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PEDRO JOSE HUERTA
HISTORIADOR.- Nació en Guayaquil el 9 de Febrero de 1880. Hijo legítimo del Dr. Bartolomé Huerta y Bravo, abogado manabita de Montecristi, fallecido del corazón en 1880 y de Eufemia Gómez de Urrea y Borja, mujer que se caracterizó por una gran fortaleza de ánimo pues al morir su marido ella afrontó la situación.

El octavo de nueve hermanos, la última de las cuales. Mercedes, nació póstuma; el futuro historiador vio la luz en la vieja casa familiar de las Peñas que se quemó durante el Incendio Grande de 1896 y su niñez fue pobre pero feliz.

Estudió la primaria con el preceptor Tomás Martínez y la secundaria en el San Vicente del Guayas. Para ayudarse entró de boletero los fines de semana al Hipódromo. Tenía un carácter tímido, mas bien introvertido, que hacíale un tipo aparte con acentuados rasgos Victorianos, pero se esforzaba por ser útil y servir a sus semejantes.

En 1892 pintó el techo de la sala de su casa tomando modelos europeos y la obra le salió tan bonita y parecida al original, que su madre se enorgullecía enseñándola al vecindario para que apreciaran su belleza.

Graduado de Bachiller en Humanidades Clásicas con honores, su madre le pidió que estudiara medicina y casi por complacerla siguió dichos cursos. Al mismo tiempo recibió la cátedra de Historia en el Colegio Vicente Rocafuerte (1899) donde laboró sin descanso durante treintitrés años hasta jubilarse en 1932.

Entre 1900 y el 4 fue miembro del directorio del Ateneo Vicente Rocafuerte.En 1903 fue secretario de la Asociación Escuela de Medicina. Leía francés, griego y latín, era un joven caballero de finas maneras, delgadísimo, elegante, culto y hasta con un cierto orgullo intelectual que se traslucía en su porte espigado, delicado, austero; su interior era bondadoso, amable y jamás se le vio o conoció un gesto impropio o una grosería; dominaba a los alumnos con su sola presencia, imponiendo respeto a todos.

En 1906 se graduó de médico y viajó a Quito por vacaciones, a visitar a su hermano mayor Emilio Clemente, que era un exitoso abogado y estaba casado con Colombia Alfaro Paredes, hija del presidente Eloy Alfaro, quien le atendió con deferencias y hasta le obsequió una fotografía suya con la siguiente dedicatoria: "Al joven Huerta, con mucho afecto. Eloy Alfaro", que éste conservó con devoción hasta el final de sus días, encima de su escritorio a la vista de todos.

En Enero de 1908 se licenció en Medicina, Doctor en Medicina en 1909. Miembro correspondiente de la Academia Colombiana de Historia ese año. Miembro del Consejo Escolar de Guayaquil en 1912.

Entonces a sus treinta años, le sucedió un episodio romántico que lo marcaría para siempre; pues conoció en un paseo a la joven Ofelia Sarasti Alvarez, hija del General José María Sarasti vencido en Gatazo en 1895 por Alfaro, y se enamoró perdidamente de ella. Fue algo así como amor a primera vista pues Huerta era muy romántico, pero alguien debió convencerle de que era un amor políticamente imposible pues su hermano estaba casado con la hija del General vencedor en dicha batalla y a pesar de que era muy bien correspondido y hasta invitado a esa casa, tuvo que renunciar a sus planes matrimoniales con Ofelia, que años después y ya treintona, contrajo matrimonio con Nicolás Martínez Holguín, de Ambato, y halló la felicidad por su cuenta, mientras Huerta se recluía solitario en su consultorio de la planta baja de la casa de su madre y hermanos, tres de las cuales vivían solteras en los altos: Eufemia, Clemencia y Mercedes.

En 1913 dejó la medicina que venía ejerciendo sin pasión y comenzó a estudiar pedagogía en textos franceses. Era amigo personal del sabio Otto Von Buchwald, de José Gabriel Pino Roca y Modesto Chávez Franco entre otros; conversaban de cosas antiguas, con los dos primeros hacía expediciones a las pampas de Puna vieja y recogía cacharros. Sus alumnos vicentinos quizás por agradarle también le llevaban otros y así formó una colección de huacos cuyo cuidado alternaba con la filatelia y la numismática.

