CARLOS ESTARELLAS AVILES
MAESTRO.- Nació
en Guayaquil el 4 de Junio de 1900, en el hogar formado
por el caballero español Francisco Estarellas
Bolet y la guayaquileña Carmen Avilés
Coello, quienes habitaban la villa "María
Rosa" en la tradicional calle Numa Pompilio Llona
del barrio de las Peñas.
Fue un niño tímido,
delgadito y estudioso que cursó con éxito
la educación primaria en el colegio San Luis
Gonzaga de los Hermanos Cristianos, situado al pie
de la Catedral, donde siempre obtuvo los primeros
premios.
En 1914 ingresó al Vicente
Rocafuerte y cuando cursaba el quinto año quedó
huérfano de padre y decidió alternar
sus horas de estudio con clases particulares en el
afamado colegio Tomás Martínez; cuyo
director José Elías Altamirano le apreciaba
y conocía y donde realizó una exitosa
carrera y permaneció hasta 1955.
Graduado de Bachiller en 1920
y hablando perfectamente el inglés y el francés,
se matriculó en la Facultad de Jurisprudencia
de la Universidad de Guayaquil, haciéndose
notar por su contracción y amabilidad. Por
eso sus compañeros le pusieron el cariñoso
apodo de "caballito rubio" y le eligieron
delegado al Consejo Directivo. En 1924 ocupó
la presidencia de la Asociación Escuela de
Derecho. En 1926 salió delegado al Consejo
Universitario y obtuvo el codiciado premio "Julian
Coronel". Mientras tanto, desde 1921, era profesor
del Vicente Rocafuerte, honor altísimo si se
considera sus cortos años y escasa experiencia
docente, pero explicable porque gozaba de la confianza
de sus antiguos maestros, especialmente del Dr. Pedro
José Huerta, que le llegó a apreciar
como si fuera un hijo.
Egresado de Jurisprudencia
y licenciado con honores, no quiso dar el grado doctoral
ni tampoco ejercer la profesión, pues pensaba
y no sin razón, que el Magisterio era su verdadera
vocación, para lo que estaba llamado. Por eso
toda su vida fue nada más que un maestro, título
el más excelso que puede poseer un hombre de
bien en cualquier civilización del mundo. En
1927 contrajo matrimonio con Ernestina Merino González
a quien conoció durante unas vacaciones en
Riobamba. Tuvieron un matrimonio feliz y numerosa
descendencia.
Su vida en el Magisterio estuvo
matizada de grandes triunfos del espíritu y
fueron numerosas las generaciones de sus alumnos.
Entre 1923 y el 1935 dio clases en el Cristóbal
Colón, entre el 32 y el 36 en el Instituto
Nacional. Este último año se especializó
en la materia de Historia Universal. En el 37 fue
profesor del Colegio Nacional de Señoritas
Guayaquil, donde trabajó hasta el 63. En 1937
habiéndose graduado de profesor de segunda
educación, fundó el Liceo América
que pronto se acreditó en toda la ciudad y
al que llevó a trabajar como socio, amigo y
maestro al Dr. Huerta.
En 1940 el presidente Arroyo
del Río le ofreció el Ministerio de
Educación que rechazó con una sonrisa
en los labios; pues, a pesar de ser uno de los afiliados
más disciplinados del Partido Liberal, jamás
había ambicionado cargos ni honores, a no ser
el permanente servicio a la niñez de su ciudad.
Con todo, le designaron Concejal del Cantón,
función que aceptó por ser gratuita
y desde la cual fundó con la maestra Blanca
Salvador el primer Jardín de Infantes que tuvo
Guayaquil y que llamó con toda justicia "Pedro
José Huerta"; recuerdo que dicho jardín
estuvo ubicado hasta la década del 50 en la
villa de la familia Lecaro Viggiani de la calle Eloy
Alfaro al sur de la ciudad y era dirigido por experimentadas
normalistas. Después pasó a Boyacá
y Vélez.
En 1945, el entonces ministro
de Educación, Dr. Alfredo Vera, le quiso entregar
la Dirección de Educación del Guayas;
pero Estarellas -fiel a su política de no buscar
funciones- agradeció, excusándose dos
veces por la generosa insistencia del ministro.
En 1960 dio clases en el Aguirre Abad, en el 64 en
la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
de Guayaquil y desde el 65 hasta el 70 ejerció
el rectorado del Colegio Experimental Mixto Francisco
Campos Coello, anexo a dicha Facultad, donde formó
a los futuros maestros.
Para entonces su figura era
proverbial. Menudito, delgadísimo, blanco y
canoso habiendo sido rubio en sus mocedades, todo
denotaba al caballero y al maestro venerable que se
solazaba en compañía de sus pequeños
discípulos, fuentes inagotables de embeleso,
su eterna vocación.
Y así transcurrieron
sus últimos años, en pobreza pero con
el público reconocimiento de sus virtudes ciudadanas,
hasta que el día sábado 1° de agosto
de 1972 a las cinco y media de la tarde, fue tropezado
por un grupo de alumnos que salía alegremente
de clases, cayó al suelo y sufrió varias
fracturas y contusiones. Llevado a la clínica
Guayaquil empeoró súbitamente y recibió
la visita de un grupo de profesores compañeros
suyos, quienes le dijeron que ya tenían los
nombres de los imprudentes que lo habían accidentado
y que los iban a castigar. "No, por favor, no
vayan a sancionar a los alumnos, ellos no tienen la
culpa", expresó el maestro, sobreponiéndose
a sus dolores, juntando sus manos y con voz temblorosa.
Esa fue su última lección práctica
de pedagogía pues murió el día
6.
Estaba jubilado como profesor
del Vicente, los diarios lamentaron su deceso y la
ciudadanía acompañó masivamente
el féretro al camposanto.