ZORAIDA DE MAECHLER
ESCRITORA.-
Nació en Vinces el 18 de Enero de 1.903 y fueron
sus padres legítimos Febronio Vásquez
Bajaña, propietario de un pequeño fundo
cacaotero en Playas de Vinces frente a la hacienda
La Bagatela de los Mendoza Lassabaujeau y Pastora
Lucía Litardo Vera, naturales de Vinces. La
mayor de seis hermanos, recibió las primeras
letras de su madre y "lloraba cuando me ponía
cuentas muy largas de números" La vida
se deslizaba tranquila y bucólica en el pueblo,
habitaban una casa propia, no les faltaba lo necesario.
"Mis tíos Litardo
me sacaban a caballo por los alrededores. Mi mamá
me colocaba una capelina en la cabeza para que fuera
a pasear con ellos. La hacienda El Resbalón
era de mi tía Adela Vásquez y tenía
ganado, cacao y otros productos. Todos los días
venían las lanchas y existía una gran
tienda de alimentos y telas para aprovisionar a los
peones.
En 1.917 pasaron a Guayaquil
por la crisis del cacao, a una casa alquilada en Luque
y Machala. Doña Pastora enseñaba algunas
manualidades a sus cuatro hijas, a coser, a tejer
a crochet, a bordar, etc. Zoraida prefería
la lectura de cuentos y novelas pues las labores de
mano no le agradaban, pero hubo épocas en que
ayudó a su madre cosiendo.
El 20 consiguió trabajo
en la Empresa de Telefonía en Aguirre y Chile
atendiendo los paneles y como siempre había
sido una chica muy curiosa, se entretenía escuchando
las conversaciones de los usuarios. El Dr. Cristóbal
Ibañez Alarcón, que era cronista, le
pedía chismes políticos, que ella subministraba
con gusto. Guayaquil era una ciudad pequeñita
y casi todos se conocían, de suerte que no
era difícil sacar los nombres de los que conversaban
"Herlinda Arzube era mi Jefa y una vez me pescó
hablando con mi amigo y fui suspendida quince días.
En otra ocasión conseguí un enamorado
por teléfono y tras varias semanas de conversaciones
nos citamos de la siguiente manera, para el día
siguiente a las seis de la tarde. Yo estaría
vestida de blanco y asomada a la ventana de mi casa
y el pasaría por el frente con un periódico
en la mano, porque trabajaba para uno de los diarios
de la urbe. Un amigo común le había
contado que yo tenía muchas hermanas y él
me preguntaba ansioso ¿Cómo la distingo?
Ese es su problema, caballero, fue mi respuesta. Llegado
el momento tan esperado, el asunto no prosperó.
"De la Telefonía
pase a trabajar en el almacén Para Ti, de sombreros
y vestidos importados, que quedaba en 9 de Octubre
y Pedro Carbo y era administrado por dos Judías
alemanas muy buenas y educadas. En cierta ocasión
se produjo un robo pero la policía recuperó
parte de la mercadería. Ellas no permitieron
que la policía nos investigara, así
eran en su delicadeza personal. "Lo que ganaba
era para ayudar a sostener la casa porque todos los
hermanos contribuíamos a solventar los gastos".
"El 27 trabajé
en el almacén de hilos y medias de Héctor
Pauta, quien era lo contrario que las anteriores por
barrigón, fastidioso y enamorador, así
es que las empleadas no duraban y salí. Entonces
pasé a la ropería del Hotel Guayaquil
de Zoila Naranjo de Noboa situado donde hoy se levanta
el Banco Central. Allí estuve algunos años
porque ella era muy piadosa, creyente y había
un buen ambiente de trabajo".
"El 30 nació mi
hija Piedad de un compromiso que adquirí con
Carlos Chiriboga Benites. Le di una esmerada educación
y resultó muy estudiosa y formal. El 46 conocí
al Ingeniero Mecánico Jean Maechler, de nacionalidad
Suiza, contratado para los Ferrocarriles del estado.
Durante el trayecto había enfermado de paludismo
en el puerto de Buenaventura al sur de Colombia y
tras varias peripecias llegó con fiebres pero
fue sanado en la Clínica Alcívar por
un excelente doctor. Poco después pasó
a una fábrica en Calceta. Manabí.
Ocasionalmente visitaba Guayaquil
y nos vimos en una calle por casualidad. Al poco tiempo
se hizo presentar de un amigo en común, ya
hablaba bien el español. Tocaba el acordeón,
me llevó serenos y propuso matrimonio. Así
es que dejé provisionalmente a mi hija en casa
de mis padres y le acompañé a Calceta
donde tenía su domicilio, que arreglé
poniendo el toque de feminidad".