En 1919 aceptó el Vicerectorado del Vicente. ¡Qué respeto infundía! Nunca se disgustaba, jamás daba sermones, ni retos que hubieran desdicho de su tradicional cortesía decimonónica, que le llevaba a regalar libros a los mejores estudiantes y a estimularlos en clase con frases cortas de aliento, siempre positivas y muy laudatorias, a darles largas charlas fuera de clases a quienes quisieran escucharlo; por eso le veneraban sus muchachos y no faltaban quienes trataban de imitarlo en todo, hasta en los vestidos, pues Huerta era elegantísimo y siempre usaba tostada, terno de casimir inglés obscuro, chaleco de seda y fantasía, del que pendía una valiosa leontina de oro y reloj de bolsillo con tres tapas y campana. Los broches de ónix, los puños, cuello y pechera blanquísimos y almidonados completaban su atuendo y una aristocracia espiritual le rodeaba como un nimbo. Por lo demás, gustaba escuchar música clásica, leer buenos libros, pintar pequeñas acuarelas y usaba casi siempre un bastón de caña fina, más por pose que por necesidad.

En su desempeño pedagógico redactó en 1920 los Reglamentos Internos y la historia del colegio, además publicó numerosos artículos en la revista del Vicente y editó los siguientes textos en cuarto: 1) Curso Elemental de Historia Antigua, cuatro ediciones. 2) Curso Elemental de la Historia de la Edad Media, tres ediciones, 3) Curso Elemental de Historia Moderna y Contemporánea, dos ediciones.

Para 1930 su figura ya era arcaica pues seguía usando los cuellos altos y almidonados y unos bigotes grandes y terminados en punta, hacia arriba, como los que se habían usado en la "belle epoque" Indudablemente sus mejores tiempos habían pasado, pero el viejo maestro que tanto había bregado por forjar caracteres y valores para la lucha por la vida, no se sentía defraudado. Lo había dado todo, sin esperar nada a cambio; cientos de discípulos lo apreciaban y recordaban y él lo sabía.

En 1932 se jubiló con S/. 300 mensuales tras una brillantísima carrera que aún se recuerda, al punto que se ha llegados afirmar que ejerció el magisterio como un sacerdocio, "con el pulcro recato de un Amiel, que no era complejo de superioridad en nuestro coterráneo, pues se franqueaba con afabilidad a todos, sino trasunto de esencia personal, secreto de vivir en paz e hidalgamente" Y del Vicente pasó a enseñar al Instituto Nacional.

A fines de los 30 comenzó a concurrir por las mañanas al Liceo América de propiedad de su discípulo el Prof. Carlos Estarellas Aviles, para no perder el contacto vivificador de la juventud y por las tardes visitaba la Biblioteca Municipal a consultar las actas del Cabildo, y fue escribiendo numerosas crónicas a mano, en libretas que acumulaba en su departamento.

El 38 falleció su mamá pero nada cambió pues era muy unido con su hermana Eufemia. Con su hermano Emilio Clemente, que vivía en la casa de al lado, también lo era.

En 1947 editó en la imprenta Municipal su obra "Rocafuerte y la epidemia de Fiebre Amarilla" en 250 páginas, como homenaje al cumplirse el centenario de su fallecimiento en Lima. El libro causó una magnífica impresión y le situó en la línea de los tradicionistas guayaquileños, a la altura de los mejores. Su amigo el Dr. Julio Pimentel Carbo se dio inmediata cuenta de su importancia, comenzó a solicitarle colaboraciones para diversas publicaciones históricas y así comenzaron a salir sus artículos en el Boletín del Centro de Investigaciones Históricas de Guayaquil.
En el No. 7 la primera parte de "Nuestro Hospital de la Caridad" páginas 193 a la 259. En el No. 8 la segunda, en las páginas 105 a la 138 y en el No. 10 la tercera, en las páginas 129 a la 184.

Huerta también colaboraba para los Cuadernos de Historia y Arqueología del Núcleo del Guayas de la C.C.E. donde apareció en el No. 1 en 1951 "El Preceptor Wenceslao Echanique. Los primeros pasos en el Magisterio" páginas 1 a la 16. En el No. 9 de 1953 "Las Cofradías Guayaquileñas", Páginas 167 a la 220. En el No. 10, 1954 "Histórico Solar Guayaquileño" Páginas 137 a la 180. En el No. 12, 1954, "Los Seminarios de San Ignacio de Loyola (capítulo de nuestra obra inédita "El Colegio de San Francisco Javier y la Instrucción Pública en Guayaquil, durante los tiempos coloniales) páginas 225 a la 306. En el No. 15, 1955 "La querella entre Rocafuerte y la Corte Superior de Justicia", páginas 117 a la 155 donde se mostró injusto con los Jueces de la Corte, que teniendo la razón en 1842, fueron avasallados por dicho Gobernador.

En 1952 y durante la alcaldía de Guevara Moreno el Concejo quizo donarle un solar municipal pero contestó que no era necesario pues sentía que la Patria le había cancelado todo; entonces el concejal Luis Eduardo Robles Plaza le ofreció publicar lo suyo y Huerta se apresuró a poner sus restantes datos en orden, copiando muchos papeles y documentos sueltos durante cuatro meses, casi sin parar; el esfuerzo agotó su precario estado de salud y empezó a asfixiarse con un enfisema pulmonar.

