ANTONIA
LUCIA MALDONADO VERDUGO
MISTICA.- Nació en Guayaquil el 12 de junio
de 1.646. Hija legítima de Antonio Maldonado
y Mendoza y de María Verdugo y Gaitán,
“nobles y virtuosos aunque pobres de bienes
materiales” y fue bautizada en la Iglesia Mayor;
poco después quedó huérfana de
padre y viajó con su madre al Callao donde
vivieron en extrema pobreza y tanta, que su madre
le puso a hacer cigarros para poderse sustentar. Ya
habían comenzado sus visiones místicas
y vivía arregladamente como si fuera una monja,
haciendo oración, ayuno y penitencia; pero,
su madre, queriendo su bien, pactó matrimonio
con un hidalgo pobre llamado Alonso de Quintanilla
y la obligó a casar; sin embargo, la noche
de bodas le subió fiebre al novio que quedó
como fuera de si hasta el días siguiente que
despertó bueno y sano y salió a negociar.
A la segunda, tercera, y cuarta noche le repitió
la fiebre y a la quinta, por inspiración de
Dios puso un Cristo sobre la almohada entre ambos
y le dijo: Antonia, aquí tienes a tu esposo!
Renunciando a sus derechos conyugales y desde entonces
vivieron como hermanos.
Otra noche que estaba ella
dormida se le descubrió un pie por debajo de
la sábana y don Alonso se hincó a besarlo,
en eso se despertó Antonia Lucía y como
era muy humilde sufrió y lloró. Ambos
formaban una pareja unida y viajaban por mar y tierra
al centro y sur del Perú y así conoció
ella siete provincias, aunque con grandes trabajos
y necesidades, porque hubo, ocasiones en que no tenían
ni para la comida.
Hacia 1.670 estaban nuevamente
en el Callao y ella escogió por confesor al
jesuita Antonio de Céspedes, quien la envió
al Cap. Francisco Serrano a pedirle dinero para comprar
un terreno y fundar un Convento. Serrano compró
un lote en el Callao, empezando a tramitar los permisos,
mientras Antonia Lucía pedía limosnas
para las obras y hasta cargaba tablas sobre sus débiles
hombros y como el asunto llegó a los oídos
de su esposo, éste le dijo: "Yo entraré
de religioso en los descalzos de San Francisco y tu
viste la túnica", refiriéndose
a una túnica morada que Cristo le había
prometido a ella en una visión y así
hicieron ambos, pero poco después murió
repentinamente don Alonso en su convento y Antonia
Lucía pasó al Beaterio, cuya construcción
acababa de terminarse, donde tuvo el agrado de recibir
a su madre que llamó en religión "Hermana
María de la Purificación". Después,
recibió a otras mujeres virtuosas pero en eso
el Cap. Serrano hizo ingresar a una hija suya, de
escasos siete años de edad, a cuyo nombre había
obtenido las dispensas y la puso a mandar, de donde
todo se descompuso y el Beaterio empezó a marchar
mal.
