La Comisión arribó al río Napo
y siguió hacia los pueblos de Santa Rosa, Mainas,
Tabatinga, Pevas y Omaguas. En Abril de 1780 arribaron
al Marañon, enfermó y regresó
a Pevas. Después estuvieron en Omaguas y en
la Misión Alta, pasando y repasando el Marañón
y algunos ríos tributarios.
Ese año fueron invadidos por los feroces indios
Panos que moraban a las orillas del río Ucayali.
En otra ocasión salvó la vida del Gobernador
de Mainas, Francisco de Requena, desviando con su
fusil una saeta enherbolada y evitando enseguida que
otro de los acometedores le descargara un macanazo.
Hubo vez, en que, en lucha desigual, dos indios le
arrastraron a la corriente del Marañon, pero
se salvó sumergiéndose hasta ganar la
ribera donde le esperaban sus compañeros. Allí
tomó nuevos bríos y como arreciara el
ataque, mató a uno de los jefes indios y los
demás se atemorizaron y fugaron.
En 1781 se mantuvo sobre las olas alteradas durante
cuatro horas, hasta que el astrónomo de la
Misión portuguesa José Joaquín
Vitorio acudió a salvarle. En Febrero del 82,
después de haber reducido a la obediencia a
cuarenta bogas de la tribu Jevera, fue ascendido a
los empleos de Ayudante, Guardalmacén y Secretario
de la Misión por enfermedad del titular en
la villa de Ega, y en importantes comisiones que se
extendieron hasta Jaén recorrió mas
de doscientas leguas en la provincia de Mainas y redujo
a cincuenta parcialidades de las tribus de los Jeveros,
pero en 1783 cayó enfermo con úlceras
y pasó con licencia a Quito; sin embargo, al
año de estar descansando, el presidente Juan
José de Villalengua y Marfil le destinó
al Cuerpo Fijo de Quito.
En 1785 el primer Comisario de la Expedición
lo pidió para que regresara con un piquete
de tropa y petrechos y apenas llegaron a La Laguna,
recibió la orden de marchar a la frontera de
Camuchero, a apresar al insubordinado Comandante y
conducirlo a presencia de Requena.
Entonces fue ascendido a Lugarteniente del Gobierno
Político de Mainas y tuvo que redoblar esfuerzos
en el acopio de víveres y otros elementos indispensables,
así como también en misiones importantes
como la exploración del río Santiago
para tratar de establecer el emplazamiento de la antigua
población de Logroño.
En Enero de 1789 y tras doce años de servicios
en el Oriente, solicitó el grado de Capitán
de Infantería y el Gobierno de Mainas. Requena
apoyó dicha petición al Virrey de Santa
Fe, pero como solo obtuvo el grado de Capitán
de Infantería, se restituyó a Quito,
donde contrajo matrimonio el 3 de Agosto de 1794 en
la iglesia de La Merced, con María de la Vega
y Nates y casi dos años después tuvieron
una niña que llamaron María Dolores.
Entonces litigó con los tutores de su esposa
para que le entregaran varios miles de pesos de propiedad
de ella de un obraje de Zámbiza, heredado a
su madre Margarita Nates, y como a él habían
estado vinculados algunos censos, esto le ocasionó
pleitos y disgustos.
En 1795 vivió en la Guarnición Militar
de Guayaquil como Subteniente. Su amigo Juan Pío
Montúfar le otorgó poderes para que
le arreglara sus cuentas en el puerto. En 1801 mandaba
la Infantería de la Guarnición de Quito,
compuesta de quiteños y panameños, y
era el ídolo de la tropa por su carácter
hidalgo y dadivoso y por el prestigio de su valor
probado.
En 1802 condujo al itsmo dos compañías
de panameños compuestas de un total de doscientos
hombres, costeándoles casi todo el transporte
por tierra a Guayaquil, para que no desertaran. Llegados
a Panamá, fue insultado por el concuñado
del Gobernador y tuvo que defenderse, siendo calificado
de persona de genio revoltoso.
Reconstituido en Quito en 1803, encontró a
la ciudad dividida en bandos irreconciliables formados
por europeos y criollos. Los primeros eran preferidos
en los puestos públicos y ejercían un
marcado despotismo. Contra ellos se alzaban los discípulos
de Espejo, ya fallecido, que a pesar de no ser muchos,
eran influyentes y giraban alrededor de Juan de Dios
Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga. A ellos
se unió Salinas, con la actividad, diligencia
e impetuoso carácter con que siempre ejecutaba
todos sus actos.
El 25 de Diciembre de 1808 concurrió a una
reunión celebrada por la navidad en la hacienda
del valle de los Chillos del Marqués de Selva
Alegre, en la cual se acordó el establecimiento
de una Junta Suprema que se encargaría de dirigir
los destinos de la presidencia de Quito, representando
la soberanía del pueblo.
