CHARLES BAUDELAIRE
POETA.- Nació
en París el 21 cíe Abril de 1821, en
la calle de Hautefeuille, en una casita vieja con
torrecita en la esquina y era hijo de Caroline Archenbault
Defays y del noble caballero José Francisco
Baudelaire, pintor, ex sacerdote y posteriormente
Jefe de las Oficinas del Senado, amigo de Condorcet
y Cabanis y hombre de gran cultura y fina urbanidad
a lo siglo XVIII. «Esta cualidad persistió
en su hijo el poeta que guardó siempre, formas
de urbanidad extrema».
Estudió en varios
Liceos pero no fue precoz, más bien era distraído
y perezoso. Muerto su padre casó la viuda con
el General Jacques Aupick, más tarde Embajador
de Francia en Constantinopla. Su padrastro le llevaba
a los Museos y adquirió una vasta cultura.
Entre 1832 y el 36 estudió en Lyon, luego en
París. Pronto surgieron dicensiones en la familia
a causa de la disposición que acusaba el joven
por la literatura y para distraerlo fue enviado en
un buque a viajar por el mundo: Las Antillas y las
Indias; recomendado al Capitán.
Estuvo en la India, en
las Islas Mauricio, Borbón y Madagascar, también
en Ceylán y especialmente visitó algunos
sitios del delta del Ganges. En vano trataron de interesarlo
por el comercio en un negocio de aprovisionamiento
de bueyes para surtir a las autoridades inglesas;
pues, cuando volvió a Francia, ya mayor de
edad y de paso rico, vivió un tórrido
romance con la mulata Jeanne Duval que escandalizó
a todo el país. Luego se instaló en
un cuartito de soltero del hotel Pimodan, conservando
un deslumbramiento espléndido por el exotismo
de los sitios recorridos, «los nervios inflamados
y el cerebro irritado y presto para la neurosis con
sus extrañas inquietudes, sus sufrimientos
indefinibles, mórbidos caprichos, depravaciones
fantásticas, manías y repugnancias sin
causa, energías locas y postraciones enervantes,
su rebusca de exitantes y un desdén por toda
sana nutrición».
En dicho hotel se reunían algunos literatos
a fumar haschic, eran los haschichins; de allí
saldrían numerosas concepciones poéticas
y filosóficas y finas obras de arte en pintura
y escultura. Todos eran espíritus selectos
que se distraían en horas de ocio encantadoras,
transcurridas en la compañía de mujeres
inteligentes y envueltas en muselinas, olorosas a
fragancia de lavarda y que con sus miradas y sonrisas
animaban aquellos torneos de palabras celebrados sobre
finos divanes y suaves cojines, a la luz de una basta
chimenea de mármol blanco y rojo y bajo un
techo pintado de ninfas semidesnudas perseguidas por
sátiros a través de hermosos cañaverales.
Y como todo pasa en la
vida, también pasaron esas reuniones de finos
estetas en que Baudelaire gastaba parte de su dinero
y se hacía conocido como poeta dentro del impropiamente
llamado estilo de la decadencia, que no es otra cosa
que el arte llevado a la madurez extrema que determinan
con sus oblicuos soles las civilizaciones que envejecen.
«Estilo ingenioso, complicado, sabio, lleno
de matices y rebuscas, echando siempre atrás
los limites de la lengua, tomando a préstamo
todos los vocabularios técnicos, robando colores
a todas las paletas y notas, a todas las claves, esforzándose
por expresar el pensamiento en lo que tiene de más
inefable y la forma en sus contornos más fugitivos
y móviles, escuchando, para traducir, las confidencias
sutiles de la neurosis; las confesiones de la pasión
envejecida que se deprava y las alucinaciones estrambóticas
de la idea fija que tiende a la locura. Este estilo
de la decadencia es la última palabra del verbo
obligado a expresarlo todo y empuja al ápice
de la violencia.»
