ALEJO
LASCANO BAHAMONDE
RECTOR DE LA UNIVERSIDAD.- Nació en Jipijapa,
Manabí, el 17 de Julio de 1.840. Hijo legítimo
de José Francisco Lascano y de la Hoz, acaudalado
comerciante exportador de sombreros de paja toquilla
y Josefa Bahamonde Gracés, guayaquileños
adinerados. Fue su padrino Manuel Galeció Ligero.
“Sus padres demostraron
un gran interés por su educación. El
Sr. Pedro Saona fue su primer preceptor en 1.846 y
en Guayaquil tomó clases con José A.
Remón C. y con Camilo Echanique Morán,
pasó al Seminario que abandonó al ser
amenazado con un castigo infamante, siguió
al Colegio Nacional San Vicente del Guayas donde su
rector Teodoro Maldonado Gonzalez le agració
siempre con los primeros Premios.
El 56 viajó a Quito
y logró el bachillerato en Filosofía.
Entonces sus padres decidieron mandarlo a Francia.
Partió el 1° de Febrero de 1.857 y entró
a la Escuela de Medicina de París, considerada
el primer centro científico del mundo, consagrándose
al estudio con bondadoso carácter y alegres
maneras con el profesor Geienau de Mussy. Poco después
obtuvo por oposición el cargo de externo de
la Clínica de Melatón y tuvo como maestro
al gran médico Dujardin-Beaumetz que lo llevaba
a todas las fiestas sociales, incluso a las de gran
etiqueta, en la fastuosa corte del emperador Napoleón
III. También fue apreciado por sus otros maestros
entre los cuales se encontraba el célebre Juan
Martín Charcot, fundador del Museo Anatomopatológico
de la Salpetriere, quien curaba por hipnosis. Existe
un retrato en que ambos aparecen juntos. Otros profesores
suyos fueron el fisiólogo Claude Bemard, el
microbiólogo Luis Pasteur y el químico
Marcelino Berthelot. Al terminar el tercer año
recibió una medalla de bronce. (1)
Después del internado
en la Clínica Lauguier de París y cumpliendo
los siete años de estudio reglamentarios, obtuvo
el Doctorado en Medicina y Cirugía el 17 de
Julio de 1.864 y su tesis mereció los más
elogiosos comentarios del Profesor Jacoub, que en
su obra clásica sobre Medicina la mencionó
en el capítulo de los Medicamentos afrodisíacos.
Tenía 24 años
de edad cuando regresó a su patria y como en
Guayaquil todavía no existía una Facultad
de Medicina, se incorporó a la de Quito el
18 de Julio de 1.866 y operó exitosamente a
Juan Paredes, primo del rector de la Universidad central,
Dr. Manuel Espinosa Nieva, de un tumor eréctil
el hombro.
En Guayaquil fue nombrado miembro
de la Sociedad Médica y poco después
su presidente, todas sus operaciones eran nuevas y
“pronto le acarició el aura popular,
el prestigio y la fama conquistados por su saber y
demostrados en su ejercicio profesional”. En
1.867 fundó y organizó la Facultad de
Medicina del Guayas y hasta llegó a cubrir
de su peculio el no pequeño déficit
porque el gobierno solo entregaba ciento veinte pesos
anuales para todos los gastos. Aparte, sustentaba
las cátedras de Patología Externa y
Medicina Operatoria sin cobrar sueldo.
Era tan grande su clientela,
numerosísima, confiada y esperanzada, que se
convirtió en el primer médico de la
ciudad, por eso en 1.869 García Moreno lo nombró
Médico Vitalicio del Hospital Civil de Guayaquil.
(1) Convidado una vez por su profesor Melatón
a un banquete, donde también asistían
los principales jefes del ejército francés
con su respectivo Estado Mayor, dijo aquel, dirigiéndose
a sus discípulos más distinguidos, entre
los cuales estaban los Dres. Laroche, Dujardin–Beaumetz,
Harge, Damasquino y Lascano, que era el más
joven y estaba por doctorarse. “Los espero mañana
en traje de etiqueta, y añadió, enseguida:
necesario es que yo también me presente con
mi Estado Mayor”.
Lascano dio gran impulso a esa institución
y con el apoyo pecuniario de Jesús Pereira
de Galecio, esposa de su padrino Manuel Galecio Ligero,
estableció una Sala de Maternidad y dotó
de medicinas la botica. El edificio era bastante amplio
y disponía de una Sala de Cirugía. Allí
desarrollaba sus clases prácticas de Cirugía
operatoria y Ginecología, siendo el primer
médico en nuestra Patria en utilizar los célebres
Forcets Pagot.
Entre 1.872 y el 73 presidió
la Sociedad Médico Quirúrgica del Guayas.
