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NARCISA DE JESUS MARTILLO MORAN
MISTICA.- Nació en la hacienda San José, cerca de Nobol, Cantón Daule, el 29 de Octubre de 1.832, día de San Narciso, mártir romano del siglo II. Hija legítima de Pedro Martillo Mosquera dueño de una lechería en el sitio Cerro Pelado con terreno, casa y corral y de Josefa Morán que aportó al matrimonio la finca "San José". Ambos campesinos dauleños e iletrados que habían casado muy jóvenes. El de 11 años y ella de 16 y con el tiempo lograron adquirir los sitios "Bijagual" y "San Sebastián".

Fue la séptima entre nueve hermanos y muy tierna fue llevada al pueblo de Soledad por su madrina Josefa Campuzano pero a los seis años la regresaron a Nobol porque enfermó su madre, que murió poco después. Desde entonces corrió su crianza a cargo de su hermana mayor María del Tránsito Martillo y aprendió a leer y a escribir en la escuelita que mantenía el Preceptor peruano Juan de Dios Ritcher pero nada más, de donde se puede afirmar que fue una mujer simple y sin mayor cultura, pero de fe inquebrantable.

A los nueve años realizó su Primera Comunión en la iglesita de Daule. "Se impuso imitar la vida de Mariana de Jesús para lo cual aborreció los placeres del mundo y abrazó la Cruz del Salvador para santificar su alma, martirizando su cuerpo. Usaba ásperos cilicios y hasta se punzaba con filudos vidrios. La sábana de su cama amanecía salpicada de sangre y ocultaba su sufrimiento aduciendo que las manchas eran las picadas de pulgas que no la dejaban dormir". Sus familiares pronto se dieron cuenta de la verdad pues su vocación de víctima le hacía caer en ridículas exageraciones…

"Una noche el vecindario celebraba el carnaval con agua, bailes y licores. Narcisa corrió a un guayabo agrio donde diariamente solía orar y se dio de latigazos todo el tiempo que duró la fiesta en una infinita ansia de reparación pues creía que toda diversión era mala, ya que así se había perdido su hermana, bebiendo y bailando" La verdad es que una hermana mayor se había ido con un marido a vivir a otro lado de la comarca y luego, al ser abandonada, tomó otros maridos con los cuales acostumbraba bailar y beber en las fiestas. Eso se llamaba entonces perderse, entre las gentes simples del campo, pues no era una vida normal y digna.

Con el tiempo aprendió a coser y a bordar y un viejo maestro de la región llamado Manuel Navarrete le dió clases de canto y guitarra. En horas libres ayudaba a la crianza de su sobrina Chepita Hernández Martillo a quien tomó a cargo para enseñar a coser y el resto del tiempo pasaba distraída en oración.

Era una mestiza entre india y blanca, más bien alta y de contextura proporcionada, piel canela, dentadura de notable belleza, cabellera sedosa y abundante, dividida en dos largas trenzas partidas en bando por una raya en medio, sin embargo, al final de su vida terminó hinchándose por retención de líquidos debido a que, como no se alimentaba lo suficiente, empezó a sufrir de una desproteinización.

En 1.851 vivía impartiendo clases de catecismo y religión a los niños de las haciendas vecinas y meses después, al fallecer su padre, sin preocuparse de reclamar la magra herencia que abandonó en provecho de sus hermanos, visitó a Silvanía Gellibert Marcos esposa de Ignacio Negrete y le solicitó que a su sobrina Chepita y a ella las lleve a una casa de Guayaquil, donde habitaron en un altillo muy humilde y pequeño. De esa época son sus primeros éxtasis y arrobamientos y su sobrina tenia que remecerla para que volviera en si, según referencias que hizo a su confesor el Presbítero Luis de Tola y Avilés a quien conocía desde Daule y Nobol y cuyos consejos siguió largos años haciendo sólidos progresos en el camino de la virtud. De todos sus Directores espirituales Tola fue el más allegado y el que más influyó en su ascetismo.
Usualmente acostumbraba azotarse y como único alimento probaba una esencia de café que siempre tenía en una botellita. Comía tres panes fríos del día anterior y bebía agua bendita que recibía del Colegio Seminario. Cuando comulgaba se le transfiguraba el rostro y después quedaba en un silencio profundo y prolongado, perdía el sentido, la tocaban y no se movía, por eso la gente comenzó a hablar de ella. No temía al trabajo ni era enfermiza, cosía, zurcía, lavaba, planchaba, cocinaba y barría y todo ello con suma alegría, pues no le gustaba aparentar tristezas ni desabrimientos. Tal su carácter.

