DOLORES
SUCRE LAVAYEN
POETISA CORONADA.- Nació en Guayaquil en 1.837.
Hija legítima del Coronel José Ramón
de Sucre y de la Guerra, nacido en 1.798 en Cumaná,
Venezuela, que realizó las campañas
militares de su Patria y de Nueva Granada y posteriormente
combatió en Junín, Ayacucho, el sitio
del Callao y Tarqui y de la guayaquileña Mercedes
Lavayen y García, casados en 1.834, Vocal de
la Junta Curadora de niñas en 1.845, mujer
intelectualizada para su tiempo.
A los siete años de
edad recibió las primeras letras de su madre,
mujer culta y activa “que desenvolvió
su vida en un medio que negaba la participación
de la mujer en igualdad del hombre” y asistió
a la escuela de la preceptora Cruz Andrade Fuente
Fría de Drinot, “quien la inició
en el cultivo de las bellas letras adivinando que
en el pecho de la niña que recién gorjeaba,
se agitaba un mundo de lirismo y de poesía.”
De quince años apenas
ya daba muestras de poseer un talento nada vulgar
y versificaba hasta por mera distracción. Poco
después se enamoró perdidamente de un
joven inglés apellidado Perinmen, quien correspondía
sus anhelos con nobles y profundos sentimientos y
cuando ya estaba fijada la fecha de la boda; ocurrió
que, estando el novio aceitando un arma, se escapó
el disparo que segó su vida. Dolores “se
entregó por entero a su dolor y a la poesía,
surgiendo de sus labios rosas y lirios para el amado
y toda una gama de perfumadas flores para Dios, la
Patria, la verdad y la virtud, temas que serían
constantes en su inspiración románticas
y añorosa." (1)
(1) Fernando Jurado Noboa ha opinado que le principiaba
una neurósis histérica, camuflada luego
en sus fantasías, sus excentricidades y su
poesía exageradamente patriótica.
Entonces visitó Guayaquil el inspirado vate
español Fernando Velarde y de él aprendió
a “expresar sus sentimientos en un lenguaje
brillante, castizo y a veces fantástico”.
El le dedicaría la siguiente estrofa: //También
padeces y también deliras,/ sensiblemente americana
hermosa/ y en tus insomnios lúgubres suspiras/
por la futura libertad gloriosa”//
En 1.870 visitó el Perú
y fue presentada por su paisano Numa Pompilio Liona
en el Ateneo de Lima, siendo admirada por Pedro Paz-Soldán
que escribía con el seudónimo de Juan
de Arona, por Clemente Althaus y por Ricardo Palma.
Posteriores viajes a Lima le permitieron ingresar
a las célebres tenidas del “Círculo
Literario” y. trabó amistad con escritores
de la categoría de Teobaldo Corpancho, Carlos
G. Amésaga y Clorinda Matto de Turner, autora
de “Aves sin nido”, novela indigenista
y anticlerical, que abrió una nueva etapa en
las letras femeninas americanas.
Desde el 10 de enero de 1.871
colaboró en el periódico religioso y
literario “La Esperanza” y vivía
en la Parroquia del Sagrario con su padre y hermanos.
En 1.874 falleció su madre que tanto la había
alentado en sus afanes literarios y el 11 de agosto
de 1.880 su padre, entrando una discreta pobreza al
hogar compuesto de otras dos hermanas solteras llamadas
Carmen y Obdulia, con quienes empezó a recibir
alumnas, desde el 1° de enero de ese año,
en su casa, enseñando a leer y a escribir,
las cuatro reglas y labores de mano, así como
lo necesario para la vida social de la época.
La Escuela de las señoritas Sucre pronto estuvo
considerada entre las mejores del Guayas junto a la
de las hermanas Fuentes y a la de Rita Lecumberry
Robles.
En 1.881 colaboró en
la revista el “Album” y en la “Guirnalda
Literaria” por paga exigua, y formó parte
de la Sociedad de Beneficencia de Señoras donde
su tía Dolores Jiménez de Sucre ocuparía
la presidencia seis años después.
Igualmente, por influencia
de la poesía de Llona y acordándose
de los gloriosos hechos militares que le había
referido su padre, su romanticismo inicial volvióse
de corte clásico, académico y social
y fueron los temas cívicos sus preferidos.
Fue, pues, una poetisa del segundo período
del romanticismo ecuatoriano o lo que es lo mismo,
del romántico tardío.
También fue miembro
de la Guardia de Honor de la Virgen de la Merced y
allí hizo amistad con Carmen Pérez de
Rodriguez-Coello y con Angela Carbo de Maldonado,
quienes también escribían poesías;
sin embargo, Dolores, las aventajaba a ambas por su
incansable actividad en “La Esperanza”
y en “Los Andes”, periódicos tradicionales
del puerto principal donde tenía columna propia
dedicada a la mujer y por eso se la considera una
avanzada del feminismo de su tiempo en el Ecuador.
