MIGUEL
LEON GARRIDO
OBISPO DE CUENCA.- Nació en Cuenca el 28 de
Abril de 1.824 en una casa que poseían sus
padres el lado del rollo de San Sebastián en
los extramuros de la ciudad. Hijo legítimo
de Francisco León Avendaño, habilísimo
orfebre que gozó de gran fama en la elaboración
de joyas de oro y piedras preciosas y de María
del Carmen Garrido, una de las jovencitas más
hermosas y buenas de su tiempo y tan piadosa, que
influyó notablemente en la vocación
religiosa de todos sus hijos. Ambos eran ricos en
bienes materiales y espirituales.
“Fue el último
de una familia compuesta de siete hermanos, de los
cuales cinco llegarían a sacerdotes y hombres
de bien. Los apodaban los rollos Leones y eran considerados
proverbialmente por su ciencia y virtudes, por su
celo religioso y tan amantes de la tierra natal, como
los que más lo hayan sido.
Alegre y despreocupado, amó
de niño los esparcimientos ruidosos, las largas
caminatas y a los nueve años, rompiendo con
las reglas de su tiempo, fue matriculado en el Colegio
Nacional y tuvo de profesor a los Dres. Mariano Cueva
y Pío Bravo Vallejo.
Siendo el primero de su clase,
aficionóse a los libros, “acudiendo a
la Biblioteca ávido por asimilar y agotar el
saber y doctrinas de autores fundamentales”.
Lamentablemente, dada la pobreza de libros, no pudo
ponerse en contacto con autores modernos sino únicamente
con los religiosos, lo cual era usual en la Colonia,
de la que se acababa de salir.
Apenas graduado de bachiller
se opuso a la cátedra de filosofía y
al ganarla fue discípulo y maestro por cortos
meses, pues en 1.838 viajó a proseguir estudios
en Quito y se alojó en casa del Dr. Manuel
Angulo. Allí hizo amistad con el joven estudiante
Gabriel García Moreno, con el Presidente de
la República Vicente Rocafuerte, quien demostró
vivo interés por su persona y con otros prohombres
de esos tiempos. Sus protectores Angulo y Rocafuerte
se empeñaron en atraerlo al matrimonio y a
las leyes, pero el joven había decidido entrar
al sacerdocio.
Primero estuvo en el Seminario
de Quito, luego Rocafuerte lo llevó a Guayaquil,
donde fue ordenado por el Obispo Garaycoa el 8 de
Diciembre de 1.847, quedándose en el puerto
como sacerdote secular.
El 3 de diciembre de 1.855
el Vicario Apostólico José María
Yerovi envió al Gobernador del Guayas la nómina
de los aspirantes a curatos en la Diócesis
y entre ellos estaba León. I en un viaje que
hizo a Cuenca obligó al sacerdote Santiago
Matovelle Orellana a reconocer a su hijo natural Julio
y a pasarle una pensión para sus alimentos
y estudios. Era intransigente pero generoso, gozaba
de gran respeto y consideración en la sociedad
cuencana, de allí su influjo sobre el vecindario.
El 24 de Febrero de 1.857 figuró
como Cura Teniente de Palenque, continuando allí
hasta Junio de 1.859 que salió electo Diputado
por Cuenca. Entonces apoyó la dictadura del
General Guillermo Franco Herrera en Guayaquil.
Meses después habló
mal en el púlpito del gobierno Provisorio de
García Moreno, pero casi enseguida fue atraído
a ese partido por varios agentes y convencido de la
bondad de la nueva causa, hizo rezar a sus feligreses
de la iglesia de San Francisco , por el triunfo garciano.
Estos excesos anunciaban su carácter poco común.
En 1.864 tuvo un altercado
con Rafael Borja Villagómez y en 1.868 volvió
a residir en Guayaquil, donde fue Presbítero
y Capellán del Coro de la Catedral durante
el obispado del Dr. José Tomás de Aguirre
Anzoátegui.