En 1.858, luego de seis años en casa de doña Silvanía y a pesar de los ruegos de esta para que se quedase porque la había llegado a apreciar mucho, abandonó el altillo con suma delicadeza y fué a un cuartito debajo de la escalera de la casa de la señora Carmen Uranga de Landín en la esquina de 9 de Octubre y General Córdova, frente a la iglesia de San Francisco, donde permaneció cosiendo hasta el 60.

"Entre sus excentricidades vale anotar que se sentía perseguida por el demonio que no la dejó en paz por el resto de su vida al punto que la fastidió hasta en Lima" según cuenta uno de sus biógrafos con bastante ingenuidad,

La Parasicología atribuye estos fenómenos a expresiones de energía mental pero ella todo soportaba con resignación para vivir una vida perfecta, estricta y ascética. Un día convenció al negro Rabasco, doméstico de los Landín, para que el arme una cruz de madera formada por dos tablas enrizadas de púas y clavos sobre la que diariamente se acostaba. Mientras tanto su confesor, el Presbítero Tola, por ausentarse a Lima, la había recomendado al Dr. José Tomás de Aguirre Anzoátegui, varón prudente que la guió con sabios consejos hasta el 61 que fue consagrado Obispo de la Diócesis y ya no pudo seguirla asistiendo, entonces tomó por confesor a su vecino el franciscano Antonio de Pértiga.

Por esos días la servidumbre de la familia Landín empezó a relatar por el barrio los sacrificios de Narcisa y todos comenzaron a hacerse lenguas de su vida, obligándole por humildad a cambiarse a un cuartito ubicado en la casa de Jesús Marín Vda. de Antepara en Chimborazo y Aguirre cerca de la Catedral, donde cosía por paga que repartía entre cinco pobres de la urbe y allí conoció al Presbítero Amadeo Millán y de la Cuadra, religioso emparentado con la dueña de la casa. Además, como diariamente oía misa en la Catedral, empezó a tratar al Presbítero Pedro Pinto Borja, quien, admirado de sus raras virtudes, fue su confesor y terminó por solicitarle que sea el ama de llaves de su casa. Ya Narcisa conocía a otra vecina del barrio, Mercedes de Jesús Molina y Ayala, hija de confesión del Presbítero Millán y se hicieron buenas amigas.

En 1.862 comenzó a usar el hábito negro de Jesuíta debajo de su vestido aparentando por eso una cierta robustes, como se puede apreciar de la única fotografía que se conserva de ella, donde aparece muerta, en el ataúd, en Lima (1). Ponerse dicho hábito había sido costumbre de Mariana de Jesús Paredes y Flores en el siglo XVII en Quito, que fue un siglo de tenebrismos pero ponérselo en el siglo XIX era un anacronismo.

Cuando en razón de su ministerio el Presbítero Pinto viajó a Manabí, Narcisa se cambió al cañón de la casa de María Molina de Vergara, Hermana de Mercedes de Jesús, en una esquina de la Catedral -donde hoy se levanta el Hotel Continental-. Allí vivían también otras beatas como Jesús Caballero oriunda de Daule y Virginia Vergara Molina, a quien Narcisa profetizó que se haría monja y sufriría mucho. Efectivamente, con el paso del tiempo Virginia entró a un Convento de Cuenca y falleció tras larga y penosa dolencia.

(1) La fotografía consta en una de las vitrinas del Museo Municipal y fué enviada al Dr. Modesto Chávez Franco desde Lima.
La gente dió en llamar a la casa de María Molina de Vergara con el nombre de la Casa de las Beatas. Mercedes y Narcisa practicaban la virtud, la oración y la penitencia y como a fines del 62 partió a Roma el confesor Amadeo Millán, se cambió Narcisa a la iglesia de San José, de los Jesuítas, que entonces se levantaba en la manzana comprendida entre las calles Aguirre, Ballén, Chile y Pedro Carbo, donde hoy es el Correo. Allí decían misa los recién llegados jesuítas y la confesaba el Padre Luis Segura quien le dió a leer "'El ejercicio de la perfección y virtudes cristianas" del jesuíta Alfonso Rodríguez, Manual de Espiritualidad Cristiana del que se aficionó tanto que en su simpleza intelectual ya no quiso leer más que eso y las Sagradas Escritura y hacía bien, porque era lectora de un solo libro y no había nacido para ser teóloga ni erudita. De ese momento arranca la decisión de unir su nombre al de Jesús en señal de alianza.