A esta cita también asistieron Morales, Quiroga,
el presbítero José Riofrío, Juan
Pablo Arenas, Francisco Xavier de Ascázubi
y Nicolás de La Peña, quienes le encomendaron
la elaboración de un plan bélico de
defensa en el hipotético caso de que se produjere
una reacción contrarevolucionaria.
Mas, el carácter franco y abierto de Salinas,
amiguero y comunicativo, hizo que le contara lo tratado
en la reunión al padre Andrés Torresano
del covento de La Merced y éste, a su vez,
le confió el Plan de mutación de gobierno
al padre Andrés Polo de la misma Orden, quien
se lo contó a José María Peña
y éste comentó el asunto con el Asesor
del Gobierno Manzanos, quien fue enseguida a hablar
con el presidente Manuel Urríez, Conde Ruiz
de Castilla, que tomó las providencias del
caso y comisionó al Oidor Fuertes y Amar para
que el miércoles 1o. de Marzo echara un bando
y esa noche a las diez, Salinas fue preso con señales
de reo de estado.
El jueves se le tomó confesión, el
domingo cinco cayó en Chillo el Marqués
de Selva Alegre y el lunes seis Morales. Todos fueron
llevados al convento de La Merced, donde se los investigó
exhaustivamente y hasta se llegó a dictar por
parte del Fiscal Tomás Aréchaga, un
Auto de acusación contra Salinas, Polo, Torresano
y de La Peña. Con gran inteligencia Salinas
negó que hubiera hablado con el Padre Polo
y como las autoridades actuaron con cierta lenidad,
el proceso fue sustraído al secretario que
lo conducía y los enjuiciados recobraron su
libertad pocos días después. A este
complot se le ha dado en llamar "La Conjura Navideña"
por haberse iniciado ese día y no trajo mayores
consecuencias, pero sirvió para que los próceres
tuvieran un poco más de cuidado en el futuro.
Así las cosas, en Agosto de 1809 volvieron
a alborotarse los ánimos ante el sesgo que
habían tomado los sucesos en España,
a raíz de que el pueblo madrileño iniciara
la revolución. El martes 7 de Agosto se reunieron
los conspiradores en casa del Dr. Francisco Javier
de Ascázubi. Al día siguiente miércoles
8, volvieron a reunirse allí y Salinas asistió
por primera ocasión, quedando convenidos en
dar el golpe en la madrugada del viernes 10. El jueves
de noche, congregados en los cuartos interiores que
alquilaba Manuela Cañizares en la casa parroquial
del Sagrario, donde moraba con el Doctor Quiroga,
separado de su esposa desde años antes en Bolivia,
los próceres quisieron posponer el golpe, pero
ella insistió en que debía darse esa
madrugada y poniéndose delante de la puerta,
impidió que salieran de allí. Salinas
fue avisado de la reunión a última hora
cuando estaba acostado y en ropa de cama y al ver
a los paisanos congregados, salió después
de la media noche, se dirigió al Cuartel y
arengó a la tropa, hablando de la usurpación
de Napoleón, los sacó a la plaza y formó
varias comisiones.
Esa mañana del 10 de Agosto organizó
un Cuerpo de ejército o Falange compuesto de
tres batallones, le fue reconocido el grado de Coronel
y la jefatura de dicho cuerpo como Inspector General.
Empero, el destino de la revolución estaba
marcado por la inercia y doblez del Marqués
de Selva Alegre, quien casi a la fuerza tuvo que encargarse
del mando, pues había quedado escaldado de
la pasada aventura; los demás miembros de la
Junta tuvieron comportamientos diversos. El Obispo
José Cuero y Cayzedo, varios clérigos
y otros tantos nobles, Condes y Marqueses, defeccionaron
desde el principio, pues eran gente sin ningún
interés patriótico o revolucionario,
puestos solamente por fuerza de las circunstancias,
en una revolución que ni querían ni
les interesaba. Por eso el 5 de Octubre, a escasos
dos meses del golpe, fue proclamada la contrarevolución
y el 13 se aceptó la renuncia de Selva Alegre,
quien fue sustituido por el Conde de Selva Florida,
quien de inmediato prosiguió con las conversaciones
iniciadas por Selva Alegre con el Conde Ruiz de Castilla,
a fin de restituirle en el mando.
El 14 de Octubre Ruiz de Castilla escribió
desde Iñaquito a Salinas, pidiéndole
su colaboración para que las cosas volvieran
a su antiguo estado. Salinas, se ignora si presionado
por las circunstancias o a motus propio, cometió
la debilidad de aceptar la entrega de las tropas al
Conde, para lo cual despachó a Machachi en
son de avanzada o de vanguardia a los militares de
los que más desconfiaba, poniéndoles
al mando de Juan y Antonio Ante, precisamente los
más opuestos a sus veladas maquinaciones, con
lo cual, allanó el camino para que el 24 de
Octubre fuera llamado a Iñaquito a conferenciar
con el Conde, quien después de ello suscribió
unas Capitulaciones con la Junta y volvió a
asumir el mando.
