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JUANA DE JESUS PAZ Y MIÑO
MISTICA.- Nació en Quito el 24 de Junio de 1662, día de San Juan Bautista y fue expuesta a las puertas del Monasterio de la Purísima Concepción, con una esquela dirigida a la Madre Catalina de San Rafael, religiosa en dicho Monasterio; quien, no teniendo cómo criarla, la envió a unos parientes suyos, el Gobernador Sancho de Paz y Miño y su esposa Isabel de Cáceres y Avellaneda, que la recibieron con amor y caridad, haciéndola bautizar por Fray Juan Paz Miño, hijo de ellos y miembros de la Orden Franciscana y apadrinándola el Cap. Mateo Domínguez de Salvatierra. Le pusieron por nombre Juana, en homenaje al Santo del día.

Creció en casa de sus protectores y tuvo por diversiones hacer altares y formar conventos y cuando las criadas salían de paseo las acompañaba a la calle, pues era de raza mestiza y por eso el Gobernador y su esposa nunca la aceptaron como hija adoptiva y a los siete años de edad la mandaron al Convento de Santa Clara, al cuidado de la madre Inés de Santa Clara, quien la llevó a su celda y allí la pobrecilla Juana -que no tenía pelo de tonta- comprendió todo e! horror de su destino, pues a tan tierna edad no se puede tener vocación para vivir en soledad y oración. Por eso quiso volver a "su casa", pero sus protectores se negaron a recibirla por culpa de los prejuicios raciales.

Mientras tanto las monjas de Santa Clara y especialmente la Madre Inés, en lugar de tratarla de acuerdo a su edad y de enseñarle cosas útiles e instructivas como leer y escribir la sometieron a unas devotas Novenas al Señor Sacramentado, a María Santísima y a Santa Clara, enfermándola, al punto que cayó en cama con recias calenturas y tras un proceso de madurez precipitada, sacó fuerzas para aceptar como único futuro posible las frías y desnudas paredes de los claustros del Monasterio. Una especie de muerte en vida, pero decidió sobrellevar su destino y hasta triunfar si fuere posible.

De vez en cuando sus protectores le enviaban algún regalito que ella empleaba en velas y adornos para el aseo de los altares y en su fértil imaginación dio vida a un Cristo de tamaño natural (Ecce Homo) y a una talla de la Virgen de los Dolores, abandonados casi al fondo del Coro Alto.

Y ocurrió por esos días que la Madre Sor Inés, perdido el alborozo inicial por la novedad de su llegada y viéndola a Juana feúcha, mestiza, tímida y sin ninguna gracia, le tomó tal ojeriza, que empezó a maltratarla con términos tales como "hipócrita, embustera", poníale apodos ridículos e indecorosos y por faltas muy leves la trataba con sobrado rigor, enviándole de castigo a la cocina, para que estuviere con las otras criadas.

No faltaron monjas que la aconsejaban para que diera las quejas a sus protectores, pero Juana no despegaba sus labios ni pronunciaba queja y solo como deshogo empezó a "dialogar" con su Cristo y su Virgen, llorando copiosamente ante ellos y tomándoles por consejeros.

Uno de sus biógrafos, el franciscano Fray Francisco Javier Antonio de Santa María, en "La vida admirable de la venerable Virgen Juana de Jesús", concluida en 1754 y publicada en Lima dos años después, asegura que desde tan tierna edad comenzó a tener visiones.