Para Febrero de 1.869 había
regresado a Cuenca, pues con su hermano Justo y otros
sacerdotes suscribió al Acta de Pronunciamiento
de Cuenca en apoyo a la revolución de García
Moreno. Poco después intervino a favor del
joven Francisco Febres-Cordero Muñoz, para
que su madre autorizara el ingreso a la Comunidad
de los Hermanos Cristianos de la Salle que acababa
de instalarse en Cuenca. Ese año entró
en aclaraciones con el Gobernador Manuel Vega Dávila
y con Agustín Cueva, por asuntos políticos.
Cierto día el mencionado Gobernador ordenó
su encarcelamiento mientras predicaba en el templo
de San Agustín y tuvo que esconderse por espacio
de tres días en la casa del Canónigo
Alvarez hasta que volvió la tranquilidad. Años
después, otro Gobernador, Miguel Heredia, a
raíz de una actuación de León
en el púlpito de San Francisco, lo redujo a
prisión en esa misma iglesia, que servía
de cárcel a los eclesiásticos y cuando
ya estaba ensillada la mula que lo llevaría
al confínio, el pueblo lo sacó en triunfo
a la catedral, donde predicó de distinta manera,
pidiendo la felicidad del señor Heredia, cuyas
virtudes pregonó ingenuamente ante la atónita
muchedumbre que terminó por creerle un santo.
Por estas rarezas también empezó a ganar
fama de loco o por lo menos de atolondrado.
El 6 de Abril de 1.870 recibió
letras para viajar al Perú por motivos de salud,
del secretario de la Vicaría Capitular de Guayaquil.
Dr. Pío Vicente Corral. En dicho país
debió permanecer solo meses pues “En
unión de sus tres hermanos, ese mismo año
donó la casa herencia de sus padres - para
el orfanatorio de Santa María del Socorro.
Además, reconstruyó con dinero de su
propio peculio la Iglesia de todos los Santos, primer
templo levantado en Cuenca por los españoles
y refaccionó notablemente la Casa de Ejercicios
y la Iglesia del Corazón de Jesús”.
En 1.872 desempeñó
la Capellanía de las monjas carmelitas de clausura
y comenzó a malquistarse con ciertos sectores
de la ciudad, la Priora era una monja zarumeña
llamada Margarita Maldonado a quién puso en
vereda y ordenó que procediera a liberar inmediatamente
a las donadas, internas pobres que hacían de
sirvientas, viviendo en gran número y usando
hábito, pues cada monja disponía de
dos o tres para su asistencia y para los rudos quehaceres
de la Comunidad.
León actuaba siempre
con gran energía y celo, utilizando su dinero
en obras pías urgentes y necesarias, sin importarle
nada más que el bien común y por ello
acostumbraba expresar libremente sus opiniones.
En 1.873 su amigo el Presidente
García Moreno le propuso al Obispo Remigio
Estévez de Toral la exaltación de León
para Arcediano de Cuenca. El Obispo se opuso al principio
pero luego cedió. León se desempeñó
con desprendimiento y altura, principiando en 1.880
la Casa de Ancianos merced a una cuantiosa donación
de Tadeo Torres y al decidido apoyo de su Albacea
Francisco José Moscoso, que después
le ayudaría a edificar la capilla de Lourdes,
destinada a la Asociación de Artesanos.
En 1.880 asistió al
Congreso como Diputado por el Azuay y con su hermano
Vicente votó en contra de la terminación
del edificio del teatro Nacional por considerar que
el arte escénico era perjudicial para las buenas
costumbres. Defendió a los indios del servicio
de guardias nacionales y atacó la libertad
de estudios, pues en materia de Ciencias Políticas
solo había leído las obras de los Padres
de la Iglesia, casi todos medievales.
Al fallecer el Obispo Toral
en 1.883, su fama había crecido en Cuenca y
el Presidente Caamaño le solicitó de
Obispo a Roma, llegando las Bulas el 17 de Noviembre
del 84.
