CARMEN INES BARONA
GUZMAN
BEATA.- Nació
en Ambato el 12 de Abril de 1.860 y fue la octava
hija legítima de Angel María Barona
Vásconez y de María del Rosario Guzmán
Suarez, ambateños.
Vino al mundo envuelta en el
saco amniótico y parecía cubierta de
una tela blanca dicen las crónicas familiares,
lo cual es muy normal cuando no se rompe la fuente,
pero su madre creyó con la simpleza propia
de aquellos atrasados tiempos, que esta circunstancia
constituía un signo extraordinario y que la
criatura estaba predestinada para algo grande en la
vida, así se lo inculcó desde pequeñita
y hasta decidió darle de lactar sin ayuda de
nodrizas como se acostumbraba por entonces, después
le tomaría a cargo en su alimentación
material y formación espiritual.
Desde los tres años
la llevaba consigo a la vecina iglesia de Santo Domingo
y como la niña era muy inteligente, en todo
pretendía ser como su madre y buscaba sus ropitas
para vestirse como cuando concurrían a la iglesia.
"Hasta me conseguí una alfombrita e iba
por los corredores oyendo misa."
En el escritorio de su abuelito
Guzmán, en cuya casa habitaban, escogía
las obleas que él tenía para pegar las
cartas, hacía con ellas las sagradas formas
y comulgaba, pues era traviesa, alegre y con sus continuos
juegos llenaba la casa de felicidad.
De ocho años hizo la
primera comunión. Era vanidosilla pues le pedía
a su mamá trajecitos bien hechos y con ciertos
adornos, cantaba, bailaba, comía bien, se pasaba
mirando en el espejo y cuando notaba que el peinado
no estaba a su gusto, martirizaba a una de sus hermanas
mayores porque no se lo arreglaba como ella quería.
Con su abuelito, sus padres
y hermanos concurría a los toros, a las equitaciones
y al teatro. De diez años, por una corta temporada
estudió en la escuelita mixta del maestro José
Navarrete, que con la de Encarnación Saa de
Ceballos eran las únicas en Ambato, aprendiendo
a leer y a escribir, las cuatro reglas de la Aritmética,
algo de Gramática, el Catecismo de Pauget,
un poco de Carreño o urbanidad de señoritas
y la Historia Sagrada; pero su madre la hizo salir
porque no estaba bien que una señorita anduviera
por las calles. Por eso no pudo rendir ningún
examen público y dado su carácter piadoso,
al verse recogida al interior de su casa, siguiendo
los consejos de su madre empezó a frecuentar
diariamente las iglesias y se entregó por entero
a Dios, (1) con lo cual se perdió para el mundo.
La madre le proporcionaba trastecitos
y ropitas adecuadas a la vida de piedad que le había
elegido, todo en pobreza, para lo cual le compuso
un cuartito donde Carmen Inés se estaba tranquila
en sus devociones bajo la mirada benéfica de
su confesor el Padre Juan de Dios López, Párroco
del lugar.
En el cuarto tenía una
humilde cama de palo con cortina blanca, por una mesa
un cajón con la imagen de Mariana de Jesús,
un ropero y dos baúles, uno grande y otro chico,
y habiéndole robado a su madre los cilicios
de la tía abuela Margarita Sevilla, ya fallecida,
que encontró guardados en un ropero, comenzó
a usarlos a diario. Estos cilicios eran de alambre
tejido color amarillo, amarrados con unas reatas azules.
Y como por las penitencias que le ordenaba su confesor
comenzara a flagelarse, un día amaneció
el cuarto salpicado de sangre y su madre solo atinó
a decir ¡Qué
(1) En su casa se vivía
un ambiente de profunda religiosidad, pues sus padres
eran católicos a ultranza. En l.886 ingresó
al Monasterio del Carmen Bajo (Moderno) de las Carmelitas
descalzas su hermana menor María del Rosario,
quien llevó una vida de continuos sacrificios
hasta su muerte ocurrida en l.925 a causa de lupus.
Para entonces también profesaban su sobrina
Mercedes Barona, Monja carmelita conocida en religión
como Sor Carmen de la Santa Faz y una prima hermana
María de la Paz Barona, Monja en los Sagrados
Corazones.
imprudencia la del padre! y lloraba, pero no hacía
nada para impedirlo porque tenía una visión
simple de la vida y carecía enteramente de
personalidad. Era, lo que se dice, una completa tonta.
