HIPOLITA DE VILLACORTA
RELIGIOSA.-
Nació en Guayaquil en 1624. Hija legítima
de Juan de Villacorta y de María de Villagómez
y del Corral, naturales de la villa de Castro Verde
de Campos en el Arzobispado de León, España.
Esta última, hermana entera del Arzobispo Dr.
Pedro de Villagómez, que ocupó la sede
de Lima desde 1640. (1).
(1) Pedro de Villagómez nació en la
villa de Castro Verde de Campos en 1589 y fueron sus
padres Francisco de Viilagómez y Herrera e
Inés del Corral y Quevedo, hidalgos de esa
jurisdicción. Tuvo por tíos paternos
a Fernando de Villagómes y Herrera, Obispo
de Tlascala en México, a Bernardo de Villagómez
y Herrera, Oidor de esa Audiencia y fue sobrino bisnieto
de Toribio de Mogrovejo, ilustre Arzobispo de Lima.
Estudió para sacerdote
y fue elevado a una Canonjía de la Catedral
de Sevilla hasta que en 1632 le ascendieron a Visitador
de la Audiencia de Lima, al mismo tiempo que el Rey
Felipe IV lo presentaba para Obispo de Arequipa y
fue consagrado en esa Catedral por el Arzobispo Hernando
Arias de Ugarte. Se puso en camino por tierra y arribó
el 35 celebrando un Concilio Diocesano. En 1640 fue
trasladado al Arzobispado de Lima y en Mayo del 41
tomó posesión por nombramiento del Papa
Urbano VIII. Visitó la Diócesis en 1646
y publicó una famosa Carta sobre instrucción
y exhortación contra la idolatría entre
los naturales. A Hernando de Avendaño encomendó
los sermones en quechua, impugnando los errores principales
contra la fe, predominantes entre los indios. Corrigió
los abusos que se habían introducido entre
los eclesiásticos y ayudó al establecimiento
del Monasterio del Prado, donde profesaba su sobrina.
Ya anciano pidió Obispos Auxiliares y renunció
el Arzobispado, pero no se la aceptaron.
Falleció finalmente
en Lima, de 82 años de edad, en 1671, fue enterrado
en la Catedral y su corazón en el mencionado
Monasterio del Prado. Se conserva su retrato al óleo,
de cuerpo entero, en la Catedral limeña. Alto,
delgado, rostro grave, miope, usaba lentes. Fue muy
dado a la pompa y al boato y tuvo choques a causa
del protocolo, con el Virrey del Perú, Conde
de Alba de Liste, Luis Henríques de Guzmán
pues gustaba usar quitasol en las procesiones públicas.
Nació aparentemente sin vida y le pusieron
las aguas del Socorro pero su madre pidió un
milagro. Una de las criadas le arrojó sin querer
una almohada y su padre observó una llama;
al acercarse, escuchó un claro gemido, indicador
de que gozaba de vida. Estos detalles son tomados
de su biografía.
Se educó bien y en familia,
con otros cinco hermanos, quedando huérfanos
de padre y madre a temprana edad. Entonces su tío
el Arzobispo los mandó a buscar y se hizo cargo
de ellos, pero era tan estrecho el ambiente para la
mujer en esa época de atraso e ignorancia que
no tuvo otra opción que el matrimonio o la
vida religiosa, escogiendo ésta última
como la mejor de las dos y el 22 de Agosto de 1629,
de escasos quince años, hizo su profesión
de fe en el monasterio de las ermitañas agustinas
descalzas de Nuestra Señora del Prado, de monjas
contemplativas de perpetuo encerramiento, ante la
Abadesa Sor Angela de la Encarnación y desde
entonces llamó Sor Hipólita de San Pedro
y fue modelo de las virtudes evangélicas, especialmente
de la humanidad y caridad hacia los enfermos.
"Sus hermanas no la tenían
por monja sino por ángel, pues solo careciendo
de carnes podrían ser creíbles las valentías
de su espíritu, debido a que se sepultó
en los inmensos abismos de la nada y del desprecio
y no tuvo otro sentido que el de anonadarse y abatirse
toda la vida".
Entre 1660 y el 63 fue electa
Priora, pero era tanta su humildad y mansedumbre,
que lo mismo le daba lavar los vasos que barrer el
monasterio, el estar en la cocina o en la enfermería,
que desempeñar tan alto cargo.
En otra ocasión salió
empatada con otra monja en la elección de Superiora
y su tío que mucho estimaba el Monasterio,
la nombró para el cargo, pero ella le rogó
a la Virgen que la librara, escribió una carta
a su tío y éste cambio de opinión.
¿Milagro o influencia familiar.... ?
