AGUSTIN DE UGARTE
Y SARAVIA
OBISPO DE QUITO.-
Nació en Bogotá en 1.564 y fueron sus
padres legítimos Agustín de Ugarte y
Ana de Arce y Saravia, parientes del Arzobispo Hernando
Arias de Ugarte (1)
Muy joven fue llevado por sus
padres a España, realizó brillantes
estudios en Salamanca y recibió el Doctorado
en la Universidad de Oñate en Viscaya. Su inclinación
le hizo entrar al estado eclesiástico, se ordenó,
presentó a concurso y obtuvo la parroquia de
Santa Cecilia en la villa de Espinosa de los Monteros
de donde era nativa su madre, luego obtuvo la de San
Sebastián en Burgos, finalmente fue Canónigo
Racionero en Salamanca.
Vuelto a la Nueva Granada a
los sesenta años de edad en 1.624 como Inquisidor
Apostólico, fundó a sus expensas un
Monasterio de Carmelitas en Cartagena de Indias y
en 1.628 fue presentado al Obispado de Chiapa y Guatemala,
siendo consagrado por el Obispo Luís Ronquillo.
En Guatemala dotó una
cátedra de casos de conciencia y asistió
a las sesiones para que no faltasen los clérigos.
Era tan cumplidor de sus obligaciones que estando
enfermo un Jueves santo se hizo bajar en brazos ajenos
a la Catedral a fin de celebrar los oficios divinos.
El 41 le promovieron a la Diócesis
de Arequipa, entró en dicha ciudad el 43, erigió
el sagrario para los curas, construyó la torre
mayor de la Catedral y proveyó a la sacristía
de muchos objetos valiosos. En su tránsito
por Lima fundó el Monasterio del Carmen dándole
un capital de 58.000 pesos e hizo traer de Cartagena
a tres religiosas con las cuales estableció
el convento y clausura, rentando dos capellanes. A
la Catedral de Arequipa dio 4.000 pesos y capitalizó
2.000 para un aniversario de misas. Distribuía
muchas limosnas semanalmente y favorecía con
esmero a los indígenas.
El 46, de 82 años de
edad, le enviaron a ocupar el Obispado de Quito y
recién tomó posesión el 6 de
Enero del 49 en dicha Catedral. Durante los pocos
meses que duró en funciones dio pruebas de
mansedumbre, fervor y devoción, preocupándose
de no romper la armonía con el Presidente de
la Audiencia Martín de Arriola y con los Oidores.
Sus costumbres no podían
ser más edificantes. "Causaba admiración
ver a un anciano levantarse de madrugada en el clima
frío y destemplado de Quito, prepararse con
profundo recogimiento para celebrar la misa todos
los días y reconciliarse casi cotidianamente
antes de acercarse al altar."
El miércoles 20 de Enero
de 1.649 ocurrió que un mestizo de Quito y
tres indios de los contornos se introdujeron una noche
al monasterio de Santa Clara con el propósito
de robarse las alhajas, que no encontraron, entonces
tomaron el copón de oro, consumieron algunas
hostias y "casi sin advertir ellos mismos lo
que hacían, atolondrados por el crimen que
estaban cometiendo, tomaron la urna del santísimo,
varios copones y salieron corriendo". Al siguiente
día las monjas aterradas prorrumpieron en llanto,
se trasladó el Obispo, cundió la noticia,
vino el Presidente, los Oidores y todo Quito a cerciorarse
de la profanación. Hicieron diligencias y el
22 de Enero hallaron en un muladar detrás del
convento la urna desfondada, el copón, los
corporales, la hijuela y algunas hostias, otras aparecieron
dentro de la urna y finalmente algunas más
estaban entre el fango comidas por hormigas. El escándalo
fue mayor y el Obispo hizo levantar del suelo las
hostias y trasladarlas al templo. La tierra del sitio
del hallazgo fue sepultada en el altar y hasta se
decretó excomunión mayor contra los
culpables del sacrilegio, que no se repicaran las
campanas ni tocaran los órganos ni ningún
otro instrumento musical, ni aun en días de
fiestas, que toda la ciudad se vistiera de luto.
