MERCEDES MORLA FLOR
FILANTROPA-
Nació en Guayaquil, en la casa familiar de
Pedro Carbo y Sucre, el 20 de Agosto de 1.894 y fue
bautizada con los nombres de Mercedes Maria, pero
su padre Darío A. Morla Mendoza (1.836-1.921)
le llamaba Mercedes Segunda, por ser la segunda de
las tres hijas que tuvo en su matrimonio con Mercedes
Flor Saona, celebrado en Guayaquil el 30 de Noviembre
de 1.895, cuando -muy enamorado y de 59 años
de edad- la había desposado. Ella solo contaba
con 22 y ya le había dado dos hijas. La tercera
vendría en Enero del 96 y llamó Maria
Alejandrina.
El había sido un hombre
de grandes empresas y muy mujeriego, padre de ocho
hijos en dos uniones anteriores (Morla Mosquera y
Morla Jurado) y como todos los de su familia era un
trabajador insigne. Agricultor e industrial, filántropo
y millonario logró ser dueño del Ingenio
“Luz Maria” con ferrocarril propio en
la zona de Chobo con una formidable producción
de 40.000 quintales anuales de azúcar, el segundo
de la República detrás del Ingenio Valdez
que daba 45.000. También era dueño de
valiosas propiedades urbanas en Guayaquil, de la hacienda
cacaotera '"La Maria" con 22.000 hectáreas
y vista al río Balao y al golfo; de otras haciendas
menores, de las lanchas Carolina y Alejandrina, de
una gran balandra para el traslado del cacao, de terrenos
en Posorja, de acciones bancarias, valores fiduciarios,
joyas.
A principios de 1.895 había
sido lanzada su candidatura presidencial por los conservadores
de Quito, pero el sesgo político que tomaron
los acontecimientos con el triunfo de la revolución
liberal del 5 de Junio de ese año, impidió
que su nombre siguiera en la palestra política.
Para el incendio del Carmen
de 1.902 se quemó la casa en que vivían
y pasaron una larga temporada en la hacienda hasta
que se rehizo el edificio. Mimada y engreída
por un padre sexagenario que las adoraba y decíales
'"Mis tres Gracias", Mercedes y sus hermanas
tuvieron una niñez plena de dicha y felicidad.
En la hacienda habían
diversos animalitos. Siempre fue Mercedes compasiva
con ellos, tenía un burrito para dar paseos
matinales, también le gustaba rezar con su
mamá y se sentía atraída por
las cosas simples, en todo demostraba una excesiva
responsabilidad y bondad, animosa, tranquila y de
carácter dulce y asequible, cuando surgía
alguna pequeña discusión entre sus hermanas
intervenía como pacificadora.
Su padre se preocupaba de todo
lo concerniente a ellas pues estaba semiretirado de
los negocios que manejaba a través de apoderados
y mayordomos. Para formar el carácter de sus
hijas les inculcó "modestia en su trato
público y privado, contracción diaria
a alguna ocupación útil, que no gastaran
mucho en afeites, chocantes con quienes tienen los
dones de la virtud, superiores a esas hermosuras ficticias."
Con los años había
cambiado mucho, pues habiendo sido un don Juan de
joven terminó por volverse hogareño
con la mujer que le dio paz y tranquilidad en esa
etapa de la vida.
En 1.909 viajaron con la abuelita
materna Juana Rosa Saona San Martín a París.
Primero vivieron en un lujoso edificio de los Campos
Elíseos No. 114 y empezaron a codearse con
la aristocracia ecuatoriana del Gran Cacao y con otras
familias millonarias de latinoamérica. Después
adquirieron una mansión vacacional frente al
mar en las doradas playas de Biarritz, por entonces
el balneario más importante de Francia. La
villa tenía dos plantas y estaba rodeada de
jardines y árboles frutales.
Mercedes tocaba el piano a
cuatro manos con Carolina. Su papá, al oírlas,
iba al salón y también tocaba. Era un
caballero respetabilísimo y muy querido por
sus obras de filantropía. En 1.910 obsequió
a la Sociedad Protectora de la Infancia de Guayaquil,
a nombre de su esposa, la cantidad de diez mil sucres
y un valioso edificio ubicado en el Boulevard 9 de
Octubre No. 819 de Guayaquil.
