MARIA LUISA CALLE SOLANO
PERIODISTA.-
Nació en Quito el 1o. de Marzo de 1901, en
una casa de propiedad de su madre ubicada en el barrio
de Santa Barbara frente a esa iglesia. Hija legítima
del ilustre periodista Manuel J. Calle, cuya biografía
puede consultarse en la Pág. 139 del Tomo I
de este Diccionario y de Rosa Solano de la Sala y
de la Guerra, naturales de Cuenca y Quito, respectivamente.
La mayor de seis hermanos y
parecidísima a su padre, de cuatro años
ya leía de corrido y recuerda que a los seis
cayó en sus manos la novela "Dosia",
que le habían prestado a su mamá, y
también la leyó. Pronto hizo poemas.
Su padre la admiraba, quería y embromaba. (1)
Terminada la primaria, el General
Leonidas Plaza, que estaba en su segundo período
presidencial, quiso darle una beca para que continuara
sus estudios en Suiza, pero como su padre se opuso,
la retuvo en la secretaría del Palacio donde
le enseñaron a escribir en máquina pagándole
S/. 50 al mes. Hacía horarios, pero la mayor
parte del tiempo jugaba con los hijos del presidente
en el piso de arriba. Su Jefe de oficina era el escritor
Angel Meneses.
(1) Manuel J. Calle era cariñoso en familia
aunque conflictivo y genial. Se levantaba casi de
madrugada pues nunca fue dormilón. Se paseaba
nervioso y constantemente hablaba solo, leía
los periódicos, volvía a pasear, no
podía estar sentado o inactivo, comenzaba a
escribir, se bañaba, iba al Tribunal de Cuentas
cuando estaba en Quito durante la primera presidencia
de Alfaro o a la redacción del periódico
donde trabajaba, después regresaba al almuerzo,
invariablemente comía poquísimo pero
le gustaban mucho las conservas, hacía una
pequeña siesta, ya no salía, corregía
las pruebas de sus artículos del día
siguiente, nunca enmendaba o se arrepentía
porque para él escribir era algo fluido y natural,
leía versos de Campoamor a sus hijas, chacoteaba
con ellas, conversaba con su esposa y se iba a la
cama temprano si es que no le visitaban los políticos
para tratar sobre los asuntos del día.
Como su padre se había separado y radicaba
en Guayaquil, para las vacaciones anuales iba con
sus hermanos a visitarle. El escritor vivía
con una cocinera antigua y cuencana como él,
con quien discutía en solfa todo el día,
a veces le acompañaba la familia Guerrero.
En Agosto de 1918 los hermanos
Calle Solano fueron llamados a causa de la gravedad
de su padre, aquejado de una cirrosis complicada con
tuberculosis. Llegaron en tren, pasaron a su domicilio
y allí le atendieron. El escritor estaba consciente,
hablaba, miraba a sus hijos, le dolía el hígado
y falleció a las siete de la noche del Viernes
6 de Octubre de 1918, recostada su cabeza en el pecho
de su querida hija María Luisa. Las noches
de la agonía numerosa gente del pueblo se quedaba
a dormir en la escalera por sí acaso hubiere
necesidad de adquirir algún remedio u otra
cosa. La última enfermedad fue atendida por
los Drs. Luis Felipe Cornejo Gómez, Alfredo
Valenzuela Valverde y Francisco Boloña, quienes
se turnaban. El sepelio fue numerosísimo, como
pocas veces se había visto en el puerto principal,
la gente decía "Murió el que nos
defendía".
De nuevo en Quito, la familia
Calle Solano disfrutaba de una cierta comodidad debido
a la herencia de los abuelos maternos, poseían
una casa propia y grande en el barrio de la Chilena
contiguo a La Merced, pero con los años el
dinero se fue agotando paulatinamente y luego vino
la pobreza. Entonces Doña Rosa tuvo que vender
esa propiedad y pasaron a un departamento de la Avda.
Colombia.