La Consagración episcopal
se realizó en Loja de manos del Obispo de esa
Diócesis, José María Massiá
y Vidiela, el 25 de Enero de 1.885, a donde se había
trasladado León “acompañado de
una selecta comitiva presidida por los Canónigos
Lizardo Abad y Manuel Cuesta y un séquito propio
de músicos ceremoniales, maestros cantores
y melómanos, para los ritos litúrgicos
y para amenizar el fastuoso acontecimiento, presididos
por el destacado Organista cuencano José Rodríguez”.
Estaba en la plenitud de sus facultades. “Poseía
regular estatura, facciones expresivas y vigorosas
agil, inteligentemente, voluntad indómita y
espíritu encumbrado. Sano para sus 61 años
de edad, cetrino el color, siempre rigurosamente afeitado
y vestido. Sus cabellos rizados, su espaciosa frente
surcada, los ojos garzos, la nariz roma en medio de
dos ángulos carrilludos. Todo configuraba su
rostro ancho, plácido, predominante”.
Pero al iniciar su gobierno atropelló a los
Canónigos, sobretodo a Gregorio Cordero, el
más inteligente. Al respecto, para allegar
fondos para la construcción de la Catedral
les rebajó las rentas gravándolas. Luego
amenazó a los pocos políticos liberales
con el “rayo devastador del anatema del Romano
Pontífice”, etc. El 85 fundó la
Iglesia de todos los Santos en la nueva parroquia
de Turi y derogó el ayuno de los viernes.
Quería meterse y corregir
lo que a su real saber y entender le parecía
malo, sobre todo, aquellas desviaciones folklóricas
de la gente del Azuay que vivía inmersa en
“devociones extrañas, ceremonias arcaicas
y espúreas, supersticiones y corruptelas”.
Por eso tuvo que reducir con mano firme al Coro Catedralicio
a la obediencia y a la fe, a través de varias
órdenes y actuaciones, reformando en profundidad;
pero, lamentablemente, sin la paciencia y tino que
tal labor requería, pues era de carácter
muy volado.
León “tenía
todas las virtudes menos la prudencia” y también
se fue contra la credulidad popular. Prohibió
las procesiones, excepto las de Corpus, del rosario
y de la Virgen de las Mercedes. Especialmente criticó
la célebre procesión del Santo Sepulcro
de la Iglesia de San Sebastián durante la Semana
Mayor, que tenía profusión de Almas
Santas, chiquillos disfrazados, la María Magdalena
pecadora arrepentida con beatas, solteronas, bolsiconas
y pecadoras revueltas en general confusión,
folklore que luego terminaba en bebezonas y comilonas
que degeneraban en riñas y trifulcas.
También se las tomó
con ciertas imágenes milagrosas como el Cristo
de la Buena Muerte de Zhiquir, el San Sebastián
gigantesco y vestido como General colombiano y el
arrogante San Miguel Arcángel de las Monjas
Conceptas. El mismo rompió un cuadro primitivo
de la Virgen de la Leche con un seno desnudo y amamantando
a un desnutrido y demacrado San Francisco de Asís,
al que le caía leche de las comisuras de los
labios.
Al mismo tiempo dictó
un Auto declarando excentos de tributos a los indios
pendoneros de las Fiestas Religiosas. Un arancel para
reducir los derechos llamados de Estola. Otro Auto
ordenando la gratuidad de los casamientos, funerales
y sepulturas de los pobres, etc. todo lo cual habla
muy alto a favor de su conducta. Mas, el clero, así
como parte del pueblo, le tomaron fastidio y empezaron
a insultarlo diciendo que era un “rollo borracho,
iconoclasta y loco” pero él siguió
en su santa misión (1) y organizó las
Conferencias teológicas semanales para el clero,
corrigió a los sacerdotes holgazanes y a los
viciosos prohibió toda familiaridad en la confesión,
especialmente de monjas, haciéndoles obligatorias
las visitas a las cárceles y hospitales y hasta
llegó a establecer una estricta contabilidad
de las rentas eclesiásticas. Sin embargo la
mejor de todas sus reformas fue la practicada en los
conventos de Monjas, corrigiéndose muchísimas
irregulares que se cometían desde la colonia,
sobre todo con las donadas.
