VOLVER A LOS TOMOS
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Designado Rector del Cornelio Merchán y del Oratorio Festivo mantuvose largos años al lado de los niños por ser esa la labor preferida de Don Bosco perdiendo la etnología ecuatoriana a uno de sus más valiosas miembros. Y como sacerdote perseverante en sus obligaciones, dabase tiempo para acrecentar el edificio con nuevas obras, formó un gimnasio, diferentes talleres, un salón de conferencias, etc.

Los padres Cadena y Delgado habían montado en Cuenca un pequeño teatro infantil que hacía las delicias de todos por igual y Crespi lo reinaguró como Cinema en 1.932 con fotogramas de imágenes fijas (sin movimiento) que al poco tiempo dieron paso a las primeras películas sonoras que se espectaron en Cuenca a través de un pequeño proyector importado de Italia. Todo ello con afán moralizador, pues solo pasaba películas inocuas, de escenarios animados, géneros variadísimos y temática universal.

Diligente, generoso, paternal, recibía a cientos de niños analfabetos, encauzándoles por la buena senda del trabajo y del deber y les "entretenía con recreaciones de índole y sabor autóctonos, dándoles a holgar al aire libre con deportes apropiados, ejercicios gimnásticos y breves chapuzones en una pileta de natación."

Tal comportamiento repetido a través de muchos años le ganó corazones y los cuencanos dieron en estimarle como si fuera un santo, por su sinceridad en hacer el bien a los demás sin pedir ni recibir nada a cambio.

Otra de sus facetas fue la del coleccionista de objetos variadísimos, desde los artísticos, tales como cuadros al óleo, al fresco, al temple, al pastel, al crayón o al lápiz, con imágenes de santos, Cristos y vírgenes o con paisajes idílicos y comarcanos, hasta hermosísimas esculturas sobresaliendo los famosos Cristos llagados de Vélez o Ayabaca, algunos de los cuales sacó al exterior para lograr fondos para sus obras sociales. También contaba con objetos arqueológicos y otros de tipo vernacular en el austro.

En 1.938 el Padre Elias Brito anotó en su obra "Misiones salesianas en el oriente ecuatoriano" en tres tomos, que uno de los más importantes miembros de la Orden en nuestra patria era Crespi, no solamente por su aporte científico sino también por su obra misionera pedagógica y social, pues era una figura muy conocida en el austro. Y para la construcción de una nueva Capilla a la Virgen, mayor y mejor adecuada que otra antigua que se estaba derrumbando, había recibido del padre Castognoli la orden de visitar las parroquias y allegar fondos y por eso se acostumbró a recorrer hasta los últimos rincones del Azuay y pudo terminarse el templo de María Auxiliadora; pero tantos viajes y sobre todo la carga de horarios interminables de trabajo, le ocasionó una bronquitis crónica que se le mejoró con la visión de una señora luminosa, quien le indicó que aún le faltaban muchos años de labor. El siempre creyó que se había tratado de una milagrosa aparición quizá de Santa Teresita del Niño Jesús de quien era muy devoto, lo cual, sabido por el pueblo, acrecentó su fama de santo.

Los niños le preferían para las confesiones porque no era exigente con ellos ni acostumbraba retar. Solo les preguntaba en alta voz porque había comenzado a quedar sordo: ¿Habéis peleado? ¿Habéis desobedecido? ¿Habéis insultado? Y allí quedaba todo, luego les gritaba "Bendición". Los grandes tampoco le faltaban pues como buen sordo por más que le confesaran pecados mayores que entonces eran los relacionados con el sexo, bendecía por igual y salían aliviados a rezar un Padre Nuestro y tres Avemarías; pasado el susto, los muy pícaros volvían a las andadas aunque no faltaban de cuando en cuando algunos arrepentimientos verdaderos. En cambio era fama que en San Alfonso los redentoristas sádicamente daban látigo por penitencia, sobre todo a las adulteras, de suerte que los maridos acostumbraban llevar a esa iglesia a sus mujeres, cuando dudaban de ellas, para saber la verdad. Y si había látigo de penitencia, entonces les cargaban a palos en las casas, pues habían probado de que pie cojeaban. Estas costumbres medioevales aún se practicaban en la Cuenca que yo conocí a fines de 1.968.

