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PEDRO DE LA GASCA
PACIFICADOR DEL PERU.- Nació en Navarregadilla, Avila, España, en 1485. Fue colegial de Alcalá de Henares y luego de San Bartolomé en Salamanca, después se licenció en Artes, en ambos derechos y en Teología y ocupó el rectorado de ese colegio. Tomó las órdenes eclesiásticas y fue miembro del Consejo de la Inquisición.

En 1538 le nombraron Visitador de tribunales y de la Real Hacienda de Valencia. Como tal asumió las obras para fortificar las costas levantinas y las islas Baleares contra el pirata Barbarroja. El 16 de Agosto de 1545 la Corona lo mandó con amplias facultades a pacificar el Perú levantado por Gonzalo Pizarro. Pasó a Madrid a recibir instrucciones y le dieron amplias facultades, incluso para perdonar delitos contra el Rey, aunque solamente era Presidente de la Audiencia.

En Abril de 1546 siguió a Sevilla y partió el 26 de Mayo de San Lúcar de Barrameda, portando cartas del Rey para Gonzalo Pizarro y otras personas influyentes del Perú, así como algunas en blanco para hacer uso discrecional de ellas. Le acompañaba su secretario Alonso de Alvarado, los nuevos oidores y otras personas de calidad.

En Santa Marta le notificó el visitador Armendáriz que el Virrey del Perú, Blasco Núñez de Vela, había sido vencido y muerto en la Batalla de Iñaquito y que una escuadra hostil mandada por Pedro de Hinojosa merodeaba aquellos mares.

La Gasca decidió atraer a sus enemigos y entró en pacíficos y amigables tratos con ellos sumándoles a su grupo. Primero incorporó a Hinojosa y sus veintidós naves que componían la flota pizarrista. Escribió a Nicaragua y a Guatemala pidiendo ayuda a los leales servidores del Rey. Al obispo de Lima. Fray Jerónimo de Loaysa, que había escapado a Panamá con el ánimo de pasar a España, le retuvo consigo y al obispo de Santa Marta le mandó que fuese a su Diócesis. Despachó cuatro navíos con Aldana, Mejía, Juan Alonso Palomino y trescientos hombres para que repartieran sus cartas entre los cabildantes y personas de viso en Lima.

También se ganó a otros sujetos de prestigio como Sebastián de Benalcázar, Gobernador de Popayán; a Pedro de Valdivia, Gobernador de Chile; al Contador Juan de Cáceres, a Diego Centeno y su tropa. Frente a ellos puso de Mariscal a Alonso de Alvarado. Su fuerza moral estaba en representar al Rey y por eso logró muchas deserciones, inclusive se atrevió a despachar a un fraile dominicano con cartas a Pizarro y su grupo.

Cuando llegó Aldana al campamento pizarrista con las misivas de La Gasca se produjo una general conmoción. El capitán Francisco de Carvajal convocó a una Junta y solicitó que se tomen las Bulas o Perdones pero el capitán Cepeda fue de contrario parecer. Gonzalo Pizarro juntó entonces a mil hombres y hallándose como a nueve leguas de Lima se levantó la ciudad en armas por el Rey.

Entretanto, La Gasca, había logrado superar una peligrosísima tormenta enfilando a la isla de la Gorgona, arribaba a Túmbez, siguiendo por tierra a Trujillo y Jauja. Sus fuerzas estaban compuestas de 400 soldados a caballo, 700 arcabuceros y 500 piqueros. De Lima se hizo llevar artillería y el 29 de Diciembre de 1547 salió de Jauja dispuesto a la guerra.

Había transcurrido un año desde su llegada al Perú. La marcha fue lenta y por las sierras, el 18 de Marzo de 1548 se situó en Abancay y con precaución cruzó ese río, porque temía encontrar a los pizarristas en cualquier momento.

Pizarro estaba en la llanura de Sacsahuamán cerca del Cusco. Los leales, al verle, se ordenaron en plan de batalla sin intentarla, apoyándose en su artillería, era el 9 de Abril de 1548.
Apenas rotos los fuegos se pasaron al campo de La Gasca el segundo Jefe Cepeda, doblemente traidor porque había sido opuesto a recibir los perdones, y el capitán Garcilaso de la Vega, padre del cronista de su nombre. El desbande fue contagioso, quebróse la línea de Pizarro y finalmente Carvajal y Pizarro, cayeron prisioneros, mostrando el primero mucha gracia, serenidad y valentía. Al día siguiente, 10 de Abril, fueron ejecutados. La Gasca mandó a ahorcar a muchos más, que la carnicería fue grande. Los restantes envió desterrados a España a servir en galeras.

El 11 ingresó al Cusco acompañado del obispo Jerónimo de Loaysa. Entonces decidió dispersar a los militares para precaver futuras insurrecciones. Al capitán Diego Centeno envió al río de La Plata a ordenar esas provincias, remitió al Paraguay a Nufrio de Chávez que llegó a Charcas, a fin de hacer nuevos descubrimientos; a Núñez de Prado a reducir y poblar Tucumán, a Diego Palomino a la conquista de Chuquimayo donde fundó la ciudad de Jaén. Por su parte sometió al primer intento de rebelión a Hernández Girón, reorganizó la Audiencia de Lima con gente traída de España y algunos leales a toda prueba, igual hizo con los Cabildos, reguló el trato de negros, estudió en Guaynarima el asunto del reparto de tierras y dinero y lo dejó ordenado a Loaysa, pero no todos quedarían contentos.

Había vuelto a Lima el 17 de septiembre, ingresando a esa ciudad con grandes celebraciones y fiestas y como aún quedaban encomiendas por conceder y otras vacaban, preparó una nueva lista de mercedes que encerró en un pliego para que se abriera después de su salida a España y aunque antes de partir recibió una orden, suprimiendo el servicio personal de los indios, determinó discretamente dejar por entonces en suspenso su aplicación, por temor a nuevos desórdenes.

El 2 de Febrero de 1550 salió de la rada del Callao con importantes caudales para la Corona, rechazando los donativos que quisieron hacerle.

En el trayecto de regreso de Panamá a Chagres se libró de caer en manos del rebelde Hernando Contreras, que junto a Juan Bermejo había tomado Panamá. En Chagres lograron apropiarse de los caudales de La Gasca, pero la reacción del vecindario los derrotó y se rescató dicho dinero de la corona.

Al llegar a Cádiz fue bien recibido, y recomendó para II Virrey del Perú a Antonio de Mendoza, Marqués de Mondéjar, que había actuado con iguales funciones en Nueva España (México). El príncipe Felipe pagó las deudas contraídas en su viaje y comisión al Perú y le nombró Obispo de Palencia y luego de Sigüenza en 1561, donde falleció seis años después, el 13 de Noviembre de 1567, de 76 años de edad. En dicha catedral existe un suntuoso enterramiento.

Fue discretísimo y supo salir airoso de todo compromiso. Continuó la conquista de estos territorios dispersando a las tropas pizarristas y hasta parte de las leales por las provincias aún no exploradas, prosiguiendo con la idea de la colonización. Únicamente afeó su conducta las medidas fuertes que tomó después de la victoria, condenando a sufrir la pena capital a varios importantes conquistadores que pagaron con sus gloriosas vida por una crisis política más y muy de la época.