SALVADOR
DE RIBERA Y DAVALOS
V OBISPO
DE QUITO.- Fue bautizado en Lima el 17 de Agosto de
1545. Quinto hijo legítimo del Conquistador
Nicolás de Ribera el Viejo (1) y de Elvira
Davales y Solier.
(1) Nicolás de
Ribera el viejo nació en la villa de Olvera,
Andalucía, España. Era hidalgo y preciábase
de descender del Capitán Perafán de
Ribera que tanto se había distinguido en las
guerras de la reconquista española contra los
moros. Ribera el viejo, así llamado para evitar
confusiones con un homónimo también
conquistador del Perú y vecino de Lima, fue
uno de los trece valientes soldados que por su abnegación,
sacrificio, valor y constancia se jugaron la vida
y arrastraron peligros en la isla del gallo y cuando
Francisco Pizarro trazó con su espada una línea
en la playa, fue de los que dieron un paso adelante.
Posteriormente fueron premiados por el Emperador Carlos
V con el título de Caballeros de la Espuela
Dorada. El Gobierno de Panamá, en vez de consentir
en que se le proporcionara auxilios, mandó
un buque al mando del capitán Tafur para que
los hiciere regresar, pero doce se quedaron con Pizarro
en la isla del Gallo, pasaron penalidades, hambre
y sed. Luego, cuando éste marchó a contratar
en España, quedó de tesorero en Panamá
y fue enviado a Nicaragua por Almagro a reclutar gente.
No estuvo en los sucesos de Cajamarca pero fue tomado
en cuenta en el reparto y le comisionaron para establecer
un puerto cerca de Jauja, escogiendo el sitio de San
Gallan, desde donde pasó a Lima como uno de
sus fundadores y primeros vecinos y fue Primer Alcalde
con Vaca de Castro y también Regidor Perpetuo
años después. En 1544 estuvo entre los
Encomenderos que depusieron al Virrey, luego se puso
de parte de Gonzalo Pizarro para abandonarlo después.
Tuvo rica Encomienda en Ica y al fallecer ordenó
la fundación de un Hospital para los Indios
de allí. Había adquirido una Capilla
en la catedral limeña para sí y sus
sucesores. De su matrimonio con Elvira Dávalos
y Solier, muy menor a él, tuvo nueve hijos,
de donde desciende buena parte de la sociedad de esa
capital. Su mujer lo sobrevivió muchos años
y era dueña de una chacra situada en el camino
al Callao, donde solían aposentarse en el valle
de la Magdalena los virreyes, en su entrada a Lima.
Esa propiedad fue conocida después con el nombre
de Chacra de los Condes de Santa Ana de las Torres.
De diecisiete años ingresó
al Convento de Santo Domingo de Lima, profesó
en la Orden en 1567 y por la claridad y perspicacia
de su ingenio, el vicario General Fray Diego de Osorio
le llevó de Secretario a España en 1570
y estudió en la Universidad de Salamanca, ampliando
sus conocimientos en Ciencias Eclesiásticas,
sobre todo en la oratoria sagrada; graduado de Lector
enseñó Artes en el colegio del Convento
de San Pablo de Sevilla y se especializó como
Calificador Inquisitorial.
El 28 de Octubre de 1578 el
General de los dominicanos le concedió Licencia
para regresar al Perú a entenderse en los negocios
de la provincia. En el convento de Lima prosiguió
con la enseñanza y leyó Teología
hasta merecer los grados de Presentado y de Maestro
en esa ciencia. El 2 de Diciembre de 1581 el Padre
General Pedro Constable le reconoció el Magisterio
y facultó para recibir las insignias de Doctor
universitario, leyendo la cátedra de Vísperas
en la Universidad de San Marcos.
En 1584 fue Prior y Provincial
de los dominicanos de Lima, pero a los tres meses
de realizada su elección se suscitó
un litigio de jurisdicción con motivo de la
extradición de un reo de la iglesia de Santo
Domingo y fue enviado el 29 de Diciembre a España,
dejando de Vicario a Fray Cristóbal del Espíritu
Santo y como el 85 se envió desde España
el nombramiento de otro Provincial, quedó tácitamente
cesante.
El 87 concurrió al Capítulo
en calidad de Definidor del Perú y consiguió
la facultad de comprometer hasta sesenta religiosos
voluntarios para las provincias del Perú, Quito
y Chile que acababan de crearse. Con ese fin se trasladó
al convento de Atocha, donde por lo pronto pudo conseguir
para el Perú un personal de veintidós
dominicanos procedentes de los conventos de Valladolid,
Salamanca y Madrid.
