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Cuando su amigo el Dr. Teodoro Alvarado Olea ocupó el Ministerio del Tesoro en la década de los 50, lo ayudó en la elaboración del «Plan de la Producción», considerado el punto de partida de la estructuración de la Junta de Planificación.
Por esa época construyó una casa mixta esquinera en Guaranda y Portete, sector que se volvió famoso por la gran cantidad de golondrinas que por las tardes llegaban a posarse en los cables de luz eléctrica. El espectáculo era único, duro varios años y aún hay gente que lo recuerda. En dicha casa vivió feliz con su esposa e hijos hasta su última enfermedad.
En 1953 fue electo miembro de la Academia de la Lengua capítulo Guayaquil. En 1957 figuró entre los fundadores de la revista «Vistazo» y formó parte de su Consejo de Redacción, escribiendo el artículo central en cada entrega, con su estilo profundo y al mismo tiempo liviano, propenso a la fina ironía; pues «el humor, es flor de ingenio, dimensión distinta para mirarlo todo a través de sus matices más diversos.» Ya no hería como antes, ni ambicionaba cambios, era un filósofo escéptico que escribía para el diario más tradicional del país sobre «las cosas que pasan», con el estilo «del inimitable Porthos», tomado de su maestro Calle y en «Vistazo» sólo ironizaba al igual que Raúl Andrade lo hacía en «El Comercio» de Quito con gran lirismo. Ambos eran periodistas diestrísimos, lectores impenitentes de memoria impar y de obra prevenida, desilusionada.
Hubiera sido un notable estadista de haberse dedicado a la política; sin embargo, se había quedado atrás de los cambios mundiales y generacionalmente su pensamiento no contaba. Era un perfecto Quijote con toda la grandiosidad que encierra ese personaje y sus negros y grandes ojos vivaces aún denotaban la plenitud de su vigor físico e intelectual.
En las elecciones presidenciales del Núcleo del Guayas del 62 se acomodó entre los viejos que se hacían lenguas de la cantidad de jóvenes que habían ingresado a la Casa de la Cultura, desconocidos casi todos ellos en el mundo de las letras. Allí le traté. Era un hombronazo alto y enjuto, « de piel verdimorena como la de un árabe» que conversaba con gran fluidez. Sus chistes, numerosos y propios para la ocasión, invariablemente daban margen al amplio comentario, fino y chispeante. Unas manos huesudas y los dedos manchados denunciaban que comía poco y fumaba mucho. Estaba en sus anchas, presidía al grupo, tocaba los más variados temas con gran realismo y los analizaba con precisión. Su voz era escuchada con gran agrado y su opinión respetada. Entonces comprendí que estaba frente al líder de toda una generación y que su influencia a través del «El Telégrafo» había sido enorme.
Poco después escribió contra Fidel Castro acusándolo de terrorista por lo de Bogotá. Un lector se quejó a «Vistazo» diciendo que «Porthos estaba viejo», otro amenazó con poner una bomba. Aún no se diferenciaba la revolución cubana de la dictadura de Castro. Simmonds dijo «En un artículo saturado de ironías y cargado de paradojas, no se puede hacer distingos entre lo que es serio y lo que no lo es. Tiene que ser la perspicacia del lector la que encuentre el verdadero sentido de lo que el escritor se propuso decir o insinuar. Si el lector no lo entiende o no lo quiere entender, peor para él. En el caso de que la revista quiera explicar algo, puede hacerlo; pero exprese que Porthos no rumia lo que ha publicado ni se detiene en el camino a devolver pedruzcos. Cuando le quedan ideas informes en el caletre sobre el mismo tema, Porthos escribe otro artículo; y, punto final».
El programa radial «Vida Porteña» que dirigía Sixto Vélez y Véliz le dedicó una audición de homenaje y José Vicente Trujillo tomó la palabra, estando presente entre los asistentes el ex Presidente Dr. Carlos Alberto Arroyo del Río, siendo un hecho notorio el muy cordial saludo entre los doctores Trujillo y Arroyo. En 1963 fue condecorado por el gobierno constitucional de Carlos Julio Arosemena Monroy, en el Orden Nacional Al Mérito, en el Grado de Comendador; y, en 1967, el presidente Otto Arosemena Gómez, con la Orden Nacional Al Mérito, en el rango de Gran Oficial.
Después sufrió un enfisema por fumar muchos años cigarrillos de envolver en papel de trigo que le obsequiaban sus amigos de la fábrica El Progreso. Se sintió mal, lo internaron en la clínica Guayaquil, dejó de fumar y como hasta perdió su vieja tos bronquial volvió a hacer vida tranquila y sedentaria.
Entre el 63 y el 66 presidió la Sección de Literatura del Núcleo del Guayas. El 8 de abril de 1969 sufrió una ligera indisposición estomacal y guardó dos días de cama, mejorando a ojos vista más le sobrevino una bronconeumonía, pasó a la Clínica Guayaquil y falleció en la madrugada del día 15, a los 76 años de edad, con una economía discreta, que ni el periodismo ni las bellas letras jamás había producido dinero en el Ecuador.
No llegó a publicar obra alguna. Sus numerosísimos artículos y editoriales escritos en El Telégrafo, Vistazo, Semana Gráfica, Savia, El Fuete, El Guante, forman varios volúmenes y deberán ser recogidos por hermosos, profundos y porque son novedosos y siempre actuales, ya que muy rara vez se repetía.
Fue leal en sus afectos y firme en sus ideas. Tuvo amigos «cultivó la sátira juvenalicia y urticante al mismo tiempo que la cláusula grave y profunda.» Poseyó estilo literario ligado a su vocación periodística singular. La capilla ardiente se levantó en «El Telégrafo» y las bandas de su cofre mortuorio fueron llevadas por los ex Presidentes Carlos Alberto Arroyo del Río, Clemente Yerovi Indaburu, Carlos Julio Arosemena Monroy y Otto Arosemena Gómez. Su fallecimiento fue de honda consternación social y el insuceso ocupó un gran espacio en los medios de información.
Un colegio nacional secundario lleva su nombre en Guayaquil, lo mismo que una escuela fiscal y una avenida en el sur de la ciudad. En la Avenida del Periodismo se erige su busto, realizado por el artista Alfredo Palacio. Algo de lo mejor de su producción, como ensayo, se puede hallar en la revista del Vicente Rocafuerte y en innumerables publicaciones dispersas.
En 1992, con motivo de la celebración del centenario de su natalicio, la familia editó la recopilación de artículos de la Columna «Cosas que Pasan», que con el seudónimo de Porthos publicara Simmonds en «El Telégrafo», desde el 26 de febrero de 1943 al 1 de Agosto de 1955, el tiraje se limitó a doce ejemplares en dos tomos. En abril de 2009, se ha reeditado dicha publicación, para recordar los cuarenta años de su fallecimiento, con la respectiva edición en CD.
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