IGNACIO ELLACURIA
MARTIR.- Nació
en España hacia 1930 y en 1955 formó
parte del primer grupo de novicios Jesuitas que vino
al Ecuador a estudiar en el Instituto Superior de
Humanidades Clásicas de Cotocollao, bajo la
sabia y prudente dirección del afamado Padre
Aurelio Espinosa Pólit, tan brillante humanista
como amigo y consejero sapiente, de la juventud de
entonces.
Concurrió a las clases
que se dictaban en la Facultad de Filosofía
"San Gregorio" de la capital. Los tres años
de maestro, que equivalen al magisterio, los realizó
entre el 59 y el 62 en el Seminario Mayor de San José
de la Montaña de San Salvador, donde los Jesuitas
tenían la responsabilidad de formar a los futuros
sacerdotes de esa Arquidiócesis y de las demás
regiones de ese país.
Fue allí donde Ellacuría,
participando del primer grupo Jesuita de trabajó
en Centroamérica, tomó contacto con
la dura realidad, pues, los restantes seminaristas
provenían del pueblo llano y conocían
en carne propia lo que era la violencia y la pobreza.
Fundada en 1965 la Universidad
Católica, también conocida como Universidad
Centroamericana Simeón Cañas, o simplemente
bajo las siglas de UCA, surgió la necesidad
de contar con un centro de instrucción superior
no politizado como la Universidad Nacional de El Salvador,
para satisfacer las necesidades de los sectores medios
y altos que buscaban un sitio aséptico y profesionalizante
para sus hijos. En realidad, la UCA nunca fue un centro
de agitación, sino de análisis, investigación
y discusión. Ello explica su tremenda potencia
y su presencia a todo nivel en la sociedad salvadoreña.
Mientras tanto el padre Ellacuría
había viajado a Innsbruck, Austria, con el
fin de terminar sus estudios de Teologia y escribir
una tesis sobre Javier Subiri, filósofo español
y vasco como él, aunque poco conocido para
entonces. Su libro fue un éxito más
en su brillante carrera de estudiante pensador y filósofo
y cuando en 1968 regresó a San Salvador convertido
en una de las más sobresalientes figuras de
la filosofía en la especialización de
Ciencias Sociales, tuvo un rápido acceso hacia
lo real.
Joaquín Hernández
Alvarado, a quien seguimos en esta biografía,
nos ha referido que habiendo tratado con Ellacuría
sobre la realidad salvadoreña, éste
le dijo: "La primera obligación de la
inteligencia es la realidad con la que tiene que habérselas",
inmediatamente de llegado advirtió la alta
cuota de violencia existente en ese país y
sus trágicas consecuencias para el futuro;
por eso proyectó dirigir a la UCA como una
institución profesionalizante y al mismo tiempo
de saber y de servicio de los salvadoreños,
contando para el efecto con profesores seglares de
la categoría humana de Italo López Vallecillos.
Román Mayorga Quiroz y Jorge Siman.
La Iglesia, en un proceso coincidente,
entendía que su misión liberadora de
una realidad oprimente, violenta, inhumana, en síntesis,
injusta, era lo más acertado y aunque no intervino
en la guerra civil que iba para más de diez
años, por encontrarse inmersa en la crisis,
debió brindar ayuda, esperanza y mediación.
En todo ello la labor de Ellacuría
fue grandiosa aunque poco comprendida, pues sin disminuir
el nivel académico ni el de profesionalización,
difundió la cultura nacional a través
de ediciones y reediciones de los principales escritores
salvadoreños, publicitando diálogos
como única alternativa viable.
Al mismo tiempo jamás
trepidó en señalar el crímen,
venga de donde viniere, manteniendo la revista ECA.
Estudios Centroamericanos, como boletín de
análisis económico-político,
que en su sección Documentación trata
documentos del gobierno, de los militares, empresarios
y sindicatos.
Por eso, desde 1977, frente
a las amenazas de los grupos paramilitares de derecha
que escribían en las paredes de San Salvador
y de casi todos los pueblos de ese país: "Haga
Patria, mate un cura", decidió separar
a los Jesuitas de la UCA en dos casitas ubicadas en
los jardines de Guadalupe al lado del campus universitario
y a pesar de que algunas personas que le querían
bien le aconsejaban tener un grupo de guardaespaldas,
nunca aceptó la idea, por parecerle, simplemente,
disparatada. ¿Qué más podía
hacer sino seguir en su misión de mediación
y de análisis?
De allí que junto al
grupo de Jesuitas españoles sirvió de
puente luminoso para cruzar el abismo de los odios
y las rencillas sociales que se vienen alimentando
en ese país en crisis. Ellacuría, Martín-Baró,
Montes y Armando López también desde
la UCA iniciaron diálogos a nivel internacional,
para hallar la mediación de las superpotencias.
En ese sentido la UCA abrió un nuevo cauce
a la sangriente crisis y cuando ya estaba consiguiendo
sus primeros triunfos, un escuadrón de la muerte,
de los muchos que pululan por el país, en una
siniestra madrugada de Noviembre de 1989, entró
a bala a la residencia jesuita de San Salvador y asesinó
a tiros a seis de los principales, entre ellos, Ellacuría,
que ha aumentado el glorioso martirologio universal.
Su pluralismo ideológico
fue total y hay que reconocer que entre los Jesuitas
de El Salvador, tan adelantados a su tiempo y tan
coherentes con las nuevas doctrinas de la Iglesia
Católica postconciliares y los Jesuitas nuestros,
existe un mundo de diferencias.
Ellacuría murió
por señalar los abusos de la violencia y de
los militares y la complicidad de los políticos
de Washington y por eso fue asesinado en una madrugada
cualquiera. En un país tan pequeñito,
donde su dictador Duarte besó la bandera extranjera
que mantiene la violencia sin fin. ¿Qué
más se puede esperar?.
No creo, opinó Hernández,
que aquella madrugada Ignacio tuviese miedo. El amor,
ese padecer con Cristo, le vinculaba a ese pueblo,
con el que compartía definitivamente su destino.
Su nombre ha quedado unido
al de sus cinco compañeros, al de Monseñor
Oscar Romero, salesiano Obispo de San Salvador, y
al de tantos y tantos mártires salvadoreños.
La Casa Jesuita de Cotocollao ya tiene un mártir
salido de su seno.