Mientras tanto, en 1.618, Antonia
Lucía, que había cambiado de Confesor
en la persona de Fray José de Guadalupe, fue
ordenada salir del Beaterio y pasar a Lima a fundar
otro, recogiéndose por lo tanto en el de "Santa
Rosa de Viterbo" , en una celdilla pequeña
donde sólo cabía una tarima y allí
estuvo un año, pasando mil penurias, por ser
la celda más retirada de la casa y donde nadie
se atrevía a vivir porque de noche se escuchaban
grandes ruidos y se veía cosas raras, pero
todo lo sobrellevó con paciencia hasta llenarse
de piojos y comer comida agusanada. Después
le sobrevino "un mal de hijada" junto con
otros achaques que la pusieron al término de
no poder coger la frazada en las manos, que era todo
el ajuar de su cama y con los dientes la cogía
y la traía a si, hasta que se abrigaba con
ella. Y estando una noche en oración, vio que
el Señor vestido de su túnica morada,
como se le había aparecido en otras ocasiones,
llegaba a ella y le cortaba las trenzas, le ponía
la túnica, la soga al cuello y la corona de
espinas a la cabeza, diciéndole: "Mi madre
ha dado su traje de pureza para hábito a otras
almas y yo te doy a ti mi traje y hábito conque
anduve en el mundo. Estima mucho este favor que a
nadie he dado mi santa túnica", y volviendo
en sí Antonia Lucía se vio vestida de
Nazarena. Esto le ocurrió después de
un año de andar como estática y tan
abstraída que estaba toda embargada y sin poder
usar de sus sentidos perfectamente. Entonces el provisor
de los franciscanos Fray Pedro Villagómez oyó
decir que Antonia Lucía vestía de morado
y le mandó a sacar el hábito, pero al
visitarla quedó tan prendado de sus virtudes
que luego la iba a ver siempre al Beaterio de Viterbo
y hasta le daba ocho pesos mensuales de limosna.
En 1.683 tomó por Confesor
al Maestro Fray José del Prado, de la Iglesia
de San Ildefonso, y una mañana que meditaba
sobre la fundación de su Convento, vio en la
oración a un sujeto caritativo y comprendió
que él la ayudaría. Días después
recibió la sorpresiva visita del Cap. Roque
Falcón, recién llegado de Chancay, que
le entregó doce mil pesos para que compre una
casa, pues su fama de santidad se había extendido
por toda Lima y quería ayudarla.
Entonces compró un terreno
en la calle de Monserrat y redactó las "Reglas
y Constituciones del Sagrado Instituto Nazareno, principiado
en el Callao y transplantado a Lima", que copió
de la regla del Carmelo, según le fue ordenado
en un rapto por el Espíritu Santo, que le mostró
una lámina de oro grabada con las siguientes
palabras: “La regla del Carmen ceñida
al Instituto Nazareno, vida apostólica, sigue
mi evangelio en ella”. Todos estos sucesos están
referidos por la madre Josefa de la Providencia, quien
escribió en 1.747 la vida cíe Sor Antonia
Lucía del Espíritu Santo, publicada
en Lima en 1.793 y en ella manifestó que hacía
curas milagrosas, unas con su saliva y otras con emplastos
y oraciones y aunque era obedientísima de sus
Superiores y Confesores que la mandaron a retratar
y a escribir su vida, se dio mañas para evitarlo
y un artista que fue tres veces a pintarla no lo pudo
hacer y al fin se dio por vencido diciendo que no
podía sacarla y que era el caso misterioso.
Su confesor el Padre Basilio
de Saizieta la puso a escribir varios cuadernos con
los hechos de su vida y luego los dio a leer. En eso
ocurrió que la Inquisición de Lima persiguió
a una santa llamada Angela y ante el temor que se
hiciera algo parecido con Antonia Lucía, si
caían sus cuadernos en poder de la Inquisición,
el prudente Padre se los devolvió y ella comprendió
que podía quemarlos y los arrojó al
fuego, perdiéndose muchas anécdotas
de su vida.
Más sucesos portentosos podrían seguirse
narrando de su admirable existencia y sólo
diré que a los 63 años de edad le acometieron
palpitaciones al corazón y temblores al cuerpo,
teniendo que guardar cama sin que los médicos
descubrieran el orígen de sus males a no ser
su mucho amor a Dios y sus rigurosas privaciones que
la habían conducido a tal estado de postración
física; y comprendiendo que se acercaba su
fin, dio poder para testar al Hermano Sebastián
de Antuñano y a eso de las dos de la tarde
del sábado 17 de agosto de 1.709 se sentó
de pronto en su cama, puso una mantilla en la cabeza
y levantada se colocó en cruz, con los brazos
extendidos un pie sobre el otro y los ojos vueltos
al cielo y estuvo así por un cuarto de hora,
hasta que dio dos boqueadas y expiró, inclinándose
suavemente sobre si misma y con pausa, sin bajar los
brazos ni apartar los pies, recostándola sus
Hermanas, como si estuviera dormida.