Una tarde el Cristo le dijo primero en latín y luego en castellano, que estaba todo cubierto de heridas por el mucho amor que le profesaba a ella. Para colmos, las criadas, viendo que Juana había perdido la buena voluntad de su monja cuidadora, también comenzaron a abusar y hasta la afrentaban, pues cada vez que recibía un regalo de sus protectores "se lo tiraban a la cara diciéndole que era indigna de ser atendida". Tanto menosprecio dio lugar a que una criada de la casa del Gobernador se diera cuenta de esos maltratos y fue a comunicarlos a Don Sancho y a su esposa, quienes, en lugar de retirarla inmediatamente, solo atinaron a visitar a la Madre Inés para pedir que mudara su conducta con Juana de Jesús, cesaron, pues, las persecuciones de las criadas, pero no la de tan perversa monja, que siguió martirizándola, porque era una mujer renegada de su suerte. (1)

En 1672, habiendo llegado Juana a una edad en que se hacía necesaria su Primera Comunión, púsose a buscar un confesor para que le enseñara religión; pues a pesar de que en el Convento entre monjas, hermanas y sirvientas había casi 200 mujeres, a ninguna se le había ocurrido hacerlo. Sólo era una huérfana desvalida, sin medios económicos ni familiares poderosos y así se estuvo casi dos años, sin atreverse a pedir a ninguno de los padres que frecuentaba el Monasterio, ni a las religiosas que bien hubieran podido encomendarla, hasta que finalmente alguien se apiadó de ella y recibió su Primera Comunión, quedando tan impresionada, que empezó a hacerlo diariamente. Y he allí que las demás conceldáneas le empezaron a decir: ¿Qué es lo que intentas, embustera, con estas comuniones diarias?.

¿Es acaso, darnos a tragar, que eres santa? Bueno sería eso para quien no te conoce, pero para nosotras, que te tenemos bien marcada, es una lisura de marca, pues la frecuencia cotidiana no se permite sino a las almas muy puras, aprobadas por tales, a juicio de hombres prudentes. ¿Vos comenzaste averíate consideras tan aprovechada que puedes tratar al señor con los privilegios que gozan las provectas en virtud? Y todo ello por que no siendo blanca vivía en un Monasterio de blancas. Y en tales momentos comenzaron a asaltarle los escrúpulos acerca de que si estaba haciendo bien y solo por cerciorarse aprendió a leer, para encontrar en las lecciones de los libros las reglas que adelantaran su espíritu, consiguiendo que un religioso le prestara un libro que casualmente trataba de la dolorosa pasión de Cristo, y así, casi sin maestros, aprendió a leer por las noches y escondida en un rincón de la cocina, porque estaba prohibido en dicho Monasterio. (2)

(1) En esos tiempos muchos padres metían a sus hijas a los Conventos, sin consultarlo siquiera, de donde se daban vidas destruidas por falta de vocación.

(2) En los Monasterios vivían monjas, hermanas, sirvientas, niñas y niños, repartida en celdas amplias pero sin mayor ventilación ni higiene, todo en general confusión. Santa Clara no era un convento de clausura, había sido gobernado por los Franciscanos hasta mediados del siglo XVII que pasó a depender directamente del Ordinario, Los Frailes, Autoridades, parientes, amigas y proveedores de las monjas entraban y saltan libremente y algunas hasta se quedaban a almorzar y a cenar.

Su biógrafo ha opinado que materia tan tierna como es la pasión para un espíritu enamorado, la hacía arrojar cuantiosas lágrimas y como en su celda también criábase un niño de poco menos de dos años, mostrábale las pinturas de la pasión que habían en los claustros, explicándole los pasos en el idioma más acomodado de esa edad y tales efectos conseguía, que despertando el niño, daba clamores para que lo llevaran a verlas.

En esos años Juana ambicionaba retirarse a un desierto con el hábito de la Tercera Orden para hacer vida heremítica pues sus protectores habían dejado de ocuparse de ella; pero como era tan pobre y vivía como sirvienta en la celda de la Madre Inés, comiendo solamente lo que le daban de caridad, no lo pudo hacer.

Un buen día, la Abadesa, habiéndose fijado en su recogimiento y modestia, le ordenó que atendiera la sacristía y como la Madre Inés pensó que Juana había solicitado ese trabajo para no seguirla sirviendo, la echó de su celda con maltratos y persecuciones, haciéndola recurrir a una pariente que la recibió en su casa con expresiones de alegría, cariño y amor. Dicha morada era espaciosa y tenía una huerta con jardín y flores donde Juana meditaba, creyendo encontrar en cada flor y en cada planta un torcedor de su conciencia, pues era tan errada la forma de pensar de entonces, que se creía que todo lo que producía placer venta del demonio, que el mundo era infecto y solo los Monasterios santos.