En 1.956 le designaron Canónigo Honorario de la Catedral por manos del Obispo Manuel de Jesús Serrano Abad y todos estuvieron de acuerdo en lo merecido de la elección. En Noviembre la Municipalidad de Cuenca le declaró “Hijo Ilustre” siendo Alcalde Luis Cordero Crespo. El Ministro de Educación, Humberto Vacas Gómez, le concedió la Medalla al Mérito Educacional de Primera Clase.

En 1.967 fue uno de los principales promotores del Congreso Eucarístico de Cuenca y cuando le conocí el 68, ancianito y encorvado pero con una eterna sonrisa en los labios, me atendió con aquella afabilidad propia de los espíritus elevados y generosos en "su " Museo, que ya no era nada más que una Cachivachería de objetos raros, entremezclados en el mayor desorden, pues junto a un Cuerno de marfil tallado íntegramente, de quien sabe qué lugar del planeta que no ha de haber sido el oriente ecuatoriano, por algún artesano, pero que el atribuía erróneamente nada menos que al Giotto; había un rallador de hojalata de uso común y corriente en las cocinas, multitud de tiestos arqueológicos puestos unos encima de otros en singular desorden y sin clasificación, pues Crespi nunca había sido un arqueólogo en el sentido estricto del término. Todo en suciedad, empolvado y en el suelo o sobre destartaladas mesas dentro de un barracón en mal estado. El desorden era pintoresco y los turistas y sus familiares cuencanos, porque la visita al "Museo del Padre Crespi" era casi una obligación para quien llegaba a la ciudad, tenían que inclinarse a recoger y examinar lo que más les llamara la atención pues de todo había. Era el sobrante de un Museo artístico y etnográfico que alguna vez debió ser muy grande y completo. Aún quedaban algunos óleos republicanos, casi todos primitivos o de pintores de poco valor. Las piezas finas había tenido que vender a fin de proveer al Merchan de los fondos necesarios para el mejor servicio a la comunidad azuaya. Por eso nadie le reprochaba nada, pues Crespi era de una pobreza absoluta, sus hábitos hacia muchísimo tiempo que habían dejado de ser negros para convertirse en verdosos por el desgaste y el uso.

Desaliñado, con una larga y descuidada barba blanca que casi le cubría la cara y daba apariencia de sucio, inspiraba sin embargo una respetuosa admiración. Era un venerable santón comarcano muy dado a las chanzas y a la sonrisa fácil pues en él todo era inocencia y hasta candor y según decían los que le conocían, en su trato habitual era como muchacho porque le agradaba bromear con la gente, de suerte que se festejaba con chicos y grandes por igual.

Se le veía activo y de movimientos rápidos, después supe que se fue debilitando con el paso de los meses, a consecuencia de una vieja dolencia al estómago que no le permitía alimentarse bien, hasta que le llegó el día en que casi no probaba comida, a duras penas una fruta, algo de leche y galletas, siempre compartidas con alguno de sus chiquillos del Merchán.

Hablaba con fluidez el latín, italiano, español, francés y shuara, tocaba el piano desde niño y hasta componía melodías, de suerte que era infaltable miembro de todo Jurado para los concursos artísticos en el Azuay. Emilio Estrada Icaza contaba que estando con Crespi en Cuenca, este le había mostrado un par de tablillas de arcilla impresas con escritura cuneiforme, las últimas que quedaban del perdido idioma de los primitivos Cañaris, no de los mitimaes incásicos llegados con Tupac Yupanqui. Emilio las tuvo en sus manos y se admiró de su antigüedad y rareza.

En 1.972 el Ministerio de Educación designó un Colegio con el nombre del Padre Crespi, el 74 le tocó a una calle cuencana ese honor, el 82 el Presidente de Italia le otorgó la Orden al Mérito en el grado de Comendador. Pocas semanas después falleció a la edad de 91 años, respetadísimo por la santidad de sus costumbres y el gran bien realizado en favor de la niñez del país. Entonces se recordó que uno de sus mayores méritos había sido haber amado la amazonía ecuatoriana, calificándola con palabras poéticas y proféticas de “floresta emporio de riquezas que atraerían irremediablemente la codicia del hombre sobre ella”.

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