En 1.885 asistió al
IV Concilio Provincial Quitensi y de vuelta a Cuenca,
tras conocer que en Quito se elevaría una monumental
Basílica Nacional, quiso hacer lo mismo con
la vieja Catedral de Cuenca que amenazaba ruina. Para
el efecto mandó a llamar a su presencia al
Hermano Redentorista del Convento de San Alfonso,
Juan Bautista Sthiel para que diseñara el plano
de la nueva Catedral, que al serle presentado rechazó
porque debía ser un templo grandioso como lo
era su fe.
(1) Como en la intimidad gustaba
de vez en cuando y solamente para combatir el frío,
dispararse unos tragos del fino aguardiente de Loja,
le inventaron que soltaba la lengua en los púlpitos
porque estaba chispo. Todo ello se lo sacó
el Cura del Tambo, Abraham Sarmiento, que no le quería
bien.
Con el nuevo plano realizó en 1.886 la primera
minga de piedras y dijo “Creo en el Dios de
Constantino y es justo que quiera adorarle en un templo
grande como mi fe”. Así empezaron las
gigantescas excavaciones de los cimientos, poco después
abrió con Mariano Abad Estrella una Casa de
Temperancia que tuvo local propio, funcionó
mucho tiempo y fue única en la República.
Ese año concurrió
al Congreso y cometió el crimen de sostener
el establecimiento de los Consejos de Guerra y la
Pena de Muerte por delitos políticos. Julio
Andrade, joven de veinte años, protestó
erguido en las barras contra las sanguinarias arengas
de León y fue aprehendido y arrastrado al panóptico,
donde permaneció varios meses.
El 18 de Marzo de 1.887 trató
de convencer al Coronel Luis Vargas Torres para que
aceptara los últimos sacramentos cuando estaba
en capilla, pero fracasó y optó por
retirarse, comprendiendo las razones del sentenciado.
En Junio facultó al Padre Joaquín Martínez
para fundar la Congregación de la Dolorosa
en la Catedral y desmembró la parroquia Sibambe
cediendo terreno a la Diócesis de Guayaquil.
En 1.888 inauguró el
convento de las Madres terciarias Dominicanas llamado
de Santa Catalina de Siena, así como la Capilla
de San Miguel contigua a la Curia y condenó
la publicación y lectura del periódico
“La Libertad” del joven José Peralta
en Diciembre.
En Febrero de 1.889 condenó
a “La Verdad” del mismo autor, que entonces
publicó “la Linterna” y “La
Razón”, que también merecieron
del fanatismo de León la pena de excomunión,
convertido el Obispo en una especie de Inquisidor
Mayor en Cuenca y en pesquisa contra los enemigos
del orden establecido. Por entonces se le ocurrió,
a través de su discípulo Remigio Crespo
Toral, calificar al teatro de “pináculo
de la inmoralidad y corrupción” en el
colmo del anacronismo y como si aún se viviera
en tiempos de la colonia, también se expresó
en forma denigrante del Emperador Pedro II del Brasil
acusado de masón, y votó en contra de
la participación del Ecuador en la Exposición
Mundial de París, por considerar que dicho
evento “Conmemora el Centenario de una revolución
Impía”. (2).
El 10 de Julio de 1.889 celebró
el Centenario de Creación de la Diócesis.
A causa de estos escándalos,
que se sucedían casi a diario, mucha gente
se burlaba de él. El Alcalde primero de Cuanca,
Luis Cordero, lo multó por acumular en la plaza
principal de Cuenca una enorme cantidad de tierra
excavada de los cimientos de la nueva Catedral. González
Suárez se extrañaba diciendo “que
por esos cimientos pronto y por ensalmo se podría
ver el purgatorio”.
Entonces ocurrió un
incidente que llenó de vergüenza al país.