Mientras tanto el 29 de Enero
desde las 4 de la tarde se reunieron en la Catedral
todas las Cofradías, las comunidades de los
seis conventos, los clérigos, la Audiencia,
el Obispo, el Presidente, el pueblo entero. A las
7 de la noche predicó el Padre jesuita Alonso
de Rojas y en mitad de su alocución comenzó
el muy alharaquiento a llorar, entonces se escucharon
llantos y alaridos entre gritos de horror de los concurrentes,
presos de histeria colectiva y todo fue tenebrismo,
efecto que buscaba el mencionado sacerdote que ya
gozaba de una merecida fama como orador. A las ocho
comenzó a salir la procesión que recorrió
las veintiocho cuadras de la ciudad y terminó
a las dos de la mañana. Iban adelante una tropa
de penitentes cubiertos los rostros de velos negros,
descalzos y desnudos de medio cuerpo arriba, unos
con disciplinas y otros crucificados con coronas de
espinas, argollas de hierro y pesadas cadenas a los
pies. Seguían las congregaciones con imágenes
y estandartes, los religiosos con escenas de la pasión,
los clérigos con un gran crucifijo conducido
en hombros de los sacerdotes, todos descalzos, con
cenizas esparcidas en sus cabezas y sogas al cuello.
Continuaba el Obispo, el Presidente, los Oidores y
demás miembros del gobierno así como
el pueblo dividido en dos filas con mechones encendidos,
etc. En las iglesias con exposición del Santísimo
se detenían para hacer breves rogativas y solo
se escuchaban los chasquidos de las disciplinas pues
todo era en el más absoluto silencio.
Y solamente para la Pascua
de Resurrección el Sábado 4 de Abril
se cambió el color de las vestiduras, se trajo
la imagen de la Virgen de Guapulo y se la dejó
expuesta en la iglesia de la Concepción. Desde
el siguiente día se comenzó su novenario
pidiendo que se descubra a los autores del sacrilegio
y la ciudad solo hablaba de eso, hasta que al octavo
día, cuando la tensión llegaba a su
máximo aumento pues estaba por concluir la
dichosa novena, siendo el 20 de Abril, una india anciana
e iletrada no se aguantó mas y presa de paroxismos
de terror denunció a los sacrílegos,
que estaban escondidos en Conocoto, tal la psicosis
colectiva. Apresados inmediatamente, tras un juicio
sumarísimo fueron ahorcados y posteriormente
descuartizados sus cuerpos para ejemplo del resto
de la ciudad. No contento con ello el Obispo decretó
que en el sitio de la quebrada donde aparecieron las
formas se erigiera una Capilla que se llamó
del Robo y la quebrada tomó el nombre de Jerusalén,
hoy es la Avenida 24 de Mayo, pues fue rellenada y
urbanizada en 1.922 con motivo del centenario de la
independencia
A los pocos meses el Obispo
se sintió mal de salud y encargó a su
prima María de Saravia que tomara a cargo la
fundación de un Convento de monjas Carmelitas
en Quito pues era un gran admirador de la obra de
Santa Teresa de Avila. Tiempo después se trajo
tres monjas de Lima para iniciar la clausura, una
de ellas llamó María de San Agustín
y era su sobrina, pero ya no estaba para verla pues
había fallecido el 6 de Diciembre de 1.650
de avanzada edad, dejando solo buenos recuerdos excepto
sus exagerados aspavientos con motivo del robo de
las formas sagradas, incidente que detuvo la vida
de Quito durante tres meses, bien es verdad que en
España y sus colonias se vivían los
tiempos de la contrarreforma, época de fanatismo
cerrado y de negación de la vida.
(1) Hernando Arias de Ugarte
nació en Santa Fe de Bogotá y fue enviado
a la Universidad de Salamanca en España donde
se hizo notar por su talento y virtudes. Bachiller,
pasó a la Universidad de Lérida y obtuvo
el doctorado en ambos derechos. Viajó por Europa,
fue designado Oidor de la Audiencia de Panamá
y luego a la de Charcas. En Santiago de Chile obtuvo
las órdenes sagradas y le designaron primer
Obispo de Panamá, tras lo cual ocupó
el Obispado de Quito y el Arzobispado de Bogotá.
Gastó más de tres años en su
visita, confirmando a los indios en el camino. En
1.625 celebró un Consejo Provincial con el
fin de reformar las costumbres. Designado Arzobispo
de Charcas y luego de Lima, murió en esta última
ciudad de 77 años en l.638 con fama de ilustrado
y piadoso.