"Su deceso fue profundamente
sentido por quienes tuvieron la dicha de conocerlo,
de gozar de la amistad de su trato, la elevación
de su espíritu, la inalterable franqueza y
la generosidad de su carácter" y Víctor
Manuel Rendón editó en Madrid su biografía.
Las poesías de Olmedo aparecieron en 1896 en
Garnier Hermanos de París, por manos de su
albacea testamentario y cuñado Crisanto Medina,
precedidas de unos eruditos "Datos y Noticias
acerca de Olmedo" en 50 páginas, "en
gran parte acopiados y hasta cierto punto ordenados,
faltando al todo nada más que la última
mano, por así decirlo". Camilo Destruge
indicó que por este trabajo de conocimientos
y luces Ballén merece figurar entre los buenos
literatos ecuatorianos.
El último ecuatoriano
que tuvo la suerte de verle vivo fue el Cónsul
del Ecuador en Saint Nazaire, Enrique Dorn y de Alzúa
quien le visitó en su casa de París
a las once de la mañana. Ballen acababa de
arribar de un viaje de pocos días al pueblito
de Marly en las cercanías de esa capital, cuando
sintiéndose mal, adelantó el regreso,
se acostó sin malos presentimientos y mandó
a llamar al médico, que le declaró a
Dorn, al salir juntos de la casa, la gravedad del
enfermo, y la urgente necesidad de avisar a los deudos.
Dorn fue a la suya, se sentó a almorzar, pensando
luego en el aviso y en regresar a donde Ballén,
cuando se presentó el portero de la casa de
la Avenida Mac Mahon a comunicarle la tristísima
noticia.
"Al morir solamente
dejó trescientos mil francos, exactamente la
suma de dinero que había llevado del Ecuador
en 1869, pero en cambio quedó su generosidad
sin límites y su prudente conducta, como recuerdos
admirables de quien practicó la filantropía
casi de continuo, sin esperar ninguna retribución
a cambio".
El sepelio no tuvo el
debido acompañamiento aunque la concurrencia
fue sin embargo numerosa, porque era la temporada
de verano en que las familias acostumbran salir del
calor de París y casi toda la colonia ecuatoriana
se encontraba fuera, en los Alpes o en los Pirineos
y hasta en las Caldas, o a las orillas del mar. Incluso
la familia Ballén se hallaba dispersa por Francia,
pues a nadie se le había ocurrido que pudiera
ser tan grave la dolencia de su deudo.
Varón sin vicios,
de gustos sencillos, que vivió sin ostentación
ni boato en sucesivos pisos modestamente amoblados
en la calle Lafayette y luego en sus parcos domicilios,
que iba por las calles de París en coche de
punto, solo se dio el lujo de los viajes que hizo
a algunas naciones de Europa admirando las obras maestras
de la naturaleza y del arte en Francia, España,
Bélgica, Suiza, Italia, la Gran Bretaña,
Alemania, Suecia y Rusia. Esclavo de su palabra, no
se desligaba nunca del compromiso voluntariamente
contraído. Fue protector de su familia, padre
de sus numerosas hermanas e hijo amantísimo.
El sueldo que ganaba en el banco llegó a ser
de cien mil francos mensuales, suma que no parece
exagerada a quien esté enterado de las obligaciones
y responsabilidades que asumió y de la labor
diaria que se impuso allí, donde los negocios
se cifraban por millones. Mas, en los últimos
años de su vida, el sueldo le fue rebajado
progresivamente, invocándose con motivo, que
las operaciones bancarias se habían reducido
y que sería retribuido en su mayor parte, porque
los pleitos estaban ganados; en realidad, porque el
mal estado de su salud le impedía prestar sus
buenos servicios con la diaria asiduidad de antes.
En el año en que acaeció su muerte solo
le abonaban mil francos mensuales. Dio una nueva prueba
de su delicadeza al aceptar como lógico este
procedimiento, confiado en que se le cumpliría
la promesa de una justa compensación, después
de sentenciado favorablemente el último pleito
con el gobierno del Perú. Cuando éste
se falló en Suiza, ya no existía el
señor Ballén. En París dejó
dos hijos más llamados María Luisa y
Clemente, en la dama francesa Magdalena Voltaire,
natural de Estrasburgo, en la AIsacia, La primera
casó igual con Ramón Valdés Mac
Kliff y fue madre de Ramón Valdés Ballén
funcionario jubilado de la Cancillería ecuatoriana
en Quito, quien casó con Isabel Cornejo Carvajal,
de Guayaquil, y tienen sucesión; y María
Luisa Luisa Valdés Ballén, quien casó
en Quito con el Dr. Leonardo Cornejo Sánchez,
sin hijos. El segundo vino al Ecuador durante la Gran
Guerra, como miembro de la Cruz Roja francesa, a hacer
propaganda en favor de su patria. En la segunda Guerra
cayó prisionero de los alemanes y el presidente
Arroyo del Río, respondiendo a una campaña
nacional a su favor, solicitó su libertad a
Hitler, quien en gesto amistoso la dispuso. Ignoro
si casó y dejó descendencia. (2)
Al saberse en Guayaquil
la muerte de Clemente Ballén el Concejo Cantonal
dictó un honrosísimo Acuerdo ordenando
que la antigua calle de la Aduana llevara su nombre
y que se realizaran "exequias públicas
y solemnes el día 28 de Agosto en la Catedral,
como una manifestación póstuma al eminente
ciudadano cuya pérdida lamenta".