Sus negocios habían
quedado en manos de Euclides V. Cabezas y en 1.912
nombró apoderado general a Carlos Saona Acebo
(1) pero como no tenían talento mercantil pues
a duras penas eran tenedores de libros, solo cuidaron
en lo posible los bienes, sin preocuparse de hacerlos
crecer y producir más, de suerte que al iniciarse
en 1.916 la declinación del cacao por las pestes
y la baja del precio en los mercados internacionales,
la fortuna fue menguando. Proceso que felizmente fue
largo, casi imperceptible y duró medio siglo.
De esas épocas existen
numerosas fotografías de Mercedes que la muestran
con la hermosura propia de los primeros años
de la pubertad. Era una criolla de tez canela y llenita,
sin ser obesa ni cosa por el estilo. No podía
haber sido calificada de hermosa pero el conjunto
era aceptable. Su belleza tropical realzaba por unos
ojos soñadores, grandes y negros, quizás
melancólicos. Su espesa cabellera azabache.
Una marcada femineidad que se traslucía por
la dulzura de su rostro y su mirada, por su trato
decente y hasta delicado con los demás, la
volvía deseable. Solamente le afeaba en algo
su gruesa y prominente nariz pero como vestía
con elegancia y poseía una natural y sencilla
dignidad, nadie se fijaba en ese detalle. En alguna
época de su vida cantó sin que le acompañara
una bonita voz y por eso dejó
(1) Hermano de padre de Juana
Rosa Saona San Martín.
de hacerlo. Era buena con todos,
especialmente con los necesitados, los desvalidos,
los animalitos del señor, a quienes alimentaba
en las calles y en los parques. Siempre que llegaba
un pobre a su casa solía decir: "El señor
viene a verme."
Durante una temporada de verano
en Biarritz las visitó Maria Piedad Castillo
y pasaron momentos muy amables. Fruto de ellos es
el siguiente poema que dedicó a Mercedes //
Tu negra cabellera es una nube/ tempestuosa en el
cielo de tu frente;/ tus pupilas oscuras y serenas,/
tienen la alba inocencia de un querube / y el misterio
sombrío de una fuente,/ formada con el llanto
de mis penas.//
Para la primera Guerra Mundial
en 1.914 y ante el peligro del avance alemán
dejaron París y se trasladaron a una preciosa
casa antigua arrendada en el Paseo de Gracia en Barcelona
y como siempre vacacionaban en verano en la Suiza
francesa y en Italia, las Morla Flor nunca dejaron
de darse la buena vida de las familias adineradas
en Europa.
Al finalizar el conflicto en
1.918 vivían alojados en el lujoso Hotel Continental
de Barcelona donde Mercedes comenzó a reunir
a sus amistades para coser ropa a los pobres. Esas
reuniones fueron llamadas por ella con el cordial
nombre de "El Costurerito"
De regreso a París se
entristeció al ver los campos desolados de
la guerra en el norte, con tumbas por millares regadas
en el suelo, de soldados caídos, la mayor parte
franceses, alemanes e ingleses, pero también
había de otras nacionalidades; sin embargo
la vida fue recobrando paulatinamente su normalidad
y comenzaban los años locos de Postguerra,
pero no para Mercedes que acostumbraba salir diariamente
a sus obras de caridad.
Maria Piedad Castillo le mandó
la siguiente esquela en verso // Segunda de mi vida,//
la de las largas y sedosas trenzas/ alma pura, generosa
y abnegada./ I pupilas lumínicas e inmensas
//! Oh niña soñadora! / risueña
y bondadosa que otros días / con tus frases
suaves / mi corazón llenaste de alegrías.//
¿Me has olvidado ya? / ¿Puede la ausencia
/ apartar mi recuerdo de tu mente?/ ¿ I mi
lejana imagen/ disipar como niebla de tu frente? //Estoy
muy triste, aquel pasado hermoso/ huyó cual
nube que arrebata el viento;/ ¿Tu eres feliz,
oh niña idolatrada?/ 'Dedícame siquiera
un pensamiento! /
En la plenitud de los 23 años
tuvo un enamoramiento con Gonzalo Zaldumbide pero
"cierto día se encontró con una
carta en la cual le comunicaban que el referido diplomático
hacía trato con otra persona. Eso bastó
para que terminara definitivamente con el novio. Nunca
más tuvo ni el menor deseo de casarse."
