RAIMUNDO DE SANTA CRUZ,
S.J.
MISIONERO.-
Nació en Ibarra en 1623. Hijo legítimo
del Capitán Raimundo de Heredia y Santa Cruz,
natural de Soria en España, vecino de Ibarra
en 1611, su Alguacil Mayor y Procurador General, intervino
en la pacificación y conquista de Esmeraldas
y en un alzamiento indígena escapó con
dos heridas en la cabeza. Viudo en 1622 de Leonor
Vaca de Salazar, casó con Catalina González-Calderón
y Granizo y falleció en 1642 ahogado en el
río Mayo, al zozobrar su embarcación
cuando llevaban a cabo una expedición punitiva
contra los indígenas de la Gobernación
de Popayán. De ese segundo matrimonio tuvo
cinco hijos, siendo el primero nuestro biografiado.
Educado en el Colegio de San
Luis de Quito, entró a la Compañía
de Jesús en 1643 de solo veinte años
de edad, realizando los cuatro de Teología
con singulares muestras de aprovechamiento hasta ser
ordenado Sacerdote.
En 1651 decidió consagrarse
a tas Misiones en el río Marañón
y bajo el mando del Padre Superior Gaspar Cujía,
y con los padres Pedro Alcocer y Alonso Ignacio Trujillo
entró por Cuenca, Loja, Jaén y el río
Marañón hasta el famoso pongo de Manseriche,
donde sufrieron grandes peligros, escapando milagrosamente
de ser absorbidos por un vórtice horrendo;
después arribaron a la población de
Borja donde hacía de Párroco el padre
Bartolomé Pérez, S.J. condiscípulo
de Santa Cruz en el Colegio de San Luis, que conocía
de su valer, por lo cual le entregó la reducción
de Santa María de Ucayale recién fundada
un año atrás en la región del
gran Cocama, siguiendo Pérez a otras empresas
mientras los padres Alcocer y Trujillo quedaban en
Borja al cuidado de dos Seminarios.
Enseguida empezó Santa
Cruz su misión en el Ucayale asistiendo a los
indios de esa reducción, situada en las cercanías
a un lago en zona baja y pantanosa y por ende malsana
y llena de numerosas sabandijas e insectos, ganándose
la voluntad de los Cocamas por medio de intérpretes
pues su idioma era dificilísimo y ningún
sacerdote lo había podido aprender, pero fue
tanta su aplicación que no solamente lo llegó
a dominar en pocos meses, sino que también
formó un "Arte y Vocabulario de la Lengua
Cocama" únicos de que se valieron después
sus sucesores.
En tales trabajos llegó
a perder todos sus cabellos y enfermó varias
veces de diferentes dolencias, pero ganó el
aprecio de sus indios por la dulzura y cariño
que supo demostrar siempre, proveyéndoles de
herramientas que no conocían, enseñándoles
los modos de labrar la tierra y de hacer casas para
la decente y cómoda habitación, eligiéndoles
un sitio alto en la ribera del distante río
Huallaga, donde fabricó con sus manos una de
las mejores iglesias de las misiones, toda ella de
adobes, y labrando él mismo las maderas con
mucho ahínco y primor.
A principios de 1652 cambió
a la mayor parte de los Cocamas, pues otros no quisieron
salir del sitio original, que siguió figurando
con el nombre de Santa María de Ucayale y recién
volvió a tener Misionero propio en 1657.
El nuevo pueblo fue llamado
de Santa María de Guallaga pero estando en
medio de dos naciones feroces y enemigas, que vivían
haciéndose la guerra de continuo, llamados
los Agúanos y los Barbudos, (1) Santa Cruz
creyó necesario conquistarlos, para lo cual
decidió penetrar donde los primeros, ayudándose
del Teniente de Borja y de unos pocos hombres armados,
pero solo pudo tomar trece prisioneros, así
es que en 1653 y a través de los Caciques Cocamas,
a quienes acompañó varias veces en misiones
de paz, les llegó a convencer y hasta construyó
dos nuevos pueblos llamados San Francisco Javier de
los Aguanos y San Ignacio de los Barbudos, tras lo
cual siguió adelante y topó con los
pueblos Muniches y Chayabitas que instruyó
y catequizó reuniéndoles en el nuevo
pueblo de Nuestra Señora de Loreto de Paranapuras
sobre el pequeño río Cachiyacu, cerca
del sitio de los Paranapuras y de los Otanavi. Luego
ganó otras dos naciones porque era hábil
e incansable y tenia la facilidad de aprender los
idiomas y lenguas indígenas y estas fueron
los indios Pandabeques y los Singacuchuscas, así
llamados por la costumbre de cortarse a raíz
las narices como distintivo señalizador. Para
todos ellos fundó el pueblo de San Pablo de
Pandabeques y Singacuchuscas.
