MARTIN DE PORRES
SANTO.- Nació
en Panamá el 9 de Diciembre de l.579. Hijo
del Hidalgo Juan de Porres y Miranda, natural de Burgos
en España y de Ana Velásquez, esclava
de raza negra natural de Panamá, hija de esclavos
Horros apresados y traídos desde el Africa.
Nació en el traspatio
de una casa de su padre fronteriza al Hospital del
Espíritu Santo y fue bautizado ese mismo día
con el nombre de Martín en honor a su tío
paterno que vivía en Guayaquil casado con Catalina
de Carranza y Contero ( Hija de Martín González
de Carranza y de Ana Contero y Ponce de León
) pero en la partida bautismal se dijo que era hijo
de padre desconocido debido a su condición
de mulato de piel morena y gruesos rasgos.
Poco después su padre
viajó a Lima en procura de una mejor situación
y llevó consigo a su esclava e hijo. En Lima
nació una niña llamada Ana, con todas
las características de la raza blanca, en una
casa de la calle del Espíritu Santo. Entonces
se le movió el corazón a Don Juan de
Porres, liberó a su esclava y reconoció
a sus dos hijos, a quienes visitaba semanalmente,
pero el casero se enteró de esos furtivos devaneos
y les pidió que desocuparan, pasando Ana y
sus tiernas criaturas a vivir en una pobre choza abajo
del puente en el barrio de Malambo, ganándose
la vida como lavandera e inculcando a sus hijos los
preceptos de la moral cristiana. El niño Martín
crecía bueno y servicial, compadeciéndose
de los más pobres y haciendo la caridad con
los afligidos.
Hacia l.585 don Juan de Porres
se ausentó a Guayaquil con Ana Velázquez
y sus hijos, acomodándoles en una modesta morada
al pie del cerro Santa Ana y muy cerca de la casa
de su hermano y les puso profesor para que aprendieran
a leer y a escribir.
En 1.589 fue designado Gobernador
de Tierra Firme (Panamá) Con tal motivo volvió
a Lima para tomar órdenes del Virrey y el 92
partió a cumplir su destino administrativo,
no sin antes pasar por Guayaquil dejando algún
dinero a su tío don Diego de Miranda y Paz,
a quien encargó que velara por los niños
Martín y Ana.
Martín solamente tenía
trece años y como se requería de otros
ingresos viajó a Lima con su madre y hermana
y entró a trabajar a una botica de hierbas
que tenía un matrimonio del vecindario formado
por Matheo Pastor y Francisca Vélez donde se
familiarizó con enfermedades y remedios. Poco
después el Cirujano barbero Marcelo Ribera
lo llevó de ayudante y le enseñó
a cortar el pelo, hacer la barba y los bigotes, a
sangrar y a colocar sanguijuelas, a curar heridas
y reducir las fracturas de los huesos y en fin, a
conocer las principales enfermedades y a recetarlas.
En todo eso demostró ser muy diestro y era
buscado por numerosas personas debido a que tenía
buena mano, sobre todo para sacar muelas sin dolor.
En 1.600 llegó una carta
de su padre comunicando que el Rey Felipe III lo había
premiado con la Cruz de Caballero de Santiago y que
les iba a enviar lo suficiente para el mantenimiento
( posiblemente deseaba tenerlos alejados de Panamá
por razones odbias ) y esto alegraba mucho a Martín
que solo ambicionaba dedicarse por entero a Dios y
al prójimo; así pues, con el permiso
de su madre solicitó al portero del convento
dominicano de Nuestra Señora del Rosario, que
lo admitiera como el último hermano de la comunidad,
sin derecho a practicar estudios ni a vestir el hábito
y tanto insistió en el pedido que el Provincial
terminó por acceder.
Meses después llegó
la noticia a oídos de su padre, quien escribió
a Fray Juan de Lorenzana para que le hiciera promover
en la Orden, pero todo fue inútil pues Martín
siguió de Lego o donado, barriendo los claustros,
tocando las campanas, abriendo la puerta y en oficios
aún más humildes y nunca aceptó
desempeñar otros.
Su mayor felicidad era seguir
en todo las constituciones de la Orden dominicana
y cumplir con los tres votos esenciales de obediencia,
pobreza y castidad. De ordinario ceñía
su cuerpo con silicios de crin de caballo y otras
disciplinas para mortificar la carne, vistiendo ropas
remendadas y usando zapatos gastados y tan viejos
que daba pena verlos. No tenía celda propia,
dormía en la enfermería sobre un catre
de palos sobre el que colocaba una estera o piel de
borrego y como almohada usaba un tronco de árbol.
En los Procesos Canónicos
seguidos después de su muerte consta que no
hubo palabra que no pusiera de manifiesto la pureza
de su corazón. Su aspecto irradiaba una gracia
que incitaba a devoción y con solo verle se
aliviaban los afligidos. Tal su carisma.
