MARIANO ACOSTA YEPEZ
CANONIGO.- Nació
en la estancia de Chaupi, propiedad de sus padres
legítimos Manuel Acosta Grijalva y Manuela
Yépez Vásquez, ubicada entre Ibarra
y Caranqui, el 22 de Marzo de 1.840 y fue bautizado
con los nombres de Pablo Mariano Seferino en la iglesia
parroquial de Caranqui.
De padres honrados y laboriosos,
tuvo una niñez placentera y fue llevado a cursar
las primeras letras en la escuelita que sostenía
el gobierno, descollando por serio y pundonoroso y
porque jamás pronunciaba un chiste, nunca una
mentira, lo que aborrecía con toda su alma.
De solo catorce años
quedo huérfano de madre, terminó sus
estudios de Gramática y deseoso de comenzar
los de Filosofía pasó a Quito y recibió
las Ordenes Menores del Arzobispo José Maria
Riofrío, pues su madre le había pedido
que se hiciera sacerdote.
Al año siguiente, el
55, quizá arrastrado por sus amigos que eran
muchos, abandonó el Colegio, entreteniéndose
en recorrer los campos sin más aspiración
que cazar de vez en cuando alguna avecilla para comer
y descalzo, mojado y a pie, viviendo solitario en
una casa y en malas compañías vivió
un año. Su catedrático de Matemáticas
no le dejaba de ver siquiera una vez al mes y le aconsejaba,
pero estando solo y sin libros perdió el curso.
En 1.856 volvió al Colegio
arrepentido de sus desvaríos juveniles y se
aplicó tanto a los estudios que fue premiado
en un Certamen Público de gran lucimiento.
Desde entonces su conducta se volvió irreprensible,
correctísima y terminada la Filosofía
ingresó al Seminario de San Luis de Quito a
proseguir Ciencias Eclesiásticas, imponiéndose
con afable severidad entre sus condiscípulos,
que alborotadores y bullangueros, desordenaban el
plantel.
El 3 de Mayo de 1.863 fue consagrado
sacerdote en la Capilla Arzobispal por Riofrío,
el 24 cantó su primera Misa en la Capilla del
Hospital o templo de San Felipe en Ibarra sin permitirse
el lujo del convite y banquete como era usual, hasta
renunció al besamanos de ley y pasó
a orar a su aposento en dicha Casa.
En 1.864 dio el grado de Doctor
en Teología Dogmática con extraordinario
lucimiento, descollaba entre los demás sacerdotes.
De figura grave pero sin afectación, austero
y modesto, tenía la palabra fácil y
meliflua requerida para convencer a los doctos, llevaba
vida metódica, llena de celos, ceñida
a una rigurosa distribución de tiempo y era
aseado en su persona y vestidos, aparte de que le
embelesaba el trato con los pobres y humildes sin
condescender en ridículas familiaridades que
solo sirven para la demagogia.
En el confesionario era prudentísimo
sin entrar en intimidades con nadie, al punto que
no aceptaba confesar más de una vez a la semana
a la misma persona. En todo usaba frugalidad y su
modestia era verdadera porque adolecía la jactancia.
Tales prendas le hicieron ostensible
en poco tiempo. El 65 fue nombrado Coadjutor del Cura
Párroco de Ibarra, socorriendo a los enfermos
y moribundos con el viático. Y cuando el 2
de Noviembre arribó Fray José Maria
Yerovi, recién nombrado Visitador Apostólico,
se encariñó con Acosta, en quien veía
una promesa para la iglesia ecuatoriana y le designó
visitador del Convento de las monjas Conceptas con
derecho de confesor y allí hubiera permanecido
por muchos años de no haber sido por el violentísimo
terremoto que destruyó la villa de Ibarra la
madrugada del 6 de Agosto de 1868.
En un solo minuto la ciudad
quedó arruinada. De las Conceptas nueve pudieron
salvar sus vidas muriendo las restantes entre los
escombros. Acosta se preocupó de enterrarlas
y a las vivas envió a uno de los conventos
capitalinos. Enseguida ayudó a los demás
y asistió a las reuniones de vecinos que decidieron
trasladar la población al sitio de la Esperanza,
a tres kilómetros del asiento original.
El resto del año dedicó
a reconstruir el Convento de las Carmelitas y cuando
en Enero de 1.869 se celebró en Quito el V
Concilio Provincial Diocesano fue electo Secretario.
Allí conoció al Protonotario Apostólico
y Vicario Capitular Francisco Pigati, quien estaba
deseoso de purificar las costumbres del clero ecuatoriano
y vio en Acosta al Sacerdote joven y de conducta intachable,
tomándole afecto y confianza. Por ello le hizo
designar Canónigo de Ibarra con amplios poderes
para las labores reconstructoras.
En Mayo del 72 se constituyeron
los empleados civiles en la Nueva Ibarra, a nombre
de la Municipalidad de la que era miembro, pronunció
un enfervorizado discurso, clarinada que anunció
la nueva ciudad al país, recogido en el periódico
oficial “El Nacional”.
El Obispo de Ibarra Tomas de
Iturralde y Grande-Suárez le confió
la secretaría de la Diócesis y la superintendencia
de las obras del Colegio Seminario y en tales trabajos
se mantuvo hasta la culminación del edificio.