Carmen Inés leía
el Año Cristiano con su mamá y entre
ambas sostenían pláticas piadosas, pero
su mayor placer era vivir la vida escondida dentro
de su cuarto, encantada de su soledad. Entonces llegó
a su noticia que había una novelita muy linda
intitulada "Genoveva" del Abate Smith, que
era tan preciosa que en los exámenes públicos
se repartía de premio entre las niñas
del Colegio y empeñada con su mamá la
consiguieron y empezaron a leer con avidez, pero sintieron
tal emoción en el alma y amargura en el corazón,
que empezaron a llorar. Al oírlas, su padre,
se apersonó ¿Qué es lo que pasa?
¿Cuál es el motivo de este llanto? Estamos
leyendo a Genoveva y ha sido tan tierna que no es
para menos! Vaya, vaya! dijo el buen señor
¡Creía que había ocurrido algún
acontecimiento grave y me preocupó mucho! retirándose
a su cuarto y dejando solas a las dos inconsolables
lectoras de Genoveva.
Días después
Carmen Inés entró en remordimientos
por haber leído su primer libro profano y arrepentida,
hizo solemne juramento de no volver a caer en el "
pecado" de leer novelas y no volvió a
tocar otro libro en toda su vida, a no ser que se
tratara de obritas de estricta piedad o las que le
proporcionaban sus confesores dominicanos, de suerte
que se quedó ignorante y para colmo encerrada
en un mundo de penitencias y culpas, de cilicios y
flagelaciones, aprendiendo únicamente a morir
como en los tiempos del tenebrismo de la Contrarreforma,
sin conciencia que todo es cambio en Occidente y que
la vida y la religión ofrecen múltiples
aspectos provechosos para el desarrollo de la humanidad.
El 25 de Diciembre de 1.879
ingresó a la Tercera Orden Dominicana donde
era Hermana su tía Carmen Guzmán Suarez
y recibió el hábito de manos de Fray
Miguel Pagés. Realizó su profesión
el 11 de Marzo de 1.880 y decidió despojarse
de todas sus galas externas en sus vestidos y zapatos,
de su ropa de seda, de sus alhajitas que obsequió
a la virgen pues quería vivir a plenitud las
disposiciones del Manual de la Tercera Orden, en completa
pobreza evangélica.
Viendo su ejemplo, su madre
también se hizo Terciaria y entre ambas confeccionaban
hermosos ramos de flores de papel y tela para adorno
de los altares de la iglesia de Santo Domingo y cuando
habían procesiones tomaban a cargo la confección
y arreglo de las andas con muchas y delicadas labores
de mano.
Por esos días Carmen
Inés fue designada sacristana - ropera y camarera
de la imagen de la virgen del Rosario de Pompeya,
advocación que los reformadores dominicanos
venidos de Italia por orden de García Moreno
habían iniciado en el Ecuador. Como sacristana
estaba obligada a lavar y planchar los corporales,
purificadores y lavados que servían para las
misas y como Ropera - Camarera cosía las vestiduras
de las imágenes y las cambiaba para los grandes
festejos. Su índole suave y complaciente se
divertía con estas pequeñas naderías,
luego ascendería por sus virtudes a Priora
y Consejera.
Sus hermanos mayores le traían
de sus viajes de Quito libros de instrucción
religiosa, con los cuales formó una pequeña
biblioteca, aunque más se distraía con
la oración mental, sin intentar los altísimos
caminos de la accésit mística que nunca
llegó a conocer. La Tercera Orden era una cofradía
de damas virtuosas dedicadas al servicio de Dios y
del templo, no usaban hábito alguno pero podían
emitir votos de pobreza, obediencia y castidad si
lo querían. Había de todo, algunas damas
eran viudas, aunque la mayoría eran casadas
o solteras.
En 1.882 se produjo la batalla
de Quero cerca de Ambato, entre las fuerzas del General
Ignacio de Veintemilla y los Restauradores y tuvo
la oportunidad de ayudar en un improvisado Hospital
de sangre.
