VOLVER A LOS TOMOS
..............................................................................................................................................................
 

JOSE MARIA ARGUEDAS
NOVELISTA.- Nació en Andahuaylas, en la sierra sur del Perú, en 1911. Su madre murió cuando él tenía dos años. Su padre casó en segundas nupcias con una mujer que tenía tres hijos. "Yo era el menor y como era muy pequeño me dejó en la casa de mi madrastra, que era dueña de la mitad del pueblo, tenía mucha servidumbre y el tradicional menosprecio e ignorancia de lo que era un indio y como a mi me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo había de vivir con ellos en la cocina, comer y dormir allí. Sobre unos pellejos y una frazada un poco sucia, pero bien abrigadora, pasaba las noches conversando y viviendo tan bien, que si mi madrastra lo hubiera sabido, me habría llevado a su lado, donde si me hubiera atormentado.'' Su padre era abogado y viajaba mucho, sus otros hermanos eran muy mayores a él. Por eso se hizo un estudioso del pueblo quechua, cuya lengua dominaba. Fue, pues, un indio y se empapó en la cultura india popular.

Al comenzar su adolescencia le llevaron a la costa interno a un Colegio de Ica. Después pasó a la Universidad de San Marco. participó en la política. Cuando estudiaba el Cuarto Curso, el dictador Luis Miguel Sánchez Cerro le mandó a la prisión del Sexto, "que fue tan buena como mi madrastra. Allí conocí lo mejor y lo peor del Perú".

Luego fue funcionario público, escritor y maestro, trabajó varios años en el Museo Nacional y llegó a ser Director de la Casa de la Cultura. En 1935 publicó su primer libro de cuentos titulado "Agua", con apenas tres relatos de rara intensidad evocativa, gran belleza poética, inefable ternura y rebeldía social. El 41 salió su novela "Yawar Fiesta" de técnica aún insegura y tema folklórico. Para entonces era profesor de San Marcos y de la Agraria de la Molina, en constante lucha contra la soledad y la incomprensión de un medio capitalino, hostil al mundo andino que tanto amaba. Quizá por eso y también porque empezó a sufrir de serias perturbaciones de carácter, silenció por muchos años. Desde Mayo del 44 hasta casi el 50, en que el encuentro con una joven prostituta, zamba y gorda, le devolvió las ansias de vivir.

En 1958 publicó "Los Ríos Profundos", novela menos indigenista y más depurada, de integración racial y social (indios, blancos y mestizos que se desplazan por los caminos de Abancay, por el patio de recreo del internado religioso) simbología de una sociedad nueva, chola, es decir mestiza, síntesis apretada de una visión humana y solidaria de la sociedad. Obra honda, poemática sincera, que no se parece a las novelas tradicionales por desprovista de argumento unificador, extendida como un gran fresco donde aparecen las costumbres y tradiciones, los mitos y la poesía, el espíritu y la materia, las injusticias que sufre y las rebeliones de que es capaz el pueblo.

El 61 salió "El Sexto", novela breve del mundo carcelario, contada con el mismo sentimiento tierno y doloroso de sus otras obras. El 65 editó 'Todas las sangres", calificada de novela trágica, desigual pero deslumbrante, donde trató de mostrar las dos tesis de los terratenientes (el servicio y la explotación), a través de las historias de dos hermanos Bruno y Fermín Aragón de Peralta.

El 70 salió su última producción "El zorro de arriba y el zorro de abajo", concebida como un verdadero testamento literario, desenvuelve en dolorosas páginas autobiográficas la realidad torturante y desgarrada que vivió. En Abril de 1966 había intentado suicidarse, experiencia que repitió el 28 de Noviembre de 1969, con éxito, de un certero balazo en la sien. Tenía solamente 58 años y estaba dando lo mejor de sí.

Arguedas no es solamente uno de los más grandes novelistas latinoamericanos de todos los tiempos, fue también un humanista, en aquel desgraciado, hermoso y aterrador país que es el Perú, sojuzgado eternamente por un militarismo como solo se puede hallar tan negativamente en el cono sur de América.

Fue también folklorista notable, autor de "Canto Kechua" en 1938 y del poemario en quechua "Katatay y otros poemas" aparecido en 1971. Como antropólogo sobresalió con "Canciones y cuentos del pueblo quehua" en 1949 y "Evolución de las comunidades indígenas" en 1957.

Leal consigo mismo, vivió siempre su realidad sin idealizarla, desde siempre supo que la capacidad y condición mágica del mundo andino constituye el sustrato sobre el que se apoya la sociedad de su país (y del nuestro también). "El misterio de los cerros o dioses indios, la fecundidad de la tierra como madre acogedora y nutricia, el agua como signo de vida, los animales como otras criaturas necesitadas de afecto y dispensadoras de calor, la música como único medio para expresar el dolor y la alegría que llegan a su apoteosis por vía del canto y la danza, el cañazo son los elementos de base que integran la visión fundamentalmente sagrada del Universo; por eso Arguedas se frustró, porque a pesar de sentir como los indios, nunca lo fue, por ser forastero que dio testimonio de otros, a través de su obra, totalmente autobiográfica, que se abrió con relatos sobre la realidad del indio serrano y la explotación y violencia que ejerce el terrateniente y se cerró con la misma explotación y violencia del capitalista industrial en la costa, mientras supervive lo mágico y sagrado (la memoria, la voluntad de acción y la conciencia de su forasterismo). Por todo ello, por su técnica, por su politicidad constante y bondadosa, por sus obras tan humanas y tan comunitarias, está considerado el mayor novelista peruano de todos los tiempos, aunque no quizo crear héroes ni personajes.

Sus últimos tiempos fueron difíciles, sufría de dolores de cabeza que su médico diagnosticó como psicológicos, vivía deprimido y obsesionado por el ruido, buscando la paz y la soledad de pequeños poblados, temiendo por una inestabilidad económica siempre creciente y sufriendo, sufriendo mucho por su neurosis, que al final le venció, como se desprende de la lectura de la carta que dejó escrita al Rector de la Universidad Agraria y a sus jóvenes estudiantes, el día anterior a su suicidio: "Estoy seguro que mis facultades y armas de creador, profesor estudioso e incitador se han debilitado hasta quedar casi nulas y solo me quedan las que me relegarían a la condición de espectador pasivo e impotente de la formidable lucha que la humanidad está librando en el Perú y en todas partes. No me sería posible tolerar ese destino. O actor, como he sido desde que ingresé a la escuela secundaria hace cuarenta y tres años, o nada. Me retiro ahora porque siento, he comprobado, que ya no tengo energía e iluminación para seguir trabajando, es decir, para justificar la vida.

En Yawar Fiesta escribió: "A la orilla de ese río espumoso, oyendo el canto de las torcazas y de las tuyas, vivía yo sin esperanzas; pero ella estaba bajo el mismo cielo que yo, en esa misma quebrada que fue mi nido; contemplando sus ojos negros, oyendo su risa, mirándola desde lejitos, porque mi amor por Justina fue un Warme Kuyay y no creía tener derecho todavía sobre ella; tenía que ser de otro, yo lo sabía, de un hombre grande que manejara ya zurriago, que echara ojos roncos y que peleara a látigos en carnavales. Y como amaba a los animales, las fiestas indias, las cosechas, las siembras con música y yaraví, vivía legre en esa quebrada verde y llena del calor amoroso del sol. Hasta que un día me arrancaron de mi querencia para traerme a este bullicio de gente que no quiero, que no comprendo ..."