De regreso a su patria fue
elegido Prior del convento dominicano de Lima.
El 94 y por dos períodos que se extendieron
hasta el 98, desempeñó el cargo de Provincial
y hasta fue Calificador Inquisitorial, malquistándose
la voluntad del vecindario por el rigor usado en ese
último cargo, al punto que los propios Oficiales
de la Inquisición reaccionaron con Informaciones
siniestras pero verídicas contra Fray Salvador
y su familia, tildándoles de sádicos
por su extremadamente severo proceder y de fatuos
por andar preocupándose solamente de presumir
de su hidalguía y linaje.
Durante ese período
emprendió la visita a los demás conventos
dominicanos y llevó a cabo varios trabajos
en la iglesia y convento de Lima, de suerte que solo
por su celo y diligencia pudieron concluirse.
Entre 1598 y 99 fue Prior y
habiendo pasado a España con recomendación
del Virrey quien escribió "Es de pulpito
y virtuoso, hijo de conquistadores del Perú
y persona digna de Obispado", fue proveído
para el obispado de Tucumán primero y luego
para el de Quito. González Suárez ha
escrito que Ribera era un varón doctísimo
y celoso de la moral cristiana, aunque carecía
de discreción y hasta de dulzura y mansedumbre.
Entonces recibió las
Bulas y la consagración episcopal, se puso
en camino y al llegar a Panamá enfermó
de gravedad y estuvo seis meses imposibilitado y en
cama. Por fin, fortalecido por el descanso, aunque
aún convaleciente de sus achaques, se embarcó
y con buenos vientos estuvo en cuatro días
en Manta y poco después en Quito, que se hallaba
muy alborotada a consecuencia de las controversias
del Fiscal Blas de Torres Altamirano y los Oidores,
que vivían peleando con el presidente Miguel
de Ibarra. Uno de los Oidores, el Dr. Armenteros,
era muy travieso; pero Ibarra murió en 1608
y al año le reemplazó el Dr. Juan Fernández
de Recalde.
Ribera acababa de hacer su
entrada en Quito cuando ocurrió la queja de
María de Siliceo, respetable viuda y con hijos,
que ya de mediana edad quizo santificarse con otras
mujeres y fundó el Convento de Santa Catalina
de Siena, cuyas religiosas de clausura estaban sujetas
a los frailes de Santo Domingo, orden a la cual se
pertenecía el Obispo, y aunque el número
de monjas había aumentado con el tiempo , algunas
no observaban las reglas y eran mancebas de sus directores
espirituales dominicanos. Claro está que habían
sido hermosas doncellas empujadas por sus padres al
convento, sin consultar sus opiniones y para colmos,
sin vocación (2) y por ello se habían
transformado en mujeres sin felicidad ni esperanza,
dentro de un forzado encierro que compartían
con los frailes para pasarla mejor. Tal el caso de
la bella sor Isabel de Santa Ana, favorita del español
Fray Reginaldo Gamero, guapo sacerdote, culto y viajado,
con título de Presentado y Maestro en Teología
y poseedor de una grata y amable personalidad, quien
estaba de prior y candidato a Provincial.
Mas, el Obispo Ribera, como
buen inquisidor, al oír las quejas de la Silíceo
y deseando orden en el convento, vetó la candidatura
de Fray Reginaldo Gamero para Provincial, pues si
de simple Prior había causado tanto lío
a la superiora Silíceo ¿qué sería
si ascendía a Provincial?
Para ello trató el asunto
muy discretamente con el Provincial Francisco García,
quien estaba en todo con Gamero y le apoyaba decididamente.
Entonces Ribera echó mano de medidas enérgicas,
moviendo a la madre Silíceo a presentar una
formal queja ante la Audiencia, pero la Orden dominicana
se defendió aludiendo que se trataba de acusaciones
sin fundamento y el 9 de Septiembre de 1609 el propio
Obispo tuvo que ingresar por la fuerza al convento
de Santa Catalina de Siena a confirmar lo denunciado
con el testimonio de varias monjas; todo lo cual mandó
a Lima (3).
(2) Esas doncellas enclaustradas
por sus padres que no tenían cómo pagar
la dote matrimonial mucho mayor que la paga al convento,
consideraban su vida un desperdicio lamentable. En
otros casos la injusticia era mayor pues a las huérfanas
las metían en clausura sus hermanos, para no
compartir la herencia con ellas.
