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PEDRO CIEZA DE LEON
CRONISTA.- Nació hacia 1518 en la villa de Llerena, Provincia de Badajoz, Extremadura, España, en el seno de una familia recien conversa del judaísmo pero que gozaba de posición relevante en la región gracias a sus relaciones y al comercio. Fueron sus padres legítimos Lope de León y Leonor de Cazalla. Tuvo tres hermanos, un varón y dos mujeres y debió recibir una excelente educación de la que sin embargo no tenemos noticias.

En 1534, frisando los dieciséis años solamente, le sorprendió en Córdoba la noticia del descubrimiento del Perú y conquista del fabuloso imperio de los Incas y a pesar de su cortos años decidió viajar a Sevilla para embarcar a las Indias pudo observar las ricas piezas metálicas llevadas de Cajamarca, que le causaron viva emoción como a todos los europeos. A su tiempo y tras una primera salida, embarcó en la nao de Manuel Maya el 3 de Junio de 1535 e inició su aventura, que habría de durar casi diecisiete años.

Dos meses después arribó a Santo Domingo, siguió a Cartagena y se entretuvo dos años entre Urabá y el Cenú como miembro de la Expedición de Pedro de Heredia. Siguió al descubrimiento de Urute con Alonso de Cáceres y pasó duras pruebas, hambre y miseria.

Nuevamente en Cartagena se alistó en la expedición al Cenú organizada por el Lic. Juan de Vadillo, corriendo suertes diversas por las sierras de Abibe. Enseguida pasó a la boca del Darién y el río de Caballos, arribó al pueblo de Urabaibe, para finalmente tocar el río Cauca, por donde continuó a Cali, que acababa de fundarse. El producto de esas andanzas fue escaso, solo le correspondió en el reparto la insignificancia de cinco y medio pesos.

Disuelta la expedición y bajo las órdenes de Lorenzo de Aldana, se ocupó algún tiempo de la pacificación del valle del Cauca hasta que dicho Jefe le pasó al servicio de Jorge Robledo en 1540, para poblar la provincia de Anserma, que ya había sido conquistada por Sebastián de Benalcázar.

"Por el camino habían ido apresando indias y muchachos para tomar informaciones. Después los soltaron a excepción de las llamadas Barbola, Antonia y Catalina, ésta última fue entregada al joven Cieza -que solo andaba por los veintidós años de edad mas o menos- por su demostrado interés en conocer las cosas de los indígenas".

De allí en adelante fundaron varias ciudades, combatieron a los indios del Cacique Pozo que eran sanguinarios y caníbales, entraron a la provincia de Arma y tras fundar la ciudad de Cartago, regresaron a Cali.

En Octubre volvió a acompañar a Robledo en su segunda expedición a Antioquia, muy accidentada por cuanto Sebastián de Benalcázar había regresado de España portando varias Cédulas Reales dictadas a su favor sobre todas esas regiones.

En 1541 dio inicio en Cartago a una historia de los acontecimientos que estaba viviendo. Asombra su magna tarea de escribir cuanto ve en ese mundo inconocido, "pues mientras ellos descansaban -se refiere al resto de los soldados de la tropa- me cansaba yo escribiendo"; quizá sea por eso que no progresó en su carrera militar. Siempre fue más escritor y hombre de letras que guerrero, poseyó un estilo natural y rico en imaginación y logros literarios.

Entonces Robledo decidió viajar a la península para hacer valer sus derechos como antes lo había efectuado Benalcázar, se trasladó al puerto de Urabá pero fue detenido con los suyos el 4 de Marzo de 1542 por Alonso de Heredia, que lo transportó a Cartagena y de allí lo remitió con Alonso de Busto a España.
Mientras tanto Cieza y los Procuradores de Antioquia, Francisco de Vallejo y Diego de Mendoza, que permanecían en San Sebastián, fueron enviados a comparecer ante la Audiencia de Panamá, donde se los liberó. Cieza regresó por Buenaventura a Cali, arribó a principios de Septiembre y conoció a Benalcázar por primera ocasión, quien lo mandó con el Capitán Miguel Muñoz a la fundación de la ciudad de Arma y allí le dieron la Encomienda de los indios de los Caciques Opirama y Ancora.

Julio Estrada Ycaza, que ha estudiado en detalle la vida de Cieza, informa que entre el 42 y el 45 posiblemente el Cronista se mantuvo inactivo o pudo haber intervenido en alguna de las entradas que contra los indios organizaban los conquistadores españoles y que eran tan usuales por entonces. Mas, al regreso de Robledo de España con el título de Mariscal en 1545, volvió a ponerse a sus ordenes y para tal efecto se trasladó a Cartago, donde se enteró del desastre del Virrey Blasco Núñez de Vela.

