LUISA GOMEZ DE LA TORRE
PAEZ
POLITICA.- Nació
en el barrio del Tejar, Quito, el 28 de Mayo de 1887.
Hija de Joaquín Gómez de la Torre Alvarez,
quiteño educado en Europa, terrateniente que
tuvo problemas con Juan Montalvo en 1876 cuando éste
atacó a su tío Manuel Gómez de
la Torre, que era Ministro General del presidente
Borrero. En Quito hacía vida de clubman y asistía
a la tertulia del Dr. Luis Felipe Borja padre. En
1910 fue Miembro de la Junta Patriótica que
éste formó con el Arzobispo González
Suárez. Tuvo varias familias y falleció
reconociendo únicamente a las Gómez
de la Torre Paz que le heredaron. El Dr. Fernando
Jurado Noboa en el tomo II de Los Descendientes de
Sebastián de Benalcázar en la formación
social ecuatoriana, trae los datos siguientes(1).
(1) JOAQUÍN GÓMEZ
DE LA TORRE Y ALVAREZ.- Bautizado en Quito el 13 de
Octubre de 1848. Quinto hijo legítimo del Dr.
Manuel Gómez de la Torre Gangotena y de Josefa
Alvarez Víllacís. Bachiller en el San
Gabriel en 1864. Por rencillas familiares y políticas
buscó al Cosmopolita en 1876, durante sus pasos
por la Alameda, blandiendo y disparando su revólver
a lo que Montalvo le contestó "Dispara
mejor y en el cuerpo" porque ninguna bala le
alcanzó. En 1887 heredó varias haciendas
con sus hermanas. El 95 aumentó sus posesiones.
Como terrateniente en la provincia de Imbabura enjuició
a la Municipalidad de Ibarra por el uso de las aguas
de la quebrada de Guaracsapa y a varias comunidades
indígenas por otros motivos. Fue miembro activo
de la tertulia del Dr. Luis Felipe Borja padre, fundador
de la Junta de Beneficencia en 1901, presidente del
Club Pichincha, miembro de la Junta Patriótica
Nacional durante la movilización armada contra
el Perú en 1910, miembro del Consejo de Estado
en 1911. Murió en Quito el 14 de Mayo de 1914,
a los 66 años de edad. Fue muy aficionado al
juego de dados y una noche ganó la casa de
Miguel Camacho Bolívar en la esquina norte
de la plaza del teatro. Fue dueño de la hacienda
Clemencia al norte de la ciudad de Quito con 80 hectáreas
de extensión y cuya entrada era por las calles
Mañozca y 10 de Agosto. Formó familia,
entre otras, con Rosa Paz y Gabiño, natural
de Ibarra.
María Luisa tuvo una
niñez pobre por su condición de hija
natural no reconocida y encima desprotegida aunque
después su padre le dio algunos medios económicos
para su sustentación. De cinco años
concurrió a la escuelita de las monjas de San
Carlos cerca de la plaza de San Francisco y se crió
"inquieta, juguetona, a veces rebelde pero siempre
tierna, en compañía de las demás
niñitas de su barrio, con cielo en sus ojos
y cielo en su corazón" pero sin padre
como ya se ha visto.
Su madre fue doña Francisca
Paez Rodríguez, mujer honorable y -preocupada
de su única hijita, que la llevó por
el buen camino con sanos consejos y prudentes palabras.
Así llegó María Luisa a su mayor
edad, sabiendo lo indispensable y no más, porque
esa era la costumbre de entonces para las "señoritas
bien" de la capital.
En 1912, ya de 25 años,
decidió ser alguien en la vida y aprovechó
que acababa de abrirse la escuela normal "Manuela
Cañizares" para matricularse en ella aunque
ya era mayorcita y tuvo por compañeras a Dolores
J. Torres recién llegada de Cuenca, Maria Angélica
Idrovo, Otilia Jaramillo, Eudofilia Arboleda, Eleonor
Becerra, Lucila Gómez, Teresa Cepeda, Lastenia
Córdova y otras muchachas más que figurarían
con honor en las filas del naciente laicismo ecuatoriano.