Como antecedentes estaban
«la lengua mohosa, ya con los verdores de la
descomposición y como oliendo a podrido del
bajo imperio y !os refinamientos complicados de la
escuela bizantina, última forma del arte griego
caído en delicuesencias pero así ha
de ser el idioma fatal y necesario de los pueblos
y las civilizaciones en que la vida ficticia se sobrepone
a la vida natural y desenvuelve en el hombre necesidades
desconocidas.» El estilo es, en síntesis,
el mayor efluvio de una raza y cada nuevo estilo comienza
por ser despreciado por los pedantes gramáticos
que no entienden las medias tintas ni de las palabras
que no han sonado todavía. Nuevas palabras
para expresar nuevos conceptos o para conceptos diferenciados.
Por eso Baudelaire salió
del Hotel Pimodan con un nuevo mundo bajo el brazo
y entonces leyó a Edgar Allan Poe, a quién
tradujo al francés por ser su alma gemela,
con importante carta prólogo que ha pasado
a ser considerada un clásico de las letras.
En 1845 publicó “Salón
1845” revelándose como un experto crítico
de arte. En otra edición exaltó la obra
del pintor Delacroix, después sacaría
diversos trabajos comentando otras exposiciones, que
se publicarían después de su muerte
con el título “Curiosidades Estéticas”
y 1868 también se dieron a conocer sus críticas
literarias como “El Arte romántico”.
En 1850 sacó su poemario
“Los Limbos”. En 1857 fue su año
cumbre porque editó en París una colección
de poesías bajo el nombre raro y terrible de
«Las Flores del Mal» con sus noticias
biográficas de Théophile Gautier (el
perfecto mago de las letras francesas, su caro y venerado
maestro y amigo). Sus flores malsanas se dividían
en «Spleen e Ideal», «Cuadros de
la Ciudad, en París», «El Vino»,
«Rebelión» y «La Muerte»
y fueron tan fuertes sus olores pestíferos
y tan penetrantes sus cuadros del averno, que un crítico
dijo que Baudelaire era igual al Dante, por ser su
libro una obra maestra de la realidad salvaje, de
estilo mayor y de ferocidad magistral e irrepetible.
«Un Dante de época vencida, ateo, moderno
y nacido después de Voltaire, en un tiempo
que no tendría su Santo Tomás»,
digno de una época turbada por inapetencias
teológicas; época escéptica,
burlona y nerviosa, que se resolvía en ridículas
esperanzas de transformaciones y metempsicosis. Una
segunda edición apareció en 1861 con
35 poemas nuevos.
Una de sus poesías
nuevas, pues la mayoría habían salido
publicadas en revistas literarias de corta circulación,
llamaba «Mujeres Condenadas» en su parte
final dice así: //Y otras, cuyas gargantas
ciñen escapularios /y que, bajo las sedas ocultando
un cilicio, /beben en el silencio de bosques solitarios
/espuma de placeres y sangre de suplicio. //¡Oh
vírgenes, oh monstruos, ¡0h demonios!
¡Precite /batallón de enemigas de la
realidad, /devotas, brujas, buscadoras de infinito
/que saliendo de amor, entráis en caridad!
//¡Yo, que os he visitado en vuestro rojo infierno,
/hermanas, yo os adoro. ¡Yo os doy mi bendición,
/por vuestro gran dolor, por vuestro anhelo eterno,
/y por la urna de amor de vuestro corazón!//
Tales y tantas imprecaciones
le atrajo la persecución judicial y fue llevado
a los tribunales de París donde a duras penas
salió indemne porque numerosos críticos
amigos abonaron por él.
Posteriormente editó:
«Los Paraísos artificiales», (1858-1860)
“Richard Wagner el Tenhauser a París”
y “El pintor de la vida moderna” son algunas
de sus obras más representativas. Aunque era
una de las figuras más populares de entonces,
los editores no lo consideraban rentable, por lo que
en Abril de 1864 viajó a Bruselas para ofrecer
varias conferencias y allí entabló relaciones
con editores que tampoco se interesaron por sus obras.
