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JULIETA DESCALZI GALLINAR
UNA MUJER FUERA DE SU TIEMPO.- Nació en Guayaquil, el 23 de Noviembre de 1.908 y fue la quinta hija de una larga familia compuesta de ocho hermanos, uno de los cuales falleció niño a causa de una meningitis. Hija legítima del Cavalieri Ricardo Descalzi Vignolo, natural de Chiavari, Italia, Oficial de la Marina de Guerra de su país, miembro de una antiquísima familia de la Liguria con casa solariega y escudo, que llegó a Guayaquil llamado por su tío Ernesto Vignolo Quirola, para trabajar en su almacén, entonces el mayor de la ciudad; luego se asoció con González y finalmente puso tienda de ferretería en el malecón y Colón especializada en la importación de efectos marinos y Julia Gallinar Franco, guayaquileña, única nieta del General Guillermo Franco Herrera, Jefe Supremo de Guayaquil en 1.859.

Creció en la casa familiar ubicada en la calle de las Industrias (Eloy Alfaro) y Maldonado (1), tuvo unos padres cariñosos y era muy feliz asistiendo a la escuelita de la Prof. Julia García Noe donde se educaban las niñas del barrio del Astillero.

De siete años ingresó al Colegio de la Inmaculada, ya era una líder por su carácter abierto a toda novedad, y por su espíritu alegre y dicharachero sabía ganarse el efecto de todos al punto que cuando paseaba por el barrio la gente salía a saludarla; las monjas quisieron limitar su personalidad a base de disciplina y orden pero finalmente se dieron por vencidas pensado que con los años le llegaría la seriedad pero estaban equivocadas y cuando una tarde la pillaron cantando en alta voz ante algunas compañeritas la inocente pieza musical argentina denominada

(1) En dicho histórico edificio se fundó en 1946 la Concentración de Fuerzas Populares CFP, liderada por el Doctor Carlos Guevara Moreno, esposo de Norma Descalzi Gallinar.
"Aquel maldito tango'" que por su letra algo atrevida la consideraban pecaminosa, la expulsaron ipso facto aunque solo tenía nueve años de edad.

Su padre, caballero europeo al fin, comprendió con pena que en Guayaquil la gente aún estaba muy atrasada y aunque la quería mucho y hasta la prefería entre todos sus hijos, se dio cuenta que era necesario enviarla a estudiar a Italia donde las monjas eran más civilizadas que en el Ecuador y la familia se embarcó para Génova. Poco después ingresó interna al Colegio de las Damas nobles Ursulinas de Rapallo donde aprendió que una chica decente no debe esconder jamás sus sentimientos ni sus ideas, que no debería existir diferencias entre los sexos pues la mujer digna es igual al hombre y debe ser respetada...En fin, a través de las Damas Ursulinas que eran semimonjas (algunas habían viudas, otras eran solteras) comprendió que tendría que luchar en una sociedad dominada por hombres pero no se amilanó.

Todos los días recibía clases de arte y manualidades, los fines de semana iban a excursiones científicas por los campos de Rapallo y de noche a Conciertos, Exposiciones y Operas cuando era temporada. Las visitas a los Museos, algunos bastante alejados, eran por demás instructivas, pues tenían guías especializadas. Y así, sin quererlo, se formó un amplio campo cultural que luego le serviría para brillar en sociedad.

El último año fue externa, su madre había alquilado un cómodo departamento en el Cordo Assarotti para estar con sus hijas Adalgisa, Gioconda, Norma y Julieta, pues los mayores Yolanda, Ricardo y Julio acompañaban al padre en Guayaquil.

Su vida en Italia se vio matizada por continuos paseos de instrucción y amoríos de estudiantes como el que mantuvo con Oscar Lanata de la Universidad de Pavía. En otra ocasión, iba rumbosa por una calle y un loco la siguió y le declaró su amor y como fuera cortésmente rechazado quiso ahorcarla y hasta intentó suicidarse con una navaja. La joven Julieta había dado paso a una señorita de belleza deslumbrante, rubia y de gran personalidad y sobre todo de una desenvoltura especial que la hacía reina de todos los sitios que visitaba.

La sociedad de Génova, Chiavari y Rapallo le invitaba a sus fiestas y en 1.927 impuso en Rapallo la moda de los pantalones a la usanza de Marlene Dietrich en la película el Angel Azul, pero fue duramente criticada por las autoridades eclesiásticas del lugar. Hoy esa moda se ha generalizado entre las mujeres del mundo occidental y nadie dice nada pero entonces era escandalosa y el día que salió a la calle con pantalones tuvo que refugiarse en una casa de amigas para evitar que la lincharan pues el populacho la persiguió a pedradas.

