MANUEL ARREDONDO Y
MIOÑO
MILITAR.- Nació
posiblemente en Buenos Aires cuando su padre el Teniente
General Nicolas de Arredondo y Pelegrín desempeñaba
las altas funciones de Virrey del Río de la
Plata y fue su madre legítima Josefa Mioño,
natural de Lima.
De cortos años fue enviado
a recibir instrucción militar en España
y producida la invasión de las tropas napoleónicas
y la instauración del gobierno francés,
se insurreccionó el pueblo de Madrid el 2 de
Mayo de 1.808, iniciándose la guerra.
Intervino en la Campaña
del Rosellón y en numerosas acciones militares
donde lució su valor y caballerosidad alcanzando
el grado de Teniente Coronel. De regreso al Perú
a finales de Agosto de 1.809 recibió la comisión
del Virrey José de Abascal, de partir inmediatamente
a Guayaquil con cuatrocientos hombres entre veteranos
e infantes de milicia, piezas de artillería
y parque suficiente, para develar la revolución
de Quito del 10 de Agosto anterior.
Conocida en Quito la noticia
y sabiendo que también se había dispuesto
que numerosas fuerzas de Bogotá emprendieran
la marcha sobre Quito, el 21 de Octubre se produjo
a través de Juan José Guerrero, nuevo
Presidente de la Junta una subordinación a
la Junta Suprema de Sevilla, desvaneciéndose
la autonomía del gobierno quiteño y
el 28 quedó repuesto en la presidencia el Conde
Ruiz de Castilla, a condición de que no se
tomarían acciones contra la vida y libertad
de quienes habían actuado y que se conservarían
separados de sus cargos a las autoridades realistas
anteriores al golpe del 10 de Agosto.
Al conocerse el arreglo, las
tropas limeñas partieron el 3 de Noviembre
a la sierra. Arredondo arribó a Latacunga el
18 y fue autorizado a entrar en Quito el 24, dándose
cuenta de la debilidad de carácter del anciano
Conde, sobre quien empezó a ejercer una marcada
influencia, manteniéndole prácticamente
en su poder con la ayuda del Fiscal de la Audiencia,
Tomás de Aréchaga hasta que el 4 de
Diciembre lograron la orden de prisión contra
los principales comprometidos, faltándose a
la palabra de honor empeñada. Ese día
fue encerrado en el Convento de la Merced el Abogado
Manuel Rodríguez de Quiroga y en el Cuartel
Real de Lima el Coronel Juan Salinas, después
seguirían José Ascázubi, Pedro
Montúfar, Juan Pablo Arenas, Juan Larrea, Juan
de Dios Morales, los Presbíteros Riofrío
y Correa, etc.
Iniciado un inicuo juicio y
llamados a declarar numerosos vecinos, durante varios
meses continuaron las prisiones. Nadie tenía
asegurada su libertad pues cualquiera podía
ser incomunicado. El 21 de Abril de 1.810 escapó
Pedro Montúfar, hermano de Juan Pío
Montúfar y se conoció días después
que Joaquín Molina había sido designado
nuevo Presidente de la Audiencia, en reemplazo de
Ruiz de Castilla, lo cual agradó a la población.
El 4 de Junio se supo que la Junta Suprema de la Regencia,
con asiento en Sevilla, había comisionado a
Carlos Montúfar para Visitador de Quito y que
éste había emprendido el viaje.
Mientras tanto había
marchado el proceso penal a Bogotá conducido
por el Dr. Víctor Félix de San Miguel
y en Quito se tejían los más tendenciosos
rumores y aventurados comentarios. Las tropas estaban
repartidas en tres Cuarteles. La limeña y la
bogotana eran vecinas, pues habitaban dos Cuarteles
contiguos, separados únicamente por una pared
medianera. En la esquina del Carmen Bajo estaba la
prisión. El 7 de Julio se produjo una asonada
popular sin consecuencias pero desde entonces aumentó
la incertidumbre sobre lo que podría pasar.
El Conde - se decía – había ordenado
victimar a los presos al menor indicio de otra insurrección.
Las autoridades españolas desconfiaban de todos
y veían con temor el próximo arribo
de Carlos Montúfar por ser americano de nacimiento,
de suerte que el ambiente se presentaba propicio para
cualquier crímen. Arredondo, presumido de su
condición de hijo del Virrey del río
de la Plata y sobrino del Regente de la Audiencia
de Lima, se sentía intocable y como tal no
disminuía la dureza del encierro de los próceres,
que gemían en lóbregos calabozos.
El 2 de Agosto, en horas de
la mañana, algunos hombres del pueblo que se
habían comprometido liberar a los presos, comenzaron
a merodear por la plaza central. A la hora del almuerzo
cuatro de ellos embistieron la prisión ubicada
en la esquina del Carmen Bajo portando únicamente
puñales, dominaron rápidamente a los
seis guardias de servicio, se apoderaron del armamento
existente, liberaron a los presos y vestidos con los
uniformes de la soldadesca salieron a ayudar a los
demás conjurados, repasando la plaza central,
a vista y paciencia de unos pocos soldados del Real
de Lima, que iban y venían sin saber que hacer.
