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PEDRO FERNANDEZ DE ZEVALLOS Y CORRECHA
CORREGIDOR DE AMBATO.- Nació en la Villa de Mariquita, Virreynato de Santa Fe de Bogotá hacia 1745. Hijo legítimo de José Narciso Fernández de Zevallos y Mendoza, natural de Cádiz, Alcalde Mayor de Minas y luego Alcalde ordinario y Procurador General del Cabildo de Ambato y de Isabel Correcha y Ruiz-Montero, nacida en la villa de Mariquita.

De niño vivió en la villa de Honda junto a sus padres y muy joven pasó a Bogotá a estudiar Filosofía en el Real Colegio de San Bartolomé para después figurar de Cadete en Cartagena de Indias.

A principios de 1765 casó en Honda con María Josefa Ayerve y al poco tiempo siguió viaje a Quito en el primer contingente de tropas que envió el Virrey para auxiliar a esa Audiencia, ante el peligro de que se sublevaran los barrios en protesta contra la instalación del impuesto de la aduana y del estanco de aguardiente.

Arribó como soldado a caballo de la Compañía de Voluntarios y el 22 de Mayo amanecieron pegados en las esquinas unos grandes cartelones con inscripciones que incitaban a la violencia. Al caer la tarde los Oidores se encerraron en el palacio con cuatro viejos pedreros y solo veinte soldados de guarnición provistos de no muy buenas armas. A las siete reventaron algunos cohetes en el extremo occidental y las campanas del barrio de San Sebastián se echaron al vuelo tocando a rebato. Los de San Roque y San Sebastián bajaron a la plaza de Santo Domingo y se juntaron en la calle del Mesón, dirigiéndose a la plazuela de Santa Bárbara, donde estaba la casa del estanco y la aduana. Allí apedrearon ventanas, derribaron puertas, se precipitaron dentro e hicieron pedazo todo cuanto encontraron. Un torrente de aguardiente mezclado con miel no tardó en descender por la calle. Las turbas se embriagaron, prendieron fuego a la casa, comenzaron a desentecharla y arrojaron los muebles a la calle. Algunos frailes y clérigos discurrían afanados para calmarlos, nadie les prestaba atención. Cerca de las once de la noche el Cura de Santa Bárbara sacó al Santísimo pero la muchedumbre continúo enfurecida. Los Oidores mandaron a algunos jesuitas que consiguieron ser escuchados y empeñaron sus palabras de que serían abolidos los estancos y la aduana y que además habría un perdón general. Los amotinados exigieron que regresaran con algunos de los Oidores para ratificar con juramento cuanto se había prometido. El Oidor José Romualdo Navarro se atrevió momentos después a presentarse escoltado en Santa Bárbara y sin oponer reparo alguno prometió todo lo que se le ocurrió.

Al día siguiente se publicó un bando solemne declarando exentos de responsabilidad criminal a los autores y cómplices de la sublevación y aunque los disturbios continuaron pero en menor fuerza, empezó la calma a volver; sin embargo, varias casas de españoles fueron invadidas y sus dueños puestos en fuga, pues el pueblo les odiaba. La situación era tensa y todos los días se anunciaban nuevos levantamientos. Los europeos y nobles no desamparaban el palacio donde estaban los Oidores y el tesoro real.

La noche del 24 de Junio llegó uno de los alguaciles con su compañía a la plaza de Santo Domingo, descubrió a un grupo reducido de hombres del pueblo y se lanzó sobre ellos, rompió la guitarra de uno de los mozos e hizo azotar allí, en el mismo lugar, a otros dos que cayeron en sus manos. Semejante atropello indignó a la gente de San Sebastián, sonó la campana, atronaron cohetes y como por encanto las torres de los demás barrios respondieron convocando al pueblo. Los españoles mientras tanto se habían vuelto a atrincherar en el palacio de la Audiencia y las calles se llenaban con gente que gritaba ¡Viva el Rey! Mueran los chapetones, abajo el mal gobierno, y trataron de asaltar el palacio a piedras. Los Oidores tenían armas de fuego y las calles adyacentes estaban defendidas por cañones. De pronto la turba comenzó a avanzar, sonaron los cañones pero no fue suficiente para detenerla. Los Oidores, teniéndose por perdidos, fugaron a esconderse en el Coro bajo del convento de las monjas de la Concepción donde permanecieron varios días.

Mientras tanto la lucha continuó en forma intermitente en las calles de Quito. Todas las noches se peleaba en las calles y en la madrugada se retiraban los vecinos, cansados pero no vencidos y ofreciendo regresar. Cada vez eran más los revoltosos porque mucha gente había arribado de los campos a engrosarlos y traían armas de fuego y caballos, mientras los europeos estaban fatigados de tantas escaramuzas y como les faltaba pólvora y se les habían acabado las municiones, se hallaban prácticamente sitiados y no atinaban a ver la forma de salvarse.