María Luisa tomó
a cargo la noble tarea de publicar varias obras de
su padre. Existía un decreto del Congreso autorizando
a la Imprenta Nacional para ello, así es que
reeditó las afamadas "Leyendas del tiempo
heroico" y reunió varias "Biografías
y Semblanzas" que aparecieron bajo ese título
en 1920, aunque lamenta no haber podido encontrar
entonces la semblanza de Luis Felipe Borja padre,
que no figuró en la edición (2).
En 1927 entró de alumna
al Mejía aprovechando que era mixto y tuvo
de profesor de Literatura a Alejandro Andrade Coello,
pero se salió al año siguiente por su
nulidad para los números. Entonces Ricardo
Jaramillo, propietario del periódico liberal,
de una plana, "El Día", y hombre
de confianza que había sido de Calle desde
el 95, la llevó a trabajar al diario con S/.
50 mensuales de sueldo, para que haga las veces de
secretaria y tome a cargo la nutrida correspondencia.
Las oficinas quedaban en la Venezuela y Manabí
frente a la iglesia del Carmen Bajo, allí trabajaban
y escribían Pío Jaramillo Alvarado,
Benjamín Carrión, Luis Napoleón
Dillon, Jaime Chávez, Enrique y Víctor
Gabriel Garces. Rodrigo Jácome, etc. El Día
tuvo su época de oro que aún se recuerda
en Quito, Jaramillo sufrió persecuciones, en
otras ocasiones debió esconderse por algunos
días, María Luisa asumía entonces
temporalmente la Dirección, dirigía
los trabajos de redacción, se entendía
con los tipógrafos. Era, lo que se dice, la
mano derecha del periódico. Y como siempre
ha escrito con naturalidad sobre los más diversos
temas, empezó a redactar una columna bajo el
pseudónimo de "Radioescucha", pronto
lo hizo con su nombre, sobre asuntos eminentemente
políticos, aunque a veces hizo críticas
y comentarios literarios. En ocasiones hubo quien
le salió al paso. Don Ricardo,
(2) María Luisa ha sido la persona que más
ha luchado en el país por defender la memoria
de Calle. "Nadie ha hecho tanto por su nombre
como María Luisa" confesó en alguna
ocasión el Subdirector de "El Telégrafo",
Dr. Abel Romeo Castillo, y es verdad. Entre sus recuerdos
de infancia -que no olvida- están las frases
cariñosas de él. Le decía: "Mi
ángel, mi pájara, porque había
comenzado a hablar muy pronto y con claridad. Hacía
que la modista fuera a confeccionar los vestidos de
ella en casa, para verlos hacer y revisar que las
pruebas se ajustaran al cuerpo. Cuando invitaba amigos
a la mesa hacia que se sentaran también sus
hijos, para que oyeran y aprendieran. En alguna ocasión
se paró con ella frente a un espejo grande
y dijo: "Algunos creen que te me pareces mucho
y es verdad, porque eres flaquita y arrogante como
yo, pero en lo que si te gano es en el pelo, porque
no lo tienes tan fino y lindo como el mío"
y se reía de su propia broma. La niñita,
claro esta, quedaba muy agradecida de la comparación,
porque amaba y admiraba mucho a su padre.
paternalmente, hacía que uno o dos redactores
la defendieran. Por eso nunca polemicó con
nadie, aunque ganas y arrestos no le faltaron, dado
su temperamento activo y la fuerza de su personalidad.
En "El Día"
permaneció hasta 1943 que viajó a Santiago
de Chile recomendada por el Embajador Ricardo Larraín
Bravo al famoso oftalmólogo Santiago Barrenechea;
por cuanto de la noche a la mañana había
perdido gran parte de la visión y las letras
se le borraban de golpe. En dicho país fue
operada exitosamente y mejoró. Vivía
en casa de Carmela Calero de Luque Rodhe, con quien
había hecho amistad en el vapor "Imperial"
que las condujo a Chile, gozando de las bondades del
clima y de la amistad de numerosos compatriotas como
el Dr. José María Velasco Ibarra, su
esposa Corina del Parral Durand, con quienes se visitaba
continuamente, de José María Sotomayor
y Luna y Orejuela, etc. Dictó charlas y conferencias
en el local de la Sociedad Chileno-Ecuatoriana, fue
presentada a distinguidas personalidades del mundo
político, social y periodístico y regresó
a Quito a principios del 45 gozando de mejor salud
que nunca.
