirección del Liceo Municipal "Fernández Madrid" y halló en ese plantel el medio ideal para ejercitar un magisterio de altura y con intensa proyección cultural. Vivía el Liceo bajo la dirección de María Angélica Idrovo, una hora de extraordinaria irradiación cultural. María Esther Castelo estrechó especial amistad con la gran escritora Zoila Ugarte de Landívar, profesora de Literatura del establecimiento. Esa amistad duraría hasta la muerte de la gran orense. El magisterio de Puericultura -materia a la que ella contribuyó a prestigiar y dar forma- floreció en un libro: "Nociones elementales de puericultura y maternología" que conoció una segunda edición (1955) y agotada ésta, seguiría siendo requerido.
En el año 1942 la invasión peruana a la provincia de Oro dejó sin hogar a muchos niños y jóvenes. Para ellos, el Ministro de Previsión Social, Leopoldo N. Chávez, fundó las colonias de recuperación física y llamó a colaborar a María Esther Castelo, cuyas dotes de educadora le eran conocidas, y ella se entregó con pasión a tan patriótica tarea. Dirigió la colonia "Machala", situada en donde se halla actualmente el hospital "Baca Ortiz", en el edificio demolido hace poco. Vivía en la Colonia y la convirtió en un establecimiento modelo, cuidando desde la alimentación diaria hasta la formación cultural y religiosa de los internos orenses. Los viajes en que acompañaba a los internos a sus casas en la provincia sureña se convertían en giras triunfales, en que los cantones orenses expresaban su agradecimiento a la educadora.
Solo diferencias graves con otro ministro hacen que María Esther Castelo deje la dirección de la Colonia "Machala"; que, a su salida, se sumó en incontenible decadencia física, intelectual y moral.
María Esther Castelo continuó su magisterio en los colegios "La Providencia" y "La Inmaculada". Publicó entonces un segundo libro: "Economía doméstica". Más tarde, a pedido del P. Aurelio Espinosa Pólit, aceptó colaborar con la Srta, María Espinosa, como Vicerrectora del Hogar-Colegio "La Dolorosa". Entonces publicó "Retazos", pequeños relatos de clase que daban a su enseñanza el especial calor humano que sus alumnas siempre recuerdan.
Jubilada, concentró su atención en sus hijos. Mucho de ese admirable magisterio quedó en cartas de alta tensión cristiana y admirable prudencia humana.
Como educadora cumplió siempre un ideal: "La maestra -decía- debe ser como una segunda madre". Y la vida le enseñó que en muchos casos conflictivos, esa segunda madre merecía de sus discípulas más confianza que la propia madre. Ese ideal de maestra confirió a su magisterio un admirable poder de penetración en los problemas de sus alumnas y un extraordinario don de comunicación.
En sus clases ejercitó el arte de los grandes maestros: la digresión oportuna y amena, más formadora que la pura enseñanza. Y se ufanó siempre que sus clases fuesen esperadas con verdadero interés y seguidas con entrega.
Modestísima, esa educadora jamás consintió en que se la honrase y a su muerte, no ha dejado ni el más sencillo curriculum. "El lema de mi vida -ha podido leerse en una carta dirigida a su hijo Hernán- fue nunca hacer publicidad de algo que fuera en mi honor. Recordarás que rechacé asistir a la colocación de mi retrato en la galería de directores y benefactores de la Escuela Otavalo ".
En 1989 empezó a sufrir de pequeños derrames cerebrales que disminuyeron notablemente su capacidad y tuvo que someterse a un período de rehabilitación. Ese año quedó viuda y agravada su condición, falleció en Guayaquil, el Jueves 11 de Enero de 1990, en casa de su hijo el ilustre psiquiatra Dr. Rodolfo Rodríguez Catelo, donde había vivido sus últimos tiempos. Sus restos fueron llevados a Quito y allí reposan.