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MARTIN   DE  MURUA
CRONISTA.- Nació en Azpeitía, Guipúzcoa, España, hacia 1.540, debió estudiar en algún convento mercedario, pero se desconoce el año en que pasó al Perú donde fue Comendador del pueblo de Yanaca, en la provincia de Angaraes y su fraile doctrinero. Conoció y trató al joven Felipe Guamán Poma de Ayala  cuando éste era  interprete en el III Concilio Provincial del Perú celebrado en Lima en l.575, por descender de una familia de lectores de quipus trasplantados desde la región de Guánuco viejo.

Murúa debió quedar muy bien impresionado del joven por su cultura en general, por su amor al arte y a las tradiciones indígenas. Quizá por eso lo llevó de  secretario a la región de Guamanga y lo empleó en llevar la contabilidad. Con el paso del tiempo llegaron a tener vínculos estrechos pues desde 1.583 le dictaba sus pensamientos para que los escriba en castellano, usando una letra menuda. También lo aprovechó para el dibujo de los quilcas o figuras groseras pero muy curiosas, sobre los detalles más importantes de la vida diaria de los pueblos de los Andes en el siglo XVI; mas, el carácter disoluto de Murúa chocaba con el de Guamán Poma, quien  anotara después  en su “Nueva Corónica” que Murúa era un sacerdote promiscuo y sensual. Se engolosinaba imaginando que las indias iban desnudas por los caminos, se ayuntaba con doncellas, para su uso tenía en la cocina a la hija de un indio tributario y cuando quiso birlarle a su mujer, lo que debió ocurrir en algún momento entre 1.604 y 1.606, se le separó.

Entonces el indígena ladino, intérprete culto, que sabía leer y escribir y leer los quipus, debió pensar que podía hacer un mejor trabajo que el de Murúa – menos europeo y más andino – es decir, más ajustado a la realidad, y comenzó a escribir lo suyo.

Murúa  permaneció algún tiempo en Guamanga pero su ministerio le llevó a las tierras de Puno y a la región del lago Titicaca donde fue Cura Vicario de Capachica y Aimaraes respectivamente.

La parte final de su crónica fue escrita en el convento mercedario del Cusco y titula “Historia y Genealogía Real de los reyes Incas del Perú, de sus hechos, costumbres, trajes y manera de Gobierno” en aproximadamente mil doscientas páginas y ciento trece dibujos coloreados.
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En 1.614 se encontraba en Córdova del Tucumán y de allí pasó a Buenos Aires. En 1.616 vivía en Madrid, solicitó el Real Permiso para la edición de su obra que “contiene los retratos de los Incas y las Collas, de sus armas y costumbres” y hasta compuso una versión adaptada para la imprenta, pero su muerte le impidió publicarla.

Nada más se conoce de su existencia a no ser que fue un intelectual muy trabajador, apasionado por todo lo decorativo y suntuario, con marcadas inclinaciones eróticas, sensual y aficionado a las anécdotas, apasionado por los quipus y en general por todos los textiles que describe  y pormenoriza.

La Crónica de Murúa es detallista en extremo pues el autor fue un sujeto muy curioso, que anotaba todo detalle con paciencia extrema y para conocimiento del Rey.

Una copia del manuscrito original fue hallada en  la biblioteca del convento jesuita de San Ignacio de Loyola en Azpeitía y debió ser hecha en Marzo de 1.890 según opinó el Padre Rubén Vargas Ugarte.

El erudito Manuel González de la Rosa quiso darla entera a la publicidad pero solo apareció una parte de ella en 1.911. De esos papeles tomaron la pauta para la segunda edición en 1.922 en Lima y  por entregas, los historiadores Horacio H. Arteaga y Carlos Romero. La tercera, con todas las fallas de las anteriores,  fue de Francisco Loayza. La cuarta corrió a cargo con gran escrupulosidad del jesuita Constantino Bayle en 1.946  siendo ésta la edición príncipe y la quinta es la de Mendizábal Losack del 63.

Existe una segunda versión llamada Códice Galvin, encontrada en 1.996 en la biblioteca de un castillo de Irlanda, propiedad de un coleccionista millonario de ese apellidado, por el antropólogo Juan Ossío Acuña, y existe también otra versión, la tercera, que estuvo en poder del Duque de Wellington, quien la tomó para si durante su estadía en España quizá como botín  de guerra y parece ser la adaptada y lista para la Imprenta. Esta copia fue encontrada originalmente por el gran americanista español del siglo XVIII Juan Bautista Muñoz, que en su búsqueda de papeles para redactar la Historia de las Indias por orden del Rey Carlos III, la vio en 1.785 en el Colegio Menor de Cuenca. Esta copia de Muñoz fue redescubierta en 1.940 por Manuel Ballesteros Gaibrois.

Se ha dicho que Murúa y Guamán Poma son dos cronistas paralelos pero divergentes pues sus obras son muy parecidas y los dibujos de ambas ejecutados por una misma persona, pero en cambio Murúa observa la realidad del mundo andino a través de la óptica del conquistador europeo de raza blanca, mientras que Guamán Poma lo hace desde el punto de vista indígena y andino, es decir, al revés, incluso difiere también en la expresión porque usa una forma especial que Porras Barrenechea ha calificado de quichuañol, por las continuas interpolaciones en quichua de manera que constituye una rara mezcla de ambos idiomas.