Graduada de normalista con
excelentes calificaciones y eximida por sus profesoras
de rendir las pruebas finales debido a la importancia
de varios trabajos presentados: "El funcionamiento
del Congreso", "Sensaciones en el niño"
y "Paseo al Panecillo", ingresó como
maestra en la escuela "Diez de Agosto" que
funcionaba en 1916 en un vetusto caserón de
la calle Ambato, donde halló a numerosas niñitas
pobres "a las que comenzó a proteger generosa
pero enérgicamente, abrigándolas con
amorosas miradas, bondadosas caricias y hasta con
una canción".
Tenía por costumbre
recitarles las tablas de multiplicación y luego
las soltaba para que corrieran por el patio soleado,
sabiendo que educar es liberar a la mente y al cuerpo
como sostenían los modernos métodos
pedagógicos aprendidos en el Normal.
Pero no todo era color de rosa
porque como maestra laica soportaba serios ataques
a su persona, esquivando pedradas y haciendo oídos
sordos a los gritos destemplados de "Masonalaica"
que recibía, puesto que la lucha era tenaz
entre lo antiguo clerical y lo nuevo laico, al punto
que las autoridades habían tenido que emitir
unos carnets para los padres que matriculaban a sus
hijos en las escuelas. Los carnets les evitaban las
multas, que muchos preferían pagar y esconder
a sus hijos en sus casas, antes de enviarlos a las
nuevas escuelas. El miedo a la excomunión o
a las acechanzas de los señores paralizaban
los deseos de superación. (2)
En el Ecuador de esos años
las valientes muchachas normalistas servían
de blanco preferido al furor de los conservadores
y sus agentes de difamación las beatas, seguidoras
inconscientes de todo cuento que se decía en
los pulpitos. Por ello María Luisa y otras
maestras laicas radicalizaron su postura y tras los
luctuosos acontecimientos del 15 de Noviembre de 1922
se dio a leer periódicos de izquierda como
"La Antorcha", que propagaban las nuevas
ideas nacidas al rescoldo de la revolución
rusa e iluminaban de esperanza a los humildes.
En 1925 obtuvo la cátedra
de gimnasia para las alumnas del Instituto Mejía,
que fue mixto hasta el 35 que la dictadura de Páez
le quitó esa condición, creándose
el Normal Manuela Cañizares; pero María
Luisa decidió continuar como simple inspectora
en el Mejía, donde tenía amigos y coidearios
fraternos y rompía la tradición machista.
(2) "La escuela catequística y tradicional
había endurecido el pensamiento en vez de despertarlo
y volvía a los jóvenes fanáticos,
hipócrita y débiles, en suma, seres
mutilados. Se había deprimido el alma nacional
y por obligar a los hombres a mirar al cielo, les
hacían andar a ciegas por la tierra".
En 1926 asistió a la
sesión inaugural del Partido Socialista Ecuatoriano
celebrada en el palacio Municipal de Quito y empezó
a ayudar al Dr. Ricardo Paredes en sus correrías
proselitistas ufanándose de practicar el lema
"Vivir en renuncia permanente y morir con alegría
acariciando el futuro construido a causa de la revolución
proletaria" y cuando meses después se
produjo la ruptura entre los miembros del Comité
Central que rechazaban los dogmas rojos de la III
Internacional -tan opresivos como los negros del papado-
permaneció fiel a Paredes, quien acababa de
regresar tras siete meses de estadía en la
lejana Rusia.
En 1930 formó el Club
de Profesores del Mejía que prontamente ganó
prestigio por su intensa labor cultural. María
Luisa fue una activista entre sus miembros y el 37
fundó con sus compañeros Emilio Uzcátegui,
Elisa Ortiz Garcés, Luis Felipe Castro, Lelia
Carrera, Reinaldo Espinosa, Manuel Utreras, Leopoldo
Chávez, el Sindicato de Profesores del Mejía,
transformado en 1946 en la "Unión Nacional
de Educadores".
Por entonces había establecido
el desayuno escolar para los alumnos más pobres
del Mejía, vivía con su madre y ayudaba
a su amiga Nela Martínez Espinosa en la crianza
de su pequeño hijo Leo, volcando sobre él
todo el cariño de su corazón de maestra.