De la pluma de Víctor
Manuel Rendón Pérez, que mucho le estimó
y hasta fue su ahijado de matrimonio, tomamos la siguiente
descripción física y moral de nuestro
biografiado: "Hombre ejemplar ilustre ecuatoriano,
apreciado durante su vida, llorado a su muerte, honraba
a su Patria sirviéndola en París. A
primera vista resultaba simpático, el corte
de la barba le daba cierto aire de magistrado o de
notario parisiense. Era lo que los franceses llaman
un hombre guapo. De alta estatura, su corpulencia
conservaba con la armoniosa proporción de las
líneas, la distinción del caballero
de elevada posición social, su rostro ovalado
cuya tez lejos de revelar a un hijo del trópico,
podía por la blancura rivalizar con la de un
(2) Clemente Ballén
de Guzmán y Voltaire fue condenado a muerte
por los alemanes el 3 de junio de 1942, por un consejo
del tribunal militar, ante el comandante de las fuerzas
militares de Francia. El mariscal Keitel le conmutó
la pena por doce años de prisión. Tras
la guerra vivía en Fontaimebleau. Murió
años después “dejando el recuerdo
de excepcional caballero y gran amigo”.
anglosajón, lucía
cortas patillas negras en las que ya brillaban algunas
hebras de plata, como en los cabellos negros también,
que rizaban naturalmente y separados por la raya del
lado izquierdo, disimulaban aun la incipiente calvicie,
quedando descubierta la ancha frente característica
del ser inteligente. Se hacía afeitar los bigotes
y parte de las mejillas sin permitir que el barbero
le enjabonara la cara y sólo humedecida se
la rapaba, según la costumbre alemana, por
lo que sin duda conservó tan frescas las facciones
hasta el fin de su vida. En la boca mediana, de blanca
dentadura, de labios delgados, que nunca vi abrirse
para una palabra descomedida o malévola, se
dibujaba con frecuencia la sonrisa apacible, reflejando
su buen humor constante. La nariz aguileña
medía las justas proporciones para acentuar
la distinción de su fisonomía sin parecer
demasiado grande. Risueños eran los grandes
ojos negros, cuyas miradas francas, espejo de un alma
honrada y bondadosa, al par de una inteligencia privilegiada,
inspiraban absoluta confianza en su lealtad, en su
hidalguía".
"Su conversación
amena cautivaba y en ella, sin pedantería,
hacía gala de sólida instrucción
y de sorprendente memoria, abundando los recuerdos
patrios, los dichos picantes, y a la par de sus apreciaciones
políticas, la malicia de sus inagotables anécdotas
no podían sin embargo herir la susceptibilidad
de nadie. Gustaba de charlar y de escribir cartas
esmaltadas con las brillantes flores de su agudo ingenio,
de rodearse de amigos con quienes recordar las orillas
del Guayas".
"Sus ademanes tranquilos
y acompasados, sin que asomara en ellos ni afectación
ni orgullo. El lento andar tenía manifiesto
su ponderado juicio y vida metódica, igual
que sus finos modales la urbanidad y cortesía
de un cumplido caballero. Obsequioso con las damas,
su galantería era discreta, de buen tono, algo
tímida. La modestia realzaba el mérito
de sus buenas acciones. Vestía con sobria elegancia,
usando levita negra y ciñendo el cuello volteado
de la camisa con corbatas de colores obscuros en las
que prendía una hermosa perla. En los últimos
años de su vida ya no fumaba; pero como si,
en medio de continuas preocupaciones y abrumadores
quehaceres, acosado por gente importuna, se acostumbrara
a poner en práctica el consejo: a mal dar,
tomar tabaco, no dejaba de sorber rapé de una
tabaquera de carey, motivo por el cual gastaba pañuelos
de respetables dimensiones".
"Su sensibilidad
extremada, hija de su ingénita bondad, le obligó
a tolerar a menudo inauditos asaltos a su bolsillo.
Su corazón noble y generoso no sabía
rehusar el servicio que se le pedía ni su cartera
se cerraba a los que no se cansaban así de
solicitar su auxilio pecuniario".
En 1925 el Banco Comercial
y Agrícola emitió billetes de un sucre
con su efigie, muchos de ellos aún son conservados
por coleccionistas y tienen un gran valor.
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