Al cumplir 30 años de
edad en l.890, ya se había decidido por el
celibato pues en su mentalidad pacata no había
cabida para el matrimonio. En l.89l fue electa Subpriora
de la Tercera Orden y el 92 reemplazó en el
priorato a su tía Carmen Guzmán Suarez
y aunque trató de rechazar el honor por humildad,
terminó por aceptarlo porque el Padre Director
le mandó a decir que no se niegue. En cambio,
se ganó la emulación gratuita de una
parienta que durante un año le hizo la vida
imposible; mas, al cabo de ese tiempo, reconociendo
su buen desempeño le fue a visitar, siendo
recibida con los brazos abiertos y como si nunca hubiera
pasado nada entre ellas.
En 1.894 su prima Mercedes
Suárez Sevilla, compañera de toda su
confianza, cayó herida como por un rayo en
el interior del templo de Santo Domingo y murió
en el comulgatorio. Este accidente impresionó
tan vivamente a Carmen Inés, que desde ese
día, ante el temor de la muerte y sintiéndose
escogida por Dios, se dedicó únicamente
a la vida contemplativa y de oración.
Como Priora ayudó a
reparar el techo de la antigua iglesia de Santo Domingo
cuyas paredes fueron elevadas para darle mayor prestancia.
También llegó a su conocimiento que
entre las terciarias de mayor categoría, una
de ellas tomaba parte en conversaciones políticas
en las cuales se expresaba con bastante libertad en
favor del partido liberal, tenido por esos días
como contrario al clero y a la iglesia. La señora
era de más que mediana edad y matrona muy distinguida.
Carmen Inés la llamó en privado y le
manifestó que su proceder no era ejemplar como
convenía a una terciaria. Ella se excusó
diciendo que varios miembros de su familia pertenecían
a ese partido pero prometió enmienda, mas no
se enmendó. La Priora la llamó por segunda
ocasión y dándole una nueva admonición
le dijo ¡Si sigue Ud. de este modo nos separaremos
de la Tercera Orden! La anciana se dejó asustar
con la amenaza de expulsión, que hubiera sido
escandalosa dada la pequeñez de la población,
se humilló y juró enmendar su falta.
Desde entonces quedó muda en materia política
y los dominicanos italianos siguieron ordenando sobre
las conciencias femeninas de Ambato hasta que al poco
tiempo, con el triunfo del liberalismo, tuvieron que
salir del país.
En otra ocasión, sabiendo
que una joven terciaria iba a contraer matrimonio
sin la voluntad de sus padres, le reveló que
iba a tener un porvenir desgraciado. La joven no le
hizo caso, abandonó la casa paterna y tal como
se lo había pronosticado comenzó a sufrir
y hasta se le llegó a desfigurar el rostro,
al punto que llamaba la atención e impresionaba,
lo cual fue tenido en Ambato como castigo divino por
su desobediencia.
El 14 de Agosto de 1.895 uno
de sus hermanos menores se sumó a la revolución
contra el gobierno de los conservadores y se fue a
caballo en compañía de un amigo. El
gobierno había destinado un batallón,
que tras un corto tiroteo con los jóvenes,
ocupó Ambato. Esa noche algunos soldados fueron
a la casa de los Barona Guzmán a requisar armas,
pero Carmen Inés se armó de valor, los
atendió cortésmente y evitó un
ultraje a su padre, que estaba muy viejecito y en
cama. Entre sus apuntes de vida manifiesta que unos
pastusos entraron violentamente en su casa, cuando
en realidad eran soldados del gobierno pues confundió
episodios de la revuelta contra Veintemilla ocurrida
en 1.882 cuando actuaron los pastusos en Ambato, con
sucesos de la revolución liberal de 1.895 donde
no actuó ningún soldado pastuso.
En l.896 falleció su
madre. Carmen Inés, a causa de su histeria,
empezó a sufrir una afección nerviosa
que le hacía quedar como muerta tres horas
al día y hasta se le cayó buena parte
del pelo, pero se recuperó con oraciones y
para distraerse fabricó una urnita para el
Señor del Huerto y como su casa quedaba a solo
ochenta metros de la plazoleta de la iglesia de Santo
Domingo, todos los días iba tres veces y en
cada ocasión sus criadas llevaban los objetos
del culto junto a ella, de suerte que la gente empezó
a tenerla por beata y como siempre había sido
hermosa, un caballero que la vio por primera vez díjole
¡La señorita tiene cara de imagen! lo
cual fue tomado como un cumplido.