En 1.883 cantó al Centenario
del Nacimiento del Libertador, luego en las inauguraciones
de las estatuas de Bolívar y Rocafuerte; fueron
poesías de compromiso, cantos a héroes
del pasado, que como ya se ha dicho, la alejaban de
sus primeras y espontáneas manifestaciones
y de la realidad cotidiana y por ello empezó
a expresarse en difíciles retruéncanos,
tal si con ellos obtuviera algún mágico
efluvio que le causara raro embeleso.
Para pedir un vaso de leche
en el desayuno decía: “Mucama, pasadme
el líquido perlático que nos proporciona
la consorte del toro”. Para que le dieran su
vestido negro: “Tomad el acero (la llave) abrid
el madero (el ropero) y sacad el de luto vestir”.
Un día, que pasaba por los bajos de su departamento
ubicado en Vélez entre García Avilés
y Boyacá, un simplísimo carbonero, lo
llamó de la siguiente manera: “Buen hombre
¿cuánto reporta actualmente un saquillo
del producto del fuego sobre la madre naturaleza?
En otra ocasión para solicitar un huevo duro
en el almuerzo, lo hizo de la siguiente forma: “Por
favor, deseo un óvulo gallináceo afectado
por el calor acuoso”. También acostumbraba
decir en su casa: “Doméstica, corred
los linos, abrid los pinos y dejad que el céfiro
penetre”, para pedir que le abran las ventanas
y las cortinas. Frases que movían a risa a
quienes las oían y eran prontamente repetidas
en toda la ciudad con notable éxito entre los
chuscos que nunca faltan.
Sus hermanas dizque le entendían
todo porque ya se sabían de memoria su forma
extraña de hablar, pero no ocurría lo
mismo con la generalidad de las gentes que se quedaban
en babia, sin saber qué responderle
El 96 publicó varios
poemas en la “Semana Literaria” de Manuel
J. Calle en Quito.
En 1.898 colaboró en
la revista quincenal, ilustrada, de letras, artes,
ciencias y variedades “El Crepúsculo”.
En 1.900 protestó públicamente
y acusó al Gobierno del general Alfaro de “mantener
en el ostracismo al clarísimo poeta nacional
Dr. Cesar Borja Lavayen, por causas nimias que la
grandeza olvida y el amor perdona...” y tanto
molestó sobre el tema que, a la postre, después
de algunas semanas de estas quejas, consiguió
que le permitieran regresar a su primo segundo el
Dr. Borja Lavayen de San José de Costa Rica,
donde vivía exilado desde 1.895.
Este generoso gesto le granjeó
una ola de popularidad nunca antes vista en mujer
alguna en Guayaquil y hasta fueron a vitorearla los
estudiantes universitarios, pero ella se negó
a salir a la ventana diciendo que lo hecho era solamente
una migaja de su corazón y no cosa del otro
mundo como para merecer tantos aplausos, bien es cierto
que el asunto se estaba prestando a burlas y ella
lo adivinaba.
Numerosos poetas, periodistas
y escritores la visitaban o se carteaban con ella:
Juan Abel Echeverría de Ambato, Angel Polibio
Chávez de Guaranda, José Abel Castillo,
etc.
El 10 de octubre de 1.904 los
ecuatorianos coronaron a Llona, que en su ancianidad
atravesaba por una cruel pobreza. Dolores fue designada
por el comité organizador para colocarle la
corona de hojas de laureles de oro y en tal oportunidad
recitó un admirable soneto que conmovió
los más altos sentimientos del país.
Poco después, en marzo siguiente, un grupo
de jóvenes propusieron su coronación
y fueron apoyados por los redactores de la revista
quincenal de literatura y arte “Guayaquil Artístico”.
Ella se opuso en carta abierta, pero de todas maneras
los socios del Club de la Unión presididos
por el Dr. Francisco X. de Aguirre Jado, organizáronse
en Comité y pidieron a la Municipalidad que
en el programa de las fiestas octubrinas se colocaran
los actos del Homenaje, que poco a poco fue tomando
características nacionales por las adhesiones
que se recibían de todo el país.
La Coronación se fijó
para el 9 de Octubre de 1.905. El Dr. Vicente Paz
Ayora ofrendó a nombre del Comité la
“Lira de oro, brillantes y esmeraldas”
que fue colocada por María Sánchez Urbina,
entre números de canto y piano. Llona intervino
con un sentidísimo elogio y solamente hubo
que lamentar la imprudente conducta del poeta Nicolás
Augusto González Tola, que ingresó al
Teatro Olmedo del brazo de una amiga con quien vivía
públicamente y como González había
sido designado el orador de la noche, el asunto tornóse
serio y mal hubiera terminado pues las damas quisieron
retirarse y únicamente aceptaron permanecer
en sus asientos para no deslucir el acto ni dañar
la noche a la poetisa, pero lo hicierona desgano y
muy contrariadas.
