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FRANCISCO TOMALA
CACIQUE DE PUNA.- Hacia 1530 Atahualpa había derrotado a Huáscar y recibido la adhesión de numerosos Caciques, el de Túmbez, entre otros; en la Isla Puna ya no existían los inspectores dejados por Huayna Cápac o sus sucesores, pues los indómitos puneños aprovechando las discordias del Incario habían dado buena cuenta de ellos por eso el Cacique de Túmbez llamado Chili Masa viajó hasta Tomebamba a encontrarse con Atahualpa, al que colmó de homenajes y presentes y juntos regresaron a la costa con el fin de atacar la Puna gobernada por el Cacique Tomala, como lo mencionan los Cronistas.

Primero Atahualpa hizo construir numerosas balsas pues Tomala y sus guerreros lo esperaban en aguas del golfo de Guayaquil. La batalla fue naval. Atahualpa contaba con 12.000 hombres que a pesar de no ser tan diestros en el manejo de las balsas iban ganando la contienda, cuando el Inca fue herido malamente en un muslo y abandonando el combate se retiró a curar el flechazo a Cajamarca, dónde era fama que existían baños termales. Esta gran victoria aseguró la independencia de la Isla y dio gloria a su Cacique Tomala, que aprovechó el desamparo en que había quedado la población marítima de Túmbez, para atacarla, saqueándola y tomando más de 600 prisioneros, que esclavizó y condujo a Puna.

A los pocos meses, en 1531, Tomala recibió la noticia de que unos hombres blancos y barbados venían con dirección a la Isla procedentes de las costas de Manabí, pensó que serían de gran ayuda en sus luchas y como temía al retorno de Atahualpa, optó por recibirlos con todo género de consideraciones, con flautas y tambores. Era Pizarro que con 180 hombres y 37 caballos llegaba dispuesto a destruir el imperio. Su arribo causó
sensación. Pizarro hizo bautizar a Tomala por Fray Vicente Valverde quien le impuso el nombre de Francisco, tras lo cual fue obsequiado con objetos de oro y plata y aposentado en el caserío de Bon también llamado por los cronistas posteriores con el nombre de Puna vieja, por espacio de seis meses, mientras esperaba la venida de Hernando de Soto, que debía traerle más gente desde Nicaragua; los conquistadores abusaron de la hospitalidad de los indígenas, saqueando sus templos y tesoros y tomando a sus mujeres, aunque muchas de ellas se entregaban de buen grado como refieren los Cronistas. La hija de Tomala, bautizada luego con el nombre de María. fue “empreñada” por el Cap. Sebastián de Benalcázar y de allí nació una niña bautizada con el nombre de Isabel, cuya historia conoceremos después.

Pero como todo tiene su fin, un día terminó la paciencia de los Puneños y acordaron una cacería para matar a los extranjeros; Felipillo -que hacía de traductor de Pizarro- supo el plan y lo puso sobre alerta. En otra oportunidad quisieron matarlos mediante el ardid de venir bailando “taqui” para ocultar sus intenciones y poder acercarse al campamento español y las cosas iban bien, pero Pizarro les ganó la delantera irrumpiendo en los aposentos reales de Tomala, al que apresó en unión de tres de sus hijos y de dos Caciques principales. Los demás señores de la Isla lograron fugar internándose por bosques y manglares, de donde se infiere que este tipo de sorpresas era una de las tácticas usadas por Pizarro, mucho antes que llegara a Cajamarca.

Esa noche los españoles desvalijaron a los indígenas y tornaron providencias esperando su ataque, que ocurrió a la madrugada, muriendo mucha gente en ambos bandos. La batalla o “guazabara” duró hasta el mediodía en que huyeron los puneños, pero no pudieron ser exterminados porque los caballos estaban cansados de tanto luchar.

Al otro día Pizarro envió a su hermano Juan y a Benalcázar con gentes de cuadrillas para que se dispersaran por la Isla continuando la persecución; también socorrió a los soldados que estaban en los navíos cercados por algunas balsas con 300 indios flecheros. Allí fue herido Hernando Pizarro en una rodilla y mal la hubieran pasado los españoles de no haber sido por el providencial arribo de Hernando de Soto y sus indios de Nicaragua. Entonces los puneños se vieron perdidos y embarcaron a sus mujeres e hijos y los mandaron en balsas a las costas de Balao, dejando despoblada la isla. Este éxodo masivo es uno de los capítulos más heroicos y trágicos de nuestra historia, es la saga o epopeya de todo un pueblo, aunque la historia casi ni lo recuerda. Desde entonces hubo guerrillas en los montes y manglares de la Puna.

