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BELISARIO QUEVEDO IZURIETA
SOCIOLOGO.- Nació en Latacunga el 6 Noviembre de 1.883. Hijo legítimo del Dr. Belisario Quevedo Figueroa, alumno de la Politécnica donde se graduó de agrimensor, luego famoso abogado, Diputado a la Convención de 1.884, Ministro Juez de la Corte Suprema y VIII Rector del colegio Vicente León (H. 1. a su vez del Doctor Rafael Quevedo, abogado latacungueño, Ministro de la Corte Suprema, II Rector del Vicente León y varias veces Diputado) y de Rosa Izurieta Moscoso, mujer muy devota y dotada de gran capacidad y energía, naturales de Latacunga.

Miembro de una dilatada familia, realizó los primeros estudios en su ciudad natal era de carácter tímido y apocado hasta en los juegos infantiles, característica que con gran tenacidad logró superar yendo por las tardes a estudiar al cementerio de San Diego para hacerse varonil.

En 1.902 se graduó de bachiller en el Vicente León, paso a Quito, ingresó a la Facultad de Derecho a la Universidad Central, al mismo tiempo se dedicó al comercio mayorista de granos con notable éxito económico.

En 1.904 inició sus publicaciones en la Revista de la Sociedad Jurídico- Literaria de Quito con un ensayo sobre el “Génesis y primeras manifestaciones del Poder Civil”, estudiando las causas que influían sobre la conducta del individuo y la sociedad ecuatoriana de su tiempo. Fue su primer momento en las experiencias de lo propio y a partir de allí evolucionó “desde un racionalismo de matices románticos a un positivismo científico que ligaba el orden social a los aspectos económicos, siempre en permanente reforma. Quevedo comprendió que se debía comenzar por la reorganización de la raza indígena de la Sierra y la ilustración. I tuvo nociones del socialismo, conoció el Materialismo histórico, pero prefirió ser positivista en filosofía y radical socialista en Política.
En abril de 1.905 formó parte de la “Liga ecuatoriana de libres pensadores” y al cumplirse el I aniversario de fundación pronunció un discurso que fue impreso en 10 páginas, sobre las ventajas del libre examen “como posición científica y realista que rompe con el pasado y blande no una idea, sino un ideal”; esta pieza filosófica concluyó con un llamamiento por la liberación de la conciencias, que dicho a los diez años del triunfo del liberalismo, cuando aún el Ecuador no era un país de conciencia liberal y los universitarios pugnaban para que lo fuere, causó conmoción.

En 1.906 fue Secretario Privado de Alfaro después del triunfo de Chasqui y luego fue designado profesor de Filosofía en el Instituto Nacional Mejía, concurriendo a la Asamblea Constituyente como Diputado por la provincia de León y formó con Juan Benigno Vela y Luis Felipe Borja hijo, lo más granado del bloque independiente, opositor del gobierno; pero el Ministro José Peraltacon justísima razón, le reclamara: “Usted es empleado público y no puede estar contra el gobierno” y Quevedo respondió: “por el hecho de ser empleado no he venido constituirme en esbirro y en este asunto debemos obrar como hombres libres y no como simples maniquíes”. Ese incidente provocó su alejamiento definitivo del liberalismo y a la hora de votar para la elección presidencial, lo hizo contra Alfaro, lo cual revela los graves conflictos internos que ya dividían al liberalismo.

En marzo de 1.907 pronunció un discurso sobre educación, realidad e historia, en la Velada de distribución de premios del Mejía. Este trabajo se publicó en diez páginas en la revista de la J. L. y organizó y presidió el Centro Universitario, encabezando la protesta en Quito contra la suscripción del Contrato Charnacé para la construcción de los ferrocarriles, uno entre Bahía y Vinces y otro hacia el Oriente, pagados con la entrega de amplias zonas de terrenos baldíos en la Costa y Oriente. Con tal motivo participó en la manifestación de estudiantes universitarios que también reclamaban sufragios libres y como fuera calificado de crimen “el que los empleados del Gobierno intervinieran en esta campaña”, que el Gobierno la estimaba sediciosa, renunció la cátedra de filosofía en el Mejía.
Poco después se consumó el fraude impidiendo que se inscribieran para votar los estudiantes y obreros. La Sociedad Artística e Industrial del Pichincha canalizó la indignación popular a través de una manifestación qué salió a las calles del 25 de abril. Quevedo portaba el pabellón nacional y al llegar a la Plaza Mayor fueron agredidos por los soldados de la Artillería “Bolívar” que los dispersaron a tiros y sablazos, recibiendo un garrotazo -que según presunciones- le produciría más tarde la epilepsia que lo llevó a la tumba a los 38 años de edad, aunque esta hipótesis es poco probable por ser la epilepsia una enfermedad generalmente hereditaria.