De allí en adelante
siguió escribiendo para "El Comercio",
"El Telégrafo" y "El Universo"
porque "EI Día" cerró sus
puertas el 46 por motivos económicos. El 48
el Presidente Galo Plaza Lasso quizo hacerla su secretaria
privada. El 50 fue invitada por la feminista Mary
Cano al Congreso Internacional de Mujeres a celebrarse
en New York, pero a pesar de la oferta generosa de
hospedaje que le hizo su amiga de siempre María
Piedad Castillo de Leví, no pudo concurrir
por falta de provisión de fondos.
Ese año empezó
a dirigir la revista "El Libertador", órgano
de la Sociedad Bolivariana de Quito, de la que también
formaba parte.
Por entonces aún vivían
juntas las hermanas Calle Solano con su madre, después
iría María Luisa quedándose sola
pues, muerta su madre el 54 de un cáncer a
la columna, vivió una corta temporada en casa
de sus hermanas Laura de Martínez e Isabel
de Bosqueti en Guayaquil. Había tomado a cargo
el cuidado y la educación de su sobrina Jimena
Martínez hoy señora de Pérez,
leía mucho, dirigía actos culturales,
era una mujer de opinión en Quito. Las principales
feministas del país le escribían y consultaban
y tenía amistad estrecha con Hipatia Cárdenas
de Bustamante, entre otras mujeres no menos valiosas.
Desde el 56 comenzó a dirigir la revista de
"El Ateneo Ecuatoriano", entidad a la que
prestó servicios por muchos años y activamente
como miembro del Directorio.
En la década de los
años 70 inauguró solemnemente el busto
de su ilustre padre levantado en la Avenida del Periodista
en Guayaquil, obra de la Escultora Angela Name de
Miranda, pronunciando un hermoso discurso. Poco después
asistió al acto de desvelizamiento de la placa
de mármol que se colocó en la casa donde
él murió.
En 1975, a instancias de Augusto
Arias, publicó algunos de sus poemas bajo el
hermoso título de "Anfora Plena"
en 103 páginas y el 80 recogió en 301
páginas varias crónicas escritas para
diferentes periódicos del país, que
las había conservado su madre en un cajón
del escritorio y las tituló "Palabras
de Ayer". (3).
El 86 concurrió al Seminario
que sobre Manuel J. Calle celebró la Fundación
Federico Naumann en Cuenca e intervino en varias ocasiones
durante el desarrollo del mismo. Poseía la
Medalla de la Sociedad Bolivariana de la que era socia
vitalicia.
(3) María Luisa cuenta con el encanto propio
que le es tan peculiar, que hacia 1950 su madre le
dijo un día que le gustaría ver reunidos
los escritos que más le agradaran. No le hizo
mayor caso, pero al revisar sus cajones después
de muerta, encontró un manojo de ellos, que
publicó como "Palabras de ayer”.
Lúcida, vibrante, conversadora, cariñosa,
alta, delgada, blanca y con mucho polvo en la cara
como eran antes las señoritas de sociedad que
debían parecer japonesas por lo blanco-mate
del polvo de arroz. Oradora y polemista, había
salido en defensa de la memoria de su padre en incontables
ocasiones y siempre lo ha hecho bien.
A los 89 años de edad
tenía sus facultades físicas perfectas
y eso lo atribuía los buenos hábitos
de vida y a una limpia y recta conciencia. No fumaba
ni bebía, comía poco como su padre,
ya no leía como antes debido a que se le había
agudizado su miopía de siempre, herencia paterna.
Eso la desconsolaba.
Vivía con su hermana
Clemencia en el cuarto piso del edificio Pardo de
la Oriente N° 442 y Guayaquil y falleció
de vejez el 13 de Octubre de 1999 de 98 años
de edad, en Quito.