Su cuerpo fue sacado en hombros
de sacerdotes y llevado a un cuarto llamado “El
Belén” donde la colocaron sobre un petate
en el suelo. A eso de las diez de la noche levantó
sus brazos en cruz y así los tuvo hasta las
tres de la mañana; después la depositaron
en un cajón, vestida con un hábito morado
de Nazarena, corona y palma de virgen, porque en numerosas
ocasiones había declarado que lo era. Al segundo
día llegó un cirujano, le pico una vena
de la frente y comenzó a salir agua y luego
sangre que continuó manando por espacio de
tres días en que sucedieron varios hechos portentosos,
sanando muchos enfermos según dicen las viejas
crónicas de esa época y luego la enterraron
en el Beaterio.
Entre sus virtudes estuvo la
de amar el retiro, la soledad y la pobreza y si en
alguna ocasión salía a la calle lo hacía
acompañada y tan acogida y temerosa que daba
pena y llegando a las casas no admitía asiento
de honor, sentándose en el sitio más
ínfimo y sin sacarse la manta de la cabeza
aunque hiciera calor. Varias veces quisieron llevarla
a Palacio y presentarla al Virrey Conde de la Monclova,
pero siempre se defendió diciendo “que
el señor no la llevaba por ese camino”.
Con sus hijas de comunidad
era cariñosa, correcta y prudente, les enseñaba
con el ejemplo y las corregía con delicadeza,
de suerte que jamás le pudieron reprochar ninguna
palabra dura o gesto de aspereza. Solía razonar
sin dificultad y conocía las interioridades
del corazón y la mente de las personas y todos
salían edificados con su compañía,
sin que faltaran los que cambiaron totalmente sus
vidas al conversar con ella.
Para el cumplimiento de sus
tareas domésticas era pulcra y perseverante
y siempre la primera en todo, no desechando oficio
alguno por vil que fuera, entreteniéndose en
ejecutar las cosas más humildes y asquerosas.
Su semana de labores realizaba con gran puntualidad
ejercitando todo con tanto cuidado y fervor que causaba
la admiración de sus hijas, además casi
no comía y sólo lo hacía cada
veinticuatro horas, tomando poquitos de agua, pescado
y dos yemas de huevo. De jueves a sábado no
probaba bocado, los viernes se disciplinaba de sangre
y los demás días con otros instrumentos
de penitencia menor. Su cama era una simple tarima
de madera con una frazada arriba y otra abajo y una
cruz grande al medio con que se abrazaba. Su vestuario
eran dos túnicas blancas, una de jerga gruesa
y áspera y otra suave; y como ya se dijo, la
Morada de Nazarena, encima.
No pudo ver en vida su Monasterio
de Madres Nazarenas porque recién en 1.727
el Papa Benedicto XIII aprobó dicho instituto,
que abrió sus puertas en 1.730 merced de la
generosa donación de sesenta mil pesos efectuada
por María Fernández de Córdova
y Sande, para ampliar el edificio del Beaterio y transformarlo
según las nuevas necesidades. En 1.855 se exhumaron
sus restos que fueron depositados en una cesta de
mimbre forrada de papel, envuelta en una sábana
blanca de lino y todo dentro de una caja de madera.
El 18 de febrero de 1.869 fueron reconocidos por la
Comisión de Médicos que se admiraron
de encofrar el forro de papel, la cesta y la sábana
de lino manchados de sangre fresca.
En 1.954 se colocaron los retos
en otra caja, al lado de los que contiene los del
Hermano Antuñano y ambas permanecen hoy en
el Monasterio de las Nazarenas donde se venera al
lado del Señor de los Milagros, máxima
expresión de religiosidad en el Perú.