El Presidente Antonio Flores Jijón dispuso
que fuera el estado quien cobrara los diezmos para
repartirlos con la iglesia, dando primacía
a las obras de utilidad pública. Los Diezmos
eran un derecho feudal que aún imperaba en
el Ecuador. León, saliendo por los fueros eclesiásticos,
lanzó una Excomunión Mayor contra el
mismísimo Presidente de la República,
ocasionando el asombro de los miembros del Gobierno
Progresista y la risa del bando Liberal; pues, parte
del clero y los Conservadores se mostraron completamente
de acuerdo con la medida y tuvo que intervenir el
Nuncio Apostólico, que levantó la pena,
pero el escándalo fue de características
internacionales.
(2) León era inculto,
nervioso, fanatizado e intemperante. El 7 de Marzo
de 1.888 Emilio Arévalo, en el No. 4 del periódico
“El Pueblo” de Guayaquil, le dirigió
una Carta Abierta, increpándole por sus excesos
y llamándole comedidamente al orden, al igual
que a Crespo Toral. Ni el uno ni el otro se dieron
por aludidos. En Febrero de 1.889 se publicó
en Cuenca una hoja titulada “La Voz del Azuay”
criticando sus abusos. León contestó
airadamente e indicó que tras de esa hoja se
veía las orejas del lobo. Crespo Toral se sumó
a León y afirmó, que los autores de
la hoja eran "liberales de negros hechos y perversas
doctrinas”.
En la casa conventual de Baños, el Párroco
Miguel Coronel reunió a un grupo de conspiradores
formado por Benigno Palacio Correa que hizo las veces
de capitán, León Piedra, José
Antonio Alvarez, José Antonio Piedra, Manuel
Cuesta, Vicente Ferrer Alvarado, Mariano Borja, Francisco
de Paula Correa -quien de estudiante del Seminario
había sido mandado a azotar públicamente
por León- para solicitarle al Arzobispo Ignacio
Ordóñez Lazo su suspensión “basada
en catorce acusaciones, a cual más dolosa y
burdas que el sacerdote Manuel Cuesta se comprometió
a llevar personalmente a Roma, junto con una botella
de fino polvo de oro procedente de las minas de Santa
Bárbara de Ayllón”. En dicha comunicación
se pedía que León fuera reemplazado
por el padre Palacios Correa.
El Arzobispo Ordóñez
acogió la petición y de acuerdo con
el Nuncio Macchi mandó a Cuenca a su Secretario
González Suárez a practicar un Informe
Canónico secreto, pues jamás se le permitió
a León la defensa, como hubiera sido lo justo.
Dicho Informe fue presentado al Presidente Flores
Jijón en forma reservada, quien se alegró
muchísimo como es fácil suponer y de
allí fue enviado a Roma.
En Septiembre de 1.890 arribaron
a Quito las Bulas de Suspensión. El Nuncio
Apostólico, para evitar la vergüenza León,
le solicitó en secreto que renunciara; mas,
este se negó de plano, aduciendo que una renuncia
sin voluntad no es renuncia y que prefería
que lo suspendiera. I como el asunto había
logrado trascender al público, se desató
una campaña de prensa que fue degenerando en
acaloradísima polémica.
El jefe de los sacerdotes completados
había sido designado Administrador de la Diócesis
y fue encargado de notificar la suspensión.
León se encontraba acompañado de su
hermano Justo en su hacienda de Chaullabamba. Palacios
Correa se presentó compungido y enseñó
el documento de rodillas y con la vista baja, casi
no podía musitar palabras. León, informado
del complot por el Nuncio cuando ya era tarde, sobreponiéndose
a si mismo, levantó a Palacios y lo abrazó
con efusión de padre diciéndole “El
que anuncia la voluntad de Dios debe hacerlo bendiciendo
a Dios y no llorando. Dios quiere que tu gobiernes
la Diócesis, soy el primero en rendirte obediencia”.