Como criado de Robledo empezó a aconsejarle. Con él entró a las villas de Arma y de Anserma y para evitar el serio conflicto que se veía venir con Benalcázar, Robledo mandó varios mensajeros que fueron airadamente rechazados y así las cosas Benalcázar acudió de noche con su gente y el 5 de Octubre de 1546 sorprendió a Robledo en su habitación, lo apresó e hizo decapitar con otros capitanes.

Cieza estaba en Arma cuando se enteró del triste fin de su jefe y para evitar retaliaciones huyó a Cali y a Cartago, enterándose en 1547 del arribo del presidente Pedro de La Gasca a Panamá, con el fin de terminar con la insurrección de Gonzalo Pizarro.

Cieza se sometió al Presidente y fue aceptado como soldado raso de a caballo a las órdenes de Francisco Hernández Girón, con quien pasó a Popayán, donde les esperaba Benalcázar y Pedro Cabrero, siguiendo con ellos hasta las costas del Perú, Pacasmayo, Ayavaca, Huara, Lima, Huamanga y Andahuaylas.
Participó por el bando realista en la célebre batalla de Jaquijaguana a solo cinco leguas del Cusco, donde fue derrotado el rebelde Gonzalo Pizarro, tras lo cual volvió al valle de Lima y debido a su parentesco con el secretario del Pacificador La Gasca, llamado Pedro López de Cazalla, consiguió Cartas de Recomendación para que los Corregidores le permitieran saber e inquirir lo más notable de la provincia de las Charcas.

A fines del 48 inició viaje, conoció ciudades importantes como Pucará, Chuquitinto, Tiahuanaco, la Paz y la Plata, también visitó las minas de Potosí y el 50 volvió a Lima, dio fin el 8 de Septiembre de ese año a sus Crónicas y decidió publicarlas. (1)

Ese recorrido suyo a través del camino del Inca, que tenía más de tres mil kilómetros de extensión entre Quito y el Cusco, a lo largo del cual fue encontrando casi intactos y como alineados para su inspección, los monumentos arquitectónicos y los puentes colgantes más notables, cuyas técnicas de tendido se habían adelantado por siglos a los de la moderna ingeniería, lo sitúa ante la historia como observador científico y pionero de la arqueología y la vida, pues fue anotando todo lo descubierto y explicado por los aborígenes de cada lugar, tratando de concretar siempre sus observaciones por medio de nombres geográficos, datos, distancias, y medidas, todo lo cual le mantuvo ocupado por cerca de tres años solamente en la región de Charcas, dentro de un gran total de quince años desde que comenzó a escribir en Cartagena de Indias.

En 1550 viajó a Sevilla, conociendo a Isabel López de Abreu, hija del comerciante Juan de Llerena, vinculado a negocios locales e indianos y de su mujer María de Abreu, y como desde Lima había arreglado


(1) Asombra la cantidad de datos, su erudición, no solamente histórica sino etnológica, pues fue iniciado en el estudio de las costumbres indígenas por Fray Domingo de Santo Tomas.
matrimonio por poder; se unieron, fijaron su domicilio en la calle de las Armas y fueron felices por corto tiempo, pues el 52 viajó a Toledo a presentar su libro al Príncipe Felipe, a quien lo dedicó. En Marzo del 53 lo editó en la imprenta de Martín Clemente en Sevilla, bajo el título de "Primera Parte de las Crónicas del Perú, que trata de la demarcación de sus provincias. La descripción de ellas. La fundación de las nuevas ciudades. Los ritos y costumbres de los indios, con otras cosas extrañas dignas de saberse", que conoció una segunda edición meses después en Amberes, donde según parece, se mejoró la impresión de Sevilla.

Esta primera parte de su obra, por ser testigo presencial, directo, imparcial y perspicaz en observar con tino y en inquirir a los aborígenes, tiene un mérito excepcional, verdaderamente extraordinario, como lo han asegurado a través de los siglos todos los historiadores del Incario.

En Marzo del 54 falleció su mujer, el 23 de Junio testó sintiéndose enfermo y tanto que ya no pudo escribir sino únicamente firmar y falleció el día Lunes 2 de Julio, aquejado de una constante enfermedad que había llevado, de Indias y por el dolor que le causó el fallecimiento de su esposa. Fue enterrado en la iglesia de San Vicente y dejó mandas y misas por el sufragio de las almas de los indios. (2)

Se lo ha llamado el Gran Historiador de la Conquista del Perú por la maravillosa inquietud de indagar entre la gente del Incario la historia de los documentos de las culturas pasadas, las leyendas sobre sus dioses, o los recuerdos de los hechos recientes de la raza vencida. Presintió la misión de revelar entre el mundo cristiano la belleza de un mundo desconocido, civilizado y heroico, bárbaro pero organizado, que fue sorprendido por una tecnología que terminó doblegándolo.

