VOLVER A LOS TOMOS
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Desde esa fecha vistió siempre de negro en honor a los Jesuitas y adoptó el nombre de Jesús a imagen y semejanza de la Compañía, renunciando a llevar sus apellidos, rodeándose de variados instrumentos para meditar continuamente sobre la muerte. Su aposento solo tenía un ataúd negro con un esqueleto simulado y cubierto con el hábido de San Francisco, una calavera, un crucifijo, una cruz grande y tosca que usaba para dormir, cilicios de variadas formas y tamaños, de tachuelas, de clavos, de filudas navajitas, etc. y una corona de espinas.

I empezó un martirio cruel y doloroso llevado a los extremos más increíbles, loables entonces y absurdos hoy, pues más bien parece como “la heroína de una tragedia antigua que niega la vida, radicalmente desecha todas las realizaciones y posibilidades y por fin llega al convencimiento fatal de que la vida solo es un aprendizaje a morir, en permanente batalla contra los más hondos instintos vitales, en viaje de fuga de las exigencias del cuerpo y sus sentidos, del yo y sus aspiraciones mundanas”

I aún dentro de este retiro las anécdotas se siguen sucediendo como chispas reveladoras de su fuerte personalidad. Cubierta con manta y rezando en la iglesia, un mancebo libre y atrevido se arrojó a decirle requiebros con varias ofertas, solicitándola torpemente y como no le respondiese, le preguntó que qué era lo que allí hacía, continuando su ofrecimiento de vestirla y regalarla. Entonces descubrió ella el rostro y le contestó “Estoy aprendiendo a morir” y el mancebo quedó confundido, y no persistió. Tiempo después un Oidor la encontró en la calle y sorprendió a Mariana con un beso en el rostro. Esto la amargó y empezó a rasguñarse el carrillo y hasta quería hacerlo pedazo o cortarlo con un cuchillo.

Ella contaba que a veces, cuando estaba en oración, se le aparecían dos perritos de China como para distraerla, ella los cogía y ataba sin miedo.
Constantemente practicaba la caridad con los pobres, oía misa y comulgaba diariamente, ayunaba como ya quedó dicho y se disciplinaba con sangre, gozando de una paz interior que a veces se perturbaba con reacciones impredecibles, originadas en la tensión ascéticas en que vivía.

Su hermana Jerónima se hallaba de parto complicada con una apostema pero Mariana gritó “Yo quiero ayudarla” se abrazó a ella y al punto echó la criatura y quedó buena. Habiendo leído en familia, su cuñado Juan Guerrero de Salazar, la vida de una santa y mártir, se le encendió a Mariana el deseo del martirio con tanto fervor que acostándose sana y buena amaneció manca de un brazo, coja de una pierna, la lengua muy lastimada y el cuerpo tan dolorido y lastimado que no se podía mover ni valerse de su brazo por tres o cuatro meses.

Dormía tres o cuatro horas porque se disciplinaba dos veces cada noche gastando las horas del día en misa, rezos y oraciones mentales, así como en impartir el catecismo. Las labores de mano le servían para obtener unas pocas ganancias que entregaba a sus confesores pues habiendo hecho votos de pobreza absoluta no podía manejar dinero. Cada vez exigía nuevas y más drásticas penitencias que sus confesores se las concedían. De allí extremó todo, sus arranques de histeria, se abrazaba desnuda a una cruz de madera espinosa hasta sacarse sangre, como cuando se acostó de espaldas y en carnes. Por eso el Arzobispo Pólit Lazo llegó a expresar que las mortificaciones de Mariana de Jesús no las puede entender el mundo y a tales extremos llegó su anorexia nerviosa, de deshidratación y desnutrición, que no podía ir a la iglesia, llegando a afirmarse en los Procesos, que en los últimos siete años de vida no probó bocado sólido y aguantaba en lo posible el tormento de la sed, lo cual debe ser visto como otra exageración más de las muchas con que se ha forjado su vida, todas ellas tomadas de los procesos canónicos.

Por eso sus continuas enfermedades – histeria, hidropesía, dolores de cabeza, calenturas, flujos de sangre por la boca - y un dolor tan vehemente que si hubiera sido por un cuarto de hora le hubiera arrebatado la vida. Al final le apretaron tanto las calenturas y los dolores de costado que parecía que se le iba la vida, pero ella lo sobrellevaba todo con paciencia y amor, alegría y conformidad, deseando padecer aún más por Dios, sin quejarse ni dar muestras de impaciencia.

El cuarto domingo de cuaresma de 1.645 concurrió a la Iglesia de la Compañía a escuchar el sermón del padre Alonso de Rojas, S. J. quien hablaría sobre los temblores y amagos de erupciones volcánicas que asolaban Quito. Las gentes estaban intranquilas y Rojas, en gesto teatral y solemne, ahora hubiera parecido grotesco y hasta ridículo, llegó a ofrecer su vida como holocausto a la divinidad para que ésta aplacara su ira. Entonces, Mariana, que vivía en permanente estado de exaltación de los sentidos, no se pudo contener más y levantándose de su asiento gritó “Dios mío, mi vida doy porque cesen en Quito vuestros enojos” y enseguida se empezó a sentir mal. Ya en su casa se postró y guardó cama. El Dr. Juan Martín de la Peña, llamado para examinarla, la sangró y la india Catalina llevó la sangre al huerto y días después se asustó al notar que había crecido una mata de azucena de tres ramas en dicho lugar. Pronto se agravó la enferma y perdió el habla, indicando por señas que moriría tres días después y que le llevaran su corona de espinas y una palma que sujetó. Allí le volvió el habla y dijo “Bendito sea Dios que me ha hecho muchas mercedes al haberme quitado el habla” porque entonces se creía que el silencio era santo, lo que es una solemne idiotes.

Falleció el viernes 26 de Mayo de l.645 entre las nueve y diez de la noche, de solo veintiséis años y medio de edad, pero tan achacosa que parecía una anciana, a causa de sus horrorosos excesos antinaturales, “situación límite entre lo real, lo simplemente ilusorio y lo maravilloso.” De todas maneras siguieron los temblores y ocurrió la tan esperada erupción volcánica.

El hermano Hernando de la Cruz, que estaba en el dormitorio, se quedó una hora estático y vuelto en si anunció a los presentes que el alma de la difunta ni siquiera había pasado por el purgatorio, que ya estaba en los cielos y reverenció el cadáver besando sus manos y pies. Enseguida siguieron los demás, que eran muchos, entre sacerdotes y público circunstante, de suerte que no hubo en Quito muerte más aplaudida de Santa que la de esta “dichosa virgen” que enterraron donde los jesuitas según había sido su voluntad, vestida de su sotana como hija de confesión de la Compañía e hicieron bien pues por causa de sus sádicos confesores fue que padeció tanto.

“Su temprana muerte marcó en la colonia ecuatoriana su hora más importante y el clímax de la negación de la vida como pináculo máximo de un sistema que fomentaba sentimientos de culpa y penitencia y que exaltó a esta doncella de aterradora mortificación como el paradigma de quiteña, la santa.”

”De allí en adelante lo acético y lo sombrío se estabilizó hasta finalizar el siglo XVIII cuando las doctrinas nuevas venidas de Francia y el método experimental acercaron a los hombres hacia las cosas y la naturaleza, esa gran dinámica de la historia que es el lento retorno de lo reprimido volvió a actuar” finalizando el sistema teocrático y el oscurantismo. Mariana de Jesús fue canonizada en l.950 por la iglesia Católica que así premió su ortodoxia a las disposiciones del Concilio de Trento.

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