Zaldumbide, espíritu de selección, alma
exquisita y poética, debió sentirse
fuertemente atraído por el aire de abandonada
melancolía tan propio de Mercedes, por su infinita
bondad y elegante figura. De haberse casado estoy
seguro que hubieran sido felicísimos... pero
la dejó pasar pues motivo tan baladí
pudo haber sido explicado, no luchó por ella
debido a su enamoramiento por Celia Rosales Pareja,
una de las pianistas más consumadas que ha
producido el Ecuador en Francia, quien le subyugó
con sus encantos.
En 1.921 falleció Don
Darío Morla a la avanzada edad de 85 años.
Mercedes sufrió muchísimo sintiéndose
sola con su madre. Había sido su inseparable
compañero durante los últimos años.
Iban juntos a pasear a los parques y boulevards, pues
sus hermanas habían casado. Carolina la mayor,
siempre activa y deportista, lo había hecho
en 1.912, de 20 años, con Tomás Gagliardo
Ceballos, de quien divorció sin hijos. Posteriormente
se unió con Fromant, también sin hijos.
El tenía una hermosa voz de tenor y fue su
compañero en Europa y Ecuador hasta la muerte.
Caballero elegante, atlético, simpático,
inveterado jugador de tennis a quien conocí
en ese club por los años 50. Alejandrina había
casado con un caballero italiano de apellido Rapini,
después fue sucesivamente esposa de los argentinos
Ignacio Cramer e Ignacio Mayol, con sucesión
de este último. La gran fortuna paterna se
repartió entre todas, unas conservarían
las tierras, otras las irían vendiendo y así
fue como se liquidaron las haciendas.
Mercedes también tomó
a su cargo el cuidado y atención de su madre,
señora sana pero sexagenaria, que empezó
a compartir sus correrías apostólicas,
la ayuda cotidiana a los pobres, a quienes visitaba.
En eso Mercedes fue siempre una mujer religiosa sin
excentricidades ni beaterías. Cuando entraba
a una iglesia se arrodillaba a rezar con fervor y
en alguna ocasión que llegó a ponerse
uno de esos anticuados y desaseados cilicios, se lo
quitó con rapidez porque le dolió mucho.
"Yo no nací para eso sino para amar, confesaría
años después, con mucha gracia, a su
mejor amigo, el Padre Hugo Vásquez y Almazán,
que acaba de editar en 1.994 en 128 pags. su biografía,
con el título muy justo por cierto de "Manos
Abiertas", procurando referir sus hechos y salvar
la memoria de Mercedes del olvido en que se encontraba.
Su trabajo nos ha servido de guía principal
para esta biografía.
Mercedes también tomó
bajo su cuidado el manejo de las finanzas familiares,
llevando la correspondencia con los apoderados del
Ecuador, pidiendo información a los Mayordomos,
requiriendo datos. Las épocas se tornaban no
tan buenas como antes, pero aún seguían
recibiendo dividendos.
Su vida, aunque rutinaria pero libre de compromisos
sociales, era activa. En Octubre de 1.923 fue Dama
de Honor con Laura y Fanny Gangotena Fernandez- Salvador
y con Maria Antonieta Pillois de Ycaza, en la boda
de María Zaldumbide con Pierre Denis. En Abril
del 24 asistió a la de sus amigos íntimos
chilenos Enriqueta Huneeus y Eduardo Ruiz Tagle.
Viajaban mucho y por toda Europa,
como siempre lo habían hecho en vida de su
padre y siguió conociendo sitios especialmente
de España, Portugal, Inglaterra, Italia. Existe
una fotografía turística de Mercedes
vestida de mora en la Alhambra de Granada.
La década de los 30 sirvió para que
profundizara su vida espiritual. Entró a la
Asociación de hijas de Maria de los Padres
Claretianos, visitaba templos, asilos, hospitales.
En el Orfelinato de Anteneil fue el brazo derecho
del Padre Pedro Brottier, de la Congregación
del Espíritu Santo. Iba los jueves a la cárcel
para ayudar a los presos y también a la Maison
de Santé. En el Asilo de Ciegos éstos
la reconocía por el sonido de sus pasos y hasta
le hacían calle de honor pues la querían
mucho.