I aunque los Procesos suman
miles de páginas es difícil seguir su
vida en el Convento pues son tantos los milagros que
se le atribuyeron y tantos los hechos portentosos
que resultan increíbles a la luz del racionalismo
científico, pero están en consonancia
con las mágicas hagiografías de esas
épocas pasadas; sin embargo, algunos de ellos,
dan la tónica simpática por humana.
Sus más conocidos milagros
se relacionan con los ratones pues que habiendo muchos
en el convento, que revolvían las celdas de
los frailes, Martín logró atrapar a
uno y dizque le dijo: Vayase hermano y dígale
a sus compañeritos que no sean fastidiosos
ni nocivos y que se vayan a la huerta , que yo cuidaré
de llevarles alimento suficiente cada día y
es fama que el embajador cumplió el encargo
y desde ese momento la ratonil muchitanga abandonó
el claustro.
En otra ocasión estaban
un perro y un gato comiendo en el mismo plato conforme
los tenía acostumbrados Martín, cuando
un ratoncillo sacó el hocico atraído
por el olor. Descubriole el santo y volviéndose
al perro y al gato díjoles: Cálmense,
porque estaban excitados y al pericote: Sálgase
sin cuidado hermano ratón, paréceme
que tiene necesidad de comer y haciéndole un
puestito lo puso al lado del gato y el perro y comieron
los tres animalitos con amor y en santas paces, de
donde se deduce que si tres animales tradicionales
enemigos pudieron superar sus diferencias, otro tanto
podría hacer el género humano si quisiera.
Martín experimentaba
éxtasis místicos y levitaba. Esto le
sucedía cuando se abstraída en oración.
Entonces su cuerpo emanaba una extraña luz
que iluminaba la celda, portento que fue presenciado
en múltiples ocasiones por sus hermanos del
convento. También podía bilocar su cuerpo
a la distancia, porque estando en el convento de Limatambo
se lo veía en la capital haciendo normalmente
sus trabajos, que eran muchos y fuertes.
Fue el siglo XVI de numerosos
santos que florecieron en Sudamérica: Toribio
de Mogrovejo, Juan Macías, Rosa de Lima y Francisco
Solano pero a Martín de Porres le correspondió
ser el más simpático y moderno de todos
por su caridad y preocupación social, tan en
boga en estos tiempos que aspiran a obtener la redención
del hombre en la tierra más que a ganar almas
para el cielo, pues en esto del servicio social fue
un cristiano caritativo en exceso y hasta en las situaciones
más difíciles como aconteció
durante una grave epidemia de alfombrilla o sarampión
maligno que soportó Lima. También tenía
un gran sentido del humor pues cuando recetaba repetía:
Hijo, yo te curo, Dios te sane.
En 1.639 curó por obediencia
al Arzobispo electo de México, Feliciano de
la Vega y éste quedó tan agradado que
quizo llevarlo consigo a la nueva sede pero Martín
se oponía expresando que estaba próximo
a la muerte. A finales de Octubre le sobrevino una
infección con calenturas que no cedían
ni ante los remedios que le aplicaba el Dr. Navarro.
El 3 de Noviembre recibió la visita del Virrey
del Perú, Conde de Chinchón, Luis Gerónimo
de Cabrera y Bobadilla, quien le halló deshidratado
y con visiones. Por la tarde siguió delirando
y vio “al diablo” pero Fray Francisco
de Paredes que se hallaba en su cabecera limpiándole
el sudor, lo confortó con palabras amables
y murió a las ocho y media de la noche, tras
rezar sus oraciones, en gran paz, delante de la comunidad
y en olor de santidad, pues empezó a desprenderse
de su cuerpo un suavísimo aroma que fue inundando
todo el convento.
Cuando se esparció la
noticia por Lima reunióse un grandísimo
gentío que aumentó a las cuatro de la
mañana sin que nadie los hubiera convocado
y comenzaron a cortar en pedacitos el hábito
del difunto. A las exequias concurrió lo más
granado del reino formado por los dos Cabildos, el
secular y el eclesiástico, los señores
de la Audiencia, el Arzobispo de México y el
Obispo del Cusco que estaban de paso por Lima los
prelados de todas las Ordenes y el clero secular y
fue enterrado entre los sacerdotes aunque nunca recibió
ninguna Orden, honor muy grande pero merecido para
honrar su santa vida y su santa muerte, anotarían
los Cronistas.
Su Proceso de beatificación
se inició en l.659 y demoró hasta 1.962
porque nadie dio plata para que avancen los trámites
en Roma. Pero cuando subió el Papa bueno Juan
XXIII, entonces cambiaron las cosas y subió
gratis a los altares que es como debe ser, pero nunca
ocurre; pues en Roma, como en todas partes, el dinero
manda.
Es el patrono de los basureros
y los boticarios y ejemplo de lo que puede conseguirse
en este mundo a base de humildad y amor al prójimo.