HERNANDO DE SANTILLAN
PRESIDENTE DE
LA AUDIENCIA.- Andaluz, hijo legítimo de Hernando
de Santillán y Leonor de Figueroa y Alencastre.
No se tienen datos sobre su niñez y juventud
pero en 1.550 fue designado Oidor de la Audiencia
de Lima y tres años después, a la muerte
del Virrey Antonio de Mendoza, se hizo cargo del gobierno,
enemistándose con el Oidor Bravo de Saravia
por asuntos realmente baladíes.
El 53 ocurrió la sublevación
de los Encomenderos rebeldes acaudillados por Francisco
Hernández Girón y salió a combatirlos
con el Obispo Gerónimo de Loayza, siendo derrotados
en el desierto de Villacuri entre Pisco e Ica. Un
nuevo ejército real al mando del Mariscal Alonso
de Alvarado también fue desbandado en Chuquinaga
el 22 de Mayo del 54. Mientras tanto había
quedado en Lima el Oidor Altamirano hecho cargo del
gobierno, mientras los otros tres salían a
enfrentar a Hernández Girón, al que
encontraron el 8 de octubre en Pucará y tras
vencerlo, le ajusticiaron.
Poco después arribó
el nuevo virrey García Hurtado de Mendoza pero
fue mal recibido e iniciada la pugna con el Oidor
Bravo de Saravia, algunos funcionarios apoyaron al
recién llegado, entre ellos Santillán,
quien desde entonces fue de los funcionarios preferidos.
El 55 acompañó
a su hijo García de Mendoza, nombrado Gobernador
de Chile y enfrentó a los Encomenderos, refrenando
sus abusos y limitando sus derechos en defensa de
los indios. Por ello tuvo que volverse a Lima en 1.559
y como encontrara al nuevo virrey Conde de Nieva,
a quien no conocía, sufrió un juicio
de residencia que le instauró el Licenciado
Briviesca de Muñatones, quien le suspendió
en sus funciones y desterró del Perú.
El 62 regresó a España
a defenderse y se ocupó algunos meses en responder
un cuestionario que desde nueve años atrás
le había formulado el Rey Felipe II, titulando
su obra "Relación del origen, descendencia,
política y gobierno de los Incas" que
terminó un año después. El manuscrito
se guarda en la Biblioteca del monasterio del Escorial
y fue publicado en Madrid en 1.879 por el americanista
Marcos Jiménez de la España, inserto
en un volumen que apareció como "Tres
Relaciones de antigüedades peruanas". La
obra contiene acusaciones contra los abusos y explotaciones
que cometían los Encomenderos de las Indias.
Eximido de toda culpa en 1.564 fue agraciado con el
empleo de Presidente de la recién creada Audiencia
de Quito, correspondiéndole ser el primer presidente
de ella.
Arribó a Guayaquil con
su esposa Ana Dávila y fundó el Hospital
Real en lo alto del cerro, luego pasó a Quito
y también fundó un Hospital de la Caridad
para indios, fiel al afecto que siempre había
profesado por ellos, en unas casas de Pedro Ruanes,
en la calle que va al Yavirac, que hizo expropiar
al Cabildo. Prohibió el trabajo forzado o servicio
personal, dejando únicamente el trabajo colonial
de los Mitayos necesario para ese entonces, trató
de acabar con los maltratos. Tuvo mano fuerte con
los españoles, conoció de la administración
y se preocupó por la educación. En lo
principal dispuso que los Oidores realizaran las visitas
a las Gobernaciones y mantuvo amores, ya viudo, con
una hija del Encomendero Diego de Sandoval.
Era Vicario del obispado vacante
de Quito, desde 1.562, el Arcediano Pedro Rodríguez
de Aguayo, quien vivía en casa elegante y vistosa,
edificó la primera Catedral de piedra, la obsequió
con una Custodia de plata y hasta acostumbraba subir
a la construcción cargando los materiales para
dar ejemplo al vecindario. Lamentablemente le agradaba
arrogarse atribuciones de la autoridad civil y mantuvo
pleitos de jurisdicción con el Gobernador Salazar
de Villasante, enjuiciándose mutuamente. Después
se adhirió al bando del Oidor Rivas en pugna
con el Presidente Santillán y cuando un clérigo
habló mal del rey en público, Santillán
le hizo apresar y hasta armó un tablado en
la plaza central para hacerle quemar con leña.
El Arcediano reclamó al preso y se armaron
dos bandos, iniciándose una serie de tumultos
hasta que arribó el nuevo Obispo, Fray Pedro
de la Peña, del Orden de Santo Domingo y sucedió
que habiendo finalizado el Concilio de Trento, el
Obispo de la Peña convocó a las autoridades
en la Catedral y como en mitad de la función
litúrgica observara a unos sujetos que estaban
excomulgados, la suspendió hasta que salieran,
pero el Presidente se creyó aludido por sus
antiguas disputas con Rodríguez de Aguayo y
salió del templo, protestando que no volvería
a entrar porque lo habían desairado.
En otra ocasión y estando
en la iglesia de San Francisco, mientras oía
misa, el Notario de la Curia pidió permiso
al padre Custodio de la Orden, Fray Juan Cabezas de
los Reyes, quien era pariente del presidente, para
leer un auto y habiendo comenzado la lectura, pensó
Santillán que le habían desairado al
no consultarle el asunto y ordenó al Custodio
que arrebatara el auto al Notario, lo cual se hizo
con violencia y se perturbó el pueblo por el
escándalo, pues a un mismo tiempo gritaban
el Notario, el Custodio y el Presidente. Por estas
razones llegaban numerosas quejas al Virrey, al Consejo
de Indias y al mismo Rey, quien dispuso a finales
del 67 un Juicio de Residencia y comisionó
al Oidor de Panamá, Gabriel de Loarte, quien
le privó a Santillán de la plaza de
Presidente y desterró por ocho años
de América.
Viejo y enfermo tuvo que viajar
a España, allí se desengañó
de las galas del mundo, entró a la vida eclesiástica,
le ofrecieron la Cancillería de Granada que
no aceptó y vacando el Obispado de la Plata
el 74 fue nombrado para esa sede, viajó a Lima
se consagró en su Catedral con toda pompa y
por manos del Arzobispo Loayza y aunque sufría
de "hijada y de mal de piedra" falleció
tres meses después, el 7 de Junio de 1.575,
de otra dolencia muy distinta: una grave congestión
pulmonar, sin haberse posesionado.
Fue un funcionario correcto,
justo y cumplidor de sus obligaciones y existen autores
que le señalan bien por el temperamento místico
del final de sus días. Tuvo tres hijos, era
osado al hablar, gustaba de la pompa y el boato de
las ceremonias, pero en materia de protocolos y preeminencias
sufría arrebatos e intransigencias que a la
postre le acarrearon serios problemas.