Días después comenzó a frecuentar la Iglesia de la Compañía y se confesó con el jesuita Miguel Cortés, que sorprendióse de su inocencia y la aconsejó no salir más que lo muy preciso y siempre en compañía de una mujer mayor y de respeto, evitado el comercio y a las personas que no fuesen ajustadas y seguras, así como reintegrarse al claustro cuanto antes.

Desde entonces sólo visitaba las iglesias. En San Francisco se retiraba a un rincón. En San Roque visitaba un simulacro de Cristo Crucificado que allí se veneraba y estando en el rezo, el sacerdote se encaminó a ella para darle la comunión, pero se excusó por no haberse confesado ese día. Acabada la misa pasó a San Diego a confesarse y comulgar y no alcanzó a llegar, pues en mitad del camino encontró a un agustino a la puerta de la cuadra destinada para recolección de su Orden, quien, luego de hacerle rezar las estaciones del Vía Crucis, le dio la Comunión.

En otra ocasión, mientras iba a San Diego, a la profesión de un deudo suyo, vio en el cielo un Cristo crucificado y oyó que le reclamaba por el abandono del Monasterio, de suerte que decidió volver. Su pariente, al saber tal determinación, le propuso casarla y pagar ella el ajuar y la boda, pero Juana no aceptó por creer que "su boda ofendería al Señor", hizo un Novenario de la Virgen, se confesó con el Padre Baltazar Pinto, S.J, quien le propuso hacerla ingresar al Monasterio de la Concepción donde profesaba una religiosa hermana suya, cosa que Juana tampoco aceptó y justo al mes y medio de vivir fuera, decidió visitar la Catedral donde se veneraba una imagen de Nuestra Señora de Guadalupe y casi sin quererlo enderezó sus pasos a la iglesia del Monasterio de Santa Clara, que halló abierto, encontrando a la Madre Jacoba de Santa Lucía, que la tomó de la mano y restituyó al Monasterio, siendo recibida con muestras de alegría, incluso de parte de la Madre Inés; pero al día siguiente de su llegada enfermó con tabardillo (tifus exantemático) estuvo tres meses en cama, postrada y con fiebres altísimas y hasta le dio un paroxismo que la hizo perder una hora el conocimiento; pero, al recobrarlo, se puso buena y sana.

De allí en adelante empezó a tener escrúpulos por sus pensamientos sensuales pues ya tenía catorce años, logró superarlos y al año volvió a trabajar en la Sacristía con absoluta puntualidad, dedicando el resto del tiempo a cosas piadosas.

A los 16 años tomó el escapulario de San Francisco, cuyo Provincial la bautizó como Juana de la Concepción. Poco después pasó a confesarse con el Jesuita José de Casas, quien le impuso que viviera como muerta a todo lo visible, que nunca leyere libros (3) que se dedicara a la oración y hasta le cambio de nombre por la de Juana de Jesús, María y José.

(3) Esta aberración consta como algo natural en la propia biografía.

Con el Padre Casas estuvo Juana de Jesús dos años, fundamentales para su accesis, luego pasó a los cuidados del Padre Antonio Fernández Sierra, quien la confesó e hizo que tomara el hábito de la tercera Orden Franciscana y como era pobrísima la Prelada tuvo que regalarle el sayal del hábito y Juana de Jesús, que vivía entre visiones a causa de la dureza disciplinaria impuesta por el Padre Casas, "oyó" que lo vestiría un año de devoción y otro de noviciado, luego de lo cual pronunció los cuatro votos, de Pobreza, Obediencia, Castidad y de Clausura y Recogimiento de los sentidos y hasta tuvo dos visiones más, una radiante y otra diferente, donde recibió la regla de 22 artículos que debía guardar de por vida, que escribió para no olvidar. Lamentablemente, como no tenía para la dote, no pudo hacerse monja profesa, pero su modo de vivir servía de ejemplo de austeridad y mortificación.

