VOLVER A LOS TOMOS
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En 1953 fue electo miembro de la Academia de la Lengua capítulo Guayaquil. En 1957 figuró entre los fundadores de la revista “Vistazo” y formó parte de su Consejo de Redacción, escribiendo el artículo central en cada entrega, con su estilo profundo y al mismo tiempo liviano, propenso a la fina ironía; pues “el humor, es flor de ingenio, dimensión distinta para mirarlo todo a través de sus matices más diversos.” Ya no hería como antes, ni ambicionaba cambios, era un filósofo escéptico que escribía para el diario más tradicional del país sobre “las cosas que pasan”, con el estilo “del inimitable Porthos”, tomado de su maestro Calle y en “Vistazo” sólo ironizaba al igual que Raúl Andrade lo hacía en “El Comercio” de Quito con gran lirismo. Ambos eran periodistas diestrísimos, lectores impenitentes de memoria impar y de obra prevenida, desilusionada.

Hubiera sido un notable estadista de haberse dedicado a la política; sin embargo, se había quedado atrás de los cambios mundiales y generacionalmente su pensamiento no contaba. Era un perfecto Quijote con toda la grandiosidad que encierra ese personaje y sus negros y grandes ojos vivaces aún denotaban la plenitud de su vigor físico e intelectual.

En las elecciones presidenciales del Núcleo del Guayas del 62 se acomodó entre los viejos que se hacían lenguas de la cantidad de jóvenes que habían ingresado a la Casa de la Cultura, desconocidos casi todos ellos en el mundo de las letras. Allí le traté. Era un hombronazo alto y enjuto, “ de piel verdimorena como la de un árabe” que conversaba con gran fluidez. Sus chistes, numerosos y propios para la ocasión, invariablemente daban margen al amplio comentario, fino y chispeante. Unas manos huesudas y los dedos manchados denunciaban que comía poco y fumaba mucho. Estaba en sus anchas, presidía al grupo, tocaba los más variados temas con gran realismo y los analizaba con precisión. Su voz era escuchada con gran agrado y su opinión respetada. Entonces comprendí que estaba frente al líder de toda una generación y que su influencia a través del “El Telégrafo” había sido enorme.

Poco después escribió contra Fidel Castro acusándolo de terrorista por lo de Bogotá. Un lector se quejo a “Vistazo” diciendo que “Porthos estaba viejo”, otro amenazó con poner una bomba. El Jefe de Redacción de Vistazo José Antonio Rojas Bahamonde contestó dándole prácticamente la razón al quejoso. Simmonds se consideró desautorizado o lo que es peor aún, criticado en sus ideas y opto por retirarse. Aún no se diferenciaba la revolución cubana de la dictadura de Castro. Lo primero es un importantísimo paso que América ha dado en el camino de su evolución política y económica, lo segundo es simplemente una tiranía.

El programa radial “Vida Porteña” que dirigía Sixto Vélez y Véliz le dedicó una audición de homenaje y José Vicente Trujillo tomó la palabra. En 1963 fue condecorado por el gobierno constitucional de Carlos Julio Arosemena Moroy.

Después sufrió un enfisema por fumar muchos años cigarrillos de envolver en papel de trigo que le obsequiaban sus amigos de la fábrica El Progreso. Se sintió mal, lo internaron en la clínica Guayaquil, dejó de fumar y como hasta perdió su vieja tos bronquial volvió a hacer vida tranquila y sedentaria.

Entre el 63 y el 66 presidió la Sección de Literatura del Núcleo del Guayas. El 8 de abril de 1969 sufrió una ligera indisposición estomacal y guardó dos días de cama, mejorando a ojos vista más le sobrevino una bronconeumonía, pasó a la Clínica Guayaquil y falleció en la madrugada del día 15, a los 76 años de edad, en pobreza, que ni el periodismo ni las bellas letras jamás han producido dinero en el Ecuador.

No llegó a publicar obra alguna. Sus numerosísimos artículos y editoriales escritos en El Telégrafo, Vistazo, Semana Gráfica, Savia, El Fuete, El Guante forman varios volúmenes y deberán ser recogidos por hermosos, profundos y porque siempre son novedosos ya que muy rara vez se repetía.

Fue leal en sus afectos y firme en sus ideas. Tuvo amigos “cultivó la sátira juvenalicia y urticante al mismo tiempo que la cláusula grave y profunda.” La capilla ardiente se levantó en “El Telégrafo”. No fue un ideólogo ni un pensador pero poseyó estilo literario y vocación periodística. Un colegio secundario lleva su nombre en Guayaquil. Algo de lo mejor de su producción, como ensayo, se puede hallar en la revista del Vicente Rocafuerte.

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