Herido y todo fue llevado detenido al Panóptico donde permaneció varias semanas y una vez en libertad, tuvo que ausentarse de Quito para evitar la repetición del vejá men.

En 1.909 presidió la delegación universitaria que concurrió al primer Congreso de estudiantes de la Gran Colombia celebrada en Bogotá. Al año siguiente, durante la movilización nacional decretada para el conflicto armado con el Perú, fue Sargento encargado en el batallón Cotopaxi.

A fines de 1.911 realizó la campaña militar contra las fuerzas combinadas de Flavio Alfaro y Pedro J. Montero y fue ascendido a Ayudante Mayor del Cotopaxi.

En 1.912 reingresó al Mejía dictando la cátedra de Historia por algunos años y dedicó el discurso “Política Religiosa” a sus alumnos, especialmente a los del cuarto curso, publicado como artículo, un año después, en la Revista de la Sociedad J. L. en 10 páginas. Allí manifestó: “nada de lo que a la Patria se refiere puede caer en el campo de la indiferencia” y enfocó el problema religioso, criticando la inutilidad de la intensa vida monacal de los conventos del Quito de entonces.

Fue de los cofundadores del diario “El Día” y difundió las obras socialistas que llegaba a conocer mediante estudios y artículos presentados en dicho diario y en otros del país. En “El Día” colaboraron Ricardo Jaramillo, Julio E. Moreno, Rodrigo Jácome Moscoso, Benjamín Carrión, Rafael Alvarado, Isaac J. Barrera. Pío Jaramillo Alvarado y Carlos H. Endara todos ellos fervorosos opositores al gobierno del General Plaza.

En 1.913 ocupó la presidencia de la Sociedad Jurídico-Literaria. Ese año escribió sobre la “Importancia Sociológica del concertaje” en 4 páginas y en 1.916 volvió sobre el tema con “El Salario del Concierto” en 8 páginas, expresando: “todo obrero tiene el derecho inalienable al salario mínimo; el salario mínimo del Concierto está representando por el salario nominal que percibe, más la deuda que cada día crece sobre sus espalda” y también publicó “El Concertaje y la leyes naturales de la Sociedad” en 4 páginas, manifestando que el trabajo agrícola estaba considerado en el Ecuador como en la edad media. Este artículo se leyó en la Casa del Obrero de Quito y causó, como todo lo suyo, honda impresión.

Igualmente dio a la Luz “La Sierra y la Costa” en 6 páginas donde explicó las influencias del clima sobre la conducta y el carácter de la población, dejando mal parados a sus paisanos.

1.916 fue un año decisivo para su vida pues ascendió a Vice-rector del Mejía y dio comienzo a su texto de Historia Patria. En ese año fue invitado como periodista a la Cámara de Diputados y expreso: “Nuestra condenación de la revolución de Esmeraldas no significa ni podría significar adhesión al gobierno que subió al poder en la forma impositiva que lo hizo. Renuncie el General Plaza a la presidencia de la república, dando de este modo la Paz al pueblo ecuatoriano y entonces si le aplaudiremos de todo corazón. En 1917 trató sobre “Historia, Filosofía de la Historia y Sociología” en 15 páginas y el Presidente Baquerizo Moreno lo designó Director General de Agricultura, coadyuvando para la abolición del concertaje en el país.
En 1.919 salió por entregas el texto “Historia Patria” que alcanzó 246 páginas y del que existen cuatro ediciones. Esta obras se había originado en unos humildes apuntes de sus clases “señalando los principales procesos históricos del país, con los esquemas del psicologismo, del positivismo y del marxismo, corrientes de las cuales dependió, fundamentalmente; sin embargo, fue más allá delineando los problemas del país y sus posibles soluciones, aunque por la pobreza de fechas y datos anecdóticos fue considerado únicamente como un texto para el segundo nivel. Quevedo nunca fue un historiógrafo.

