DANIEL ALCIDES CARRION
GARCIA
MÁRTIR
DE LA MEDICINA MUNDIAL.- Nació en el asiento
minero de Cerro de Pasco, Departamento de Junín,
el 12 de Agosto de 1857 y fue bautizado en la Iglesia
de Chaupimarca de un mes y veinte días de nacido.
Fue su padre el Dr. Baltazar Carrión y Torres
quién nació en Loja en 1821, quedó
huérfano y pobre desde niño, se doctoró
de Abogado en 1838 y de Médico en 1840 en la
Universidad Central de Quito: el 52 fue expatriado
a Lima por floreano, siguió a Moquegua y el
53 se estableció en Cerro de Pasco donde ejerció
la medicina y se enamoró de la joven Dolores
García Ungaro, falleciendo trágicamente
en 1865 al escaparse un tiro de su revólver
cuando trataba de subir sobre la montura de un caballo
muy fogoso.
Daniel Alcides quedó
huérfano a los ocho años y estudió
parte de la primaria en Cerro de Pasco y el resto
en Tarma al cuidado de la familia de su madre. En
1871 se trasladó a Lima con el fin de ingresar
al Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe donde
siguió brillantemente la enseñanza media.
En las vacaciones regresaba a la hacienda Huanagchaca
(Raro Puente) en Tarma, de propiedad de su tío
y tutor Miguel Ungaro, donde residía normalmente
su madre, a 2.600 metros de altura.
En 1880 ingresó
a la facultad de Ciencias Médicas también
llamada de San Fernando, en la célebre Universidad
limeña de San Marcos y fue discípulo
de los Drs. Leonardo Villar y José María
Romero, practicando en el Hospital “Dos de Mayo”,
pero pronto suspendió sus estudios y se enroló
en el ejército peruano durante la guerra con
Chile, haciendo labores de enfermería. El 15
de Enero de 1881 asistió a la célebre
batalla de Miraflores que se libró en los extramuros
de Lima, siguiendo en el ejército hasta el
83, que reinició sus estudios de medicina e
interesándose en una epidemia que con características
mortíferas mataba a cientos de obreros que
construían el ferrocarril central del Perú
entre Lima y la Oroya, cuya mayor incidencia estaba
en un punto bajo, una hoya geográfica por donde
se levantaba un puente.
Fruto de estas observaciones
fueron unos “Apuntes sobre verruga peruana”
que anotaba en un cuaderno desde la muerte de su amigo
Orihuela. Carrión había detectado en
los enfermos que ingresaban al Hospital con fiebre
alta y anemia aguda con verrugas o sin ellas, que
muchísimos morían y los que lograban
superar esta fase febricitante casi siempre les salían
las verrugas, de suerte que cabía preguntar
si sería una sola enfermedad con diferentes
períodos o si por el contrario eran dos enfermedades
distintas llamadas “Fiebre de la Oroya”
y “Verruga eruptiva peruana”, respectivamente.
Para dilucidar esta interrogante
el 27 de Agosto de 1885 y estando rodeado de varios
compañeros de estudio, decidió inocularse
en los antebrazos con una lanceta; mas, el Jefe del
Servicio del Hospital Dr. Evaristo Chávez,
no pudiendo disuadirle de este peligrosísimo
experimento científico, terminó por
ayudarlo, evitándole el riesgo de mayores daños
y le inoculó cuatro veces la sangre extraída
de una verruga benigna a la joven paciente de catorce
años Carmen Paredes, que ocupaba una cama en
la sala de las Mercedes. La expectación fue
grande y el momento solemne. Dichas inoculaciones
se hicieron con sangre reciente de un tumor verrucoso
rojo, clásico de la enfermedad y ninguno de
los presentes pasó por alto el enorme riesgo,
mortal si se quiere, que esto entrañaba.
I transcurrieron los días
sin que nada ocurriera. Todos en la Facultad de Medicina
y el Hospital “Maison de Sante” que fue
donde se practicó las inoculaciones, vivían
a la expectativa. Una semana, dos y al final de la
tercera, cuando casi se cumplía el vigésimo
tercer día y en horas de la tarde, siendo el
17 de Septiembre de 1885, comenzó a experimentar
un ligero malestar acompañado de dolor en la
pierna y pié izquierdo, fiebre y diarreas.
Entonces el intrépido joven comenzó
a redactar su historia clínica con toda proligidad.