"En Junio del 47 unos
amigos suizos de mi marido le inquietaron para viajar
a Venezuela, país que entonces gozaba del boom
petrolero. Armamos maletas en un santiamén
y nos fuimos con mi hija, recién graduada de
Taquimecanógrafa en el Colegio Mercantil".
"La primera ciudad que
vimos fue San Cristóbal en el estado de Táchira,
dentro de la sierra fronteriza entre Colombia y Venezuela,
ciudad que ya era universitaria y nos agradó
mucho por la cultura de su gente. Llegamos a un hotel
y al día siguiente nos fueron a visitar varios
matrimonios suizos y nos llevaron a otro de propiedad
de uno de ellos, donde pasamos como en familia. Allí
se hospedaba casualmente el joven alemán Jean
Groningen, natural de Hamburgo, que se enamoró
de mi hija, quien había conseguido trabajo
en un banco donde hizo carrera porque siempre ha tenido
un carácter muy ordenado y a los cuatro meses
justos de nuestra llegada realizó su matrimonio".
"Mientras tanto mi esposo
trabajaba para una fábrica en su especialidad
la mecánica y decidimos quedarnos por un largo
tiempo, aunque el siempre tenía la ilusión
de visitar Francia y Suiza con sus ahorros".
En San Cristóbal formé
parte de la Agrupación Católica y para
distraerme comencé a escribir sobre los problemas
sociales que me tocaba presenciar en el Voluntariado.
Los primeros artículos fueron para el diario
"Vanguardia", propiedad de Carmen Aurora,
con quien llegué a tener una gran amistad.
El poeta Pedro Pablo Paredes me aconsejaba en materia
literaria y pronto hice valiosas amistades entre la
intelectualidad del Táchira. En la colonia
ecuatoriana -que era extensísima- serví
de presidenta por años, ganándome el
agradecimiento de los paisanos que caían en
desgracia, pues teníamos un fondo de ayuda
social que les permitía superar las crisis,
sin embargo, cada vez que podía darme una escapadita,
regresaba a visitar el hogar de mis padres, que estaban
viejecitos."
"Mi hermano Luis tenia
una casa grande en Colón y 6 de Marzo en cuyos
bajos funcionaba la botica Vásquez que también
era de su propiedad. Cuando venía con mi esposo
llegábamos al departamento que nos habían
asignado."
"En los años 60
coordine en El Centinela la Página Lírica
dominical, procurando siempre destacar a los valores
ecuatorianos. Y fueron numerosas mis colaboraciones
a los periódicos Diario Católico, donde
coordinaba con el poeta Valerio Niño, en los
Andes, La Nación y la revista Rumbos, de Caracas.
El 57 edité en San Cristóbal
un relato corto bajo el título de "Los
Verdugos de Beatriz" con una historia real sucedida
recientemente a una amiga y vecina muy querida llamada
Alicia, que por la ambición desmedida de su
madre aceptó los requerimientos de un agricultor
rico del Salitre, que casi le doblaba la edad, apellidado
Intriago, con quien tuvo tres hijos y al quedar embaraza
por cuarta vez, como la situación económica
había cambiado y tenia que coser para ayudar,
se dejó convencer de su madre María
Luisa y de su amante y aceptó practicarse un
legrado. Ella me quería mucho y habiendo bajado
de su casa para ir a la Clínica quiso escribirme,
deseo que reiteró antes de la intervención
y al serle puesta la anestesia murió. E1 asunto
se prestó a diversos comentarios, yo me impresioné
muchísimo porque en esos precisos momentos
yo la soñé en San Cristóbal,
encima de unas nubes, despidiéndose de mi ¿Coincidencia?
Ignacio Carvallo escribió el Prólogo,
el relato gustó y conoció dos nuevas
ediciones en el Ecuador.
"Por mi obra periodística en San Cristóbal,
la Sociedad Luz y Progreso me concedió una
Mención honorífica y un escritor dominicano
que había compuesto una obra sobre Bolívar,
viendo una tarde mi álbum de recortes, se entusiasmo
con ellos y me aconsejo que los llevara a la Directora
de Cultura, quien los edito el 59 bajo el título
de "Reflejos de Humanidad Social" Tal el
valor de su idea. La obra contiene interesantes estudios
sobre aspectos muy diversos del diario vivir.