En 1.918 se habían agudizado los ataques que venía sufriendo por largo tiempo y quizá para buscar algún alivio decidió establecerse en Latacunga y aceptó el rectorado del “Vicente León” donde había laborado sus padre y abuelo, “logrando salvar al establecimiento de la mediocridad en que iba cayendo por el mal escogitamiento de profesores” y tras penosas jornadas de sufrimiento y habiendo arribado finalmente al convencimiento socialista, mas bien como un teórico esperanzado en mejores días para la Patria, falleció en medio de la obscuridad del horizonte, en Latacunga, el 11 de noviembre de 1.921, de sólo 38 años, “cortándose abruptamente su trayectoria intelectual que quedó inconclusa”. Cuatro años después se produciría su tan anhelada revolución, la Juliana.

“Penetró como pocos en la realidad nacional y no se alucinó con falsas grandezas, pues gustó de decir a sus compatriotas lo que él creía conveniente para la generalidad. Franca, abierta, clara y robusta fue su forma de pensar y por eso fue acusado de ser un tanto rudo y extremista en sus conceptos”.

Como González Suárez, sólo se preocupó de las cosa de la patria, considerando un lujo sin importancia a todo lo demás; por ello, no fue un hombre de preocupaciones sórdidas ni mezquina; actuaba como maestro generoso que compartió lo suyo, paseando por la vida el drama de una cruel dolencia que le impidió contraer nupcias como a la heroína de la novela “María”, porque entonces se consideraba a la epilepsia una enfermedad incurable, enervante y hasta vergonzosa. Tal su figura evanescente y fugaz; pero, dejó por herencia el amor a la Patria por sobre todas las cosas y tuvo para ella las más altivas miras, deseando su adelanto a través de la educación civilizadora de sus hijos.

Pesimista y desencantado, no tuvo ambiciones de poder ni doblegó su conciencia antes los poderosos. Reposado, estudioso y meditativo, no contó con una sólida formación científica como Alfredo Espinos Tamayo, ni con la erudición y versatilidad de Pío Jaramillo Alvarado, pero fué el más directo de los tres, pues decía las verdades como con cauterio.

Su manía por el ahorro lo llevó a practicar una vida de privaciones y austeridad casi total dentro de la más estricta rectitud moral y como su ilustre paisano el Dr. Vicente León, que falleció en el Cusco dejando una gran fortuna ahorrada al centavo para la fundación del Colegio que lleva sus nombre en Latacunga; Quevedo, dejó lo suyo, compuesto de una hacienda y una casa de las mejores de la ciudad, heredadas de sus padres, para la fundación de un Monte de Piedad como ayuda para los obreros de la provincia del Pichincha de acuerdo con una ley promulgada en 1.913 cuando había sido Diputado, y fueron sus albaceas la Sociedad Jurídico literario de Quito y la Artística e Industrial del Pichincha.

En 1.922 apareció en la revista de la Sociedad J. L. su “Metodología de la Historia” en 24 páginas y su fiel amigo, heredero y editor de sus escritos póstumos, Roberto Páez, publicó en 1.931 un volumen sobre “Sociología, Política y Moral” en 196 páginas, con sus escritos y apuntamientos sobre los aspectos teóricos destinados a la solución de los Problemas nacionales, en el volumen VIII de la colección “La biblioteca Ecuatoriana” de los hermanos Rumazo González. La Biblioteca Ecuatoriana Mínima en 1.960 y el Banco Central en 1.981 han republicado varias de sus obras.

Mas bajo que alto, trigueño, pelo y bigotes negros y crespos, amplia frente poblada de cejas espesas y ojos hundidos donde se leía la cruel dolencia que lo agobiaba, fue un varón que pensó muchos y vivió en su ley moral, combatiendo el error y el vicio por enemigos de la inteligencia y la libertad. Como profesor era excelente y aún se le recuerda, pero vivía ensimismado y cuando salía del Mejía solo permitía que lo acompañara su alumno Fernando Chávez, después iniciador de la novela social con “Plata y Bronce”. Juntos se encaminaban a la casa de Quevedo situada en la 10 de Agosto y 18 de Septiembre, donde el maestro subía sólo, pues era muy retraído, vivía con su madre, una hermana soltera, llevaba reservadamente su enfermedad y no tenía servicio doméstico. Por otra parte, nunca se le conocieron aventuras galantes ni hijos en la calle; su moralidad era victoriana.