El 77 pronunció una Oración Fúnebre
en las exequias del Arzobispo Ignacio Checa y Barba,
compartiendo en grandilocuencia con las primeras figuras
de la oratoria sacra nacional.
Al ascender al solio de Ibarra
Pedro Rafael González Calisto, se mantuvo Acosta
en el favor del nuevo Obispo y en la secretaría,
y recibió el gobierno del Seminario de San
Diego, cuyo rectorado ocupó desde entonces.
El 27 de Abril de 1.881 renunció
a la secretaria de la Diócesis por su mala
salud y el 83 al Seminario. Se hallaba ocupado en
otras funciones y los padres Lazaristas habían
sido designados para dirigir dicho centro, pero a
última hora decidieron no hacerlo. Entonces
dio vida con el industrial Fernando Pérez Pareja,
a un Colegio de Artes y Oficios, que fue de mucha
significación para el mejoramiento de la clase
obrera ibarreña.
En 1.884 fue electo Diputado
por Imbabura, concurrió al Congreso (1) formando
el bloque gobiernista del Presidente Placido Caamaño.
Con su apoyo logró la creación del Colegio
Nacional de Ibarra que llamó de San Alfonso
María de Ligorio. El Consejo de Instrucción
Pública le designó primer Rector, comenzó
sus obras y logró inaugurarlo con suficientes
alumnos. Su amigo personal el Coronel Teodoro Gómez
de la Torre le entregó diez mil pesos de a
ocho reales para cubrir en parte su financiamiento
y como los fondos fueron bien administrados, alcanzaron
hasta para enseñar materias tan nuevas como
útiles, tales como la telefonía y la
telegrafía que acababan de instalarse en el
país y logró adquirir los aparatos en
los Estados Unidos. De Francia vino el Laboratorio
de Química y el Gabinete de Física.
También compró una imprenta y el Colegio
pasó a ser uno de los pioneros en la educación,
modelo de su género. Quizá por
(1) En dicho Congreso algunos
Diputados se afanaban por sentar como base constitucional
“la tradición y los principios políticos
del Ecuador”, pero Acosta manifestó que
siendo las tradiciones particulares e inconstantes
en el Ecuador, muy lejos estaban de ser ofrecidas
como fuente pura de justicia universal, agregando
que las ciencias tienen sus principios necesarios
e inmutables y la justicia legal tiene también
el suyo, supremo e indefectible. En cambio los principios
políticos, varios y mudables, carecen de norma
determina y segura, siendo sugestiones lamentables
de nuestras pasiones en desorden. Por eso, para que
la constitución asegure la forma republicana
de gobierno, se requiere que los ecuatorianos la tengan
como ideal de la razón y del corazón,
no como simple reflejo de la tradición y los
principios políticos. Aclarado así el
tema, quedó entre los Diputados la certeza
de que Acosta era un hombre de principios éticos
y de ideas sólidas, como pocos en el país.
eso y por sus múltiples merecimientos, la sociedad
ibarreña le rodeó de cariño y
admiración, era un renovador en la reconstruida
ciudad.
En 1.885 había pronunciado
la Oración Fúnebre a la memoria del
Coronel Gómez de la Torre, impresa en 18 pags.,
desde entonces el Colegio lleva su nombre. El 92 habló
en la Fiesta votiva de la Virgen del Rosario celebrada
en la Catedral de Ibarra editando el discurso en 13
pags.
El 30 de Marzo de 1.890 cumplió
sus Bodas de Plata sacerdotales con una Solemne Velada
Literaria. El 91 sacó “Catecismo Escolar”
en 6 pags., para uso de sus alumnos, pues mantenía
varias cátedras.
El 92 volvió al Congreso
Nacional como Diputado por Imbabura pero ya empezaba
a experimentar los primeros síntomas de un
cáncer al estomago que le produciría
tremendo dolores. Ese año dio a la luz su discurso
pronunciado en “La Profesión Solemne
de la H. María Hermelinda Dávila del
Santísimo Corazón de Jesús el
18 de Abril en el Carmen de Ibarra” en 18 pags.
No dormía ni podía
descansar y se pasaba las noches hablando en alta
voz, estaba delgadísimo, se hizo trasladar
a la hacienda “Chorlavi” a ver si experimentaba
alguna mejoría. El 29 de Diciembre firmó
su testamento y ordenó que le volvieran a su
casa de Ibarra, donde recibió el viático
en la mañana del 2 de Febrero de 1.893 de manos
del Obispo González Calisto y murió
a la una de la tarde.
En junio siguiente su amigo
Abelardo Moncayo le dedicó un hermoso ensayo
relevando sus múltiples merecimientos. Fue
un sujeto prominente en Ibarra, especie de conductor
cívico. El Cabildo le rindió honores
y en 1.906 al cumplirse
trece años de su deceso,
el Arzobispo de Quito Federico González Suárez,
accediendo a una petición unánime de
la población, dispuso la exhumación
de sus restos y el traslado a la Capilla del Convento
de las Carmelitas, reedificado por Acosta años
atrás a base de grandes esfuerzos. Los discursos
pronunciados con tal motivo fueron recogidos en un
volumen y dados a la prensa. También dejó
un álbum de su puño y letra reservado
a sus amigos y parientes con datos biográficos.