(2) Era tal su estado, que el testamento tuvo que ser copiado por su suegro. Parece que Cieza estaba tuberculoso y posiblemente contagió a su esposa que murió en algunos meses. Se conoce que ella era persona instruida y le sirvió de secretaria en la copia de sus libros.
Lo copioso de su esfuerzo, la maravillosa relación de sus trabajos, todo, en fin, le acredita como hombre excepcional en su tiempo, que fue rico en seres privilegiados. No dominó idiomas, quizá ni siquiera aprendió el quichua, pero tuvo consejeros como Fray Domingo de Santo Tomás que le fueron de gran utilidad.

Se sabe que sus Crónicas del Perú se dividían de la siguiente manera: 1) Una primera Parte o Crónica General publicada en Sevilla en 1553. 2) Una Segunda parte titulada El Señorío de los Incas que permaneció inédita hasta 1881, pero solo fue un año después cuando el ilustre americanista Marco Jiménez de la Espada la distribuyó entre los concurrentes al Congreso de Americanistas reunido en Madrid, haciendo especial mención de que esa Segunda Parte fue aprovechada en casi toda su integridad por el Inca Garcilado de la Vega para escribir sus famosos "Comentarios Reales" que concluyó en 1606.

Esta segunda parte o Señorío de los Incas, supone un esfuerzo formidable de investigación oral pues Cieza jamás aprendió el quechua. Lamentablemente la mayor parte del texto lo escribió en el Cusco, recibiendo mucha información parcializada.

3) Una Tercera Parte titulada Descubrimiento y Conquista del Perú cuyo texto empezó a ser conocido recién en 1946, a través de El Mercurio Peruano de Lima, por el investigador Rafael Loredo, que lo halló en la Biblioteca del Escorial. Raúl Porras Barrenechea al Comentar dichas publicaciones se hizo eco en la denuncia de Jiménez de la Espada, de que el Cronista Antonio de Herrera y Tordesillas había sepultado en sus Décadas una Crónica entera, modelo de su clase, y con ella el nombre de un soldado valiente y pundonoroso, los afanes y desvelos de un hombre honrado y de elevada inteligencia, refiriéndose a Cieza.

4) Una Cuarta Parte titulada Las Guerras Civiles del Perú, que a su vez se subdivide en cinco libros, a saber: a1) Libro Primero de la Guerra de las Salinas, a2) Libro Segundo de la Guerra de Chupas, a3) Libro Tercero de la Guerra de Quito, todos publicados, pero aún quedan inéditos y posiblemente no sean encontrados jamás, a4) Libro Cuarto de la Guerra de Huarinas y a5) Libro Quinto de la Guerra de Jaquijaguana, que dada la prematura muerte del Cronista, pudieron haber quedado inconclusos, pero eso es solo una suposición.

Roberto Páez ha dicho que la vida de Cieza fue muy corta, oscura y diligente, fecunda y fatigosa, proyectada en una búsqueda interior llena de armonía y de equilibrio; pero contenida por una resignación sencilla y melancólica, fundamentada en una sincera religiosidad que le llevó a sentir como a su amigo Fray Bartolomé de las Casas, todas las injusticias que se cometían contra los indios.

Al mismo tiempo, dada la profundidad y claridad de sus textos, los detalles minuciosos que contienen, el bagaje de conocimientos que transmiten, hay que admitir que Cieza de León fue un historiador excepcional, el príncipe de los cronistas de su tiempo.

Cabe anotar que Luis Andrade Reimers, ese venerable estudioso ecuatoriano de los Cronistas de Indias y el mayor erudito en asuntos relacionados con los últimos tiempos de los Incas, honor que comparte con Alfredo Costales y con Segundo E. Moreno, nos trae en su obra "Hacia la verdadera historia de Atahualpar”, la interesantísima afirmación de que en 1979 la Dra. Francesca Cantú acaba de hallar en los fondos de la Biblioteca Vaticana, los originales completos de esta Tercera Parte, donde Cieza narra acontecimientos que no pudo presenciar por haber arribado a Indias después de que se sucedieron y que solo llegó a conocer a través de referencias verbales de algunos de sus compañeros de armas.