Otros comprometidos habían
penetrado al Cuartel Real de Lima, sembrando el pánico
entre los soldados dispersos en los corredores y el
patio de la planta baja. En eso acertó a salir
el Capitán Galup, que se hallaba en la parte
alta, dando gritos de fuego contra los presos, pero
fue atravesado por una bayoneta y quedó muerto.
Entonces se empezaron a forzar las cerraduras de los
calabozos de la planta baja y pudieron escapar el
Presbítero Antonio Castelo y Manuel Angulo
y cuando iban a liberar a Vicente Melo, el Comandante
Gregorio Angulo ordenó a la tropa auxiliar
de Santa Fe, que estaba en el Cuartel de al lado,
que abriera un boquete a punta de cañón,
a fin de ayudar a los compañeros del Real de
Lima. Algunos presos que no estaban encerrados o impedidos
por los grillos lograron escapar a último momento.
Otros como Mideros y Godoy, al intentar la fuga fueron
muertos. Albán aunque mal herido, logró
también escapar.
Ya las tropas de Santa Fe habían
comenzado a cerrar las puertas para evitar que el
pueblo entrara y el patriota José Jerez, que
encabezaba a un grupo de hombres del pueblo, se trabó
en desigual combate con los soldados, que eran ayudados
desde las ventanas del Cuartel por sus compañeros.
Poco duró tan valiente refriega y terminados
los asaltantes, entran los soldados a los calabozos
a dar muerte a los presos. Salinas, moribundo por
causas naturales, fue sacrificado en su cama. Aguilera
había estado durmiendo la siesta. Baleados
y despedazados con hachas y sables fueron Juan Pablo
Arenas, José Luis Riofrío, Juan Larrea
Guerrero, Atanasio Olea y otros muchos más.
Una esclava de raza negra,
propiedad de Quiroga, que había concurrido
acompañando a las dos hijas del Prócer,
fue victimada a sablazos y como estaba embarazada
le gritaron !Ola y cómo brinca el hijo! Después
aparecieron las hijas de Quirola y pidieron la vida
de su padre, que milagrosamente estaba salvo. El Oficial
de Guardia mandó a verle con el cadete Jaramillo
y le dijeron que gritara! Vivan los limeños!
Viva Bonaparte" - esto último para vejarlo,
pero el Prócer respondió! Viva la religión!
Recibiendo un sablazo que le dejó herido y
como saliera pidiendo un confesor, le acabaron de
matar en presencia de sus hijas.
El único que pudo salvarse
aunque malherido, de tan bárbara masacre, fue
Mariano Castillo, natural de Ambato, que fingióse
muerto empapándose en la sangre de algunos
mártires y recibiendo con gran valor y sin
siquiera chistar algunos bayonetazos cuando estaba
en el suelo junto a varios cadáveres, que también
fueron punzados. Perdido el conocimiento, esa noche
fue auxiliado en el Convento de San Agustín
y repuesto de sus heridas logró recobrar la
salud enteramente. Nicolás Vélez, por
haberse fingido loco, había sido liberado semanas
antes y también se salvó.
Finalmente, en horas de la
tarde, salió la soldadesca a las calles y comenzó
el saqueo, no sin antes haber robado hasta la ropa
interior de los presos, a los que dejaron en su mayor
parte desnudos. Y tantas fueron las tropelías
de la tropa, que beoda recorría las calles
en busca de nuevas víctimas, que numerosos
vecinos formaron barricadas en los barrios, para defenderse
de ellos, trabándose una lucha desigual.
En la calle del Correo una patrulla hacía pisar
de los caballos a un hombre caído pero fueron
atacados por una poblada y tuvieron que huir. Varias
mujeres indignadas desbandaron en el puente de la
Merced a numerosos soldados. Un muchacho logró
esquivar en el pretil de la Catedral tres certeros
balazos de un zambo del Cuartel Real de Lima y sin
darle tiempo se lanzó contra él, estrellándole
contra el suelo. Después emprendió veloz
huida y no pudieron darle alcance.
El Obispo José Cuero
y Caicedo salió a las calles a imponer orden
y cordura junto a su sobrino el Provisor Manuel José
Caicedo. Primero fueron hacia Santo Domingo, luego
se hicieron acompañar de algunos sacerdotes
de esa religión, con los cuales visitaron los
barrios, con grave peligro de sus vidas. De regreso
pudieron contemplar una horca que había hecho
levantar Pedro Calisto, dizque para ajusticiar a los
cadáveres de los presos.
Numerosos comerciantes y vecinos
adinerados perdieron sus bienes. Luis Cifuentes logró
salvar la vida aunque perdió dinero y bienes.
