SEBASTIAN SEDEÑO
DE AREYZAGA
MISIONERO JESUITA.--
Nació en Cuenca el 15 de Ag< to de 1632.
Hijo legítimo del Alférez Real Diego
Ortiz de Sedeño y de María de Areyzaga
y Bermeo, vecinos y propietarios en Cuenca. El mayor
de nueve hermanos, dos de los cuales fueron monjas,
uno clérigo, otro presbítero y nuestro
biografía misionero.
Muy joven sintió
el llamado de la vocación y el 15 de Mayo de
1655, a la edad de veintitrés años,
logró ser admitido en Quito en la Compañía
de Jesús, estudiando durante dos años
hasta convertirse en religioso.
Posteriormente fue designado
Coadjutor del padre Lucas de la Cueva para que le
acompañare junto a los padres Jerónimo
de Alvarez, Ignacio Jiménez y Juan Lorenzo
Lucero a la extensa parroquia y doctrina de Archidona,
cuya capital permanencia en decadencia y olvido desde
la sublevación de los Jíbaros de 1599;
pero poco después fue llamado a Quito el Padre
de la Cueva y dejó en su lugar a Sedeño,
quien comenzó su gobierno en la Misión,
en la que llevó a cabo intensos trabajos e
hizo siete entradas al país de los indios Oas,
pero tuvo que salir otras tantas a curarse del Paludismo
que en esa reducción era una enfermedad endémica.
Por eso se dijo de Oas, que era el infierno de las
Misiones Jesuitas en el Oriente.
En 1668 ofreciose fervorosamente
para pacificar y evangelizar la región de los
indios Gayes a fines de ese año, acompañado
únicamente de tres intérpretes, viajó
desde el Napo hasta el río Pastaza y el Bohono
y venciendo una montaña llegó hasta
donde estaban ellos y escogió un sitio ventajoso
a orillas de un río Bobonaza a espaldas de
un cerro, para establecer el nuevo pueblo que fundó
bajo el nombre de San Javier de Gayes. A él
acudieron muchas familias a hacer sus desmontes, sementeras
y casas.
Igualmente instruyó a varios de los muchachos
que le acompañaban, para que ellos, en su ausencia,
catequizaran a los infieles; y fijó su estancia
en dicha nación para concertar la paz con los
Semigaes que habitaban a las orillas del Bobonaza,
muy temidos por su ferocidad y multitud. Paz que resultó
en provecho de toda la región que desde entonces
se la pudo traficar sin peligro. En una carta de 1673
refirió al padre Gaspar Vivas el progreso alcanzado
en tal sentido.
La forma como el padre
Sedeño se atraía a los indígenas
era muy peculiar en él, todo mansedumbre, pues
acostumbraba enviarles ciertos donecillos y agasajos,
que los hacía llegar con indios cristianos
de la región, los cuales bajaban al puerto
de Napo y a las granjerias, donde intercambiaban oro
en polvo, perlas y otros objetos. En esos viajes concurrían
los indios reducidos y otros que aún no lo
eran y en la comunicación y trato, mucho más
con las cosas que les daban, los primeros iban aficionando
a los segundos a la religión y a perderle el
temor natural que tenían a los españoles
y sus instituciones, tan en desacuerdo con sus costumbres
bárbaras y salvajes.
Sin embargo del éxito
obtenido, por razones de salud tuvo el padre Sedeño
en 1672 que regresar a Archidona y fue reemplazado
en Gayes por el padre Agustín Hurtado; mas,
de vuelta en su Misión principal. Sedeño
se enfrentó a la campaña de calumnias
que le habían iniciado los Encomenderos a la
Compañía de Jesús, acusando de
comerciar con los indios por proveerse de sus herramientas
y otros objetos directamente de Quito. El 73 la situación
se hizo más dura porque entró en Archidona
el Teniente de Gobernador de Quijos, amenazando con
desterrar por el Napo a los Jesuitas, para que se
fueran al Brasil, y aunque no se atrevió a
tanto, les hizo tal daño con el peso de sus
malquerencias y sus inicuos atropellos, que a la postre
les obligó a salir.
Comenzó el dicho
Teniente por dar la orden de que en Papallacta no
dejasen pasar al indio que llevase las cargas y encomiendas
para los padres, de suerte que éstos nada podían
recibir de Quito, ni siquiera el vino y las hostias
de consagrar. Una pequeña sementera que tenían
fue arrasada y muertos los animales que allí
se hallaban, pero el mayor daño causado a las
reducciones fue la destrucción de la escuelita
establecida por el padre Lucas de la Cueva en Archidona,
en la que algunos muchachos de diferentes naciones
aprendían la lengua común del Inca y
el castellano para servir de intérpretes con
los de su nación y contra lo dispuesto en varias
Cédulas Reales se quizo detenerlos para que
sirvieran personalmente al susodicho Teniente u obligarlos
a pagar tributo en caso contrario.
Con tantos trabajos cayeron
gravemente enfermos el padre Sedeño y su asistente
el padre Cristóbal de Cevallos; pero recuperado,
el primero, aprovechó de la ausencia del Teniente
para viajar a Quito a denunciar sus abusos al Viceprovincial,
quien resolvió presentar la renuncia del Curato
de Archidona al Obispo, que la aceptó, y designó
al Presbítero Diego de Bastidas. Meses después
éste se entrevistó en Archidona con
el padre Cevallos y viendo las injusticias cometidas,
tuvo la hidalguía de salir en defensa de los
difamados misioneros.
Sedeño no volvió
a regresar a las Misiones, permaneciendo en Quito
hasta su muerte. Noticias sobre su vida se pueden
hallar en los libros: Misioneros del Marañon
y Crónica de la provincia de la Compañía
de Jesús del reino de Quito por el Padre Juan
de Velasco, S. J.