En cuanto a sus visiones y arrobamientos, tan natural en ese siglo de realismo mágico donde la frontera entre lo normal y lo imaginario casi no existía, se debía a la falta de ciencia y sobra de ignorancia y fanatismo, que hacía que los espíritus más sensibles y místicos sufrieran esta clase de euforias o histerias.

De allí en adelante, roto el equilibrio, su vida empezó a deslizarse a través de rigurosos ayunos a pan y agua o de granos de mostaza que la desnutrieron y de la dureza de renuncias y abstenciones (al sueño, al descanso, a la alegría sana de vivir) y cayó en un círculo vicioso penitencial, enajenando sus sentidos, sintiendo la presencia de seres inexistentes, viendo y oyendo todo cuanto su fértil imaginación y el inconsciente le dictaban. Y como los sucesos protentosos se le presentaban cada vez con más asiduidad, fue hundiéndose en el marasmo de la irrealidad a causa de la falsa doctrina y un domingo acompañó a Jesús al Monte de los Olivos y le vio ascender a los cielos tras explicarle el misterio de la ascensión y de la venida posterior del espíritu santo. Otro día le fue explicado el episodio de la Oración en el huerto. Una noche soñó que una mano, símbolo de la justicia divina, quemaba las tres partes del mundo por sus muchas inquietudes y pecados y como la pobrecilla Juana de Jesús llorara aterrorizada clamando "Misericordia Señor para todos", del susto despertó, conmovida, entre temblores del cuerpo e inquietudes de ánimo. Y es que solo era una prisionera de 20 años, aterrada por los cuentones de sus sádicos confesores, en el mundo tenebrista de la colonia y dentro de un Monasterio de Monjas casi analfabetas.

En otras ocasiones sus sueños eran eróticos, pues una tarde, a eso de la una, sintió "como su esposo. Cristo, le brindaba la sangre de sus llagas para que la tomara y bebiera y luego, descendiendo él de la Cruz, ella le ungía todo su cuerpo con los ungüentos aromáticos de sus deseos. Luego, con la tela de su corazón, limpiaba sus heridas y abrigaba sus llagas. A todo esto, el Cristo le hablaba con una voz tan delicada que hacíale perder el sentido y finalmente le dijo: Esposa mía, quiero queseamos peregrinos los dos y huérfanos en la tierra, andando de puerta en puerta".

También el Señor le explicó porqué había rechazado en el Huerto a la Magdalena, pues porque estaba en carne y no como Juana de Jesús, con quien todo era en espíritu solamente y con eso ella aplicaba sus interrogaciones sobre esta clase de diálogos y relaciones que iban cada vez en aumento; al punto que en otra ocasión la estrechó Cristo entre sus brazos y díjole: "Esposa mía, bájame de la Cruz y recíbeme en tu pecho para descansar en él, todo mi anhelo al presente es estrecharme y hacerme una misma cosa contigo y fueron tan vivas, penetrantes y eficaces esas palabras suyas, que le pareció estar unida con Cristo en estrechos vínculos de amor".

Una madrugada, mientras rezaba entre las 4 y 7 de la mañana, le oyó decir que la heriría con cinco flechas de fuego para que sufriera. En otra ocasión el Cristo se desposó con Juana de Jesús y "con familiaridad de esposo le hablaba", todo lo cual la dejaba en un estado tal de fatiga, que parecía casi exhausta.

