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ROSA CAMPUSANO CORNEJO
LA PROTECTORA.- Nació en Guayaquil el 13 de Abril de 1796 y fue bautizada como María Rosa. Hija de Francisco Herrera-Campusano y Gutiérrez, Teniente de Corregidor de Samborondón en 1794 y de Felipa Cornejo (Hija del Capitán Nicolás Cornejo y Flor en una de sus esclavas cuyo nombre ni siquiera ha recogido la historia chica).

Ricardo Palma, a quien seguiremos en lo posible de aquí en adelante, es el autor que más detalles ha dado sobre la vida de nuestra paisana, quien recibió una buena educación para su tiempo y debió tener la mente despierta pues bailaba, tocaba el clavecín y la vihuela, sabía leer y escribir y discurría con lógica.

En 1817 fue querida de un español acaudalado y de mediana edad que la llevó a Lima y la trataba con generosidad. "En breve los elegantes salones de la Campusano, en la calle de San Marcelo, fueron el centro de la juventud dorada. Los Condes de la Vega del Ren y de San Juan de Lurigancho, el Marqués de Villafuerte, el Vizconde de San Donas y otros títulos partidarios de la revolución; Boqui el caraqueño, Cortínes, Sánchez Carrión, Mariátegui y muchos caracterizados conspiradores en favor de la independencia formaban la tertulia de Rosita, que con el entusiasmo febril con que las mujeres se apasionan de toda idea grandiosa, se hizo ardiente partidaria de la Patria".

En 1818 fue denunciada a la Inquisición por tener libros prohibidos, lo que habla muy en alto de su personalidad, pues claramente se aprecia que era del gremio de las mujeres liberadas que pensaban en aquellos tiempos de obscuridad y tinieblas coloniales y hasta figuró en el Registro Secreto por lectora de las cartas de Abelardo y Eloísa y de libritos pornográficos.

(I) Palma no indica qué clase de libritos pornográficos eran los que leía Rosita, pero quizá pudieron ser novelitas rosas o hasta relatos picantes. Nada más.
Cuando San Martín desembarcó en Pisco, Rosita se había desembarazado del español, tenía por amante oficial al General Domingo Tristán y entabló correspondencia con el egregio argentino. Tristán y Lamar, que era otro de los apasionados de la gentil dama, servían aún bajo las banderas del rey y acaso tuvieron en presencia de la joven, expansiones políticas que ella explotará en provecho de la causa de sus simpatías. También se decía que el Virrey La Serna la galanteaba y que no pocos secretos de los realistas pasaron así, desde la casa de Rosita, hasta el campamento de los patriotas en Huaura.

Dos sacerdotes amigos del General Tomás de Heres, Capitán del Batallón Numancia, instábanle a afiliarse a la buena causa, pero él se mostraba irresoluto; sin embargo, los encantos de Rosita terminaron por decidirlo y el Numancia y sus novecientas plazas se incorporaron a las tropas republicanas en 1821. La Causa de España en el Perú quedó desde ese momento herida de muerte. Poco después Rosita se confabuló con Juan Santalla, Comandante del batallón Cantabria en la fortaleza del Callao, para que también se pasara a los patriotas, pero a última hora se arrepintió y rompió con sus amigos.

San Martín no dio motivos de escándalo en Lima por aventuras mujeriegas y sus relaciones con la Campusano fueron de tapadita. Jamás se le vio en público con su querida, pero como nada hay oculto bajo el sol, algo debió traslucirse y la querida quedó bautizada con el sobrenombre de la Protectora.

EI 11 de Enero de 1822 San Martín creó por decreto a ciento doce damas caballeresas de la orden del Jol del Gerú seglares y treinta y dos monjas escogidas entre las mas notables de los trece monasterios de Lima y entre las primeras se encontraron las Condesas de San Isidro y de la Vega y las Marquesas de Torre-Tagle, Casa Boza, Castellón y Casa Muñoz, así como la Campusano, que fue investida con la banda bicolor blanco y rojo, distintivo de las caballerosas. La banda llevaba en letras de oro la inscripción siguiente: "Al patriotismo de las más sensibles".

Cuando San Martín se alejó del Perú después de su entrevista con Bolívar en Guayaquil, la Campusano dejó de figurar en primeros planos, pero en cambio su amiga de toda intimidad Manuelita Sáenz tomó la posta con Bolívar. No se ha examinado todavía el papel protagónico de la Campusano en la política sudamericana de entonces ni tampoco su influencia sobre Manuelita Sáenz, pero es indudable que debió haberle servido de modelo, dada la admiración que la Saénz le tenía.

Hacia 1832 Rosita inició relaciones con el comerciante alemán Juan Weniger, propietario de dos valiosos almacenes de calzado en la calle de plateros de San Agustín y fue madre de Alejandro Weniger Campusano, a quien sin embargo no crió porque se lo arrebató el padre cuando ambos se separaron. Rosita posiblemente estaba pobre y no hubiera tenido dinero como para darle una buena vida y educación.

Entonces debió padecer pobrezas, quizás miserias y hasta sufriría alguna caída y rotura pues hacia 1846 vivía en los altos de la Biblioteca Nacional, en un departamento compuesto de dos cuartos que le había cedido el ilustre director Francisco de Paula Vigil.

Palma cuenta sus impresiones de ella: "Era una señora que frisaba en los cincuenta, de muy simpática fisonomía, delgada, de mediana estatura, color casi alabastrino, ojos azules y expresivos, boca pequeña y mano delicada. Veinte años atrás debió hacer sido mujer seductora por su belleza y gracia y trabucado el seso a muchos varones en ejercicio de su varonía. Se apoyaba para andar en una muleta con pretensiones de bastón. Renqueaba ligeramente. Su conversación era entretenida, si bien a veces me parecía presuntuosa por lo de rebuscar palabras cultas".

Eso del color alabastrino (blanco mate) nos hace pensar que la abuela de Rosita, esclava como dice la partida, debió ser mulata y no negra, pues hubiera sido muy raro que su nieta naciera blanca y ojos azules. En fin, es un misterio de la genética que no cabe ni siquiera tratar de estudiar, pues no existen las fuentes documentales debido a que esos pequeños detalles no se escribían. Con todo, es necesario aclarar que en el Guayaquil del siglo XVII, los esclavos no eran solamente negros sino también mulatos y algunos de ellos tan blancos que hubieran podido pasar por españoles.

Palma termina diciendo que Rosita debió morir por los años 58 al 60 en Lima y que su hijo falleció de Capitán en una batalla civil, de las muchas que tuvo el Perú en el siglo XIX, aclarando que nuestra paisana Rosita "fue una mujer con toda la delicadeza de sentimientos y debilidades propias de su sexo". En su corazón había un depósito de lágrimas y de afectos tiernos y Dios le concedió hasta el goce de la maternidad, Era devota y creyente, amaba el hogar y la vida muelle de la ciudad, nunca paseó sino en calesa, enorgulleciéndose de ser mujer, preocupándose de la moda en sus vestidos y deslumbrando por la profusión de pedrería fina. Sabía desmayarse, perfumaba sus pañuelos con los más exquisitos estractos ingleses. El galante Arriaza y el dulcísimo Menéndez eran sus poetas. Era el prototipo de mujer-mujer. Su patria el Ecuador aún no le rinde el homenaje de admiración que se merece por su talento, belleza y patriotismo.