Dolores Sucre entró
en compañía de sus hermanas y mejores
amigas y sentóse en una especie de sillón
del trono. Fue su noche de gloria pues recibió
de Guayaquil más que una corona, recibió
una lira y el homenaje cariñoso que había
despertado su simpatía y bondad a través
de numerosos años en el magisterio femenino
y en el periodismo de altura y espiritualidad. Homenaje
que también le tributó la sociedad por
su prestancia como hijo de un prócer y sobrina
de un héroe. El Ateneo de Lima le envió
una efusiva felicitación, que fue leída
y mereció aplausos. La colonia venezolana se
hizo presente con sus amigas Pepita Gual y Domínguez
y Mercedes Acevedo y Paz-Castillo de Manrique, hija
y nieta de próceres, respectivamente.
Entonces Dolores declamó
un poema compuesto de 23 décimas, diciendo
en la última:// “Compatriotas, con la
lira/ que condecora mi pecho/ Me da a la gloria derecho/
Mas, mi musa no delira/ Si os juro que en esta lira/
la Patria con esplendor/ me paga deudas de amor/ al
ver mi tumba cercana/ ¡Salve el cielo al Ecuador!//
aunque en esto de la tumba cercana anduvo errada pues
vivió hasta los ochenta años, falleciendo
el 5 de junio de 1.917 y “fue vestida con el
albo traje de la Virgen mercedaria, juntas las manos
en mística plegaria, llevando en su pecho prendida
cual estrella, la lira de diamantes que el pueblo
y su ciudad le habían tributado doce años
antes y se dio el curioso caso que las damas de la
ciudad, “rompiendo las barreras de prejuicios
absurdos, acompañaron al cortejo solemne hasta
su último morada y diéronle el adiós,
así, en forma tan inusual”. El Presidente
de la República, Alfredo Baquerizo Moreno,
por su parte, expidió un decreto de honras.
En 1.914 habían aparecidos
sus “Poesías”, recopilados por
ella misma y editadas en Barcelona, con escogidos
partos de su númen, “que tuvo la sencillez
de un clasicismo proporcionado, casto y desnudo como
el de las estatuas griegas”; pero, su pensamiento,
no traspasó la etapa mariana que imponía
a la mujer la sumisión total en el hogar y
un simple papel secundario en sociedad. En 1.920 se
editó su “Corona Fúnebre”.
Fue mujer de estatura más
que mediana, cabeza imponente, cabellos negros, grandes
ojos y nariz aguileña; solía vestir
de blanco entero como era costumbre por entonces y
en la ancianidad llegó a la obesidad.
Tuvo un altísimo sitial
y el glorioso apellido que ostentaba la convirtió
en figura de primera magnitud, “pero no actualizó
su verso ni su pensamiento guardó relación
con las transformaciones políticas del mundo
y de su Patria”, quedando rezagada en un romanticismo
arcaico y cuando murió representaba solamente
el recuerdo de una poesía decimonónica
y afectada.
Muchos años después
el poeta Enrique Segovia escribió sobre ella
lo siguiente: “Precisa y luminosa conservo la
visión de la dulce y venerada anciana, cruzando
la ancha calle Boyacá, con lento y fatigado
paso, una mano apoyada en el brazo de mi padre (se
refiere al notable educador Nicolás Segovia)
y la otra en su clásico bastón. Recuerdo
que contemplaba con deslumbrados ojos a esa elegante
matrona, cuya faz semienmarcada por alto y complicado
peinado, del que pendía amplio velo de finísimo
encaje, tenía un sello de grave distinción
y auténtico señorío, y a despecho
de los años era hermosa. Vivía con sus
hermanas Carmen y Obdulia en una espaciosa casa. Las
tres ejercían el magisterio y regentaban una
escuela fiscal de niñas que funcionaba en el
mismo edificio donde ellas vivían, en Boyacá
entre 9 de Octubre y Vélez, si bien la poetisa
siempre dio preferencia sobre todo lo demás
al cultivo de las letras, su máxima y constante
preocupación y el invariable y rico alimento
que la nutría, vigorizaba su mente y confortaba
su espíritu. La poesía fue el distintivo
primordial de su personalidad y la razón suprema
de su vida. Ejercicio magno, profesión excelsa,
de génesis vocacional, que tuvo en ella carácter
religioso, que la elevó y dignificó,
infundiéndole fe y energía. Fue un entregarse
pleno y total, con algo de grandioso holocausto y
sublime renunciación, aunque también
se dedicó al cultivo del canto. Cierto es que
insistentemente habla en sus versos de íntimas
congojas; sin embargo, su tono es sereno y revela
valor y confianza. La práctica magistril, el
diario alternar con niñas, la labor de instruirlas
y educarlas, eran también campo propicio a
su temperamento idealista y bondadoso, y de fijo,
contribuyeron eficazmente a disipar sus sombras y
aligerarle el peso de sus desdichas. Genuina señora
que aún ostentado la grandeza de su aristocracia,
prefirió siempre y cifró en ello su
más alto orgullo, en la grandeza del corazón,
el lustre del talento”.