Y cuando arribó a Quito la conferencista española
Belén de Zárraga, como socialista y
atea, le organizó una presentación que
fue piedra de escándalo porque las iglesias
tocaron a muerto entre las 2 y 3 de la tarde, hora
en que la Zárraga hablaba. Después hubo
conatos de golpes y piedras y el asunto hubiera pasado
a mayores de no haber intervenido la fuerza pública,
ya que grupos de alumnos del Colegio San Gabriel de
los padres jesuitas hostilizaban el ambiente festivo
de la famosa charla.
En 1939 asumió la cátedra
de Geografía en el Mejía. Ya era conocida
por su labor silenciosa en las organizaciones campesinas
de maestros y de mujeres, aparte de que nunca faltaba
a mítines ni a reuniones políticas.
Acostumbraba aceptar con satisfacción o tomaba
ella misma las mayores responsabilidades, aunque rehuía
siempre que le era posible estar en sitios de dirección
o de asomo. Hablaba con fluidez y tenía conceptos
clarísimos sobre la política y la vida,
prefiriendo la explicación sencilla y hasta
apasionada a la discusión ardorosa o a la pieza
elocuente.
En 1940 vivía en un
departamento alquilado en la calle Riofrío
pero ese año su madre adquirió en diez
mil sucres una casita ubicada en la lotización
de la vecina quinta de Modesto Larrea Jijón
frente a la plaza 24 de Mayo, compra que las llenó
de alegría, convirtiéndose la nueva
casita en centro de reuniones políticas y hasta
en mesón de la amistad, como ellas decían,
para los más necesitados. Quizá por
eso comenzaron a llamarle "La Casa Amable"
a pesar que sólo era de dos dormitorios, un
comedor y cocina, pero muchos libros alegraban los
ambientes, pues María Luisa acostumbraba hacer
conocer la literatura nacional en el exterior y estaba
siempre al día en sus lecturas.
Desde 1943 formó parte
del buró nacional de Acción Democrática
Ecuatoriana ADE en lucha contra el despotismo arroyista
y al estallar la revolución del 28 de Mayo
de 1944 con Nela Martínez y otras mujeres sostuvieron
el levantamiento.
En la madrugada del día
29 "al frente de las masas airadas y con el apoyo
de los indios de Cayambe liderados por Dolores Cacuango
que formaban un cerco humano, las mujeres tomaron
el Palacio de Gobierno en nombre de la Revolución
y allí recibieron la rendición de las
guarniciones. Nela Martínez con su elocuente
y lúcida palabra esfervorizaba a las multitudes
y María Luisa con la iniciativa siempre oportuna,
sostuvieron el levantamiento para evitar que los militares
ofrecieren su respaldo al gobierno arroyista. Fue
un acto de arrojo y valentía y solamente se
retiraron cuando los carabineros entregaron sus armas
y volvió la calma, siendo las últimas
en salir de Palacio.
Al ascenso de Velasco Ibarra
los logros revolucionarios de Mayo comenzaron a evaporarse.
El 30 de Marzo de 1946 el Presidente traicionó
la Constitución y se declaró dictador
civil. Varias dirigentes políticas –entre
las cuales figuró MaríaLuisa- le enviaron
una Carta Abierta por el diario "La Tierra".
En respuesta, el 25 de Abril fue separada del magisterio
en el Mejía quedó sin trabajo y el Partido
Comunista la recogió. El 27 protestó
por el atropello pero todo fue en vano. Meses después
el ministro de Gobierno, Camilo Ponce Enríquez,
asestaba el golpe de gracia al laicismo en el Ecuador,
sudvencionando a la educación particular.
Desde el 44 realizaba cada
fin de semana esporádicos trabajos en las comunidades
indígenas del Cotopaxi. Fue encargada del área
de adoctrinamiento y ayuda. Ya no era una jovencita
pero se levantaba a las primeras luces del alba y
se iba en bus y a caballo a Pujilí, pernoctando
en chozas y en páramos, "sintiendo frío,
escuchando historias, cantando canciones indígenas
y con el oído alerta por si acaso el terrateniente
sospechara de sus movimientos y soltara la jauría".