El día 28, mientras se encontraban conferenciando en el palacio en número de doscientos, fueron interrumpidos por el estruendo que hacían los sublevados en las puertas, pidiéndoles la rendición. La Audiencia tuvo que ceder y se procedió a firmar un decreto disponiendo el destierro de los españoles solteros en el plazo perentorio de ocho días y cuando éstos salieron, empezó a volver la calma y la habitual sumisión y rendimiento. El 17 de Septiembre se recibió una comunicación oficial del Virrey de Santa Fe ratificando el proceder de la Audiencia y concediendo un indulto general a los barrios; al día siguiente empezó la solemne devolución de las armas y hasta un viejo pedrero tomado la noche del 24 de Junio fue entregado en Palacio, pintado de plateado por los bullangueros vecinos de San Roque.

Mientras tanto Fernández de Zevallos, que había patrullado el barrio de la Ronda y luchado en la calle del Mesón con el tumulto, permanecía atendiéndose una herida de piedra en la cabeza que le había tumbado al suelo, de donde lo recogió Ramón Redín, salvándole de la furia popular.

Posteriormente había acompañado al Oidor José de Cistué mientras duró su refugio en el Convento de La Merced y cuando ingresó a Quito en calidad de Pacificador el Coronel José de Zelaya y Vergara, fue elevado a la categoría de Capitán de Milicias y estuvo al lado del Corregidor Manuel Sánchez Osorio y de Baltazar Carriedo Arce hasta conseguir entre todos la total pacificación de los barrios de la capital.

El 21 de Enero de 1768 el Virrey de Santa Fe le designó Teniente de Corregidor del asiento de Ambato y el 24 de Diciembre fue recibido por el Cabildo. En dicha Villa se hizo cargo de la dirección de la Junta de Temporalidades creada para administrar los bienes de los jesuitas expulsados de América.

En 1772 y como su designación había sido únicamente por cuatro años, le nombraron reemplazo en la persona de Carlos Ayllón, pero interpuso influencias ante el Presidente José Diguja, quien dejó insubsistente lo actuado y le ordenó, reintegrarse y continuar en Ambato.

Como Corregidor participó de Intendente de la expedición a Mainas, recorrió las riberas del Pastaza, y entró a las provincias indígenas de Jaén de Bracamoros, Luya y Chillaos. En Noviembre del 75 ayudó a los misioneros dominicanos de Canelos y gratificó a nombre del Rey a los Indios de esa reducción, Piedad y Alfredo Costales, a quienes hemos seguido en este trabajo biográfico, han relievado la importancia de los Informes que enviara a Quito cuando en unión de los dominicanos Reyes, Noroña y Andocillas y de varios mozos de Patate, entró por Baños al Oriente.

Dichos Informes no son más que partes diarios de novedades, los dirigía al Presidente Dibuja y muestran un estilo claro, descriptivo, científico y digno de todo un Cronista. Por eso se ha llegado a pensar que la vocación histórica de su nieto Pedro Fermín Cevallos posiblemente le vino por los genes de ese abuelo paterno. (1)


De regreso a Ambato fue Juez Comisionado de las rentas establecidas y Comandante de la Compañía de Infantería y Dragones. En 1780 le correspondió sofocar los alzamientos indígenas de Píllaro, Quizapincha, Izamba y Pelileo en compañía del Juez Visitador y Subdelegado Antonio Solano de la Sala y de los Capitanes Agustín Martín Blas y Baltazar Carriedo Arce.

En 1793 fue notificado con prisión por vivir separado de su esposa que residía en Popayán, pero logró hacer valer sus derechos y siguió en Ambato, sin que se le volviera a perturbar por ese u otro motivo pues parece que residía muy a gusto y en unión de varios paisanos suyos que también se habían trasladado a dicha jurisdicción, de clima templado, naturaleza bonacible y gente amable.

En 1797 hizo Información de Méritos y Servicios y de allí en adelante escasean los datos de su vida, que debió seguir transcurriendo pacíficamente en Ambato, donde poseía una casa en una de las esquinas de la Plaza Principal.

Cuando la revolución quiteña del 10 de Agosto de 1809 nada hizo, posiblemente se encontraba enfermo ya que el 6 de Septiembre de 1810 dio poder para testar en Ambato a su hijo Mariano Cevallos, a su paisano Manuel Gómez Polanco y a su amigo el español Simón Sáenz de Vergara y falleció dos días después, el 8 de ese mes, de 65 años de edad.


(1) Los Informes se inician en Baños el 14 de Noviembre de 1775 y terminan justamente un mes después. Contienen la descripción de todos los incidentes del viaje y un recuento pormenorizado de los accidentes geográficos y de la naturaleza feraz de las zonas que visitaba. En 1777 el naturalista español Francisco González de Hevia se basó en ellos para recorrer los ríos Pastaza, Bobonaza y Capahuari en donde encontró árboles de canela y otras especies valiosas. En 1780 expedicionó igualmente a esa zona el Sub-teniente de Marina Antonio Fernández Suárez.

Dejó de heredera universal de sus bienes a su hermana María Catalina Cevallos vecina de la villa de Honda en Colombia, pero sus numerosos legados y casi la totalidad de sus bienes beneficiaron a su hijo Mariano, casado con Victoria Villacrés, con hijos, entre los que cabe anotar a Pedro Fermín Ceballos.