El 67 escribió dos pasos
escénicos de un acto y en prosa publicados
al año siguiente en un folleto y con los títulos
de "Madre te necesito tanto" y "La
Coqueta" que dedicó a las esposas modernas.
El primero trata sobre los consejos de una madre a
su hija, desaprobando el empleo que ha conseguido
por consejo de una amiga, pues a causa de ello ha
dejado abandonados a su esposo e hijos. La estampa
es de un hogar de ambiente moderno y los diálogos
son cortos y precisos, según opinión
de Ricardo Descalzi del Castillo expuesta en su Historia
Crítica del Teatro ecuatoriano. El segundo
también busca la moraleja y analiza el espíritu
femenino a través del diálogo entre
dos hermanas que comentan el matrimonio de una amiga
con el ex-novio de una de ellas, que trata de restarle
importancia al hecho, mientras la otra le recrimina
su acción despectiva hacia el muchacho, que
lo ha llevado a un matrimonio sin amor.
Después de estas piezas
dio a la luz otros trabajitos como "La Telefonista
y el Alférez" comentando un sonado crímen
en Ambato, donde pasaba vacaciones en casa de su hermana
Eva Vásquez de Batallas y "Ana Celia,
magdalena sin redención" que tala sobre
la vida de una mendiga venezolana a quien ayudó
la colonia ecuatoriana porque dio a luz una niña
en una de nuestras fechas patrias. La mendiga vivía
cerca de San Cristóbal, en una casa de techo
de cartón bajo unos árboles y como el
asunto se hizo público, los ecuatorianos la
siguieron protegiendo por años.
Su vida transcurría
tranquilamente en Venezuela, tenía una casita
cerca del parque Sucre en San Cristóbal y la
prensa la consideraba y quería. Entonces sucedió
otro caso policial en Guayaquil del que se enteró
por la prensa internacional. Había sido asesinado
un banquero (Enrique Emilio Isaías) y llevado
el principal acusado a Quito, terminó por contraer
matrimonio en el Panóptico. Así fue
como dio a la luz otro relato "Ultraje a la Justicia"
que por lo candente del tema, levanto más de
un comentario.
Por esa época falleció
su perro "Strolch" que significa vagabundo
en idioma alemán y escribió en 14 pags.
el relato de su vida "Strolch" un perrito
símbolo de lealtad" con prólogo
de Gonzalo Espinel Cedeño y tres ediciones.
Su esposo había fallecido
y esta enterrado en Guayaquil, Zoraida, con más
de ochenta años, se sintió anonadada
y tras una estadía en el Asilo Plaza Dañín,
volvió a San Cristóbal, donde el 91
escribió un elogio fúnebre de su amigo
el gran conservacionista Arthur Eichler y el 92 fue
operada de catarata en el ojo derecho que terminó
perdiéndolo. El 93, al cumplir 90 años,
sintió la nostalgia de su tierra y como no
se llevaba bien co su hija y nietos, anunció
su regreso al Plaza Dañin. La intelectualidad
de San Cristóbal le rindió un hermoso
homenaje y fue declarada Ciudadana adoptiva del estado
de Táchira.
La vista le había disminuido
al punto que veía solamente los titulares y
por ello ambicionaba una dama de compañía
que le guste leer, para estar mejor enterada de todo,
pues seguía con su sana curiosidad de saber,
leer y aprender y como su amigo Valerio Niño
expresara en carta de Abril del 96, no importa que
la sombra física empañe ahora sus pupilas,
abunda en claridad de alma y en corazón generoso,
porque sus relatos tienen un fondo social y humanitario,
expuesto con coherencia y lucidez. El 95 participó
en el Programa 'Tiempo para envejecer" del Dr.
Aldo Guevara D'Aniello.
El 96 recibió la Medalla
al Mérito Cultural de Primera Clase que le
confirió el Ministerio de Educación
por su labor. Alta, delgada, espigada, canela clara,
pelo plateado y ojos café. Su labor como divulgadora
permanente de las letras ecuatorianas en Venezuela
le acreditaba y su afán moralizante, expuesto
en todo lo suyo, la presentaba como una escritora
social.
A los 93 años se quejaba
de soledad y abandono. Estaba sana y lúcida,
a veces la visitaban sus numerosas sobrinas pero añoraba
la vida intelectual y sobre todo el diario trajín
periodístico al que estaba acostumbrada. Falleció
en el asilo Plaza Dañín casi centenaria,
en pobreza y en soledad.