Durante la II Guerra Mundial,
a causa de las sirenas y bombas que asustaban tanto
a su madre, tuvieron que salir con la familia Sucre
y a través de carreteros atestados de gente
a pie, marcharon en automóvil a Pau, instalándose
en la Pensión de los Dos Corazones de la calle
Dupla. Las remesas de dinero del Ecuador se fueron
espaciando, no llegaban puntuales, existía
racionamiento de víveres. Una larga época
de privaciones pero el 45 fue desocupado su departamento
de París por las tropas alemanas y recibió
una llamada telefónica para que concurriera
a recibirlo, encontrando que todos los muebles e instalaciones
estaban intactos y en perfecto orden. Nada se había
perdido.
Poco después adquirieron
una casa en la calle Saint D' Dier No. 74 cerca de
la iglesia de los Claretianos donde asistía
diariamente a misa. En 1.950 falleció su madre
y el 51 volvieron a reunirse las tres hermanas Morla
Flor. Alejandrina estaba inválida en silla
de ruedas. A sus sobrinas las Mayol Morla mimó
haciéndolas concurrir a los espectáculos
públicos (Teatro, Opera, Conciertos) y a los
monumentos principales (Lugares Históricos,
Museos, Bibliotecas) Repartidos los bienes sucesorios,
a fines del 52 se embarcó en Amberes con destino
a Guayaquil. El Arzobispo César Antonio Mosquera
Corral le había dicho que por acá se
la necesitaba con urgencia y ella no pudo rehuir tal
reclamo. Venía de 57 años, joven aún
y en la plenitud de sus facultades, dispuesta a entregarse
por entero al servicio social.
Una nueva etapa se abría.
Traía consigo a su hermana Carolina, a sus
sobrinas las Mayol y los cuerpos de sus padres y abuela
para darles sepultura en la tierra de los mayores.
También le acompañó el tio Jacinto
Reyes Saona, muchos años demente, a quien internó
en una clínica y siguió protegiendo
y ayudando hasta su muerte. Encontró la vieja
casa del malecón en ruinas y convertida en
conventillo.
Se hospedó en el Hotel
Crillon, luego pasó al Continental, recién
inaugurado y de más aseo; al final terminó
por alquilar un departamento en el quinto piso de
un edificio nuevo en Malecón No. 2.001, comenzó
a trabajar en la catequesis con el Padre José
Benavides y un grupo de amigas de su edad formado
por Mercedes Carbo de Cepeda, las hermanas Eugenia
y Graciela Carbo Puig, Leticia Alvarado que fue su
compañera inseparable y con quien estableció
"El Costurerito"
En 1.954 vivió seis
meses en Buenos Aires acompañando a su hermana
Alejandrina que seguía inválida, después
embarcó a Europa y vivió seis meses
en París en el departamento de una amiga. Para
el año Santo visitó Roma y trató
con el Padre Eduardo Fabregat, Asistente General de
América del Centro de la Orden Claretiana,
para que enviara algunos misioneros a Guayaquil, ciudad
que estaba creciendo y requería esos servicios
en las zonas mas pobres de nuevos asentamientos.
Pronto arribaron los Padres
Angel María Canals y Fructuoso Pérez.
El primero se haría famoso con el paso de los
años en La Chala y por haber fundado la parroquia
y el Barrio del Cristo del Consuelo, la iglesia del
mismo nombre y la tradicional procesión de
Semana Santa. Mercedes les había prometido
en Roma cubrir los gastos de alimentación y
otros gastos menores por cinco años y mantuvo
su promesa hasta mucho después.
Con los Claterianos visitó
incansablemente el suburbio; primero en canoa, luego
a pie por los puentes y tarabitas con peligro de resbalar
y accidentarse pues ya no era joven, pero su fe era
cada vez más grande. A los pobres llevaba alimentos,
voces de aliento y de esperanza. También iba
a la Cárcel y al Hospital de los Leprosos.
En esto último acompañaba a su parienta
Teresita Platón de Morla, que presidía
la fundación pro ayuda a los enfermos del Mal
de Hansen.
Su carácter estable
nunca le producía arrebatos de mal humor. Su
conversación fluida y discreta era agradable
a todos. Enemiga del chisme y la maledicencia, cuando
alguien en el Costurerito hablaba del prójimo,
se levantaba disimuladamente y se iba a su cuarto
para no escuchar.