Aparentaba fortaleza de ánimo
pero era de constitución delicada y enfermiza
y vivía en sobresaltos y en paroxismos provocados
por su exagerada religiosidad que le hacía
ver lo mundano como cosa del demonio y sucedió
que una joven terciaria amiga suya quedó huérfana
en grave pobreza y para colmo de males le empezaron
a suceder ciertos fenómenos paranormales provocados
por ella misma, dado su estado de exaltación
nerviosa. La amiga se quedaba inmóvil en el
reclinatorio y no había quien la pudiere sacar,
los rosarios se rompían en sus manos y desgranaban
las cuentas, rasgaba las vestiduras y quedaba desnuda
hasta la cintura por lo que había que cubrirla
con un paño, daba de botes como una pelota
entre los cimientos de la iglesia que estaba en reparación.
El asunto se hizo público y fue la comidilla
de Ambato hasta que la enferma, histérica,
descontrolada y que solo deseaba llamar la atención,
se agravó y murió. Durante el tiempo
de esta enfermedad Carmen Inés la acompañaba
y alimentaba en su casa con gran dedicación,
haciendo suyos los pesares ajenos, pues se pensaba
que estaba poseída del demonio y era necesario
cuidarla.
En 1901 viajó con una
hermana a Quito a fin de tratarse de una leve dolencia
y se quedaron un año en casa de diferentes
familias. Nuevamente en Ambato volvió a ocuparse
de la ropita de la Virgen como antes.
En Enero de 1.907 falleció
su padre del corazón. Con su hermana Rosario
se trasladó un año a Quito, habitando
un departamento alquilado. Ambas vivían de
diferentes sumas de dinero puestas a interés.
De regreso a Ambato reinició su vida de costumbre,
hasta que en 1.913, de 53 años de edad, empezó
a sufrir de "tentaciones violentas y horrendas"
que la atormentaron hasta Octubre de 1.914 y tal como
le llegaron se le fueron, atribuyendo dichos deseos
sexuales a la labor del demonio, empeñado en
perderla, pues ni con jaculatorias, promesas u oraciones
suspendía el embate porque estaba con la menopáusica.
Poco después murió un hermano suyo en
situación misteriosa porque nunca se llegó
a saber si falleció asesinado o se había
suicidado. Esto la preocupó mucho al punto
que diariamente rezaba por la salvación del
alma de su hermano; pero una tarde cuando se cumplían
seis meses de la muerte, las muchachas de su casa
le llamaron la atención porque una avecita
estaba volando sobre una de las ventanas. Todos presenciaron
tan curioso vuelo hasta que después de un rato
se encumbró el ave perdiéndose en los
cielo, no sin antes decirle muy quedo "Beata,
soy salvo" lo cual la llenó de gozo sin
darse cuenta que era una trastada que le hacía
su inconsciente.
De ese tiempo fue su costumbre
llevar el hábito dominicano debajo de sus vestidos.
En la cintura portaba un rosario colgado además
del salterio de quince misterios. En su cuarto, transformado
en oratorio, recibía las visitas de todos aquellos
que acudían en busca de consuelo y oraciones,
pues su fama se había regado por la población.
Entre los años 1.920
y 30 perdió a dos hermanas mayores llamadas
Isabel Barona Vda. de Jauregui y Delfina Barona que
se conservaba soltera. La primera falleció
del corazón y la segunda de un lobanillo maligno.
Era natural en ella escuchar
voces en el interior de su cerebro y como pensara
que se estaba trastornando, su confesor la calmó
indicándole que era el mismo Dios quien le
hablaba. En otras ocasiones llegó a sostener
largos diálogos con "su Jesusito"
a quien le daba el tratamiento de esposo. Estos diálogos
se han salvado por mandato de su confesor, pero solo
contienen frases intrascendentes de alabanza, cortesanía
y sumisión. (2)
En Abril de 1.932, con motivo
de los solemnes festejos por el Centenario del natalicio
de Juan Montalvo y la inauguración de su monumento
fúnebre en el interior de la casa de la familia
Montalvo, los sacerdotes dominicanos pensaron que
era contrario a la religión exhibir el cadáver
del escritor y a pesar que Carmen Inés era
sobrina de María Aurelia Guzmán, esposa
del Cosmopolita, fue obligada por su confesor a escribir
tres cartas privadas "a su esposo Jesusito",
para que no permita que con ese monumento, "en
esa casa de corrupción", sea ofendido.