A su retorno a París comentó: “Bélgica
me ha producido una de las mayores frustraciones de
mi vida. Nunca me imaginé encontrarme con tantas
personas carentes de sensibilidad poética”.
Le fue diagnosticada una sífilis, que al año
siguiente le produjo un principio de parálisis;
poco después aparecerían los primeros
síntomas de afasia y hemiplejía, por
lo que fue recluido por su madre en un hospital de
París, donde no pudo recuperar el habla, pero
sí mantuvo la lucidez. Murió el 31 de
Agosto de 1867.
Baudelaire fue tierno
y mórbido, sublime y canallesco, cantó
y dividió a los perfumes en supremo éxtasis
de exotismo y no dejó de deleitarse frente
a borrachos y crápulas que arroja el albañal.
Soñó y avisoró un mundo moderno
peor de lo que es ahora por que aún no lo estarnos
viviendo a plenitud, lleno de fantasmas urbanos y
coros misteriosos y desvanecidos, cuyos cantos de
fantasía siniestra y penetrante son tan reales
como estrambóticos. Un mundo caprichoso, de
imaginación desordenada y gobernado por la
bestia apocalíptica, con jugos venenosos de
vértigos de fiebre, jardín terriblemente
humano que marea los sentidos en complaciente infección;
donde incuba la podredumbre sus vicios. Mundo terrible
que no terminará... por ahora, pero al mismo
tiempo tan bello y pleno en realizaciones y más
hermoso que cualquier época anterior.
Su obra póstuma se completó
con los “Diarios íntimos”, que
comprende las dos series de “Cohetes”
y “Mi corazón al desnudo”, la novela
“La Fanfarlo”, varios esbozos teatrales
y epistolario, que comenzó a salir en 1872.
En 1939 se publicó la primera edición
de sus obras completas. A los 130 años de su
muerte, todo lo relacionado con él se cotiza
en las mejoras subastas internacionales. En Octubre
de 1988, en la galería “Drouot, de París,
se vendió en 340.000 dólares (unos 40
millones de pesetas) el poema manuscrito “Mi
corazón al desnudo”, del libro “Las
flores del mal”. Según los expertos se
trataba de uno de los manuscritos más importantes,
porque era la expresión más personal
e íntima de los pensamiento de Baudelaire,
escritos entre 1859 y 1865 en diversos campos como
el de la literatura, la filosofía o la política.
En principio, la obra fue adjudicada a un privado,
pero la Biblioteca Nacional de París ejerció
su derecho de opción. Las flores del mal”
es un libro dividido en seis partes, el autor sale
de “la legitimidad del mal” para desembocar
en él su teoría de la “analogía
universal”, con la naturaleza como “bosque
de símbolos”. Para muchos críticos,
el mejor poema del libro es el soneto “Correspondence”,
así como los poemas inspirados por Jeanne Duval.
La traducción al español más
manejada en los inicio del siglo fue la realizada
en 1905 por Eduardo Marquina que tuvo excesivos detractores,
lo que llevó a Marquina a la publicación
de una nueva edición corregida. Al otro lado
del Atlántico, en México, Hernández
Pagano realizó en 1944 una traducción
bastante correcta de la obra baudelariana. Sobre Charles
Baudelaire se han escrito centenares de libros, entre
biografías, estudios de su obras y ensayos...
La escritora española Carmen Martín
Gaite dice en su artículo “Nuevas traducciones
de “Las flores del mal”; releyendo “Las
flores del mal”, al cabo de los años,
lo primero que salta a la vista es el alcance –entonces
posible insospechado- de ésta estética
de lo feo y de lo horrible iniciada por el poeta francés,
y la perennidad de su influjo, no solo en la literatura,
sino también en los comportamientos y formas
de vida por tal actitud debemos situar a Baudelaire
en el grupo de escritores de vanguardia – sean
de la época que sean- con la sola fuerza de
la palabra poética, alterar los puntos de vista
generalmente aceptados y revolucionar los modelos
de conducta”.