Varias veces le hizo regalos, una Cruz con joyas, la grabó como pectoral al pecho y una corona puso sobre su frente. En otro arrobamiento le ordenó que lo adorase como a Capitán General y así fueron tomando tantas familiaridades cornos si eran uno sólo, al punto que Cristo le hacía regalos y Juana de Jesús hasta protestaba por ello. "Un día que estaba en el Coro vio como salía su Majestad del altar mayor, se encaminaba donde ella, vistiendo una túnica de sayal recoleto grosero, con una soga al cuello que ciñéndole la túnica arrastrábale por el suelo y una gruesa y pelada cruz al hombro", después vio a la Virgen con el niño Dios en brazo y vestido con iguales rusticidades.

También tenía visiones tiernas y maternales. En una ocasión el niño Dios la acompañó toda la tarde en sus ejercicios y oraciones, haciendo lo mismo que ella, simplemente, para darle una clase de obediencia. Después le pidió que lo cargara y hasta se durmió en sus brazos, mientras ella le reclamaba con gran ternura "Jesús mío, vida mía, vuestro dormir es velar, en cuanto Dios no eres capaz de dormir". Demostrando que poseía conocimiento sobre las doctrinas de los Concilios Católicos acerca de la naturaleza y propiedades divinas. Y como ya se sentían compañeros inseparables. Cristo hasta llegó a explicarle el Credo y por lo buena que era le dijo que el Eterno Padre tenía levantada la mano sobre Quito, pero que por los ruegos y oraciones de ella, habíala detenido. (4).

Entre las quejas y conversaciones habían algunas chuscas. Cristo se le quejó de los desórdenes que se cometían en Quito durante los días de Carnaval y llegó a ordenarle que no usare sandalias porque era mas penitente andar descalza, pero eso le ocasionó la oposición de las demás que no compartían sus delirios ni sus extrañezas.

Ya era famosa en el Monasterio y fuera de él tenía admiradoras y muchas eran sus detractoras, pero como ni siquiera era monja, la dejaban en paz. Sufría de hidropesía por falta de proteínas, de continuo tenía el vientre hinchado y fuertes dolores, aunque no por ello renunciaba a pasar varias horas extática cada día, volaba a los cielos y era recibida en triunfo.

(4) Este pasaje fue tomado de la vida de Mariana de Jesús por el Jesuita Jacinto Moran de Butrón, que el Padre Santa María debió haber leído y como la memoria es flaca, lo puso dentro de los hechos sobrenaturales de Juana de Jesús.

Cuando pasó la imagen de la Virgen del Quinche al Monasterio, por pocos días como era costumbre, sintió que la Misa solemne era entonada por Cristo, contestada por los ángeles que asistían al altar. San Pablo leía el Evangelio, San Pedro bendecía la hostia y finalmente las tres personas de la Santísima Trinidad le daba la comunión en la boca en medio de los Apóstoles y muchos Santos. En tales ocasiones terminaba por perder el conocí miento y caía sin sentido o se quedaba extática mucho tiempo, causando el asombro y hasta el temor del Monasterio, Por eso tenía influencia y tanta, que quiso reformar los finos hábitos y tocados azules de seda, cogidos con alfileres de oro, de las Monjas del Monasterio de Santa Clara, donde vivía; habló con la Superiora María de Jesús, quien no quiso comprometerse y pasó tan peliagudo asunto al Obispo Sancho de Figueroa y Andrade, quien concedió el permiso para que las monjas usaran unos hábitos toscos.

La Abadesa y 21 monjas se pusieron los nuevos hábitos de jergón y tocados de liencillo, pero las restantes se rebelaron ante tamaña incomodidad, que dificultaba las tareas y bástalos mismos movimientos y amenazaron a Juana de Jesús con matarla a palos por tratar de hacerles la vida imposible, mas de lo que ya les era, pues no tenían vocación y estaban allí obligadas, pero habiéndose cumplido el tiempo de la Prelada, el asunto quedó sin solución, hasta que designaron nueva Abadesa a la Madre Mariana de San Julián, quien no gustó de los nuevos hábitos y tocados.