El 28 regresó a Guayaquil de 18 años en compañía de su madre y hermanas. Arribaron en el vapor Virgilio de la Líneas de Navegazione Italiana y en el baile de disfraces del barco ganó el primer premio con un máscara de lentejuelas de gran fantasía y color, y se enamoró de ella el Conde Mario Divani que venía a Chile, y que de regreso hizo escala en Guayaquil, cambió de aros y solicitó la dote, pero al enterarse Julieta de tamaña petición que en América no se acostumbraba pero si en Europa, devolvió su aro al Conde y terminó el romance, que de otra manera hubiera concluido en matrimonio.

Por esos días solía pasar vacaciones en Salinas en casa de las Tous que también acababan de llegar de Europa y se reunían con Amalia y Celeste Boloña Bernardi. Grupo de mujeres bellas, elegantes y de gran distinción. Entre semanas asistía al salón Fortich donde impuso por primera vez en el Ecuador la costumbre de fumar cigarrillos en largas boquillas de marfil, muy a lo savour francés. Esto también escandalizada horriblemente a la sociedad provinciana de Guayaquil y algunas señoritas le quitaron el saludo, que luego se lo devolvían a la vuelta de la esquina.

Para los bailes del Club de la Unión era la más solicitada, entonces se bailaba de alta etiqueta, los hombres de frac y las mujeres de vestidos largos, plumas y abanicos. Su carnet de baile era materia de discusiones y peleas pues todos querían sacarla ya que era considerada una gran bailarina, especialmente de tangos.

Pero lo que más impactó en e1 Guayaquil de 1.930 fueron sus vestidos de baño de dos piezas de caucho que Julieta y su hermana Adalgisa trajeron de Europa y lucieron en las playas de Salinas, la gente hacía cola para verlas y hasta no faltó un viejecito que mandó a pedir sus binoculares a Guayaquil, pues el pobre estaba sometido a una silla de ruedas. Con esos vestidos también se bañaron en las piscinas del American Park y todo Guayaquil asistió a contemplarlas.

Con sus vecinas las Pino Yerovi (la Fila y la Zambita) se iban de picnic a la hacienda de las Rolando en la Isla Santay, a bañarse y a montar a caballo. Las madres las acompañaban como chaperonas. El enamorado de Julieta era Gabriel - Piluco - Pino, también muy gracioso, a quien se le ocurrió un día hacer de Romeo en la obra de Shakespeare. Con tal fin hizo que Julieta se subiera al balcón de una casita de campo y comenzó a recitar el célebre parlamento que comienza así ¡Oh, Julieta, ven a mis brazos!.

Entonces Julieta le cayó encima, él quedó con dos costillas rotas y ella con un esguince en el tobillo izquierdo que aún le duele de vez en cuando, sobre todo cuando hay luna llena.

Con la Chacha Plaza Sotomayor recibía clases de recitación porque les entró la novelería de participar en algunas obras teatrales, de aquellas que se representaban en las veladas familiares de casa adentro por el santo de la mamá o por cualquier otra causa. Con tal motivo fue solicitada por Leonor Sáenz de Tejada de Baquerizo Noboa, presidenta del Belén del Huérfano, para actuar en una obra benéfica en el teatro Olmedo. Rafael Pino y Roca acepto dirigirlas y estudiaron "La Malquerida" de Jacinto Benavente, que se estrenó con grandes aplausos.

Tras este primer triunfo lírico decidió hacer un monólogo o algo parecido y estudió el poema "El Suicida" dedicado a Medardo Angel Silva quien recién tenía 10 años de muerto. El asunto lo guardó en estricto secreto y cuando se abrió el telón del Olmedo y comenzó a recitar, las damas del Belén se horrorizaron y ordenaron que lo bajaran pero Julieta se agachó a tiempo y pudo terminar su poesía ante el atronar de la barra de la galería, formada por gente joven, que la reconocían un líder social.

En otra ocasión, en el teatro Edén, siempre para las mismas damas que ya habían olvidado el incidente, cantó "Los ojazos de mi negro" que gustó mucho y no despertó reacciones pero cuando acto seguido salió a bailar charleston con Guillermo Luque Rodhe, que había aprendido bailes con el Ballet Ruso de Montecarlo, las damas volvieron a horrorizarse al comprobar que la falda larga que le habían ordenado estaba recortada con tijera por la propia Julieta, para sentirse más cómoda y por supuesto, más a la moda. Algunas señoras se escondían las caras con los abanicos, otras se hacían para atrás de los asientos. Al final, como de costumbre, la barra alta salvó el momento y casi se vino abajo de la emoción. Las señoras lloraban de rabia. Algunas hasta juraron que no caerían en otra de las trampas de Julieta, pero al día siguiente, cuando las felicitaban, lo olvidaban todo.

