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FRANCISCO URBINA JADO
BANQUERO.- Sólo una fotografía se tomó en vida don Pancho Urbina y lo hizo perurgido por la estricta necesidad en 1.925, para sacar su pasaporte en Lima y continuar el destierro a Valparaíso. Entonces tenía 66 años de edad y sufría de cólicos a los riñones y al tener la foto en sus manos pidió el negativo y lo destruyó. Sin embargo, su efigie se salvó para la historia. Aparece con un abrigo de casimir que usaba por el frío de la capital peruana. Rostro blanco e imponente, pelo, bigote y ojos castaños. Su vida se había deslizado entre los destierros.

Nacido en 1.859 cuando el general José María Urbina Viteri, vivía en el Perú con su mujer y sobrina carnal Teresa Jado y Urbina e hijos, en la más absoluta pobreza, había días que no tenían qué comer.

En 1.876 mejoraron las cosas, el General Urbina fue llamado al Ecuador y designado Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente. Su hijo, de sólo 17 años, no estaba preparado para el cambio y empezó a perderse en alegres noches de bohemia, hasta que un buen día se dio cuenta del error y en la Iglesia de San Francisco ofreció a Dios no volver a emborracharse y es fama que cumplió su promesa al pie de la letra.

Enseguida buscó empleo y como era excelente para los números entró de cajero al diario La Nación cuyo propietario Juan Bautista Elizalde Pareja, le conocía. De allí pasó al Banco Internacional y luego al Comercial y Agrícola, donde realizó brillantísima carrera ocupando la Gerencia General en 1.904.

Perspicaz para los negocios, conocedor de las gentes, activo y cuidadoso, fomentó el crédito agrícola y aumentó la exportación de los productos tradicionales de la Costa que alcanzaron crecidos precios durante la Primera Guerra Mundial. En 1.910 llegó a Senador por el Guayas y de allí nació su vocación por la política. Insinuaba ministros, ponía autoridades o daba el visto bueno a los candidatos de la confianza del gobierno. Leonidas Plaza fue su principal protegido. Baquerizo Moreno su amigo. Tamayo su abogado en el Banco. Por eso, muchos le guardaban respeto y otros le temían, no faltando quienes hubieran querido desaparecerlo del mapa; pero todos concordaban en afirmar que don Pancho Urbina era un perfecto caballero, aseado y hasta aprensivo, porque "se resistía al tradicional apretón de manos, sosteniendo que esparcía las enfermedades" y era de verlo cómo caminaba con las manos atrás.

Parco para reír, algunos colaboradores no recordaban haberlo visto jovial y esto -claro está- le proporcionaba un halo de misterio. También se referían truculentas anécdotas sobre su persona. Si concurría a un teatro lo hacía con las luces apagadas y se sentaba detrás de las cortinas de un palco. Nunca permitió que saliera su nombre en los periódicos, rechazaba toda invitación a convites o festejos y hasta le disgustaban los chismes de sociedad.

Su Banco era emisor, ponía en circulación sus propios billetes que imprimía en Londres y llegaban a Guayaquil en cajones. Un secretario los abría, sacaba los fajos nuevecitos y se los presentaba a don Pancho en forma de abanico para que los firmara con su canutero y entraran a circulación. El país vivía con la confianza puesta en el banquero Urbina a quien nadie se atrevía a tomarle cuentas porque eso hubiera ocasionado un pánico de incalculables magnitudes. Los gobiernos le pedían dinero prestado y por supuesto, si pagaban, lo hacían tarde, mal o nunca. El General Leonidas Plaza logró apresar a Carlos Concha merced a la traición de varios de los que lo rodeaban, que se vendieron a los billetes de Urbina y así por el estilo.

Para 1.925 la situación política era candente y el sistema se desmoronaba, Plaza estaba viejo y ya no ejercía mayor control en el ejército. El presidente Gonzalo S. Córdova era cardiaco, tenía descuidado al gobierno y el pueblo pedía cambios sociales y económicos; sobre todo, después de la matanza del 15 de noviembre, ocurrida tres años antes.