Su sobrino el Padre Jauregui
Barona al comentar "estas curiosas" cartas,
manifiesta que es la primera ocasión en que
Carmen Inés se dirige a Jesús por escrito
tratándole de esposo, locución familiar
utilizada únicamente porque en un diálogo
mental anterior, él mismo le había manifestado
que "la amaba con delirio". Dado el carácter
político de la protesta contra la traída
de los restos de Montalvo desde Guayaquil, la Municipalidad
de Ambato usó de gran discreción en
el asunto y no se produjeron roces mayores, consiguiéndose
que el civilizado Arzobispo de Quito, Manuel María
Pólit, tan buen escritor como excelente diplomático,
autorizara al Cura Vicario de Ambato a formar parte
del Comité organizador y firmara con los demás
miembros una Esquelita de Invitación oficial.
No sucedió así con los ignorantísimos
dominicanos que declararon la guerra santa pero nadie
les hizo caso dada la fama del Cosmopolita y el día
del traslado de los restos a Ambato el Cura Vicario
concurrió portando una hermosa cruz de flores
naturales que depositó al pie del féretro.
(2) Estoy pronta a hacer tu voluntad aún a
pesar mío, pero algunas cosas están
sobre mis fuerzas. Respuesta: Cuando yo tomo parte
no están sobre las fuerzas, sacrifícate
por tus pecados y por mi Pasión. ¿Porqué
tanta bondad para conmigo cuando soy solo merecedora
del infierno? R.- Lavado está con mi sangre.-
Yo soy solo la causa de tu pasión. R.- Quita
la causa, haciendo mi voluntad. ¿Qué
haré para corresponderte? R.- Ámame,
ámame. Yo como a mi criatura y tú como
a tu creador. ¿Qué haré cuando
estoy angustiada sin saber qué hacer? R.- Ven
a mi corazón pero no fuera, sino dentro de
mi mismo corazón. ¿Dónde estaré?
Si dentro de casa o dónde el Santísimo.
R.- Allá donde estoy tan ultrajado. ¿Qué
te diré? R.- Lo que yo te digo, que estoy allí
por tu amor y que tu estás por mi amor. Estoy
haciendo unas florcitas para mi mamá Virgen.
R.- Me complace que trabajes por ella. Tal vez me
hará mal. R.- No escudriñes mi voluntad.
¿De qué tienes sed Dios mío?
R.- De que me recibas, de que te unas conmigo, de
estar en tu corazón, de que me consueles, de
que seas toda mía, como Yo soy todo tuyo...!.
etc. etc.
En sus últimos años de vida, agravadas
sus exageraciones, muchos otros hechos "sorprendentes"
le sucedieron como por ejemplo, que al tocar una imagen
de la Vírgen se le encendía el rostro.
En otra ocasión sufrió una cortadura
en el cuero cabelludo a consecuencia de un vidrio
roto en una ventana tomando a la herida por estigma.
San Luis Gonzaga la visitó en el patio de su
casa para ofrecerle una cruz, que resultó muy
pesada para sus débiles fuerzas, según
relató a su hermana.
Tras la guerra de los Cuatro
días y derrota del grupo de los Compactados
de Neptalí Bonifaz en Quito, se corrió
la voz que los sacerdotes dominicanos iban a ser expulsados
del país y Carmen Inés, aterrada, ofreció
su vida a cambio del perdón de los religiosos.
Pocas semanas después
cayó gravemente enferma con el aneurisma que
siempre había tenido en la garganta, a consecuencia
de lo cual tuvo una hemorragia y falleció entre
las 12 y la 1 de la madrugada del 8 de Noviembre de
1.933, de 73 años de edad, sin asfixia ni agonía
visible.
A sus funerales concurrió
masivamente la población y fue sepultada en
el mausoleo de los Jauregui Barona. Se dijo que había
sido una señorita de costumbres austeras y
sacrificadas, una Beata, dedicada por entero a la
oración, lo que actualmente ya no se da debido
al tráfago de la vida moderna.
En 1.936 el Padre Enrique Vacas
Galindo escribió en Roma su biografía,
editada el 38 en Ambato, en cuarto, en 481 pags. usando
un estilo vacuo, ampuloso y aportando muy pocos datos
de vida debido a que se encontraba en la corte romana,
alejado de las fuentes históricas inmediatas,
que no pudo consultar. Por eso esta obra está
considerada entre las menos felices de su autor.