En dichas correrías
atravesó grandes extensiones de bosques y selvas
impenetrables, navegó por numerosos ríos,
corrió peligros y sufrió varias enfermedades
y como se le terminaran sus vestidos y zapatos, anduvo
descalzo y con andrajos, lleno de magulladuras en
los pies y piernas y terminó por fabricarse
unas sandalias toscas de esparto. Admira que en solo
dos años y con tales privaciones y trabajos
pudiera hacer tanto.
Para entonces el nuevo Padre
Superior Lucas de la Cueva, S.J. que, había
reemplazado a Cujía en las Misiones, comprendiendo
que era necesario descubrir un paso fácil y
rápido a Quito, porque repasar el famoso pongo
de Manseriche era extremadamente peligroso y navegar
contracorriente en el Marañón requería
de enormes esfuerzos, dispuso la investigación
de una vía más rápida. Por otro
lado, el regreso a Quito a través de un gran
rodeo por el Perú como lo había hecho
el padre Cujía para asumir el rectorado del
Seminario de Cuenca, llevaba casi un año de
fragoso viaje.
(1) El padre Juan de Velasco en su Crónica
de la Provincia de la Compañía de Jesús,
anos 1550-1658, aclara que los Mayorunas o Barbudos,
llamados así por su grandes y pobladas barbas,
que tenían sobre la carnadura bien blanca con
el pelo rubio, "de modo que más bien que
españoles parecen ingleses o flamencos",
que practicaban la antropofagia, comiéndose
a sus enfermos sin darles tiempo a que se pusieran
flacos, de allí que el consuelo mayor para
que no se los comieran los gusanos sino sus parientes
y amigos, era ofrecerse al degüello apenas enfermaban
de gravedad tal, que pudiera preveerse un próximo
fin.
Para averiguar el nuevo camino
se ofreció el Padre Santa Cruz "a cuyo
espíritu gigante nunca acobardaban sino que
estimulaban las arduas empresas" y en una armadilla
de canoas con dos españoles y cincuenta indios
escogidos y armados a la española con fusiles,
emprendió el viaje de exploración. Todo
su conocimiento estaba fundamentado en las noticias
dadas por el padre Cristóbal de Acuña
en su Relación y en el viaje del portugués
Pedro Texeira a Quito en 1637, quienes indicaban que
el regreso mejor era por el río Napo y su puerto,
cuyas cabeceras son inmediatas a Quito.
Así pues, tomó
el rumbo del río Guallaga hacia el Marañón,
saltando por las noches a tierra hasta dar con el
puerto de Veto, de que tenia noticias. Luego subió
contracorriente veinte días, inquiriendo en
las riberas y tomando luz en las rancherías.
En una de ellas fueron recibidos con una lluvia de
flechas que mató a cuatro indios. Después
se suscitó un tumulto entre los suyos y debió
convencerlos para evitar la dispersión y el
regreso y tras otros veinte días de navegación
siempre dudosa y contracorriente arribó a puerto
Napo, entonando un Te Deum de acción de Gracias.
Allí dejó a un
Soldado español y a seis indios para que custodiaran
las canoas y con otro español y cuarenta indios
cruzó las montañas, en tres días
llegó a Archidona en el gobierno de Quijos
y en siete más a Baeza, a solo cuatro jornada
de Quito.
Con nuevos bastimentos "unos
honestos vestidos talares blancos confecciones de
algodón, con guirnaldas en las cabezas adornadas
de plumas de diversos y vistosísimos colores,
el arco en la mano, el carcaj y flechas sobre el hombro
esperó la comitiva cerca de la ciudad al Presidente
de la Audiencia Diego Carrascal, al Obispo Alonso
de la Peña Montenegro, al Venerable Coro de
la Catedral y a la Comunidad Jesuita, que llegó
en procesión con una bellísima estatua
de San Francisco Javier, precediendo las tres Congregaciones
fundadas en la Iglesia de la Compañía
con las advocaciones de Loreto, del Salvador y de
la Anunciación con diversidad así en
los adornos como en los músicos instrumentos.
Las calles estaban adornadas
con hermosas tapicerías, el Padre Santa Cruz
entonaba las oraciones en idioma Cocama en el mismo
tenor que en las Misiones, repitiendo todos sus indianos
en su acostumbrada forma. Los ecos del uno y de los
otros movían los corazones del inmenso pueblo
y concurso. Santa Cruz iba con el mismo traje que
acostumbraba usar en el Marañón, saco
de algodón pardo, hecho con las manos, que
cuando nuevo le daba a la media pierna y reduciéndolo
el tiempo con los abrojos del camino a mayor altura,
apenas le colgaba de la cintura tal cual andrajo que
le azotara las piernas desnudas como siempre, sin
poder sufrir cosa que le sirviese de medias por tenerlas
hechas pedazos con heridas y vivas llagas; los pies
heridos apenas sufrían unas plantillas de esparto
ligadas con hilos de lo mismo y llevaba en la mano
una Cruz larga y la cabeza desnuda.