La tarde del 9 de julio don Pancho subió a su casa de cemento en Ballén y Chimborazo y a los pocos minutos sonó el timbre de la puerta. Varios oficiales jóvenes se abrieron paso a través de la servidumbre y de los niños que jugaban en el salón central y lo arrestaron, haciéndole caminar hasta su prisión. Allí don Pancho se acomodó en una silla que puso en medio del cuarto y pasó la noche - pensando y sufriendo - con su cólico al riñón. La nefritis lo tenía mal desde 1.919.

Mientras tanto, el mayor Ildefonso Mendoza Vera se había hecho cargo de la ciudad y mandó apresar a más de 800 ciudadanos, muchos de ellos inocentes. Meses después sus compañeros de ejército lo consideraron peligroso y en menos que canta un gallo le dieron de baja. Años después fue candidato a la presidencia por el socialismo y perdió, muriendo olvidado quien pudo haber sido el dictador del país, si hubiera sabido aprovechar su cuarto de hora. ¡Así es la política, no perdona a los que pierden!.

Don Pancho fue llevado el 10 de julio al "Cotopaxi" donde algunos cándidos iban por las noches en canoas a brindarle simpáticos serenos como muestras de criolla amistad y luego lo pusieron en el yate "Venderbilt", sus íntimos consiguieron una orden de deportación y un vapor italiano lo llevó a Lima, siguió a Valparaíso, alquiló una Suite en el Hotel Royal y recibió a su esposa e hijos.

Meses después invitó a almorzar a Jorge Concha Enríquez, Cónsul en Valparaíso, a quien dijo de improviso: "Si yo hubiera adivinado en qué iba a terminar toda esa bandurria -refiriéndose a la guerra de Esmeraldas- no hubiera sostenido a Plaza y su tío Concha hubiera sido Presidente". Se hizo un largo silencio y empezaron a servirse unos percebes generosamente regados en vino blanco, que estaban deliciosos.

Días después, el 10 de enero de 1.926, mientras se aprestaba a cenar con los suyos, dio cuerda a una caja de música adornada con una muñeca bailarina y se desplomó de un fulminante infarto. Entonces trajeron su cadáver a Guayaquil y vino el llanto, el lamento y el crujir de dientes. Todos se hacían lenguas de su bondad, de su inteligencia, de su apoyo al comercio y a la agricultura y hasta se peleaban por los restos. Al fin ganó la Sociedad Filantrópica del Guayas donde era vicepresidente y allí lo velaron en suntuosa Capilla ardiente, con el boato que entonces se gastaba en esta clase de ceremonias.

Hoy se yergue su busto en 9 de Octubre y Machala, desde donde observa imperturbable nuestro actual desastre.

Había casado dos veces Primero con Evangelina Caamaño y García que murió joven y de tuberculosis en Quito y luego, de 56 años, con Dolores Ortiz Robles, muy menor a él, en quien tuvo descendencia que pasó a educarse a Europa y ahora vive en Lima y Guayaquil.

LA CRISIS FISCAL Y MONETARIA EN 1.925

La situación fiscal reflejaba -multiplicada por la ineficienda administrativa- menos ingresos y más egresos.

Para contener en algo los reclamos de la gente y mantener los sueldos de la burocracia, el gobierno recurría a un endeudamiento interno cada vez más agresivo. En 1.914 debía un total de 15 millones 229 mil sucres. Y la deuda fue aumentando... A 17.1 en 1.915. A 20.7 millones en 1.918. Se convirtieron en 25.4 millones para 1.920. 28.2 al año entrante. 32.2 millones en 1.922. Subió a 35.6 en 1.923 y cerró 1.924 con una deuda total de 39'839,541.70. Otra crisis.