Con ella iban Modesto Rivera, Arturo Zambrano y el
poeta Newton Moreno asesinado años después
durante la Junta Militar de Gobierno, en una celda
del penal.
Después pasó
a servir en el norte cerca de Cayambe, donde estrechó
lazos de amistad con la dirigente Dolores Cacuango
y otros líderes de esa comunidad, e impulsó
el programa de escuelitas indígenas en quichua.
Ya funcionaban cuatro, una en el sindicato Tierra
Libre y tres en sitios de la asistencia pública,
que al poco tiempo ya no quiso ayudar por denuncias
de los terratenientes, que no deseaban indígenas
alfabetos sino peones conciertos para la producción.
Visitaba las escuelitas cada
quince días, supervisando las labores pedagógicas,
tratando de mejorar los métodos y todo ello
sin contar con un solo centavo. Fruto de su esfuerzo
fue una exposición de artesanías populares
realizada a medias con su amiga Olga Fish en los salones
de la Casa de la Cultura en Quito (tejidos, bordados,
cestería, fajas, alpargatas, blusas) con música
y canciones inéditas andinas, que llamó
poderosamente la atención del país y
aún del exterior.
Por los años 50 quiso
obtener de los ministros de Educación el reconocimiento
de las escuelas en quichua, pero se le cerraron todos
los caminos y finalmente un ministro ordenó
que los bienes de las escuelas fueran transferidos
a la Asistencia Pública, subsistiendo únicamente
la de Yanahuayco que era sindical.
Su madre había muerto,
se visitaba esporádicamente con sus medias
hermanas. Sus últimos tiempos fueron dolorosos.
Sus amigos sufrían persecuciones de la dictadura
de la Junta Militar de Gobierno instaurada en el Ecuador
en 1963 y María Luisa se mantenían a
la sombra o en la clandestinidad. Otros llenaban las
cárceles del país periódicamente,
acusados del crimen de ser comunistas subversivos
y peligrosos. La prensa permanecía ciega y
sorda ante el abuso, cuidando sus intereses.
En 1964 realizó varios
trabajos con su amiga Laura Almeida Cabrera, figura
visible del comunismo que no caía en la cárcel
por su condición de mujer. La acompañó
en varios viajes a provincias, hablaron con dirigentes
de la oposición y con una nueva generación
de mujeres ecuatorianas que más que políticas
eran feministas y miembros de la Asociación
Femenina Universitaria AFU, aspirantes a liberar a
la mujer de su tristísima condición
de seres minusválidos. Al final de su vida
conversaba largamente con el Dr. Ricardo Paredes,
con su esposa Zoila Flor y sus hijas, jugaba con sus
nietas y como tenía la costumbre de llevar
algo en las manos, simplezas de poca monta, caramelitos
o algo así, los niños la adoraban, y
en medio de una vida diaria de rutina y privación
empezó a declinar ostensiblemente y fallecióen
los años setenta en Quito, no sin antes hacer
testamento para que sus escasos bienes se repartieran
en obras de interés social.
Fue una mujer fuerte y de buen
ver. Blanquísima rosada, de contextura carnuda
que finalmente se hizo gruesa. Ojos azules, pelo rubio
y luego dorado y partido en trenzas. Hermosa de alma
y de cuerpo, practicó el bien en la política
y el trabajo comunitario. Ayudó a amigos en
desgracia, sobre todo a los indios, bravamente, en
medio de peligros e incomodidades y por muchos años.
Respetada y querida por todos, fue siempre buena porque
aspiraba al bien general, desprendida de todo personalismo.
Su falta de reconocimiento y abandono paterno le hicieron
ver claramente las injusticias del sistema, pero ni
se entristeció ni fue presa de la amargura
allí su mérito y aunque pasaba por subversiva
no lo era, mas bien fue siempre una santa laica. Le
gritaban masona primero y luego comunista y otras
lindezas cuando era un inri que causaban vergüenza
a nuestro pueblo sencillo que no comprendía
el alcance de ciertos adjetivos. Fue, pues, una gran
ecuatoriana por abanderada del progreso y de la lucha
social.