Llegados a la Catedral donde
esperaba el Cabildo eclesiástico se entonó
un Te Deum, la procesión avanzó al altar
mayor y se cantaron oraciones. Luego pasaron al Colegio
Máximo donde se repitió todo. Al deshacerse
el concurso cada quien quería llevarse un indiano
para celebrarlo y regalarlo en su casa, mas se le
impidió por entonces, prometiéndoles
que serían padrinos suyos en la solemne ceremonia
de la Confirmación que disponía hacerles
el Obispo; tras lo cual, pasado un tiempo prudencial,
regresaron los indios a su tierra con vestidos nuevos,
regalos y donecillos, creciendo desde entonces la
fama de los cristianos sobre las naciones bárbaras,
pues la noticia fue esparcida por los bosques e hicieron
agradable eco, siendo de grandísimo provecho
para las misiones en general.
A fines de 1654 regresó
al padre Santa Cruz con seis compañeros al
Ucayale y estos fueron: el padre Ignacio Navarro que
se hallaba restableciéndose en Quito, el padre
Luis Vicente Centellas que había retornado
de la nación Guanaca como el anterior y tenía
la cátedra de Teología que renunció,
el padre Tomás Majano venido muy niño
de Europa a Guayaquil y que recién finalizaba
sus estudios. Los oíros tres eran Hermanos
Coadjutores, el español Esteban Díaz,
nativo de Belmonte y criado en el Noviciado de Quito,
el español Esteban Fernández, natural
de Toledo, ropero en el Colegio Máximo de Quito
y el portugués Domingo Fernández, que
gastaba su vida en fabricar rosarios para los pobres
y llenó de ellos las misiones.
Mientras tanto el Gobernador
de Cajamarca en el Perú, Martín de la
Riva Agüero, había alcanzado del Virrey
Luis Enríquez de Guzmán, Conde de Alba
de Liste, poderes y facultades para gobernar los territorios
de las misiones y con tal fin bajó en 1655
al río Guallaga para que los misioneros le
den cien indios de guerra, encontrándose en
la parte baja con el Padre Santa Cruz, al que obligó
a acompañarle como Capellán de sus tropas,
cometiendo abusos contra tos indios a pesar de sus
consejos. Con tal motivo en 1656 el Padre Lucas de
la Cueva viajó a Lima y logró que el
Virrey le conceda a Mauricio Baca de Evan la Gobernación
de Mainas y a los jesuitas el cuidado de las misiones.
Este Mauricio gobernaría Mainas desde ese año
hasta 1676 que falleció.
En 1660 el nuevo Superior Padre
Francisco de Figueroa comisionó a Santa Cruz
el descubrimiento de un nuevo camino, más corto
que el anterior del Napo. Este pedido hizo que Santa
Cruz repasara la ruta seguida por el padre Lucas de
la Cueva en el río Pastaza.
En compañía de
dos hábiles y jóvenes mestizos de Borja,
demoró doce días hasta llegar a la desembocadura
en el Marañón, luego subió veinte
días hasta la provincia de Roamainas con corriente
en contra y tras otros veinte dividió a su
gente y con varios indios continuó por tierra,
hallando un dilatadísimo valle que supo era
regado por el Curaray, poco distante al conocido río
Patate, cerca del poblado de Baños, pero hallándose
sin alimentos y solo con cogollos de palmas, tuvo
que volver, enterándose que el otro grupo había
reconocido un puerto, que no podía ser más
que el de la Canela. En esas andanzas gastó
el año 1660.
El 61 una peste asoló
las misiones provocando numerosas muertes y deserciones.
Santa Cruz sufría de continuas fiebres e hinchazones
en las piernas, pero no trepidó en hacer un
tercer intento por el río Pastaza y el Bobonaza,
hasta llegar a la parte posterior de la Canela, tumban
árboles inmensos hasta descubrir cinco días
después un precipicio, con cuyo ondísimo
pie se divisaba a lo lejos una hermosa vega y el sitio
del Abra, célebre en la provincia de Quito
por consistir en dos hermosísimos peñascos
elevados uno frente al otro y que al ensancharse en
las cimas, forman un puente natural. Entonces trepó
como pudo a un altísimo árbol y dibujó
el sitio distante que llamó "Boca del
Dragón" y por donde sería fácil
la subida a las montañas. Hecho el plano, regresó
con los suyos a Canelos pues hablan comenzado las
lluvías, hasta el sitio donde debían
estar sus canoas, que no encontró porque una
crecida las había dispersado. Con otras que
hicieron enseguida, intentó el retorno, perdiendo
en la tercera noche toda su ropa y el poco bastimento
que les quedaba, por lo cual de deprimió, y
le entró una infinita tristeza y dando paternales
consejos a los suyos, anunció su próximo
fin.