En 1.864 retornó de Europa el Presbítero Millán tan afectado de tuberculosis que el Obispo Aguirre le prohibió que confesara por temor al contagio, exceptuando de esa disposición a algunas mujeres retiradas y reputadas por santas como Mercedes y Narcisa.

El 65 figuró entre las socias fundadoras de la "Asociación Hijas de María" que celebraban reuniones bajo la dirección espiritual de los Jesuítas en la Iglesia de la Concepción de Ciudavieja.

Para enero del 67 la enfermedad del Presbítero Millán hizo crisis con vómitos de sangre y lo abligó a guardar cama. Los médicos le aconsejaron un viaje a la sierra a ver si mejoraba y como hacía muchos años que residía en Cuenca su tío Antonio Millán y Gracia, decidió visitarlo acompañado de Narcisa que le serviría de enfermera. Durante esa estadía en Cuenca que duró algunos meses, concurrió al Monasterio del Carmen donde ya era monja su amiga Virginia Vergara y trató mucho a esa comunidad.

A mediados de año falleció Millán y el Obispo Remigio Estévez de Toral mandó a llamar a Narcisa para pedirle que profese en el nuevo Monasterio contemplativo que pensaba fundar "pero no hubo argumentos ni reflexiones que la convencieran" y regresó al puerto hospedándose en la Casa de las Recogidas que dirigían sus amigas Juana Marín Vda. de Molina y Mercedes de Jesús Molina en la actual calle de Víctor Manuel Rendón. La casa era un orfelinato y al mismo tiempo servía de internado para niñas abandonadas. Narcisa empezó a hacer de todo un poco, desde las humildes labores domésticas hasta la enseñanza de costura, sin abandonar sus prácticas religiosas ni los tormentos a los que sometía su cuerpo. Después de su muerte algunas de las niñas relataron los flagelos de Narcisa y hasta detalles menores como el reguero de sangre que corría por el piso.

Diariamente frecuentaba el templo de San José y en muchas ocasiones, al cerrarse las puertas de noche, quedaba en oración ante el santísimo. Su confesor, el Padre Segura, estimaba en alto grado su espiritualidad y le brindaba este tipo de facilidades. También solía visitar a su amiga Silvanía Gellibert de Negrete que había enviudado, siempre fué su amiga leal y sincera. Allí trató a Monseñor Carlos Alberto Marriott y Saavedra y hasta lo tuvo de confesor durante un corto tiempo, pero le dejó cuando observó ciertas demostraciones de cariño que existían entre ambos (2). Entonces llegó a la ciudad el franciscano Fray Pedro Gual, de paso por Guayaquil en visita a esa orden, quien le dijo "Si quieres ser santa, vete a Lima, que yo te ayudaré".

Narcisa se vio precisada a trabajar por paga para Doña Silvanía y finalmente logró reunir la cantidad necesaria como pasajera de tercera clase al Callao. Dejó en Guayaquil a su sobrina Chepita Hernández Martillo la Cruz Grande y de madera donde dormía, su ejemplar del Padre Rodríguez y una pequeña imagen del Niño Dios con la que solía hacer el pase del Niño cada navidad.

(2) Los amores de Doña Silvana con el Canónigo hicieron que Narcisa se ausente de ese hogar. De estos amores nacieron los mellizos pelrojos Pulley, a quienes se puso tal apellido por ser el del padre del Canónigo (Pooly) un inglés avencindado en Guayaquil a comienzos del siglo XIX.
En Junio de 1.868, sin tomarse el trabajo de conocer la ciudad de Lima, tal su simpleza de vida, ingresó de Seglar al Beatario de Nuestra Señora del patrocinio que las monjas dominicanas regentaban en el Paseo de las Descalzas, siempre bajo la tutela del Padre Gual, quien obtuvo de una persona rica y caritativa la suma de cuatro pesos al mes para pagarle la renta. Narcisa también contribuía al sustento cosiéndole a las monjas y pronto se hizo querer y hasta dicen que aprendió a leer en latín.