Cuenca se llenó de estupor
y formáronse dos bandos. El país se
sacudió ante la injusticia, pero el Obispo
no fue enteramente desplazado del escenario político
y social; pues, habiéndose llevado el asunto
de si podía seguir vistiendo de morado, a los
sesudos padres dominicanos, estos opinaron que si.
Entonces León escribió una defensa donde
ponía los puntos sobre las íes, aclarando
los asuntos mencionados en las catorce acusaciones;
pero comedió el error de consultarse con su
hermano Justo, quien le pidió que lo echara
al fuego y así quedó el asunto en el
misterio, como hasta ahora lo es.
Desde hacía algunos
años el Obispo León venía desempeñando
las cátedras de Filosofía, Teología
y Matemáticas en el Seminario y en el Colegio
Nacional y siguió haciéndolo tras la
suspensión. En 1.890 actuó en el Congreso.
En diciembre de 1.891 fue electo
Rector de la Universidad de Cuenca en público
desagravio pero fiel a su política de mano
dura, estableció una celda para castigar a
los alumnos que no se confesaran ni comulgaban periódicamente,
convirtiendo a la Universidad en un claustro medieval,
digno de los tiempos de las sangrientas cruzadas.
Realmente admira a la inteligencia
y contrita el espíritu cómo un hombre
decidido, firme, digno y generoso como él,
pudiera ser al mismo tiempo tan atrabiliario, fosfórico
y conflictivo. Los cuencanos recordaban que al pobre
seminarista Correa habíale mandado a dar de
azotes a cuero limpio por una falta inocente, castigo
que indignó tanto a Correa que hizo que salieran
huyendo del seminario y fuera a esconder su rubor
en Lima por algún tiempo. El mismo León
tuvo problemas con profesores tan respetables como
el latinista Tomás Rendón Solano, a
quien reclamó fuertemente por un atraso a clases.
También tuvo choques con la Biblioteca Pública
a causas de ciertas obras constantes en el índice
Romano que quería que fuera expurgadas y prohibidas.
En 1.893 volvió a las andadas y sermoneó
al bibliotecario Dr. Manuel Farfán porque no
había concurrido a la Catedral el Domingo de
Ramos ni el Viernes de la Semana Mayor, de suerte
que se creía con derecho a participar en la
vida privada de la población y a opinar en
asuntos tan íntimos como las prácticas
religiosas. Si León hubiera tenido una formación
menos estrecha seguramente habría pasado a
la historia del Ecuador como uno de los mayores exponentes
de la iglesia en el siglo XX por que arrestos no le
faltaron.
En 1.894 volvió a asistir
al Congreso como Senador por el Azuay y en el sesión
del 20 de junio en que se debatió la calificación
del Senador Felicísimo López por estar
excomulgado, anatemizó al que asegurara que
en conflicto de una ley Canónica con otra Civil
debía prevalecer esta última y trató
a la Constitución del Ecuador de “mero
librito”, produciendo la justa reacción
de las personas sensatas del país.
Aún suspenso seguía
siendo la primera figura del Azuay bien es verdad
que no se había designado su reemplazo, de
suerte que la suspensión -calificada por algunos
historiadores como martirio- no le era intolerable.
Vivía en comunidad con sus hermanos mayores
en la casa familiar de la calle Santander, escuetamente
amoblada, retirándose tras el diario ministerio
sacerdotal a coloquios fraternales y prácticas
piadosas en familia, desbordante de paz, sociego y
santa placidez, conservado su eterno sentido del humor,
al punto que cierta tarde le pidió a su hermano
Justo, que el día de su muerte no lo fuera
a enterrar junto a un tonto “pues a pesar de
que Nuestro Señor nos ha ordenado amar a los
tontos, nos previno contra la compañía
de ellos, en su parábola del ciego que guía
a otro ciego, porque la tontera es contagiosa”.
El 5 de Junio de 1.895 se produjo
la revolución liberal en Guayaquil, triunfaron
los alzados en Gatazo y entraron en Quito. Los cuencanos
se levantaron en armas y al ser dominados, salió
León a interceder por ellos. En Octubre fue
reemplazado con el Dr. Luis Malo Valdivieso en el
rectorado de la Universidad.