Juana de Jesús la visitó para comunicarle que Dios le mandaba a decir por ella, que si no acataba la reforma de los hábitos, se condenaría? la pobre Abadesa, de susto, los acepté, pero luego se arrepintió y consultó con el Padre Martín de la Cruz, quien confirmó las nuevas vestimentas.

Asunto tan baladí fue causa de escándalo en la ciudad y Juana de Jesús había decidido abandonarlo cuando, hete aquí que se le apareció la mismísima Santa Clara, patrona del Monasterio, para perurgirla. Entonces ni tonta ni perezosa, comunico ese nuevo milagro a la Madre San Julián, que ni se inmutó, pero cayó enferma con una dolorosa gota que la tuvo en cama por espacio de seis meses.

El convento se había escindido en dos bandos aparentemente irreconciliables, unos estaban con Juana de Jesús y otras en contra de ella y hasta hubo religioso de viso en la ciudad que preguntó ¿Por qué no ahorcan a esa embustera? y así siguieron las cosas por algunos años, pues no había nada más importante que hacer, hasta que Sor Inés de Santa Clara, que la había criado, fue a visitar a su hermano el Dr. Antonio Paz Miño, Canónigo Magistral de la Catedral de Quito, quien llamó a Juana de Jesús a confesión que duró cinco horas, imponiéndose que era una mujer de buen corazón, no engañada del demonio como se decía. Entonces sus enemigas la acusaron ante el Dr. José Fausto de la Cueva, Deán de la Catedral y Familiar del Santo Oficio, quien delegó al Padre Isidro Gallegos, Calificador del Santo Oficio y Rector del Colegio de los Jesuitas, que tras examinarla, no le halló nada malo.

Mientras tanto el Obispo Figueroa delegaba al Padre Sebastián Abad, Rector del Colegio Mayor de San Luis, para que también la investigare, quedando este sacerdote tan prendado de ella, que la visitaba de allí en adelante, casi siempre, para conversar.

En tales circunstancias, sus enemigas solicitaron la intervención del Obispo electo de Puerto Rico, Fray Bartolomé García, entonces en Quito, que también fue ganado por Juana de Jesús y quedaron amiguísimos; de suerte que a la larga se impuso la reforma de los hábitos y tocados y el Obispo Figueroa comenzó a pasarle una mensualidad de dos pesos, que luego quiso subirle, pero ella se resistió porque no era necesario.

De allí en adelante su presencia en el Monasterio se volvió importante, eran muchas las personas de viso que iban a consultarla y hasta los indios de cinco leguas a la redonda la visitaban para contarles sus cuitas. El joven Alférez Marcelo Guerrero tuvo la simpleza de preguntarle qué debería hacer, pues era casado y tenía concubina y como Juana de Jesús gozaba del don de la profecía, le contestó muy suelta de huesos que eso no debía preocuparle pues pronto moriría su esposa y se casaría con la moza, lo que así sucedió para asombro de todos.

A diario usaba silicios y otras disciplinas de sangre, vivía de lo que le daban de caridad, dormía casi nada por las noches y cuando las religiosas representaban honestamente el nacimiento de Cristo, por pacata que no por pesada, se retiraba para no estar presente; pero haciendo abstracción de todas esas exageraciones propias de una edad tenebrosa que felizmente ya pasó, poseía un natural buen talante, usaba de caridad con los pobres, del don del consejo prudente y no rehuía los trabajos por duros que fueren, de suerte que en muchas ocasiones se prestaba hasta para el lavado y la limpieza de los retretes.

Y así, entre arrobos y oraciones, ascensos y caídas, ayunos y suplicios, recibiendo visitas y asistiendo a II amadas de auxilio, que el Monasterio no era de clausura y permitía la salida a la calle, pasó sus últimos años, hasta que el 11 de Septiembre de 1703 sintiéndose enferma, entregó sus pobres joyas consistentes en un lienzo de Cristo, en otro pequeño del Niño Dios, un Salterio de Jerusalem que dio a la Madre Francisca Clara de San Antonio y una almohadilla de coser con algo de hilo que regaló a una novicia; se despidió con disimulo de la Madre María de la Visitación, fue a su celda y se acostó con un segundo ataque de tifus exatemático que le duró quince días.