Mientras tanto los tumbecinos enviaron mensajeros a Pizarro y éste les devolvió los 600 esclavos llevados meses atrás por Tomala, que gemían en prisiones. Este gesto fue agradecido con lágrimas, porque los suponían horriblemente atormentados y muertos. Enseguida los mensajeros cobraron ánimo y pidieron a Pizarro la entrega de los caudillos puneños apresados en la guerra contra los españoles, a los que mataron con las más salvajes torturas, delante de los soldados de Pizarro que se solazaban para sus adentros. Entonces se le ocurrió a Pizarro el ardid de inventar que tres indias halladas en la Puna habían sido sirvientas de Morillo y Bocanegra -españoles quedados en el Perú en 1527 cuando Pizarro regresó a España a negociar su Gobernación- y que en las topas de éstas se había encontrado un papel escrito por Bocanegra que decía “los que estas tierras viéredes sabed que hay mas oro y plata en ellas que hierro en Viscaya” y así obtuvo que sus ingenuos hombres cobraran nuevos arrestos y de decaídos tornáranse en optimistas y con ellos salió de la Puna el 16 de Marzo de 1532 dejando en libertad a Tomala y a sus hijos. Un rastro de destrucción quedó a su paso y jamás volvió la isla a ser lo mismo que había sido antes, emporio de trabajo y riqueza, donde vivían numerosísimas tribus formando una confederación de pescadores, agricultores y comerciantes.

En 1535 Francisco de Barrionevo informaba que estando en la Puna trató al Cacique “Buen indio, amigo de los españoles, que se estaba muriendo y díjele que porque invocaban al diablo y que no sanaría por ello y que si quería que lo curase y él dijo que sí...envié por una lanzete y sangrele, después hícele sacar la lengua y sangrele allí por dos partes, que salieron de allí siete u ocho gotitas de sangre de cada sangradura y luego estuvo bueno y haciale comer unos pedazos de unas tortillas secas de manera que sanó.

En Noviembre de 1541 la Puna fue visitada por el Obispo del reino Fray Vicente Valverde quién llegó huyendo del bando de los almagristas. No era la primera vez que la visitaba y aún lo recordaban por su hábito blanco y por los desmanes cometidos en otras ocasiones, de suerte que aprovechando un descuido lo sorprendieron con sus acompañantes; su cuñado el Dr. Juan Velasquez, el Captn. Juan de Valdiviezo, un sobrino del Obispo y un dominico que lo acompañaba y los martirizaron en una playa, sacándole al obispo el pellejo en tiritas, que las comían en su presencia y así lo tuvieron por espacio de casi un día, hasta que falleció “comido vivo”.

Este levantamiento duró poco, pues a mediados de 1542 cayó sobre la isla el Capitán Diego de Urbina con numerosos españoles y tras largo batallar sometieron a los insurrectos. Numerosos Caciques fueron ahorcados en señal de escarmiento y posiblemente entonces debió morir Tomala, aunque se ignora cual fue exactamente su fin, pues bien pudo ser en batalla o de otra muerte violenta. En todo caso se salvó su familia compuesta de su hija María, la de los amores. con Benalcázar; y de un hijo menor de edad llamado Diego que en 1542 fue tomado a cargo por los frailes mercedarios dejados por Urbina en la Puna y con el andar del tiempo se hizo indio ladino porque aprendió a leer ya escribir y sucedió en el cacicazgo a su difunto padre.

Este don Diego se civilizó y fue padre de Don Francisco Tomala, Cacique principal de los Partidos de la Puna y Machala por expreso reconocimiento de Felipe II, que además le concedió un hermoso Escudo de Armas; Don Francisco contrajo matrimonio en Lima con la española María Josefa del Castillo, teniendo por hijo a Don Lorenzo Tomala, igualmente Cacique principal de dichos Partidos, que casó con su tía tercera Doña María de Rojas y Benalcázar, hija legítima del General Gabriel de Rojas y de Doña Isabel de Benalcázar y Tomala. Los descendientes de los Tomala del Castillo Rojas y Benalcázar se han perpetuado por líneas femeninas en las más ilustres familias de Guayaquil.

Los Caciques Tomala fueron los mayores defensores de los derechos de los pueblos indígenas de la costa sur del Ecuador y en sus luchas contra los tumbecimos, incas y españoles dieron comienzo a nuestra soberanía en el golfo de Guayaquil.