En 1.931, comenzaron a vender abonos para otra función y la gente preguntaba ¿Va a actuar Julieta? Si decían no, no les compraban. Entonces comenzaron a decir si y vendieron en una mañana todo el teatro. ¡‘Tal su fama!.

A final del año su papá Descalzi le permitió que se fuera a los Angeles donde vivía su prima hermana Isabel Vignolo, multimillonaria y presidente de una de las más grandes fábricas de atún - tuna fish - de los Estados Unidos. Ella no tenía hijos pero criaba a una sobrina bastante feucha llamada Giga Descalzi.

Doña Isabel la puso a aprender inglés en forma intensiva cinco días a la semana. Vivían en una mansión situada en el elegante Wilshere Boulevard y una vez a la semana la señora hacía open house para recibir a sus amistades. Este género de vida pronto cansó a Julieta que pidió permiso a su tía para trabajar enseñando el italiano a las gringas en el Club de Italianos por 200 dolares al mes, suma no despreciable por entonces. Y así estuvo varios meses hasta que una tarde que se encontraba con varias amigas tomando té en una acera, un caballero les pidió que lo aceptaran en la mesa pues había pasado por el lugar y estaba enamorado locamente de Julieta. Era nada menos que Stuard Adkinson, multimillonario, Presidente del exclusivo Lake Side Contry Club, pero el romance no prosperó porque él era casado, su esposa estaba en un manicomio y no podía divorciarse de ella por expresa prohibición legal.

En eso su tía le presentó al primo Bob Vignolo, Director de Cine, quien la llevó a trabajar en Hollywood y así fue como sin más experiencia que las reglas elementales de actuación recibidas en Guayaquil de Rafael Pino y Roca, comenzó su carrera de actriz.

Primero trabajó en la película sonora "One day in Spain" con John Mac Krea y Anita Louise, haciendo un pequeño papel de extra, luego fue contratada por el Director Melvin Leroy para el difícil papel de la Emperatriz Josefina en la película Napoleón con Orson Wells. Allí ganó 500 dólares semanales figurando con el nombre artístico de "Juliet Naldi".

Un cameramen llamado Nick Morgani la solicitó en matrimonio en 1.936, época en que trabajó de dama sureña en el gran baile de gala de la película "Lo que el viento se llevo" con Clark Gable y Vivian Leight. La unión matrimonial duró escasamente un año por la diferencia cultural entre ambos.
En 1.938 regresó a Guayaquil tras casi diez años en los Estados Unidos y hablando tres idiomas a la perfección: Inglés, italiano y español. Trajo consigo el mejor ajuar de vestidos y pieles que se habia visto en la ciudad, adquirido en Hollywood; todos eran modelos exclusivos de las artistas más afamadas. Su regreso fue triunfal, volvieron las vacaciones en Salinas y las fiestas en el hipódromo y el Fortich. Solo tenía 29 años y era bella, simpática, de una personalidad cosmopolita, en síntesis mujer de gran mundo.

El 39 conoció en Salinas al Conde Wulf Dietrich of the Rudinhousen, Comandante de la flota de aviones alemanes SEDTA (Servicios Ecuatorianos de Transportes Aéreos) que hacían viajes a Guayaquil, Quito y Cuenca. El amor fue a primera vista, se casaron y fueron a vivir en Quito, pues también era Agregado Militar de la Embajada alemana en el Ecuador. Cabe mencionar que como el Conde no hablaba español ni Julieta el alemán, se entendían en inglés. Según Julieta era feo pero apuesto y varonil, alto y delgado, de gran personalidad y ojos de fuego. Muy fino y educado, le gustaba hacer regalos sorpresas: Por ejemplo, le pedía que se subiera a la terraza del edifico donde vivían para arrojárselos en paracaídas. Que un perrito vivo, que un frasco de perfume, cualquier cosa. La gracia consistía en el vuelo rasante que alarmaba enormemente al vecindario, siempre medroso de algún accidente fatal. Pero a ellos no les importaba.

Lamentablemente el Conde tuvo que partir a Alemania llamado por su gobierno, dejando en Quito su automóvil último modelo y sus uniformes y como falleció en 1941 durante un vuelo en Colonia, la Embajada mandó a recoger los uniformes, no así el vehículo, pues estimaron que era de propiedad de su viuda. "Gesto muy noble de esos alemanes".

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