Fue también muy penitente,
vivía mortificándose. "Su túnica
era de jerga basta. Su faldellín de tupido
y grueso cordellate. Mas tarde, por obediencia, cambió
la jerga de la túnica por estambre más
delgado, grueso añascote y el cordelaje por
estameña de Ampurias. Sus toscos y ramplones
zapatos le abrían grietas y surcos sangrientos
en sus delicados pies. El hábito exterior monacal
era de gruesa estameña también. Todo
ello complementado con cilicios de varias hechuras
y materiales".
Cada semana eran habituales
en la orden las llamadas disciplinas de sangre, que
practicó hasta su muerte, convirtiendo las
mejillas en pálidas azucenas. El silencio claustral
era para ella profundo y continuado. Cuando atendía
el torno, hablaba lo imprescindible, sin perder por
nada la calma. Dos horas dedicaba al sueño
en una tarima del Coro, tanto en verano como en el
húmedo invierno.
Después de los grandes
temblores de 1687 pasaba en la huerta del monasterio,
tanto el día como la noche, a la intemperie.
Fue un dechado de dulzura y de amor, se compadecía
de las religiosas que no daban todo lo que tenían
que dar y aunque reprendía y castigaba los
defectos, como tenía tanta suavidad en el trato
lograba su enmienda y la querían como a Madre,
edificándolas a todas. Era forjadora de la
paz.
Muy pobre, su ajuar un retazo
de estrado sin ropas, que le servía de asiento,
un tronco a modo de almohada y una cruz pesada, con
argollas, el medio de su penitencia. Añadamos
una estampa vieja de papel y un librito manoseado
para devotas meditaciones.
En cuanto a la obediencia,
fue pronta, libre y alegre y aunque ejerció
el Priorato durante tres períodos consecutivos,
cargaba botijas de miel, los grandes peroles desde
el suelo hasta las hornillas y transportaba hasta
la cocina los costales de zapallos, papas y otras
hortalizas.
Servía a todos por igual:
Una religiosa pasaba graves apuros económicos
y la Madre Hipólita, sin que nadie se lo hubiera
comunicado, acercóse y dejó en sus manos
cuatro pesos, diciendo: "No se acongoje, hermana,
arréglese con estos reales que le envía
la Divina Providencia".
Otra religiosa había
extraviado la llave de su celda y pasaba grandes apuros
porque no podía entrar, pero la Madre Hipólita,
tomando el manojo de todas las llaves, le resolvió
la situación prontamente.
Y así, entre naderías
y sacrificios personales cándidamente recogidos
por su Biógrafo, transcurrió su vida
de religiosa contemplativa y el día menos pensado,
estando muy entretenida "en los misterios de
la misericordia", se le declaró un fulminante
cólico que la obligó a echarse en el
lecho y habiendo recibido los Sacramentos se aprestó
a bien morir, pero pasó ese día y llegó
el siguiente que era Sábado víspera
del Domingo de Ramos del año 1692 y entonces
dijo: "—¿Cómo es esto, Bien
Mío, que no he de verte hoy? ¿Cómo
se va pasando el día, dejándome en triste
noche? ¿Cuándo acabas de venir, oh muerte
-amada? ¿Por qué te llamo y te me escondes?—
y al llegar la noche, rutilante el rostro y los sentidos
en plena capacidad, se durmió en la Paz del
Señor, de 68 años de edad.
Su sepelio contó con
numeroso acompañamiento pues pasaba de santa.
Poco después se inició su Causa de Beatificación.
En 1724 el padre Juan Teodoro Vásquez escribió
su Crónica Agustina, todavía inédita,
anotando que hasta ese año vivía gloriosa
su fama, pues el cuerpo había permanecido incorrupto
en su Monasterio. Posteriormente el Presbítero
Pedro García Sanz tentó una biografía
y publicó "Apuntes biográficos
sobre la Vida y Virtudes de la Venerable Madre Hipólita
de San Pedro, del Monasterio del Prado", pero
después su fama decayó y habiendo visitado
en 1989 dicho Monasterio, el Padre Hugo Vásquez
y Almazan, encontró con sorpresa que nadie
le daba razón de ella y se preguntó:
"-¿Dónde se encuentra su cuerpo
incorrupto? ¿Por qué su Memoria se ha
borrado de la tradición viva del Prado?",
para luego agregar: "No hay duda que, en alguna
parte de ese precioso Monasterio, que hemos visitado
con amor y veneración, debe encontrarse enterrada".
Finalmente exclamó: "Con mucha esperanza
creemos que algún día Hipólita
de San Pedro brillará esplendorosa en el sitio
que le corresponde.