Por dicho acuerdo Salinas quedaba al frente de la
Falange y coincidió que entonces llegaron a
la isla Puna las fuerzas que había despachado
el Virrey del Perú para sofocar la revolución
de Quito, noticia que alentó sobremanera al
falaz Ruiz de Castilla. El 17 de Noviembre Salinas
presentó su renuncia al cargo de Comandante
de las Compañías de Infantería
de Quito y fue sustituido por el Capitán Joaquín
Zaldumbide. Esta renuncia causó pésima
impresión en el pueblo, que protestó
haciendo circular una hoja volante en su contra (1).
El 24 de Noviembre arribaron las tropas de Lima al
mando de Manuel Arredondo. El Presidente Ruiz de Castilla
disolvió las de Quito pues estaba fuerte otra
vez y comenzó a maquinar su venganza.
El 4 de Diciembre se hallaba Salinas en su casa situada
en la plaza Mayor contigua al Ayuntamiento y oyó
rumor de gente armada. Se asomó con sus familia
a la ventana y vio que atravezaban la plaza escoltados
el Doctor Morales y el Doctor Arenas, en dirección
al Cuartel Real de Lima; pero como él no se
creía comprometido por haber entregado la tropa,
se quedó muy orondo hasta la hora de almorzar
y en el momento en que se iba a sentar a la mesa,
regresó la escolta y le presentaron la orden
de prisión. Con aspecto al parecer sereno,
salió con los sayones de Arredondo, ascendió
el pretil de la Catedral para seguir al mismo Cuartel
y desde allí dirigió el último
saludo de despedida a su atribulada esposa, que le
miraba con ansiedad.
El historiador Manuel María Borrero, autor
de "Quito Luz de América", manifestó
después de publicada esa obra, que Salinas
fue uno de los traicionados por los factores negativos
de la contrarevolución y claudicó oprimido
por las circunstancias de que se vio rodeada la revolución
por obra de los Marqueses y nobles de la Junta Suprema
de Gobierno, establecida equivocadamente por los verdaderos
patriotas; sin embargo, su actitud frente a las prisiones
de sus compañeros en esa trágica mañana
del 4 de Diciembre, indica que él se sentía
seguro, pues de no haber sido así, hubiera
huido.
De allí en adelante permaneció ocho
meses prisionero, sin siquiera poder gozar de las
dos horas diarias de sol concedidas a los demás
y para imposibilitarle físicamente su defensa,
procedieron sus carceleros a tapiarle con ladrillos
la única ventana de la calle y cuando protestó
por ello, fueron rechazados sus pedidos en providencia
del 19 de Mayo de 1810. Sólo le
(1) Entre el 12 y el 13 de Diciembre de 1809 rindió
Salinas su confesión, indicando que Antonio
Ante, Juan Ante y Andrés Salvador se violentaron
al no poder convencerle que no entregare las armas
al Conde Ruiz de Castilla. Que entonces ofreció
su pecho a Antonio Ante para que clave en él,
el puñal que portaba; Ante se disculpó
y quedaron de amigos. Mas, en esa confesión,
Salinas cayó en vacuas justificaciones que
han servido para empañar su Memoria.
permitían de vez en cuando la visita de su
hija María Dolores, que frisaba en los catorce
años. Su segunda hija, María del Carmen,
nació pocos días después de ser
apresado.
Su esposa quizo liberarlo y hasta trazó un
plan con el joven Mariano Castillo, pero las autoridades
dieron con los hilos de la conspiración y lo
aprehendieron al salir de la casa de ella, conduciéndole
al mismo Cuartel donde estaban los otros prisioneros,
mientras doña María guardaba cárcel
en su propia casa.
El 2 de Agosto algunos avezados patriotas quisieron
asaltar el Cuartel y liberar a los presos, pero los
soldados del Real de Lima tomaron la delantera y se
posesionaron del Cuartel. Entonces los presos se atrincheraron
detrás de las puertas de sus celdas, que los
soldados despedazaron, descargando sus fusiles sobre
ellos, a mansalva y con alevosía. Salinas tuvo
heridas en cuatro partes de su cabeza causadas de
bala y varias cortaduras en su pecho.
Debió morir a eso de las dos de la tarde que
fue la hora de la matanza, su cadáver fue sepultado
en la iglesia de San Agustín. Mientras tanto
su esposa e hija mayor habían sido inhumanamente
conducidas al pie de una horca que alzaron las autoridades
en la plaza mayor, para que escucharan un mandato
de muerte. De allí las llevaron a una habitación
del palacio y se enteraron del trágico fin
de su deudo. A la tierna solicitud de las religiosas
de la Concepción, consintieron los sicarios
que pasaran al interior del Monasterio, donde ocuparon
la misma celda en que se había hallado recluida
por realista, el año anterior, Josefa Sáenz,
esposa del Oidor Manzanos. Luego se les confiscó
sus bienes por orden del perjuro presidente Ruiz de
Castilla, que se había convertido en un guiñapo
del sanguinario Coronel Arredondo.