Esa noche durmió bien.
El 18 no registró novedad notable pero en la
tarde se agravó el malestar y por la noche
experimentó calambres en la región abdominal,
decaimiento y postración con fortísimos
escalofríos cortos y repetidos y una pérdida
general de fuerzas, ardor quemante en el estómago
y nuevamente la fiebre excesiva acompañada
de dolores a las articulaciones que no le dejaban
moverse.
Tampoco se podía mantener
en pié ni mucho tiempo acostado en la misma
posición pues prontamente se le hacía
insoportable, agravando su condición general
un persistente insomnio y diarreas.
El 20 estuvo postrado
con 39,4 grados de fiebre, tomó algunos alimentos
ligeros que sin embargo le provocaron repetidas y
violentas nauseas pues solo aceptaba su estómago
el vino mezclado con agua. Un sopor general lo invadía,
los dolores articulares habían aumentado, la
orina se le presentaba escasa, roja obscura y muy
sedimentosa.
El 21 tuvo una gran sed todo el día y la fiebre
se mantuvo en 39, 2 grados, pero los dolores decayeron.
El 22 siguió la sed y la fiebre bajó
a 38,8 presentando su piel un tinte ictérico
amarillento y en algunas partes pequeñas manchas
sanguíneas como de picadas de pulgas. El 23
mantuvo la sed aunque bajó la fiebre a 37,9
los dolores casi no aparecieron y por primera vez
tuvo apetencia. El 24 pasó sin fiebre y mucho
mejor, pero la orina, seguía roja y desde las
cuatro de la tarde se le presentaron dolores en el
abdomen derecho y cabeza, mucha fatiga, calambres,
insomnio y empezó a orinar en mayor cantidad.
El 25 tuvo un poco de dolor de cabeza y muchos dolores
y calambres en todo el cuerpo.
Hasta aquí pudo anotar
su historia clínica, pues en adelante empezó
a trasmitir sus síntomas a los practicantes
externos del Hospital, sus amigos Casimiro Medina,
Enrique Mestanza, Julian Arce, Mariano Alcedán,
Ricardo Miranda y Manuel Montero que se turnaban para
cuidarlo con afecto. Estaba muy debilitado y aunque
había superado la primera fase de la enfermedad,
la aguda, crítica y hasta mortal en la mayoría
de los casos, seguía con padecimientos que
no eran los usuales en la Fiebre de Oroya ni en la
Verruga Peruana, de suerte que sus profesores comenzaron
a temer que hubiera contraído alguna complicación
gravísima, a causa de lo bajo de sus defensas
orgánicas. Sobre todo los alarmaba el color
de su piel que denotaba a primera vista un marcado
tinte icteroide.
El Dr. César Romero
Zelada, inmunólogo y profesor principal de
las Universidades de San Marco y Villareal, acaba
de lanzar su teoría por la cual demuestra que
Carrión posiblemente fue atacado por la bacteria
Salmonella, causante de la intoxicación severa
llamada “Salmonelosis”, puesto que ni
la fiebre de la Oroya ni la Verruga Peruana producen
daño al hígado e ictericia, ni dilatación
en el bazo como se comprobó con la autopsia
practicada a Carrión.
Además, para el 25 de
Septiembre, había superado la fase febricitante
y entraba en la eruptiva, menos maligna y llamada
por ello fase de recuperación ya que las verrugas
aunque feas. Duraban poco, no molestaban y se desprendían
sin dejar lesiones.
El día 26 se observó
en el paciente una ligera palidez, inapetencia y agitación
nocturna e insomnio, conservando una perfecta lucidez
mental. El 27 no tuvo fiebre, desaparecieron las manchas
pero se acentuó la ictericia, signo inequívoco
de que su mal seguía en aumento.
El 28 fue dominado por
la anemia (O por la salmonelosis?) sus compañeros
se asustaron pero él trató de calmarlos
y hasta les hizo unas cuantas bromas, aseverándoles
que ya estarían por brotar las verrugas, principio
del final de sus males. Acusó mareos, abatimiento,
debilidad extrema, deposiciones líquidas y
verdosas y solo pudo conciliar el sueño a las
doce de la noche. El 29 todo siguió igual pero
se logró levantar de la cama en el día
y por la noche lo atormentó el insomnio y comenzó
a desvariar presa de grave agitación. El 30
tuvo vómitos que él explicó por
la ingestión de alimentos pero que bien pudieron
ser provocados por la intoxicación aguda que
sufría. No probó bocado, siguieron las
náuseas y deposiciones muy fétidas y
precedidas de retortijones. Sus amigos lo velaban
por que solo había podido dormir dos horas.