(3) El ingreso al Convento de Santa Catalina de Siena
fue posible por la ayuda que prestó el Corregidor
Sancho Díaz de Zúrbano a su tío
político el Obispo, poniendo a sus disposición
los 150 hombres a su mando, que impidieron la intervención
de los clérigos armados de machetes y cuchillos,
apostados en una de las esquinas, en plan de ataque.
Mientras tanto la ciudad ardía en bandos y
el asunto de las monjas y los frailes concitaba odiosidades
contra el Obispo. En ese ambiente tenso se realizó
la famosa elección de Provincial y resultó
ampliamente triunfador el Padre Gamero, mientras unos
cuantos padres huían a refugiarse en la Recoleta
y elegían de Provincial a Fray José
Cuero. La Audiencia, a cuyo tribunal subió
el enredo en consulta, dictaminó a favor de
Gamero y los de la Recoleta apelaron ante el Virrey
y mientras venía de Lima la resolución,
protestaron contra la autoridad del Padre Martínez,
nombrado Vicario por Gamero, que al saber que el Obispo
le había excomulgado, no dudó en presentarse
ante el Virrey, quien declaró legítima
su elección y aprobó las medidas tomadas
por la Audiencia.
Después de eso, el asunto
pasó ante el Rey, quien pidió al Maestro
General de los dominicanos que enviara a Quito a un
religioso investido de poder para restablecer la observancia,
nombramiento que recayó en la persona de Fray
Juan de Avalos quien "tuvo una actuación
tan severa y rígida, que la sagrada Congregación
de Obispos y regulares, alabando el celo del religioso,
no pudo menos que desaprobar su rigor y violencia".
Mientras tanto el padre Gamero había salido
de Lima y se encontraba en el convento dominicano
de Antequera donde terminó sus días
con fama de virtuoso, mientras el padre García
era públicamente despojado de sus hábitos
en la iglesia dominicana a vista y paciencia de la
feligresía quiteña y condenado a servir
diez años en galeras. Después de tan
denigrantes escándalos la imagen del Obispo
Ribera quedó debilitada pues un vasto sector
del clero le criticaba acerbamente, comparándole
en sus sermones con su santo antecesor el Obispo Luis
López de Solís. Ribera quitóles
en retaliación, a los frailes agustinos, las
licencias de escuchar confesiones; y en esas rencillas
se hallaba atareado, anciano y con su salud delicada
pues pasaba días enfermo y cuidaba de abrigarse
mucho manteniéndose en cama algunas veces,
cuando el Jueves 22 de Marzo de 1612, a eso de las
dos de la tarde, tomó un vaso de agua de nieve
y esa noche le sobrevino una aguda pulmonía
que le llevó a la tumba en menos de dos días
completos, puesto que murió el Sábado
24 a las ocho de la noche, por eso fue que la gente
dijo que había sido envenenado.
Murió de 66 años,
tras cinco de episcopado. Fue un hombre culto y mundano,
acostumbrado a las galas peninsulares, hizo representar
comedias en el Palacio para celebrar el matrimonio
de su sobrina Micaela de Ribera y Santillán,
celebrado en Lima en 1603 con Sancho Díaz de
Zurbano, nombrado Corregidor de Quito por seis años
y quien se hizo odioso por su carácter despótico
y menospreciativo (4)
También le correspondió
imponer el palio el segundo día de la Pascua
de Resurrección de 1609, al Dr. Bartolomé
Lobo Guerrero, que del Arzobispado de Bogotá
pasaba a ocupar el de Lima.
Ribera no pecó de imprudente
pero sí de fuerte y severo. En Quito tuvo de
consultor al célebre Fray Diego de Hojeda autor
de “La Cristiada”.
Entre las cosas negativas de
su período debe contarse su soberbia y pujos
nobiliarios que le llevaban a menospreciar a la población
quiteña en general, en la que solo creía
ver personas de baja condición. También
discriminó a los indios y mestizos hasta el
cuarto grado inclusive, prohibiendo que se les admitiera
en las Ordenes y a los ya recibidos ordenó
que no se les permitiera el ascenso a los cargos o
dignidades. También prohibió a los doctrineros
que tuvieren chacras o sementeras y a hospedar indios
forasteros o mulatos.
(4) Según González
Suárez, el pueblo quiteño tomó
a mal esas Comedias y no quizo confesarse más
con los frailes que habían participado en ellas,
sobre todo con el que había representado el
papel de bobo.
Alto, blanco rosado, de contextura
algo gruesa y mirar inteligente. Se conserva su retrato
en Lima y está enterrado en la Catedral quiteña.
También fue excesivamente protector con sus
numerosos parientes limeños, a los que favoreció
en todo momento con favores y prebendas.