Al día siguiente, al
atravesar los rápidos del río, un árbol
caído en la ribera hizo que el guía
se arrojara para amarrar la canoa, pero el accidente
se produjo tan de prisa que la canoa pasó por
debajo y el padre Santa Cruz recibió un golpe
en el pecho, cayó con los brazos levantados
al cielo y se sumergió en la corriente para
no aparecer. Era el 8 de Noviembre de 1662 y tenía
solamente 39 años de edad, 19 de Jesuita y
11 de misionero.
En Enero siguiente el Padre
Figueroa salió a dar cuenta del descubrimiento
del nuevo camino y llegó finalmente por el
Abra al histórico sitio de Baños y al
camino a Quito, abriendo en pocos días una
cómoda y segura vía sin más tropiezos
ni dificultades que la bárbara nación
Gae, que pronto fue civilizada, todo lo cual escribió
para eterna memoria. Entonces las Misiones de los
Jesuitas se componían de 7 provincias y 16
pueblos.
Santa Cruz fue un misionero
casto, patriota, estudioso y trabajador. A los pobres
curaba en persona lavándoles sus heridas y
las llagas de materia. Tuvo carisma para aprender
lenguas extrañas y predicaba en ellas para
obtener gran provecho. En sus viajes fundó
las Misiones de San Francisco Javier de Jeveros, San
Ignacio de los Barbudos, Nuestra Señora de
Loreto de Paranapuras y San Pablo de Pandeveques.
Su causa de beatificación fue iniciada pero
se interrumpió con la expulsión de 1767.
También es importante anotar que dejó
unas Cartas casi toscas en lengua y estilo pero de
gran valor documental y que tuvo clara conciencia
de la importancia del dominio de la hoya amazónica
a través de las nuevas rutas que estaba descubriendo.
(2) Las reducciones de indios
fueron organizadas por los jesuitas como unidades
aldeanas con tierras comunales trabajadas por turnos
y parcelas distribuidas familiarmente El producto
de la primera era tomado por la Compañía
de Jesús para el Tributo Real, el mantenimiento
de la iglesia, los huérfanos, etc. y originaba
un intenso comercio de productos ganaderos y forestales.
Las segundas proveían la subsistencia de los
indios.
La presencia religiosa en nuestro
oriente tiene los siguientes antecedentes: En 1541
entraron los frailes Gaspar de Carvajal dominicano
y Gonzalo de Vera mercedario, en la expedición
de Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana. Con la
incursión de Pedro de Benavente a Zamora llegó
el dominicano Francisco de San Miguel. A partir de
1559 hasta 1576 los dominicanos adoctrinaron a los
indios de Baeza. Hasta principios del siglo XVII se
destacaron los Presbíteros del Obispado de
Quito en las regiones del Coca, Avila y Sevilla de
Oro, En 1602 entró el jesuita Rafael Ferrer
por primera ocasión al río Marañón.
En 1621 recorrieron las zonas de los indios Encabellados
y Omaguas los jesuitas Simón de Rojas y Humberto
Coronado. Las riberas del Amazonas fueron visitadas
hasta el Pará por los franciscanos Domingo
de Brieva y Andrés de Toledo en 1636. Fue con
la expedición del portugués Pedro de
Texeira en 1637, quien llegó hasta el puerto
de Payaminos, incluyendo por la vía de retorno
al Marañón a los jesuitas Cristóbal
de Acuña y Andrés de Artieta y al franciscano
Brieva en 1639, cuando se abrió la nueva ruta
de Quito a las Misiones. De allí en adelante
los jesuitas se hicieron cargo de Jaén y Mainas
y los franciscanos del Putumayo y el Caqueta. El camino
al Napo fue abierto en 1653 por el Padre Raimundo
de Santa Cruz, S.J. como ya quedó visto, a
base de los datos tomados de una Relación escrita
por el Padre Cristóbal de Acuña y finalmente
el camino del Pastaza también lo abrió
Santa Cruz en 1662 y fue terminado en 1663 por el
Padre Francisco de Figueroa, S.J. Las demás
rutas son de origen moderno, hasta que en 1707 el
Padre Samuel Fritz, S.J. compuso su célebre
mapa que ofreció al Rey Felipe V, donde constan
las principales vías de entrada y de salida
al Marañón y Amazonas. Es bueno anotar,
sin embargo, que se necesitaron un poco más
de 100 años, desde 1541, hasta 1663, para descubrir
los tres caminos o vías principales de Quito
a) Marañen, a saber: 1) La del pongo de Manseriche,
2) La del Napo, y 3) La del Pastaza.