LEONCIO CORDERO CRESPO
MEDICO Y NATURALISTA.-
Nació en Cuenca, en la casa cuyo solar ocupa
el Templo del Cenáculo, esquina de las calles
Bolívar y Tarqui, el 17 de Julio de 1879. Hijo
legítimo de Justo Cordero Ochoa y de Alejandrina
Crespo Astudillo.
Hizo sus estudios en la escuela
de Ezequiel Crespo hasta que su padre fue designado
Escribano en Azogues, a donde se trasladó con
su esposa y tres hijos, aficionándose el joven
Leoncio a las Ciencias Naturales. En 1892 ingresó
al Colegio San Francisco de Asís de los Oblatos
de Azogues cuyo rector era el padre Jesús Arreaga
y se graduó de Bachiller en 1898 con excelentes
calificaciones. Entonces siguió la carrera
de Médico en la Universidad de Cuenca hasta
graduarse el 23 de Abril de 1906, habiendo colaborado
en la revista de la Universidad con variados artículos.
En su biblioteca conservaba
los libros que le sirvieron de textos: Higiene de
Monteau. Patología Interna de Collet, Patología
Externa de Reclus, Toxicología y Farmacología
de Raboteau, Patología Quirúrgica de
Nelaton, Anatomía de Forgue, que estudiaba
ayudado por un maniquí importado de Francia,
en el que había escrito con tinta china los
nombres de los músculos, vísceras y
otros detalles anatómicos, con su clara y elegante
caligrafía. (1)
(1) En su promoción se destacaron entre otros
el Dr. José Mogrovejo Carrión, Médico
clínico de gran prestigio, propietario de una
Farmacia, Profesor de Farmacología y Cínica
Terapéutica hasta su jubilación en la
Universidad de Cuenca, Compartiendo sus actividades
profesionales con la bibliografía hasta lograr
una de las mejores bibliotecas de Autores Nacionales
del país especializada en temas bolivarianos.
Parte de sus colecciones fueron adquiridas por The
Smithsonian Instituto de Washington y lo que quedó
a su muerte fue a la Comunidad jesuita de Cuenca.
Otros meritorios compañeros fueron Sebastián
Moscoso, Clodoveo Castillo, Néstor Ledesma,
Pió Vicente Corral Jaúregui, etc.
Poco después regresó a Azogues, instaló
la botica Pasteur, y empezó a atender todas
las dolencias excepto las que requerían de
cirugía mayor, cobrando especial prestigio
y confianza en la especialidad de Pediatría
por ciertas fórmulas que preparaba en su botica,
como "El hierro de los pobres" medicamento
económico para el tratamiento de las anemias,
"La Fórmula antimalárica"
para el paludismo y que según decía
la receta, lo curaba en un máximo de doce días,
"La Pomada Napolitana" para piojos y ladillas,
sobre todo para estas últimas que son en exceso
molestosas, así como otras fórmulas
magistrales de antaño, de especial aplicación
en las zonas cálidas de la costa.
Así fue como unió
su profesión y el negocio y pudo sostener a
su esposa y educar a sus hijos, lo cual no impidió
que en ratos de ocio mantuviera su afición
a la Naturaleza, en alegres excursiones por los valles
y los páramos, fijándose siempre en
cualquier especie nueva, fuese vegetal, animal o mineral.
Los fines de semana salía a recorrer los poblados
vecinos a Azogues, incrementando sus colecciones ostensiblemente.
Igualmente fue un taxidermista
destacado y muy hábil que se encerraba en su
gabinete a disecar mamíferos, aves, reptiles
y batracios, a clasificar insectos y otras especies
de la sierra y de la costa, todo lo cual terminó
donando al Museo de Ciencias Naturales del Colegio
Benigno Malo de Cuenca, en el que aún se conservan
buena parte de ellas.
Esos conocimientos le sirvieron
para dictar desde 1917 la cátedra de Ciencias
Naturales en el Juan Bautista Vásquez de Azoguez
y allí permaneció veinticinco años,
tiempo en el cual logró el título de
Profesor de Segunda Enseñanza en Ciencias Naturales
otorgado por el Ministerio de Educación.
En 1924, durante la clausura
de un año del Colegio Juan Bautista Vásquez,
fue Médico Municipal de Azogues, pero al reabrirse
el Colegio volvió a ejercer la docencia.
En 1932 fue llamado a ocupar una de las Concejalías
de Azogues preocupándose de la higiene de esa
ciudad, recolección de la basura, transporte
de carne desde el camal.
En 1942 pasó al Benigno
Malo de Cuenca y tuvo que trasladar a su familia a
esa capital. Para uso de sus alumnos tenía
escritos dos textos de acuerdo a los programas de
estudio de la época pero que por razones económicas
no llegaron a publicarse: "Tratado de Zoología"
en 367 pags. “Tratado de Botánica"
en 162 pags. cuyos originales se encuentran en poder
de sus hijos y tienen por fecha 1930.
En su especialidad de Ciencia
Naturales mantuvo por largos años correspondencia
con los Profesores Francisco Campos Rivadeneyra de
Guayaquil, Ulises Rojas de Costa Rica y Oreste Cendreros
de España y en los textos de estos dos últimos
autores constan fotografías y datos proporcionados
por Cordero, fruto de sus investigaciones.
Como era un lector incansable
mantuvo una buena biblioteca, encuadernando personalmente
sus libros, pues era un habilidoso artesano en esta
rama, en la que alcanzó justa fama en el Azuay.
Nadie podía igualar la calidad y elegancia
de sus pastas españolas en cuero.
También fue un excelente
fotógrafo, importó de Alemania equipos
fotográficos de primera calidad, aplicando
técnicas propias y otras estudiadas,
Su fallecimiento ocurrió
en Cuenca el 2 de Enero de 1960, a los 80 años
de edad, a causa de una trombosis cerebral.
De temperamento apacible, costumbres
sanas y amplios conocimientos, sabía ganarse
el aprecio y la consideración de la ciudadanía.
La Municipalidad de Cuenca resolvió concederle
su nombre a una importante calle de la ciudadela "Tadeo
Torres" en el ejido de esa ciudad.
Físicamente medía 1.72 mtrs. más
delgado que gordo, de piel blanca, cabello castaño
claro, frente amplia, nariz aguileña, ojos
café. Su aspecto era serio y hasta podía
pasar por adusto pero tenía un corazón
sumamente bondadoso. Carácter retraído,
pocas amistades, selectas.
Como dato anecdótico
cabe resaltar que su afición por las aves y
las enseñanzas prácticas que impartía
a sus alumnos, le motivaba a aumentar su colección.
Le enviaban insectos de la costa, cajones con aves
vivas. En alguna ocasión recibió dos
tarántulas mayores a la mano de un adulto,
en otra un cóndor, dos gavilanes y doce lechuzas,
que crearon un problema. El cóndor fue mantenido
en un lugar apropiado con una traba, los gavilanes
fueron a la huerta de su casa y las lechuzas al campanario
de la iglesia más cercana.
Las limitaciones económicas
del medio y del tiempo impidieron que pudiera progresar
en su hobby. Apenas tuvo una casa propia y hasta su
botica poco a poco fue desmejorando y tuvo que venderla.