Durante esta última enfermedad fue asistida por el Licenciado Francisco Ibarra y falleció el martes 26.a las doce del día y de solo 41 años de edad. Después fue amortajada y su confesor le besó los pies.

Entonces ocurrió que algunas personas piadosas solicitaron al Cap. Antonio Egas-Venegas de Córdova que la retratara, pero éste no pudo sacarla "porque le mudaba el rostro al cadáver". Finalmente se valieron de Isabel de Santiago, mujer de Egas e hija del ilustre pintor Miguel de Santiago, quien la pintó "sino con perfección, con alguna semejanza", por recordar sus rasgos faciales por haberla tratado en vida. Ese óleo se guardó por muchos años en el Monasterio y luego fue arrumado en un desván, pero hace poco tiempo se lo recuperó y hoy permaneces la vista de todos y en un sitial de honor.

Se le tributaron honras en el Coro Alto y fue enterrada en el Bajo, entre dos rejas, con pompa y autoridad. Aparte del libro impreso en Lima, existe un Resumen biográfico escrito por su confesor el Padre Antonio Fernández Sierra en 112 páginas.

Hernán Rodríguez Castelo ha calificado a Juana de Jesús de altísima figura de la espiritualidad del siglo y con relación a la Hagiografía del Padre Santa María dice: "prosa de tanta originalidad, rica en imágenes y ritmo estremecido, nos pone ya ante algo que no es, en rigor, literatura habiográfica, y que por acogemos a denominación muy usada, llamaremos prosa de espiritualidad, por haber sido escrita por los propios héroes de esas aventuras, empeñados en comunicar por medio del lenguaje, todas las extrañezas de sus iluminaciones y mociones, de sus ascensiones y-escollos, de sus ansias y-desfallecimientos, o por teólogos y directores de espíritu, que escriben, casi más que sus elevados y sutiles estudios, de una abundancia del corazón contemplativo y familiarizado, de por sí y por el trato, con otros iluminados, con todas estas maravillas".

Mas, he aquí' que en 1984 el joven escritor José Miguel Campos Yánez escribió, dirigió y representó en el propio Monasterio de Santa Clara y posteriormente editó en 60 páginas, su obra teatral "Juana de Jesús", manifestando en el prólogo que dicha Monja originó por primera vez una lucha de clases sociales desde un convento de clausura, procursora de una fuerte reforma política, incitando a las monjas a que muden su forma de vida y se entreguen de lleno a lo dispuesto en las revelaciones tenidas con Santa Clara de Asís, esto es, abnegación y pobreza. Y siendo la situación harto compleja, pues muchas de las mujeres que habitaban el monasterio lo hacían por imposición de sus familiares, la lucha creció desigual y desaforada y enfrentada Juana de Jesús a casi toda la congregación, fue acusada de endemoniada y poseída y llevada ante la Inquisición salió inexplicablemente absuelta. Luego, agrega, inspiró a su Confesor el Padre Fernández Sierra para que escribiera un libro basado en el Diario de su Vida. Esta nota es por demás curiosa porque concuerda con la afirmación de Rodríguez Castelo acerca de la Dosibilidad de la existencia de un Diario íntimo dejado por la mística, del que no se tienen referencias. Desgraciadamente, apunta Campos Yánez, se extravió dicho Diario.

Para el mismo autor, el Padre Santa María debió tergiversar muchos datos originales, obstaculizando de esta manera la iniciación de un proceso de canonización de Juana de Jesús, que junto a Sor Gertrudis de San Ildefonso y a Mariana de Jesús forman la tríada mística del siglo XVII, rico en toda clase de efluvios celestiales, pues fue el siglo de los santos taumaturgos en toda la cristiandad.