El 77 fue designado primer Decano de la Facultad de
Medicina que se acababa, de crear, abrió los
cursos el 15 de Octubre y dictó clases de Patología
Externa. Un año después ascendió
a Vicerrector de la Junta Universitaria.
Vivía con sus hermanas
solteras en el segundo piso de la casa de Carmen Aspiazu
de Pérez, quien habitaba en el primer piso
y fue su entrañable y queridísima amiga
y vecina por muchos años, esquina de la Plaza
de San Francisco. En 1.887 desempeñó
interinamente el Consulado de España en Guayaquil
por su parentesco con los Madinyá Lascano.
En 1.889 amplió la Sala
de Maternidad incrementando el material quirúrgico
con un legado de su padrino Manuel Galecio Ligero,
quien le dejó muchos encargos confidenciales
con la prohibición de que jamás sus
parientes le exigieran cuentas o de razón de
ellos.
En 1.893 fue elevado a la dignidad
de Rector de la Junta Universidad y encontró
que no habían muebles, ni siquiera focos y
funcionaba en un edificio arrendado. Entonces se dedicó
a buscar la manera de dotarla de un edificio propio,
mejor de construirlo y obtuvo del gobierno del Presidente
Luis Cordero la suma de doce mil sucres, que unidos
a los que puso de su propio peculio en rasgo generoso
y ejemplar, sirvió para ejecutar la construcción,
que diariamente visitaba y que concluyó recién
cinco años después a un costo de casi
sesenta mil sucres.
En 1.895 estableció la Facultad de Farmacia
y pidió que los profesores fueren elegidos
por concursos. Al triunfo de la revolución
liberal, Alfaro le hizo padrino de bautizo de su hijo
Colón Eloy, de seis años de edad, a
quien había curado de una violentísima
enfermedad infantil. Electo Senador por Manabí
y Esmeraldas, no concurrió al Congreso pues
era un médico ocupadísimo y soltero,
por no haber tenido tiempo ni para casarse, ya que
comenzaba a las cinco de la mañana la atención
de sus pacientes y así continuaba sin descanso
hasta bien avanzadas las horas de la noche.
Los inviernos solía
viajar a la quinta “Talía” de propiedad
de su tía Cruz Bahamonde en Jipijapa, donde
estableció un consultorio gratuito para el
pueblo, que le visitaba con absoluta confianza dada
su proverbial amabilidad y modestia.
Era un conocedor profundo en
terapéutica, química, biología
y farmacología, así como también
en botánica, acostumbrando a salir al campo
a herborizar.
En 1.896 donó un lote
de libros a la Biblioteca de la recién fundada
Asociación Escuela de Medicina y sus alumnos
lo eligieron Presidente honorario.
Entre 1.897 y 1.901 ejerció
nuevamente el rectorado de la Universidad de Guayaquil
con singulares muestras de ahínco y dedicación,
aunque ya no tenía la salud ni robustez de
otros tiempos, pues la había gastado en el
servicio profesional.
En 1.898 concluyó el
edificio nuevo de la Universidad. Ese año salió
electo Diputado por Manabí y Esmeraldas. Poco
después desmejoró notablemente su salud
a causa de un cáncer lento al estómago
que le mantuvo dasahuciado. La Municipalidad quizo
honrarle en vida y dio su nombre a la prolongación
de la calle Mendiburo, desde Boyacá hasta el
oeste de la ciudad.
En 1.901 le llevó el
viático el Canónigo Pedro Pablo Carbó.
“Saliendo de la Catedral con numeroso y selecto
acompañamiento, a más de los alumnos
de la Facultad de Artes y Oficio que asistieron en
formación y cerraba la marcha la banda de música
de la Artillería Sucre” que tocaba piezas
fúnebres; sin embargo, logró sobrevivir
al trance hasta el sábado 3 de diciembre de
1.904 que entró en agonía a las siete
de la noche y falleció a las nueve, tras largos
y crueles padecimientos, de solo 64 años de
edad.
Su cortejo congregó
a autoridades, amigos, colegas y discípulos
y en el camposanto tomaron la palabra los Dres. Teófilo
N. Fuentes y el estudiante Alberto Hidalgo Gamarra,
sus restos reposan en un suntuoso Mausoleo en el Cementerio
General de Guayaquil.
“Formó y modeló
a varias generaciones de médicos, cirujanos
y hombres de bien, conformando sus mentes y espíritus
dentro del apostolado de la profesión”.
Fue muy popular, cuando iba
por las calles regañaba al artesano que estaba
haciendo una obra defectuosa, sugería métodos
para facilitar o corregir el trabajo, tuteaba a todo
el mundo y ordenaba con autoridad discrecional. Tenía
la facultad asombrosa de adaptar su lenguaje al de
la persona con quien trataba: técnico y docto
con el sabio, decidor y locuaz con el purista y sencillo,
claro y conciso con el rústico.