Nunca quiso tener automóvil,
se movilizaba en el taxi de un chofer conocido. En
1.980 ayudó a los damnificados de Loja y fue
agraciada con un Diploma por esa Municipalidad. Tenía
de confesor al Padre Mantilla del Sagrario, nonagenario
sordo y bueno que casi no mandaba penitencias o las
daba poco rigurosas. Ella se seguía confesando
con él para que no pensara que estaba inútil
por la edad. I como el padre sabía qué
clase de alma tenía Mercedes le dijo un día:
"Vayase a comulgar sin confesión pues
Ud. No la necesita..."
Judith Suárez de Tompkins
la hizo ingresar a la Guardia de Honor de la Virgen
de la Merced. Iba a misa de San José y protegía
a todos los eclesiásticos, principalmente a
los extranjeros, los más necesitados de compañía
y ayuda.
Por ello, el 6 de Marzo de
1.959, el Nuncio Apostólico la Condecoró
con la Medalla "Pro Eclesia et Pontífice"
dada su fama de bienhechora, pero ella cometió
el error de entregar en préstamo la Medalla
a alguien conocido, que se la quedó para si
y nunca la devolvió. Mercedes sonreía
cuando recordaba ese chasco, pues generosa como era,
se desprendía de todo lo suyo. En eso no conocía
límites.
En 1.974 vendió a Pedrito
Robles y Chambers su fabuloso juego de cubiertos de
144 piezas, hojas de acero inoxidable y mangos de
marfil indú, antiguos y firmados. Cada pieza
contenía tallas con motivos diversos. Un sacerdote
le había perurgido que lo haga, porque según
él, debía cubrir una necesidad urgente,
que de paso, no se la contó. Después
comenzaron a sacarle lo demás. En eso de pedir,
algunos fueron insaciables y no tuvieron ni vergüenza
ni caridad con ella, porque se enseñaron a
que todo lo diera porque si.
En 1.976 la traté mucho
en el nuevo local de la Alianza Francesa. Era puntualísima
en todos los actos, llegaba entre las primeras y siempre
con una joya distinta, de factura francesa de comienzos
de siglo, Art Nouveau.
Cuando la felicité por
tan lindas joyas me ofreció muy bajito que
se las pondría todas, una por una, para que
yo pudiera conocerlas. Ese fue nuestro secreto por
varios meses. A mi no me interesaban las gemas, de
por si bonitas y caras, sino la orfebrería
complicada y barroca de Favergé. Habían
sido obsequiadas por su padre pues ella jamás
gustó ni frecuentó joyerías.
Entre el 79 y su muerte las fue vendiendo para dar
el dinero a quienes se acercaban a su casa con necesidades,
todas urgentes, por supuesto. I terminó por
quedarse sin un cuartillo de dinero. La noche del
26 de Junio de 1.984, pidió a su amiga Graciela
Carbo Puig que intercediera en la concesión
de unas becas a dos niñitos pobres, se cansó
demasiado y entró a su cuarto a dormir, pero
al poco tiempo gritó a su doméstica
Genoveva, dama anciana como ella, porque se sentía
mal.
Aún tuvo fuerzas para
llamar a un médico y a Teresita Platón
de Morla, a quien advirtió que no se demorara
mucho; luego se sentó en una silla con la ayuda
de Genoveva, demostró algo de dolor pero le
advirtió "No es nada, nada, ya pasará"
y enseguida murió sin agonía, dando
solo un gemido. No tenía ni los diez sucres
que le hubiera costado un taxi para el hospital, a
tanto había llegado su generosidad. El entierro
fue al día siguiente en la Capilla de la Sociedad
de Beneficencia de Señoras:
Concurrieron sus amigas, los
sacerdotes y monjas de la ciudad y todos exclamaban
que había fallecido una santa por su entrega
sin límites, carácter sencillo y atrayente,
fe en Dios, deseos de agradar y buen trato a su semejantes
y a los animales.
Fue una mujer moderna, sin
inútiles complicaciones de rituales ni beaterías
insulsas. No era de golpes de pecho sino de golpes
de bolsillo, que son los más urgentes y necesarios,
sobre todo en ciudades como Guayaquil, que crecía
a costilla del sacrificio y la miseria de sus obreros
y trabajadores, condenados a llevar una vida de privaciones.