Poco después fue designado Alcalde el Dr. Rafael Mendoza Aviles, quien llamó a Rodrigo y a Raúl Chávez González, hijos del Cronista Vitalicio Modesto Chávez Franco - recientemente fallecido y les consultó si no se oponían a la designación de un nuevo Cronista y como era de suponerse, no solo que no se opusieron sino que hasta se prestaron para solicitar su aceptación al Dr. Huerta, a quien las consultas habían favorecido amplísimamente. El Alcalde les pidió que lo visitaran con el Prosecretario Municipal Alberto Gómez Granja.

Recibidos por Huerta y expuesto el motivo, éste escuchó paternalmente el discurso de los Comisionados y se le nublaron los ojos pues era un espíritu selecto y elevado y al final, mirando a sus interlocutores, solo pudo decirles tan bajito que casi no se percibieron sus frases: "Ilustres amigos míos. Vienen tarde, ya no soy lo que antes fui; cuando podía caminar, leer y estudiar, escribir hasta altas horas de la noche y pensar. Ahora ya no fumo mis cigarrillos de tabaco negro ni los rubios de envolver. Eso parece que ha afectado mi condición. Estoy anciano, sólo y solterón. Mi vista se nubla y mi voluntad no responde. ¿Cómo podría trasladarme al Concejo a recibir el diploma?. Tampoco aceptaría que la ilustre corporación me venga a ver en esta ruina, en tanta pobreza, desorden y quizá hasta en suciedad por el polvo de mis libros. Sólo atino a salir a mi balcón y contestar a la gente que generosamente me pasa saludando. No señores, ya no soy de este mundo.

Y como lo había expresado se realizó, pues poco a poco se fue apagando y el 21 de Julio de 1955 murió de insuficiencia cardíaca, a los 75 años de edad. Sus funerales se realizaron a las cinco y media de la tarde. Cubría el féretro el pabellón del Vicente, una delegación de estudiantes hizo Guardia de Honor. Los representantes de diversas instituciones culturales portaron las fajas, el cortejo se encaminó a pié al Camposanto, donde varios oradores hicieron el elogio del ilustre decesado.

Mientras tanto el escultor Alfredo Palacio había tomado su mascarilla mortuoria que hoy se conserva en el Museo Municipal.

Huerta fue uno de los grandes maestros de un Guayaquil casi reciente que se escapa diariamente de nuestra memoria. Sus manuscritos deben andar dispersos en poder de la familia pero en el Núcleo del Guayas se conserva en dos tomos de 765 y 826 páginas escritas a mano por su autor, su "Historia de la Instrucción Pública Guayaquileña", que tiene por fecha el año de 1950. Estos originales han sido entregados por el Dr. Carlos Estarellas Merino para su publicación.

Fue una figura social que en su vejez se tornó seca y enjuta pero conservando esos rasgos de bondad que siempre le distinguieron. Mi padre y Carlos Estarellas Aviles, así como su sobrino Francisco Huerta Rendón, eran infaltables los sábados de tarde a la tertulia de su departamento, donde el maestro se ubicaba en la hamaca grande de la mitad del dormitorio, a conversar. Allí le conocí ya muy viejecito, pero aún en uso de sus enteras facultades mentales, que solo perdió pocos días antes de su muerte. (1).

El Vicerrectorado del Vicente Rocafuerte lo ejerció en dos ocasiones, de 1919 al 21 y de 1928 al 29. El 32, al retirarse, dejó escrita la historia completa del Colegio con lujo de detalles y datos importantísimos, por ese trabajo había sido designado dos años antes miembro correspondiente del Centro de Investigaciones Históricas de Guayaquil.

Un alumno suyo me contó que para el día de su Santo invitaba a cien alumnos al departamento de sus hermanas donde a las 4 1/2 de la tarde les brindaba una copa de vino, se pasaban dulces y un alumno tomaba la palabra. A las 5 1/2 bajaban los alumnos y subían sus colegas los profesores y se repetía el brindis entre ellos, luego a las siete de la noche se servía una cena a los particulares.

La Municipalidad de Guayaquil el 2.000 ha comenzado a editar aua trabajos a saber: 1) El Colegio San Francisco Javier y la Jurisdicción Pública en el Guayaquil colonial, en dos tomos de 246 y 266 pags. 2) Relatos de historia guayaquileña en 217 pags sobre el Cementerio, el Hospital, el Reloj Público, las Cofradías y en Histórico solar guayaquileño

(1) Cada aniversario de la muerte del Dr. Huerta sus discípulos concurrían a visitar a sus hermanas, por la tarde, costumbre que subsistió hasta que fueron emprendiendo el viaje al más allá, mi padre entre ellos.