Con todo, quizo un cigarrillo pero solo alcanzó
a fumar la mitad. El 1o. de Octubre estaba casi exague,
sus pulsaciones aumentaron de 100 a 110, tuvo mareos,
vértigos y no pudo pararse siquiera, aparte
de unos “sobresaltos a los tendones” que
se consideraron síntomas graves anunciadores
de su próximo fin. Tampoco deseaba la compañía
de nadie, pero en la noche durmió haciendo
apagar y prender la luz en varias ocasiones. El día
2 le subió el pulso a 115, tuvo la lengua muy
seca, sufrió dolores al hígado y deposiciones
negruzcas como de sangre digerida. Su piel parecía
atacada de pirexia infecciosa, el rostro estaba desencajado,
los ojos hundidos, la nariz afilada y la mirada sombría.
Discutió con sus amigos sobre la enfermedad
que lo aquejaba, que parecía muy diferente
a la que se había inoculado, al punto que ellos
dudaban que fuera fiebre de la Oroya, pero él
insistía en tenerla. Orinaba menos y de noche
tuvo una amnesia verbal que le desesperó e
hizo que exclamara “No sé porqué
me he vuelto tan torpe” el sueño fue
intranquilo y agitado. El día 3 le subió
la fiebre a 37,7, la lengua se le puso pegajosa y
seca y sufrió gran sed pero no orinó.
Su conversación volvió a ser clara,
tuvo defecaciones casi normales y dolores de vientre
y le salieron las verrugas. El día 4 se mantuvo
sin fiebre, le sobresaltaron los tendones, orinó
bastante y claro y se decidió trasladarle al
Hospital Francés para una transfusión
de sangre. Fue vestido y colocado en una camilla,
conversó con el estudiante Izaguirre, se despidió
de su madrina rogándole que ocultara su estado
a su madre y al dar una última mirada al Hospital
sufrió un desmayo y cayó en brazos de
sus amigos. La transfusión fue aplazada y esa
noche sufrió notable alteración, agitación,
ansiedad y balbuceo de palabras incoherentes. El día
5 ni habló ni estuvo conciente y a las 11 y
30 de la noche murió con un suspiro breve y
profundo.
De haberse conocido cual era
su verdadero mal quizá lo hubieran podido salvar.
También parece que el tratamiento que se le
administró a base de pastillas de sulfato de
quinina e inyecciones de ácido fénico
empeoró su estado con molestias accesorias;
la ciencia médica estaba comenzando, no se
tenían microscopios electrónicos ni
medicamentos sutiles y apropiados. La salmonelosis
tampoco se conocía.
Su dolorosa muerte permitió
sin embargo probar que la Fiebre anemizante de la
Oroya y la Verruga Peruana era una misma enfermedad
en dos etapas distintas y que su transmisión
se realizaba por inoculación.
Al cumplirse el primer
aniversario de su muerte o mejor dicho, de su valerosa
y abnegada inmolación en aras de la ciencia,
la verruga fue llamada “Enfermedad de Carrión”,
consagrándose su nombre en los anales de la
Medicina Mundial.
En 1909 el Dr. Alberto Barton
descubrió el germen de la verruga dentro de
los hematíes, de allí la anemia progresiva
y aguda que ocasionaba y las verrugas. En 1915 los
bacteriólogos norteamericanos Drs. Richard
Strong, Tyszer y Sellards identificaron plenamente
a dicho germen, bautizándole con el nombre
de “Bartonella baciliformis”. El 27 el
Dr. Telemaco Battistini cultivó y aisló
el germen e inoculó en monos que contrajeron
la dolencia. El 1929 los Drs. Noguchi, Shamon, Tilden
y Tyler dieron a conocer que los mosquitos Phlebetomus
o Titiras son los vectores de la enfermedad y no los
chiches como se había venido sosteniendo. Hoy
con los insecticidas y los antibióticos prácticamente
ha desaparecido la verruga y solo se reportan muy
de vez en cuando algunos casos aislados en la meseta
andina central del Perú, pues en el resto del
mundo no se la conoce.