El Estado le debía a los bancos. Sobre todo al Comercial y Agrícola. Las condiciones financieras impuestas fueron terribles. Luis Napoleón Dillon las ha descrito con matices dramáticos ...

"Intereses que subieron del 6 al 10%; capitalización semestral de éstos al interés compuesto; acaparamiento de las entradas nacionales so pretexto de servicios acumulados en años y años; depósito de estas rentas sin ganar interés alguno, de forma que los bancos han prestado al fisco su propio dinero; esclavitud del gobierno ante sus acreedores poderosos y absorción por parte del Estado de sumas muchas veces mayores que el propio capital del banco prestamista".

Pero no era sólo el Estado quien se hallaba en quiebra. La otrora omnipotente Asociación de Agricultores, la reunión de los gran - cacao de antaño, le debía al Comercial y Agrícola. 3.5 millones en 1.913, que se convirtieron en 6.1 en 1.917. Un alza del 74%. Entonces Urbina Jado llegó al acuerdo final con la Asociación, para que el banco le entregara a los exportadores el oro en el exterior que producía el cacao. Dillon calificó gráficamente a esta melange diciendo que "la Asociación del cacao se entregó así al banco de los billetes falsos con la efusión de una virgen enamorada en brazos de su primer amante".

Lo de virgen y amante era una metáfora. Aquello de los billetes falsos era trágicamente cierto.

Por aquel entonces, cuando no existía todavía el Banco Central del Ecuador, algunas casas bancarias estaban autorizadas a emitir sus propios billetes. Según la ley, podían imprimir papel moneda hasta por el doble de sus reservas en oro.

Nunca se cumplió esta norma, en gran medida porque el Estado ecuatoriano hacia préstamo tras préstamo para financiar a su propia operación, y esas cantidades se multiplicaron, con la excusa de financiar la guerra contra Carlos Concha, que se había levantado en armas en 1.913, intentando revivir el alfarismo.

Cuando el 31 de agosto de 1.914 se dictó la Ley de Moratoria (que impidió la convertibilidad del papel moneda en oro físico), se salvó al Comercial y Agrícola, que en ese momento tenía emitidos 9'650.820 sucres en billetes, pero que sólo poseía 154.990 sucres en oro físico en sus caja. Sólo el 3.21% de su emisión tenía respaldo legal en oro. El restante 96.79% era inorgánico.

Poco antes de la juliana, la situación era muy similar. Para el 31 de diciembre de 1.923 existían en el Ecuador 30'439.807 sucres circulantes en papel moneda. De ellos 21'481.452 (el 70.5% del total habían sido emitidos por el Comercial y Agrícola. Sumados los restantes cinco bancos con derecho a emisión no llegaban al 30% del total de los billetes circulantes.

Pero las políticas bancarias eran muy distintas de uno a otro. El Banco del Ecuador, por ejemplo, hubiese tenido derecho legal a emitir hasta 4'063,000 sucres en billetes, pero sólo había puesto en circulación 1'381.000. Los más meticulosos habían sido el Pichincha (derecho a emisión real de 5'445.000) y el Azuay (derecho a 1'324.000), mientras el Comercial y Agrícola, seguro de su gigantesco peso político (por la deuda del gobierno) y social (por su vínculo con los gran-cacaos), había rebasado todos los límites.

A fines de 1.923 disponía de 3'590.930 sucres de oro en bóvedas (lo que le hubiese permitido una emisión orgánica de 7'181.860 sucres) pero había lanzado al mercado 14'299592 sucres falsos, al decir de Luis Napoleón Dillon. Como además tenía depósitos sujetos a cheques por algo más de dos millones y medio de sucres, sus obligaciones totales en oro hubiesen sido superiores a los 24 millones de sucres. Y sólo tenía el 14.62% de esa cifra en oro físico.

Si los tenedores de billetes se hubieran presentado a canjear sus papeles en el Comercial y Agrícola, Urbina Jado hubiese tenido que cerrar las ventanillas en menos de una hora".