En agosto de 1.896 se entrevistó
con el Presidente Eloy Alfaro para que se mostrara
magnánimo con los vencidos. Reiniciadas las
operaciones militares recibió en su casa al
rebelde Coronel Alberto Muñoz Vernaza que estaba
gravemente herido. Luego insistió en la mediación.
Alfaro recibió al Dr. David Neira con quien
entró al día siguiente en Cuenca y visitó
a León en su casa. De allí en adelante
el asunto de su rehabilitación se convirtió
se tema de actualidad (3).
Durante la gobernación
del General Manuel Antonio Franco en Cuenca, se ganó
tanto su confianza que éste terminó
por reconocer que en dicha ciudad solo había
tres sacerdotes buenos: Miguel, Justo León
y Javier Landívar. Por su intermedio, muchos
perseguidos consiguieron que los dejaran en paz porque
León, a los ojos de los liberales, era considerado
un perseguido más por la reacción ultramontana.
En 1.898 celebró sus
Bodas de Oro Sacerdotales y fue felicitado en hermosa
carta por el Arzobispo Pedro Rafael González
Calisto. Esto se consideró como su rehabilitación.
Durante las conversaciones
con el Nuncio Juan Bautista Guidi, el gobierno ecuatoriano
solicitó su rehabilitación que posiblemente
se hubiera obtenido; pues, al poco tiempo, Alfaro
envió por medio de nuestra Cancillería
una misiva personal al Cardenal Rampolla. La salud
del Obispo
(3) En esa empresa ayudaban
los sacerdotes Víctor Novillo, Gregorio Cordero
y Miguel Ortega Alcocer, quien llegó a dar
de bofetadas al Cura de San Sebastián, Mariano
Hermida. En defensa del prelado.
había decaído notablemente, tenía
el rostro pálido, el pelo canoso y había
bajado treinta libras, ya ni salía a la calle,
viviendo recluido en su dormitorio que había
convertido en Capilla privada, dedicado al rezo continuo.
Era como un niño y su carácter otrora
enérgico habíase trocado en angelical,
pues sonreía por todo.
Un día le confesó
a su hermano: “Estoy bebiendo agua en demasía.
Mi sed es intensa, abrasadora. Los hombres abusan
del agua, juzgo ser uno de ellos pues bebo hasta no
más y la sed no se mitiga. ¿Qué
debo hacer? Siendo respondido - Nada, sino ofrecer
a Dios los tormentos de la sed. I desde entonces no
volvió a beber ni una gota de agua.
Estaba diabético sin
saberlo y como no se disponía en Cuenca de
los elementos necesarios para diagnosticar tal enfermedad,
no hubo forma de que se enterara ni tomara medicina
alguna y murió el 31 de marzo de 1.900, lleno
de una paz imponderable, única, según
propia confesión.
Su cadáver fue embalsamado
y colocado en suntuoso féretro que se veló
en la Catedral. La música Sacra corrió
a cargo de su amigo el organista Rodríguez,
como hubieran sido sus deseos.
Este gran Obispo, grande por
sus numerosos aciertos y más aún por
sus abusos y excesos en defensa de una ortodoxia ridícula
por anacrónica, tuvo celo intemperante por
hacer el bien, sobretodo, la caridad.
Fue fanático en lo que
creía el bien, abusó contra la prensa
liberal, persiguió con seña inaudita
a valiosos jóvenes como José Peralta
por el solo delito de discrepar; sin embargo, tuvo
la rara cualidad de ser el Sacerdote de los bellísimos
Cristo de Miguel Vélez y de las catedrales
artísticas, pues jamás soportó
la fealdad de los Cristos llagados o deformes, ni
de los cuadro coloniales, por primitivos. Quiso modernizar
a la iglesia en su culto externo, elevando sus ritos
y prácticas y librándola de todo aquello
que fuera folklórico y pueblerino.