Igual le aconteció a Manuel Bonilla. Y se dice
que hasta las humildes cajoneras de los portales vieron
destrozados sus rústicos enseres. María
de la Vega, viuda de Salinas, fue conducida a prisión
con sus dos tiernos hijos, empero al día siguiente
la mandaron al Monasterio de la Concepción.
Se calcula en doscientos el número total de
muertes ocurridas en esa fatídica tarde. Al
día siguiente el Conde Ruiz de Castilla dispuso
un grado más de ascenso para cada oficial y
Arredondo ascendió a Coronel, pero a petición
de algunas personas de viso comprometióse a
no dejar salir del Cuartel a su gente.
El 4 de Agosto, pasada la sorpresa
y el terror inicial, se reunión un Cabildo
abierto bajo la presidencia de Ruiz de Castilla que
se hizo acompañar de toda la guardia y la tropa.
Comenzó el acto con una arenga suya, dirigida
a atraer la confianza del pueblo a su gobierno. Tomó
la palabra el Provisor Manuel Caicedo que enjuició
la negligencia y pasividad del gobierno. Finalmente
le correspondió hablar al Obispo que lo hizo
en tono mesurado y ante el aplauso de los circunstantes
se firmó un Auto, promulgado la tarde siguiente,
5 de Agosto, presidiendo la tropa el Comandante Arredondo,
por el cual se restituía a sus empleos, posesión
de bienes, honor y estimación a todos cuantos
se hubiere comprendido en el juicio criminal enviado
a Bogotá. Igualmente se ordenaba a la tropa
de pardos de la Guarnición de Lima que saliera
de la ciudad y la provincia, no por generosidad hacia
el pueblo, sino por el temor a las guerrillas que
se estaban formando en las provincias vecinas y amenazaban
la ciudad.
El día 18 la tropa salió
hacia Guayaquil llevándose 300.000 pesos, amen
de que se fueron sin pagar los arrendamientos de las
casas ocupadas, estafando a numerosos comerciantes
con compras variadas, etc. Y como los comerciantes
habían presentado un formal reclamo, Arredondo
nombró a Pedro Noriega para que revisara las
mochilas, quien presentó un informe carente
de toda verdad, declarando que la tropa se iba sin
nada más que lo puesto. En Guayaquil, pidió
la mano de Igancia Noboa Arteta y viajaron casados
al Perú, pero no tuvieron sucesión.
Ella era dos veces viuda, pues su familia la había
casado muy joven y sucesivamente con dos funcionarios
muy mayores a ella (En 1.793 de solo 16 años,
con el Corregidor de Guaranda, Antonio Rubianes. El
99, de 22 años, con Juan Moreno de Avendaño,
Oidor de las Audiencias de Quito y de Lima, quien
también falleció).
En 1.811 fue designado Gobernador
de Huarochiri donde permaneció hasta el 16.
Entre el 17 y el 19 hizo vida de cuartel en Lima.
El 20 fue ascendido a Brigadier. El 21 sirvió
en el fuerte del Callao bajo las órdenes del
Mariscal José Domingo de Lamar y Cortázar
durante el asedio de las tropas del General José
de San Martín, Comandante de los ejércitos
unidos de Chile y Buenos Aires.
El cerco fue largo y tenía
visos de resistir cuando cundió la noticia
de que las tropas realistas del General José
Canterac se habían retirado a las sierras desalojando
Lima. Arredondo salió del fuerte bajo permiso
de San Martín y averiguó la verdad del
acertó, al punto que de regreso convenció
a Lamar y capitularon el día 19 de Septiembre,
suscribiendo el Acta por el lado realista el propio
Arredondo quien gozaba del grado de Brigadier y el
Capitán de Navío José Ignacio
de Colmenares y por San Martín, su Ayudante
Tomás Guido.
Poco después fueron
secuestrados sus cuantiosos bienes heredados en buena
parte a su tío el Regente Dr. Manuel Antonio
de Arredondo y Pelegrín fallecido en Lima en
1.821 y contrariado por tal medida decidió
dejar en Lima a su esposa y retirarse a la metrópoli,
donde parece que no llegó a investir el título
de II Marqués de San Juan Nepomuceno, conferido
a su tío en 1.808, por el Rey Carlos IV.
En 1.830 ascendió a
Mariscal de Campo y recibió en Madrid la Cruz
de San Hermenegildo. Ya ostentaba el hábito
de Caballero de Calatrava. Falleció en 1.845
sin haber vuelto a América. Su viuda reclamó
las haciendas de Ocucaje en Ica y Montalván
en Cañete, entregadas por el gobierno independiente
al General Bernardo 0'Higgins, Director Supremo de
la República de Chile, obtuvo sentencia favorable,
fue indemnizada y convertida en mujer rica se dedicó
a hacer caridades.