Su vida interior se intensificó grandemente al igual que sus padecimientos físicos. Usaba una corona de espinas incrustadas en la frente y disimulada por una pequeña gorrita. Cargaba una cruz sembrada de clavos, hacía cuatro horas de oraciones nocturnas, dormía en el suelo sobre puntas de acero. En cierta ocasión, tras un retiro extraordinario, cayó en éxtasis profundo y vio la aparición de Jesús que se sacó el corazón con las manos de la cavidad del pecho y se lo dió a besar; sin embargo, a pesar de todo ello, creía que el diablo, la seguía mortificando con golpes y otras maldades, cuando en realidad se trataba de mil alucinaciones producidas por su pésima alimentación, pues casi no comía. El Padre Gual había tenido que regresar a España dejándola encargada al Presbítero Manuel Santiago Medina Bañon que la siguió aconsejando sin darse cuenta que en realidad la estaba matando con tales mortificaciones extremas.

En Septiembre de 1.869 tuvo fiebres altas y en medio de ellas un delirio o revelación, profetizando que moriría pronto, lo cual no era ninguna novedad dada su postración física. Parecía una anciana aunque no tenía ni 37 años. "El día de la Concepción voy a comulgar con una bata blanca, a la romana, como la que llevaba aquella virgen del altar".

A principios del mes de Diciembre recayó con fiebre y la madrugada del miércoles 8 -día de la Concepción de María- murió en su celda en gran pobreza. Parece que su última enfermedad fue una infección ya que sus defensas orgánicas estaban bajísimas por la inanición y agotamiento, sin que se conozca la hora exacta pues cuando la Veladora del Convento visitó su celda, ya estaba muerta.

El entierro se efectuó tres días después, Sábado 11, en medio de la expectación de toda Lima y con asistencia de las autoridades. La noticia llegó por el cable a Guayaquil. Angel Tola y Espantoso publicó "Rasgos biográficos de la Sierva de Dios Narcisa de Jesús Martillo". En 1.926 el Arzobispo de Lima, Emilio Lissón, envió varios recuerdos de Narcisa al Museo Municipal de Guayaquil y su Director Modesto Chavez Franco le dedicó una de sus crónicas. Desde entonces se perennizó su memoria entre nosotros, pues ya se había desdibujado.

EI 30 de Abril de 1.955 su sobrino nieto Miguel Martillo Ronquillo trajo de Lima sus restos por las Aerolíneas Panamá. Primero estuvieron depositados quince días en la iglesia del Santísimo Sacramento en Pío Montúfar y Manabí, después pasaron a un pasadizo situado a un costado de la iglesia de los jesuítas de San José, expuestos a la veneración de los fieles. En 1.972 se realizó su traslado secreto a Nobol y el 83 le construyeron una cripta a pocos pasos.(3)


(3) Según recuerdos de Guillermo Guerrero Pilay, chofer que manejó el vehículo donde se trasladaron los parientes de Narcisa a Lima, al abrir su bóveda en el Beaterio del Patrocinio, encontraron lo siguiente: le quitamos las tablas y al abrir la caja -no obstante tener en ese entonces ochenta y cinco años de su fallecimiento- su cuerpo estaba intacto como dormida. Una mujer muy hermosa de tez blanca y con dos trenzas largas, su cabello color castaño claro. Le tomé la cabeza, Napoleón Burgos de los pies y Miguel Martillo de la cintura y la colocamos sobre un manto blanco en el piso y posteriormente en otro cofre. Medio cuerpo de la niña Narcisa desapareció desde las rodillas hasta los hombros. Las religiosas cogieron la carcoma de la caja y dijeron que la tomaban como reliquia. Dentro del cofre encontraron un pedazo de tela, un collar y un rosario que fueron tomados y llevados por los familiares. Como había que hacer unos trámites en Guayaquil los familiares regresaron al Ecuador para cumplirlos. De este relato se infiere que el clima seco de Lima había mantenido el cuerpo de Narcisa, que al ser movido se destruyó por lo que actualmente solo se exhibe en Nobol una mascarilla de cera y algunos huesos del esqueleto unidos para aparentar un cuerpo.
En 1.958 el Padre Luis Mancero Villagómez S.J. editó su vida, después han aparecido otras biografías como las de Miguel Martillo Ronquillo y las de los Padres Hugo Vásquez Almazán y Roberto Pazmiño Guzmán. El arzobispo de Guayaquil, Bernardino Echeverría Ruiz también fue autor de una pequeña obra "Apunte y documentos sobre el traslado de los restos de Narcisa de Guayaquil a Nobol". Su Causa se halla muy avanzada en Roma, a pesar que no existe un solo documento que acredite su existencia ni la Fe de Bautizo, ni contratos, ni cartas... Nada, solamente su Partida de Defunción en Lima y la biografía de Tola publicada a poco de su muerte, indican su existencia.